PARTE 1: La llegada y el campo de batalla
El olor a cordero asado inundaba cada rincón del piso de ochenta metros cuadrados en el barrio de Moratalaz.
Laura se secó las manos húmedas en el delantal rojo con un estampado de renos bizcos.
Aspiró profundamente, intentando que el aire llegara hasta la parte más baja de sus pulmones.
Era su primera Nochebuena como anfitriona oficial.
Y ya se estaba arrepintiendo amargamente de haber tenido esta brillante idea allá por el mes de agosto.
La televisión del salón emitía de fondo el ineludible especial de Raphael.
Era una tradición inamovible, casi un mandamiento no escrito en la Constitución española.
Nadie estaba prestando atención a la pantalla, pero el eco de “El tamborilero” añadía una capa de tensión dramática al ambiente.
En el centro del salón, el verdadero protagonista de la noche no era el árbol de Navidad de plástico.
Ni siquiera era el belén en miniatura donde el niño Jesús era sospechosamente más grande que la mula.
El centro de gravedad del universo esa noche era la mesa del comedor.
Una mesa extensible de IKEA, modelo Bjursta, que normalmente acomodaba a cuatro personas sin apreturas.
Esta noche, mediante un complejo sistema de tablones adicionales y fe ciega en la física, debía albergar a once comensales.
Laura observó su obra maestra con una mezcla de orgullo y terror cerval.
Había puesto un mantel de lino blanco que había costado una pequeña fortuna.
Un mantel que, sabía con absoluta certeza, terminaría la noche manchado de vino tinto, salsa de marisco y grasa de cordero.
Alineó meticulosamente el tercer tenedor de la izquierda, el que nadie sabía para qué servía pero quedaba muy elegante.
En la cocina, su marido, Carlos, llevaba cuarenta y cinco minutos intentando cortar una pata de jamón ibérico.
O, para ser más exactos, llevaba cuarenta y cinco minutos destrozando una pata de jamón ibérico.
Los trozos que salían de su cuchillo tenían el grosor de una suela de zapato de invierno.
“¡Carlos, cariño, que no es para hacer bocadillos de escombros!”, le había gritado Laura hace un rato.
Pero Carlos solo había gruñido algo ininteligible sobre la falta de afilado del cuchillo jamonero.
De repente, el sonido afilado e implacable del telefonillo rompió la relativa paz del hogar.
Eran las ocho y media de la tarde en punto.
Puntualidad militar.
Puntualidad de suegro.
Laura sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, un presagio de la batalla que estaba a punto de comenzar.
Pulsó el botón del telefonillo y escuchó la voz inconfundible, grave y autoritaria de don Paco.
“Abre, niña, que hace un frío en la calle que pela los huesos.”
Laura abrió la puerta del portal y se apresuró a dar un último repaso al recibidor.
Escondió las zapatillas de estar por casa de Carlos debajo del mueble.
Enderezó el espejo de la entrada.
Y esbozó su mejor sonrisa de nuera encantadora, una sonrisa que había practicado frente al espejo del baño.
El ascensor tardó exactamente cuarenta y dos segundos en subir hasta el cuarto piso.
Cuarenta y dos segundos en los que Laura repasó mentalmente el menú, la disposición de las toallas de invitados y sus opciones de escape a otro país.
Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido metálico.
Allí estaba Paco, el patriarca, el hombre, el mito, la leyenda.
Iba enfundado en un abrigo de paño gris oscuro que pesaba más que un remolque.
Debajo, lucía su clásico jersey de pico color burdeos sobre una camisa de cuadros milimétricos.
Y, por supuesto, una corbata.
Nadie llevaba corbata en Nochebuena en el año dos mil veintiséis, salvo los presentadores de las campanadas y Paco.
A su lado estaba Carmen, la suegra, sosteniendo una bandeja envuelta en papel de plata de la que emanaba un olor sospechoso a pescado frito.
