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El oscuro SECRETO familiar que Ocultaron por 60 años | El doloroso SECRETO de Mario y Aurora

Pero cuando terminaba la gala y se apagaban los flashes, Mario volvía a una habana con los cables de luz pelados y la nevera vacía, pero lo que los hizo inmortales no fue el cine ni el teatro, fue la radio. En 1965, Radio Progreso lanzó un programa que cambiaría la historia de la cultura cubana. Se llamaba Alegrías de sobremesa.

Cada noche, a las 8 millones de cubanos organizaban su cena alrededor de ese programa. No había Netflix, no había YouTube, no había internet, había una radio sobre la mesa del comedor y una familia escuchando. El genio detrás del programa era Alberto Luberty, un escritor que durante 52 años creó más de 30,000 episodios.

30,000 es un número que desafía la lógica y dentro de ese universo creó dos personajes que se convirtieron en parte del alma de Cuba, Estelvina Zuasnabar y Zuizarreta la mulatísima, la mujer que Aurora Basnuevo transformó en su alto, en su segunda piel, en la voz de toda una nación. Qué gente, caballero, pero qué gente. Esa frase salía de Estelina y resonaba en cada casa, en cada barrio, en cada cola del pan.

Y sandalio, el volado, el cubano pícaro, bocón, celoso, vago, mujeriego, pero con un corazón enorme. Mario Limonta le puso voz, alma y verdad a ese personaje durante más de medio siglo. Luberta lo escribió específicamente para él. Las peleas entre sandalio y Estelvina, los celos, las reconciliaciones, eran el espejo de la Cuba real, la Cuba que no salía en Granma ni en los discursos de la plaza de la revolución.

Sandalio, presumía de ser tan guapo que solo me falta un cintillo para parecer un Lada 2107 con aire acondicionado y música estereofónica. Esa frase es pura cuba, puro ingenio nacido de la carencia. En la televisión la cosa era igual de grande. San Nicolás del Peladero, aquel programa de comedia política que se emitió todos los jueves durante 18 años, convirtió a Mario en el sargento Arencibia, un guardia rural corrupto, bruto, abusador, que fumaba puro y hablaba por la nariz.

Para que me respete, señora. Toda Cuba repetía esa frase. ¿Por qué el Estado cubano permitía y hasta fomentaba un personaje que ridiculizaba a la autoridad? Porque Arencibia era la parodia del pasado, del guardia rural de Batista, del abuso prerevolucionario. Cada carcajada con arencibia era un mensaje ideológico. Miren lo que eran antes de nosotros.

Miren de que los salvamos. Mario, con su talento descomunal, transformó ese instrumento de propaganda en comedia genuina. Pero el instrumento seguía siendo del estado. Hasta aquí la historia parece la de un artista que lo logró. Un talento inmenso que conquistó la radio, la televisión, el cine y el teatro.

62 años de matrimonio con la mujer más querida de la isla. Premios nacionales e internacionales. El matrimonio artístico más adorado de Cuba. Pero lo que pasó dentro de las paredes de su casa cambia todo el tablero. Mario y Aurora tuvieron un solo hijo. Se llamaba Mario. Pero todos le decían Mayito. Y Mayito nació con una condición que Aurora describió años después con la voz quebrada.

Todo empezó bien, todo iba normal. Pero de repente, durante su desarrollo, apareció este problema. Fue algo que llegó con el tiempo, una enfermedad. Aurora nunca especificó públicamente qué tenía Mayito. Algunos medios del exilio, esos canales que viven de convertir tragedias privadas en clickbait, hablaron de secretos macabros y misterios que se llevaron a la tumba.

La realidad era mucho más simple y mucho más devastadora. Mayito tenía una discapacidad severa. Necesitaba cuidados permanentes y esos cuidados cayeron sobre los hombros de dos personas que trabajaban desde el amanecer hasta la medianoche. Imagínate la escena. Aurora sale del estudio de Radio Progreso después de grabar a Estelvina durante horas.

Llega a su casa y en vez de descansar se dedica a cuidar a su hijo. Ella misma lo confesó. Hice muy pocas tareas domésticas porque trabajaba tanto que cuando llegaba a casa prefería dedicarme a lo más grande que tengo en el mundo, que es mi hijo. Hay un testimonio que lo dice todo. La actriz Lariza Camacho cuenta que siendo niña en la cola de pago del teléfono en Águila y Dragones vio llegar a Mario, Aurora y Mayito.

Se pusieron al final de la fila como cualquier cubano. La gente los reconoció, aplaudió y les ofreció pasar adelante. Aurora dijo, “Se los agradezco por el niño, por el niño.” No por ella, que era la estrella más grande de la radio cubana. No por Mario, por Mayito. Y Mario estaba ahí, el hombre que hacía reír a todo un país, mirando en silencio como su mujer tragaba su orgullo de estrella, para pedirle al mundo un poco de piedad para su hijo enfermo.

Todo el peso de esa escena cayó directamente sobre los hombros de Mario. El cómico exiliado Alexis Valdés, que conoció a Aurora de cerca, escribió cuando ella murió que Mallito siempre tuvo problemas mentales y que Aurora fue su cuidadora feroz toda la vida. Eso no era un secreto oscuro. Era una madre protegiendo a su hijo del mundo, protegiéndolo de las miradas, de los comentarios, de la crueldad cotidiana de una sociedad que no tenía ni los recursos ni la infraestructura para ayudarlo.

Si la historia de Mayito ya era pesada, la llegada de los años 90 estuvo a punto de destruir a Mario Limonta. 1991, la Unión Soviética se desploma y Cuba, que dependía del subsidio soviético como un enfermo, depende del oxígeno, entra en caída libre. Fidel Castro lo llamó periodo especial en tiempo de paz, pero no había nada de paz ni nada de especial.

Era hambre, era oscuridad, eran 16 horas diarias sin electricidad, era ver como tu país se deshacía mientras la televisión estatal seguía repitiendo que todo iba bien. Mario Limonta se rompió. El hombre que hacía reír a 11 millones de personas cada noche, se derrumbó por dentro. Y lo que siguió fue algo que él mismo confesó décadas después, a los 84 años, en una entrevista con Cuba de Bate, no lo escondió, no lo disfrazó.

lo dijo con todas las letras. Fue el error más grande de mi vida. Estuve un tiempo bebiendo y me puse muy mal. Fue exactamente durante el periodo especial. La bebida me tenía liquidado. Estaba tan flaco que la gente le preguntaba a Aurora si yo estaba enfermo. Detente un segundo a procesar eso. El tipo que cada noche era sandalio, el volado, el cubano invencible, el que siempre tenía una salida graciosa para todo, estaba destruyéndose con alcohol mientras su país se hundía, mientras su hijo enfermo necesitaba cuidados que el Estado no

proporcionaba, mientras Aurora sostenía la casa, la familia y el programa con sus propias manos. La pregunta incómoda es esta: ¿Cuántos artistas más pasaron por lo mismo sin tener el coraje de confesarlo? Cuántos héroes de la cultura se desmoronaron en silencio detrás de las puertas cerradas durante esos años oscuros.

Mario tuvo la honestidad de decirlo. La mayoría se lo llevó a la tumba. Lo que lo salvó fue una llamada de teléfono. En 1994, el legendario director Tomás Gutiérrez Alea Titón lo contactó para ofrecerle un papel en Guantanamera. Mario dice que ese día dejó de beber. El arte lo rescató del abismo, pero las cicatrices quedaron.

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