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El Abandono en los Límites de Sonora

El Abandono en los Límites de Sonora

Don Rodolfo: Quédate aquí, Mateo, y vigila las herramientas de la vieja mina hasta que regrese con las carretas grandes desde el pueblo de Álamos.

Mateo: Hace mucho frío en esta barranca desierta, padrastro; por favor, no me dejes solo con el eco del viento entre las rocas rojas.

Don Rodolfo: Deja de llorar como un cobarde; un hombre de tu edad debe aprender a cuidar las propiedades que heredarás cuando tengas la mayoría de edad.

Mateo: Mi madre Elena me prometió que nunca me separarías de su recuerdo, pero sé que me dejas aquí porque te estorbo en tus nuevos negocios.

Don Rodolfo: (Subiendo al caballo sin mirarlo) Tus opiniones no importan en este desierto; reza para que los coyotes no huelan tu miedo antes de mi regreso.

Mateo: (Viendo alejarse la polvareda) Madre mía, que estás en los cielos, no permitas que la oscuridad de esta cueva me devore el alma esta noche.

Acto II: El Encuentro en el Manantial Seco

Kaholo: (Apareciendo entre los sahuaros gigantes con su arco listo) Tus lágrimas están gastando el agua que tu cuerpo necesitará para sobrevivir al sol de mañana, pequeño intruso.

Mateo: ¡No me hagas daño, señor! Mi padrastro regresará pronto con los soldados del pueblo y te castigará si me tocas con tus flechas de caza.

Kaholo: Los soldados de Álamos nunca cruzan la línea de la piedra blanca; este desierto pertenece a la nación Yaqui desde el principio de los tiempos antiguos.

Mateo: Estoy hambriento y no tengo agua en mi cantimplora de lata; si eres un guerrero noble, comparte un poco de tu comida conmigo, por favor.

Kaholo: (Guardando el arco con un movimiento pausado) Mi nombre es Kaholo, que significa el cielo en la lengua de mis abuelos. Toma este trozo de carne seca.

Mateo: (Comiendo con desesperación) Gracias, señor Kaholo; pensé que los hombres de la sierra eran los monstruos despiadados que describían en las cantinas del pueblo.

Acto III: Las Primeras Lecciones del Desierto

Kaholo: La ignorancia de los hombres blancos construye monstruos donde solo existen seres humanos que defienden la tierra sagrada que los alimenta cada día.

Mateo: Mi padrastro dice que esta mina es suya, pero las rocas se sienten tristes y el agua del arroyo cercano se ha vuelto amarga.

Kaholo: La tierra se enferma cuando los hombres buscan la plata con avaricia; te enseñaré a encontrar las raíces dulces que purifican el agua del manantial seco.

Mateo: Quiero aprender tus secretos, Kaholo; ya no quiero regresar al pueblo donde nadie me abraza y donde todos me miran con el desprecio del olvido.

Kaholo: El desierto es un maestro duro, Mateo; si decides caminar conmigo, deberás olvidar las comodidades de la ciudad y aprender a escuchar el canto del viento.

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