“¡Feliz Navidad, familia!”, exclamó Paco, cruzando el umbral de la puerta sin esperar a que le invitaran a pasar.
Su voz resonó en el pequeño recibidor como un cañonazo en tiempos de paz.
“Feliz Navidad, suegros, pasad, pasad”, respondió Laura, recibiendo los habituales dos besos húmedos y sonoros.
Paco se quitó el abrigo y se lo tendió a Laura como si ella fuera la encargada del guardarropa del Teatro Real.
“Menudo tráfico en la M-30, hija, esto es el apocalipsis de los coches”, sentenció Paco mientras se frotaba las manos.
“Ya, es lo que tiene Madrid en estas fechas, que nos volvemos todos locos”, intentó empatizar Laura, colgando el pesado abrigo en la percha.
Paco no la escuchó, sus ojos ya estaban escaneando el perímetro.
Caminó hacia el salón con la seguridad de un general inspeccionando el frente antes de la batalla del Somme.
Sus zapatos de cordones, perfectamente abrillantados, repicaban sobre la tarima flotante del pasillo.
Laura le seguía a un metro de distancia, sosteniendo la respiración.
Carmen se había desviado hacia la cocina para aterrorizar a Carlos con sus opiniones sobre el corte del jamón.
Paco se detuvo en seco en la entrada del salón.
Sus pupilas se dilataron al contemplar la inmensa mesa extensible que dominaba la estancia.
Había sillas de todos los tipos y colores imaginables.
Seis sillas de comedor a juego, elegantes y tapizadas.
Dos sillas plegables de madera que Laura había rescatado del trastero, llenas de polvo y dudas.
Una silla de escritorio con ruedas, disimulada estratégicamente en una esquina.
Y la joya de la corona: el taburete del piano, para el sobrino más pequeño.
Paco se acercó lentamente a la mesa, evaluando la simetría de los platos de porcelana china que Laura había heredado de su abuela.
Cogió una copa de cristal de Bohemia, la levantó hacia la luz de la lámpara del techo y la examinó buscando motas de polvo.
“Bonitas copas”, murmuró Paco, con un tono que dejaba claro que él prefería los vasos de duralex de toda la vida.
“Gracias, suegro, las sacamos solo para las grandes ocasiones”, respondió Laura, tragando saliva.
Paco asintió lentamente, dejando la copa en su sitio milimétricamente exacto.
Luego, su mirada se dirigió hacia las sillas.
Ese era el momento crítico, el Rubicón de la Nochebuena.
El silencio en el salón era absoluto, solo interrumpido por un falsete de Raphael en la televisión y un golpe de cuchillo en la cocina seguido de un “¡Ay, joder!” de Carlos.
Paco comenzó a caminar alrededor de la mesa, con las manos entrelazadas en la espalda.
Parecía un inspector de Hacienda buscando facturas falsas en una caja de zapatos.
Observó la silla plegable de madera con evidente desdén.
Miró la silla de escritorio con ruedas y soltó un pequeño bufido por la nariz.
Finalmente, sus ojos se posaron en las dos sillas idénticas que estaban situadas en los extremos opuestos de la mesa.
Las cabeceras.
Los tronos de la cena de Navidad.
Históricamente, en la casa de Paco y Carmen, el extremo más cercano a la televisión y más alejado de la puerta de la cocina siempre estaba reservado para él.
Era el lugar desde donde se podía controlar el flujo de bandejas de langostinos.
Desde donde se podía cambiar de canal sin tener que levantarse.
Desde donde se dictaba sentencia sobre la política nacional, la economía y el rendimiento del Real Madrid.
Pero esto no era la casa de Paco.
Esto era el piso de Moratalaz de Laura y Carlos.
Un territorio neutral, o al menos eso pensaba Laura en su inocencia.
Paco se detuvo frente a la cabecera que daba a la ventana del salón.
Era el mejor sitio, sin duda.
Tenía vistas a la calle iluminada, no había corrientes de aire y no corría el riesgo de ser golpeado por la puerta de la cocina cada vez que alguien entraba a por más vino.
