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EL MISIL ARGENTINO QUE ATERRORIZÓ A ESTADOS UNIDOS — LA HISTORIA SECRETA DE SU DESTRUCCIÓN

Cuando la guerra de Malvinas terminó el 14 de junio de 1982, los militares argentinos enfrentaron una realidad devastadora. Las potencias occidentales les habían impuesto un embargo de armamento. Los técnicos franceses de la empresa aeroespaciales que estaban calibrando los misiles Exoset abandonaron el país bajo presión británica.

La Fuerza Aérea se quedó sin repuestos, sin apoyo, sin perspectivas, pero dentro de esa derrota germinó una obsesión. Nunca más depender de terceros para la defensa nacional. Ese pensamiento fue el que transformó el proyecto Condor, que originalmente era un lanzador satelital civil desarrollado por la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales desde 1976 en algo completamente diferente.

Un misil balístico de alcance intermedio capaz de llevar cargas de hasta 500 kg a una distancia de entre 800 y 2. km. Técnicamente, el cóndor era una obra maestra silenciosa bajo el liderazgo del brigadier Ernesto Crespo de la Fuerza Aérea y con el comodoro Miguel Vicente Guerrero como cerebro técnico principal, Argentina logró desarrollar motores de combustible sólido de alto rendimiento, toveras de materiales compuestos, tecnología de propulsión hipersónica y sistemas de guiado básicos.

Guerrero era un prodigio. Eresado del MIT en 1974 con especialización en tecnología misilística, quien se había graduado en segundo lugar de su promoción, él comprendía que la independencia tecnológica no era un lujo, sino una necesidad geopolítica. Y para lograrlo, Argentina buscó alianzas internacionales que resultaron ser profundamente controvertidas.

Las colaboraciones del proyecto eran complejas. Empresas alemanas como Messerschmidolkov [música] Blom y el consorcio Consen aportaban tecnología crítica el Instituto de Investigación y Verificación Alemán para la Aviación y los Vuelos Espaciales. Proporcionaba conocimiento especializado. Italia, a través de la empresa SNS.

P P A colaboraba en sistemas de control vectorial, pero el financiamiento provenía de un lugar inesperado, Egipto. Y detrás de Egipto estaba Irak bajo el régimen de Saddam Hussein. Irak veía en el cóndor segundo la oportunidad de acceder a tecnología misilística sofisticada que le permitiría competir en Oriente Medio. Esta trama internacional, que fue perfectamente legal en la década de los 80, se convirtió en una bomba política después de 1990.

El proyecto avanzó notablemente durante el gobierno [música] democrático de Raúl Alfonsín, que asumió en diciembre de 1983. Aunque la crisis económica de la Argentina limitaba severamente los recursos disponibles, Alfonsín decidió mantener vivo el cóndor segundo porque comprendía su valor estratégico. En la planta de falda del Carmen, en las sierras de Córdoba, se trabajaba con metodología de máxima clasificación, los laboratorios, los sistemas de prueba, los talleres de fabricación, todo estaba bajo tierra. era una de las

instalaciones militares más secretas del país, equipada con estándares de calidad y seguridad comparables a los de cualquier programa misilístico de potencia mundial. Piensa por un segundo en lo que esto significaba. Argentina, un país en desarrollo que enfrentaba hiperinflación crónica y crisis de deuda externa, estaba canalizando recursos limitados hacia un programa misilístico que la mayoría del mundo no sabía que existía y lo hacía con éxito técnico.

A principios [música] de 1989, el vector, como lo llamaban internamente, estaba casi completamente desarrollado. La preocupación en Washington y Londres era palpable. Estados Unidos no quería simplemente detener el proyecto, quería controlarlo. Gran Bretaña, por su parte, veía en el cóndor segundo un arma que podría cambiar el equilibrio militar en el Atlántico Sur y amenazar su ocupación de las islas Malvinas.

Pero fue el descubrimiento de la conexión iraquí lo que cambió todo cuando Saddam Hussein invadió Kuwait el 2 de agosto de 1990, iniciando la crisis que desembocaría la guerra del Golfo, la inteligencia estadounidense confirmó algo que había sospechado durante años. Irak poseía tecnología misilística argentina. No era especulación, era un dato de inteligencia verificado.

El mismo país que Estados Unidos estaba preparándose para atacar tenía acceso a misiles desarrollados por Argentina, financiados parcialmente por Irak, con componentes alemanes e italianos y bajo la dirección de oficiales argentinos y bajo la dirección de oficiales argentinos. La reacción de Washington fue inmediata. El 13 de junio de 1989, un diplomático de carrera llamado Terenses, Todman, había asumido como embajador de Estados Unidos en Argentina.

Todos deberíamos estar a gradeal. Cuando llegó a Buenos Aires, llegó con una misión clara formulada desde el Departamento de Estado, eliminar el proyecto Cóndor Segundo. El timing fue perfecto desde la perspectiva estadounidense. El 9 de julio de 1989, justo días después de que Todman tomara posesión, el nuevo presidente electo de Argentina era Carlos Saúl Menem.

un político peronista que apenas conocía los detalles del proyecto misilístico. Menem enfrentaba a una Argentina en colapso económico. La hiperinflación de 1989 había destrozado el valor de la moneda. [música] La deuda externa era insostenible. Las reservas internacionales estaban agotadas. En este contexto de desesperación económica, Menem adoptó rápidamente una estrategia de alineamiento incondicional con Estados Unidos.

suscribió el consenso de Washington, que implicaba privatizaciones masivas, desregulación y una política exterior subordinada a los intereses estadounidenses. Bajo esta doctrina, la cancelación del cóndor segorno no era un costo político, sino una inversión en una alianza que se esperaba produjera dividados. Bajo esta doctrina, Todman fue sistemático.

En enero de 1990, una delegación de expertos científicos estadounidenses llegó a Córdoba para inspeccionar la planta de falda del Carmen. La delegación alegaba que venía a verificar el cumplimiento de tratados internacionales de no proliferación, pero la realidad era diferente. Estos científicos eran en realidad agentes del Departamento de Defensa y especialistas de la NASA.

Uno de ellos era Robert Walpol, oficial de la CIA, que años después, en 2000, admitió bajo testimonio ante [música] el Senado estadounidense que había participado en esa inspección. La delegación se llevó la información que necesitaba, planos, especificaciones técnicas, niveles de avance, capacidades alcanzadas. Los documentos que se desclasificaron años después revelan [resoplido] algo más inquietante.

Después de su recorrida por Falda del Carmen, la delegación estadounidense redactó un informe para Totman en el que confirmaba que había mucho más de lo que se les había mostrado. Subterráneamente, en búnkeres que no les permitieron acceder completamente, Argentina tenía elementos suficientes para construir misiles de combustible sólido [música] de segunda generación.

La alarma en Washington se intensificó. No era suficiente que Argentina declarara la cancelación. El proyecto tenía que ser desmantelado verificablemente y Todman presionó por algo aún más extremo, la voladura [música] física de la planta de falda del Carmen. Argentina nunca aceptó eso. Lo que sí pasó fue esto. El 28 de mayo de 1991, el ministro de Defensa argentino, [música] Antonio Hermán González, anunció públicamente la desactivación total, el desmantelamiento irremarciiva y la reconversión o inutilización de todos los elementos del proyecto Cóndor.

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