Paco apoyó una de sus manos regordetas sobre el respaldo de la silla tapizada.
Acarició la tela con el pulgar, como si estuviera tomando posesión legal del mueble mediante contacto táctil.
Laura observaba la escena desde la distancia, apoyada en el marco de la puerta.
Sabía exactamente lo que estaba pensando su suegro.
Podía ver los engranajes de su cabeza tradicional girando a toda velocidad.
Calculando ángulos, evaluando jerarquías, estableciendo dominios.
Paco carraspeó, un sonido profundo y gutural que siempre precedía a una de sus declaraciones solemnes.
Se giró hacia Laura, manteniendo la mano firmemente anclada en el respaldo de la silla.
La miró con esa expresión de superioridad paternalista que tantos años de práctica le había costado perfeccionar.
Y entonces, abrió la boca.
PARTE 2: La declaración de intenciones y el choque cultural
“Laura, hija,” comenzó Paco, con una voz que pretendía ser amable pero sonaba a bando municipal.
Laura se tensó.
El uso de la palabra “hija” por parte de su suegro nunca auguraba nada bueno.
Normalmente era el preludio de un consejo no solicitado sobre cómo limpiar las juntas de los azulejos.
O una crítica velada sobre cómo estaban educando a los niños para que fueran unos blandengues.
“Dígame, suegro,” respondió ella, manteniendo un tono de voz peligrosamente neutral.
Paco dio unos golpecitos suaves en el respaldo de la silla con los nudillos.
Toc, toc, toc.
El sonido resonó en la madera de roble barnizada.
“Digo yo que esta será mi silla, ¿verdad?”, preguntó Paco, aunque claramente no era una pregunta.
Era una afirmación con signos de interrogación meramente decorativos.
Laura esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Una de esas sonrisas de compromiso que se ensayan frente al espejo de los probadores de ropa.
“Bueno, la verdad es que no he asignado sitios fijos, pensé que sería mejor que cada uno…”
Paco no la dejó terminar la frase.
Levantó la mano libre en el aire, con la palma extendida, pidiendo silencio como un guardia urbano deteniendo el tráfico en la Castellana.
“No, no, no, las cosas hay que hacerlas bien,” sentenció Paco, negando con la cabeza lentamente.
“Yo presido la mesa, que soy el cabeza de familia.”
Ahí estaba.
La frase lapidaria.
El misil directo a la línea de flotación de la modernidad y la igualdad en el hogar de Laura.
Paco pronunció esas diez palabras con una rotundidad absoluta.
Como si estuviera citando un artículo inamovible del Código Civil.
“Yo presido la mesa, que soy el cabeza de familia.”
El eco de la frase pareció rebotar contra el papel pintado del salón.
Hasta Raphael pareció bajar el volumen de su villancico por un microsegundo de puro asombro.
Laura se quedó congelada, parpadeando varias veces seguidas.
El concepto de “cabeza de familia” en pleno siglo veintiuno le sonaba a película en blanco y negro de Paco Martínez Soria.
A anuncio de coñac Soberano de los años setenta.
A algo que debería estar expuesto en un museo de historia social, no en su comedor de IKEA.
Miró a Paco.
Él estaba de pie, erguido, con el pecho ligeramente inflado debajo del jersey de pico.
Su postura irradiaba una seguridad aplastante.
Realmente creía que, por el mero hecho de ser el hombre de mayor edad de la sala, tenía un derecho divino sobre el mobiliario.
Laura respiró hondo, contando mentalmente hasta diez.
Llegó al diez y decidió seguir contando hasta veinte, por si acaso.
En la cocina, escuchó la voz de Carmen diciendo: “Carlos, hijo, ¿seguro que sabes por dónde va la veta? Porque esto parece chopped de pavo”.
A Laura le habría encantado que Carlos saliera en ese momento con el cuchillo jamonero en la mano para defender la república independiente de su casa.
Pero sabía que su marido, ante un conflicto con su padre, tenía la misma capacidad de intervención que un mueble de pladur.
Carlos era un maestro en el arte de escaquearse, un ninja de las excusas familiares.
Seguramente se quedaría cortando jamón hasta Nochevieja si eso le evitaba tener que mediar entre su mujer y su padre.
Así que Laura estaba sola ante el peligro.
Era ella contra la tradición patriarcal de la España profunda, encarnada en un hombre jubilado de la banca con afición al mus.
Laura avanzó un paso hacia el interior del salón, abandonando la seguridad del marco de la puerta.
Sus zapatos planos no hacían ruido, a diferencia de los de su suegro.
Se paró a un metro de distancia de Paco, manteniendo el contacto visual.
La tensión en la habitación era tan espesa que se podía cortar con el mismo cuchillo sin afilar que estaba usando Carlos.
“Verá, suegro,” empezó Laura, modulando su voz para que sonara calmada pero firme.
Paco la miró por encima del puente de sus gafas de lectura, que llevaba colgadas al cuello con un cordón.
“¿Qué pasa, hija?”, preguntó él, frunciendo el ceño, detectando un atisbo de rebelión en el tono de su nuera.
Laura se cruzó de brazos, un gesto involuntario de defensa territorial.
“Es que esta noche no hay cabezas de familia,” dijo ella, con una claridad cristalina.
Paco soltó una carcajada corta y seca, desprovista de cualquier humor real.
“¡Ja! Qué cosas tienes, Laura. En todas las casas hay una cabeza de familia.”
“Y si tu padre estuviera aquí, en paz descanse, nos la jugaríamos a los chinos, pero como no está, me toca a mí.”
El argumento de Paco era tan simple y brutal que por un momento dejó a Laura sin palabras.
Para él, el mundo era una escalera jerárquica muy sencilla.
Arriba del todo estaban los hombres mayores.
Debajo, el resto de la humanidad, organizados por género y edad.
Y en algún lugar muy abajo, probablemente, las sillas plegables de madera.
Laura destrozó esa escalera con un martillazo verbal.
“En mi casa, suegro, las sillas no tienen dueño.”
Paco dejó de acariciar el respaldo de la silla al instante.
Su mano se congeló en el aire.
Sus cejas pobladas, blancas como la nieve falsa del belén, se juntaron en el centro de su frente.
“¿Cómo dices?”, preguntó, bajando el tono de voz una octava, adoptando su modo de intimidación máxima.
“Lo que oye,” continuó Laura, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bombear por sus venas.
Ya no había vuelta atrás.
Había cruzado la línea roja y ahora tenía que mantener la posición.
“En mi casa, suegro, las sillas no tienen dueño. Siéntese donde quiera.”
La frase fue pronunciada con una amabilidad exquisita, pero con una firmeza de titanio.
Era una invitación abierta al caos, a la anarquía, al fin de los tiempos tal y como Paco los conocía.
“Siéntese donde quiera.”
Para Paco, aquello sonó como si le hubieran dicho: “Coma con las manos y tírese eructos en la cara de los presentes”.
Era una falta de respeto al orden natural de las cosas.
A la estructura misma del universo.
Paco miró a Laura de arriba abajo, evaluando a su oponente.
Ella, una mujer moderna, que trabajaba en marketing, que no sabía planchar una camisa con raya en las mangas, que compraba la masa de las croquetas ya hecha en el supermercado.
Una hereje de las tradiciones navideñas.
Paco sacudió la cabeza lentamente, con una expresión de decepción profunda y teatral.
“Ay, Laura, Laura,” suspiró él, con un tono condescendiente que hizo que a Laura le hirviera la sangre.
“Esta juventud no respeta nada,” murmuró, más para sí mismo que para ella, pero asegurándose de que le oyera perfectamente.
“No es cuestión de respeto, suegro, es cuestión de comodidad,” replicó Laura, manteniendo el tipo.
“Es un formato buffet, casi,” mintió ella descaradamente, intentando suavizar el golpe.
“¿Buffet? ¿Qué es esto, la cola de un hotel de pulserita en Benidorm?”, estalló Paco, sintiéndose insultado.
“Es Nochebuena, por el amor de Dios. Aquí se viene a cenar como Dios manda.”
“Y para cenar como Dios manda, tiene que haber un orden.”
Paco volvió a agarrar el respaldo de la silla de la cabecera, esta vez con fuerza, cerrando los nudillos hasta que se pusieron blancos.
“Las jerarquías están para algo, hija.”
PARTE 3: La resistencia pacífica y el debate filosófico sobre el mobiliario
El silencio volvió a caer sobre el salón del piso de Moratalaz.
“Las jerarquías están para algo, hija.”
Esa frase.
Esa maldita frase, cargada de un peso histórico de siglos de cenas familiares dominadas por cuñados, abuelos y patriarcas de diferente pelaje.
Laura sintió un tic nervioso amenazando con aparecer en su ojo izquierdo.
Respiró hondo de nuevo. El olor a cordero asado ya no le parecía apetitoso, le parecía opresivo.
Miró a Paco, aferrado a la silla como si fuera el timón del Titanic en medio del naufragio de las buenas costumbres.
“Con todos mis respetos, suegro,” empezó Laura, y todos en España saben que cualquier frase que empiece por “con todos mis respetos” es exactamente lo contrario.
“Las únicas jerarquías que hay en esta casa son las del recibo de la luz y la hipoteca, y esas van a nombre de su hijo y mío.”
El contraataque fue rápido, preciso y directo al orgullo financiero del patriarca.
Paco parpadeó, sorprendido por la audacia de la respuesta.
Normalmente, sus nueras o sus hijos simplemente agachaban la cabeza, murmuraban un “sí, papá” y le dejaban hacer su santa voluntad para evitar el conflicto.
Pero esta Nochebuena, Laura había decidido que la colina en la que iba a morir era una silla de IKEA modelo Bjursta.
“No me vengas con el dinero, que es de mala educación hablar de dinero en Nochebuena,” refunfuñó Paco, intentando cambiar de táctica.
“Hablo de respeto a las canas. De la experiencia. Del lugar que nos corresponde a los mayores en la familia.”
“Y nadie le quita su lugar, Paco,” intervino Laura, usando su nombre de pila por primera vez en la noche, marcando territorio.
“Simplemente digo que hoy no hace falta presidir nada.”
“No es el consejo de administración del Banco Santander, es una cena para atiborrarnos a langostinos y discutir si el turrón de Suchard está más dulce este año.”
Paco soltó la silla por un momento y se cruzó de brazos, imitando la postura defensiva de Laura.
“El orden es necesario,” insistió, terco como una mula aragonesa.
“Si yo no me siento en la cabecera, ¿quién se sienta? ¿El niño? ¿Para que nos tire la Fanta por encima de la mantelería buena?”
“El niño tiene su taburete,” replicó Laura, señalando el asiento del piano con un movimiento de barbilla.
“Y además, en las mesas rectangulares largas, el centro es donde está la acción. Las cabeceras están aisladas.”
Laura intentó apelar a la lógica, un error de principiante cuando discutes con un suegro testarudo.
“Si se sienta en la cabecera, la fuente de las nécoras le quedará lejísimos, en el otro extremo,” argumentó ella, tirando de la carta de la gula, siempre efectiva en Nochebuena.
Paco dudó por un milisegundo.
Sus ojos viajaron desde la cabecera hasta el centro geográfico de la mesa.
Calculó la distancia física en metros y centímetros.
Evaluó la longitud de sus propios brazos.
Y se imaginó a sí mismo teniendo que pedir por favor, tres veces seguidas, que le pasaran la bandeja del marisco.
Esa imagen mental le causó un profundo pavor.
Pedir que le pasen la comida a un hombre de su estatus era una humillación intolerable.
Sin embargo, su orgullo chocaba frontalmente con su estómago.
“Eso lo soluciono yo rápido,” decretó Paco, encontrando la salida al laberinto lógico.
“Se ponen dos fuentes de nécoras. Una cerca de cada cabecera. Fin del problema.”
Laura suspiró, cerrando los ojos con frustración.
“Suegro, no hay dos fuentes de nécoras porque están a ochenta euros el kilo, no somos el Emirato de Dubái.”
“Hay una fuente, y va en el puto centro de la mesa.”
La palabra “puto” se escapó de la boca de Laura antes de que pudiera frenarla.
Fue un susurro, apenas audible, pero en la acústica impecable del silencio del salón, resonó como un trueno.
Paco abrió mucho los ojos, escandalizado, y se llevó una mano al pecho, justo encima del jersey de pico.
“¡Laura! ¡Ese lenguaje! ¡Y delante del portal de Belén!”, exclamó, señalando dramáticamente hacia el mueble del televisor, donde el niño Jesús de plástico parecía mirar hacia otro lado por la incomodidad del momento.
“Perdón, perdón, se me ha escapado,” se disculpó Laura, aunque en el fondo no se arrepentía ni un poco.
La situación había escalado de un debate sobre decoración de interiores a una guerra de desgaste psicológico.
En ese preciso instante, la puerta de la cocina se abrió con un crujido chirriante.
Apareció Carlos.
Llevaba un delantal manchado de grasa, una gota de sudor en la frente y el cuchillo jamonero en la mano derecha, agarrado como si fuera la espada de Excalibur.
Detrás de él, asomaba la cabeza de Carmen, la suegra, que miraba la escena con la curiosidad de quien pasa despacio por delante de un accidente de tráfico en la autovía.
“¿Qué pasa aquí? ¿Por qué hay tanto grito? ¿Ya estamos discutiendo antes de los entrantes?”, preguntó Carlos, ajeno por completo a la guerra fría que se libraba en su salón.
“Tu mujer,” empezó Paco, señalando a Laura con un dedo acusador, “que dice que esta noche hay anarquía.”
“Que me siente donde quiera, como si fuera un vagabundo en un comedor social buscando un hueco caliente.”
Carlos miró a su padre, luego miró a Laura, y luego miró el cuchillo jamonero, deseando en secreto poder usarlo para hacerse el harakiri y escapar de aquella situación.
“Cariño…”, empezó Carlos, dirigiéndose a Laura con un tono de voz suplicante, el tono de un hombre derrotado antes de empezar.
“Déjalo, Carlos, no le des la razón por defecto,” le cortó Laura, cortando la retirada de su marido de raíz.
“Solo le he dicho a tu padre que se siente donde le resulte más cómodo, sin imposiciones.”
“Pero él insiste en que tiene que presidir la mesa por decreto ley porque es el macho alfa de la manada o algo así.”
Paco resopló, indignado por la simplificación de sus profundas convicciones tradicionales.
“No soy un macho alfa, soy tu suegro, el padre de tu marido, el abuelo de tus hijos, el hombre que pagó la entrada de este piso, por si a alguien se le ha olvidado,” disparó Paco, sacando la artillería pesada.
El comodín de la ayuda económica.
El ataque definitivo de los padres de clase media españoles cuando se quedan sin argumentos válidos.
Laura sintió que la sangre le hervía en las sienes.
Era un golpe bajo, bajísimo, indigno del espíritu navideño.
“Mira, Paco,” dijo Laura, su voz ahora era un témpano de hielo afilado.
“Te agradecemos mucho la ayuda con la entrada del piso, de verdad que sí.”
“Pero eso no te da un título nobiliario sobre mi mobiliario del comedor.”
“Puedes sentarte en la cabecera si quieres.”
“De hecho, siéntate ahí. Te lo ruego.”
Laura señaló la silla con la mano abierta.
“Pero que sepas que el centro de la mesa, donde están los langostinos, el jamón bien cortado que hemos comprado aparte porque tu hijo es un desastre, y el vino bueno, está a tres metros de distancia.”
“Y yo, personalmente, me voy a asegurar de que nadie te pase ni un triste gajo de limón a menos que lo pidas por escrito y con compulsa ante notario.”
Paco se quedó callado.
La amenaza del bloqueo logístico de alimentos era algo que no había previsto en su estrategia militar.
Carmen, la suegra, que había estado callada hasta ese momento observando la jugada desde la retaguardia de la puerta de la cocina, dio un paso al frente.
Se limpió las manos en su delantal y miró a su marido con una mezcla de cansancio infinito y cariño resignado.
“Paco, por el amor de un Dios,” dijo Carmen, con voz arrastrada.
“Déjate de tonterías y de presidencias, que tienes setenta y dos años y la próstata del tamaño de una mandarina.”
“Siéntate cerca del pasillo, que luego te levantas tres veces al baño durante la cena y si estás en la cabecera tienes que hacer que todo el mundo se levante para dejarte pasar.”
El golpe maestro.
La cruda realidad biológica destruyendo los cimientos del orgullo patriarcal.
Paco abrió la boca para protestar, pero la cerró rápidamente.
Sabía que su mujer tenía razón.
El año pasado, en casa de su cuñado, se quedó atrapado en la cabecera y tuvo que aguantar durante cuarenta y cinco minutos mientras todos terminaban el sorbete de limón porque le daba vergüenza pedir que apartaran cuatro sillas para dejarle salir hacia el excusado.
Miró la cabecera.
Luego miró la silla situada en el lateral, justo al lado del pasillo, con acceso libre, directo y sin obstáculos hacia el cuarto de baño.
Una vía de escape táctica impecable.
Pero no podía rendirse así como así, necesitaba una salida digna que salvara su honor masculino.
“Bueno,” gruñó Paco, ajustándose el nudo de la corbata con aire solemne.
“Si me lo pides tú, Carmen, porque te preocupas por mi salud…”
“No es que ceda mi derecho, es que, por logística operativa y por no interrumpir la cena, tomaré una posición más central.”
“Una posición de control perimetral,” añadió, asintiendo para convencerse a sí mismo de la mentira.
“Eso es, Paco, control perimetral,” dijo Laura, reprimiendo una carcajada que amenazaba con salir por su nariz.
“Tú siéntate aquí, al ladito del pasillo, y así controlas que nadie robe croquetas de la cocina a escondidas.”
Paco asintió, grave, y se dirigió hacia la silla lateral con la dignidad de un monarca abdicando temporalmente por razones de Estado.
Se sentó pesadamente, provocando que la silla de IKEA crujiera de manera ominosa.
Extendió las manos sobre el mantel blanco de lino y miró a su alrededor, satisfecho de haber salvado la cara.
Laura soltó el aire que llevaba reteniendo en los pulmones durante los últimos diez minutos.
Había ganado.
O al menos, había conseguido un empate técnico muy favorable a sus intereses.
Carlos se secó el sudor de la frente con el dorso del brazo, aliviado de que la sangre no hubiera llegado al río.
“Bueno, pues ya que estamos todos ubicados, voy a sacar el jamón,” dijo él, retrocediendo hacia la seguridad de su cocina.
“Y saca las cervezas, hijo, que con tanta discusión se me ha secado el paladar,” ordenó Paco desde su nueva posición de control perimetral.
Laura miró a la cámara imaginaria de su vida, estilo documental de humor, y sonrió.
La Nochebuena había sido salvada, un año más, por el equilibrio de poderes y las necesidades biológicas.
Pero la guerra nunca termina realmente en las familias españolas, solo se aplaza hasta la siguiente comida.
Chốt: ¿En vuestra casa hay asientos fijos para los abuelos o también tenéis que lidiar con conferencias de paz estilo Naciones Unidas antes de empezar a pelar las gambas?