El regalo que “no era para tanto”
Acto I: El café de la discordia
(Salón de la casa de Carmen. El olor a café recién hecho inunda la habitación. Ana está sentada en el sofá, mientras Carmen, su suegra, se acerca con una bolsa de papel arrugada).
Carmen: Toma, hija. Un detalle.
Ana: (Sorprendida) ¿Para mí? No era necesario, Carmen.
Carmen: He visto este pañuelo en las rebajas y me he acordado de ti. Es sencillo, como tu estilo.
Ana: Ah… qué bien. (Saca el pañuelo, lo mira con sospecha).
Carmen: ¿Te gusta? Es de marca. O lo era.
Ana: Gracias, suegra. Aunque… me suena mucho.
Carmen: ¿Te suena? Qué raro. Es de temporada.
Ana: Creo que se lo regaló a mi cuñada el año pasado y ella lo devolvió.
Carmen: ¡Qué cosas tienes, de verdad!
Ana: Tiene hasta la misma manchita de café en la etiqueta, Carmen.
Carmen: ¡Eso es del almacén! Es que tenéis el mismo gusto, de toda la vida.
Ana: Ya. El gusto de mi cuñada por devolver lo que no le queda bien.
Carmen: No seas malpensada, Ana. Te queda divino.
Ana: Si ella lo usó de mantel, a mí me irá genial de bufanda.
Acto II: Entra el marido (El mediador inútil)
(Entra Alberto, el marido de Ana e hijo de Carmen, secándose las manos con un trapo de cocina).
Alberto: ¿Qué pasa aquí? Huele a tensión.
Carmen: Tu esposa, Alberto. Que le da muchas vueltas a todo.
Ana: Mira el regalo de tu madre, Alberto. ¿Te resulta familiar?
Alberto: (Mira el pañuelo, se pone nervioso) Es… un trapo verde. Muy bonito.
Ana: Es el pañuelo que le regalamos a tu hermana Laura el bache de la Navidad pasada.
Alberto: ¿El de los flecos feos?
Carmen: ¡No son feos! Son modernos.
Ana: Tu madre dice que tenemos el mismo gusto.
Alberto: Mamá, ese pañuelo estaba en el fondo de tu armario el mes pasado. Yo lo vi.
Carmen: Estaba… guardado para una ocasión especial.
Ana: O sea, para cuando te olvidaras de dónde salió.
Carmen: Qué injusticia. Una tiene un detalle y le cae una inspección de hacienda.
Alberto: Yo mejor vuelvo a la cocina. La paella se quema.
Ana: No, quédate. Pruébate el pañuelo. A ti también te combina el verde “reciclado”.
Acto III: La llegada de la cuñada
(Suena el timbre. Entra Laura, la cuñada, hablando por teléfono. Se cuelga el bolso y mira la mesa).
Laura: Hola a todos. Qué hambre tengo… ¡Anda!
Ana: ¿Qué pasa, Laura? ¿Te gusta mi nuevo pañuelo?
Laura: (Se le escapa una risa) No me lo puedo creer.
Carmen: ¡Laura, cállate!
Laura: Mamá, ¿otra vez? Te dije que lo donaras a la iglesia.
Ana: Vaya, vaya. Así que el misterio se resuelve solo.
Carmen: Laura siempre exagera. El tuyo es otro, comprado ayer.
Laura: Mamá, tiene mi inicial bordada en la esquina interior. Se la hice yo antes de odiarlo.
Ana: (Busca en el pañuelo) A ver… ¡Una ‘L’! Qué sorpresa.
Carmen: Significa… “Lindo”. ¡Es un sello de calidad francesa!
Alberto: (Desde la cocina) ¡Tierra, trágame!
Acto IV: La verdad sale a la luz
Ana: Carmen, admítalo. Es un re-regalo de manual.
Carmen: Bueno, ¿y qué? Está nuevo. Sin usar.
Laura: Yo lo usé una vez, mamá. Para limpiar el parabrisas del coche.
Ana: (Suelta el pañuelo en la mesa como si quemara) Qué maravilla. Un artículo de lujo multiusos.
Carmen: La juventud de ahora no valora nada. En mis tiempos, un trapo era un tesoro.
Ana: Esto no es un trapo, Carmen. Es una falta de ganas.
Alberto: (Volviendo con los platos) Haya paz, por favor. Es solo un trozo de tela.
Ana: No es la tela, Alberto. Es el concepto.
Carmen: El concepto es ahorrar. El planeta me lo agradece.
Laura: El planeta sí, pero Ana no tanto, mamá.
Carmen: Para la próxima, te compro un calcetín desparejado. A ver si así acierto.
Ana: No se preocupe, suegra. Para su cumpleaños, ya tengo pensado su regalo.
Carmen: ¿Ah, sí? ¿El qué?
Ana: Un pañuelo verde. Sencillo. Como su estilo para reciclar.
Acto V: El postre de la venganza
(Dos horas después. Todos terminan de comer la paella. El ambiente sigue congelado).
Carmen: ¿Quién quiere tarta? Traje una del súper.
Laura: ¿De hoy o del cumpleaños del abuelo en marzo?
Carmen: Niña, respeta.
Ana: Yo quiero un trozo, Carmen. Pero que no sea el que sobró del bautizo.
Alberto: Bueno, ya estuvo bien la broma, ¿no?
Ana: Yo no me estoy riendo, Alberto. Me estoy abrigando con mi “nuevo” pañuelo.
Carmen: Te queda muy bien, no me digas que no. Redondea tu cara.
Ana: ¿Me está diciendo que tengo la cara redonda?
Carmen: Redonda de felicidad, hija. No busques tres pies al gato.
Laura: Mamá, asúmelo. Te han pillado con el carrito del helado.
Carmen: La próxima vez os daré dinero en un sobre.
Ana: Perfecto. Solo asegúrese de que los billetes no sean del Monopoly antiguo de Alberto.
Acto VI: El cierre de la discordia
(Ana se levanta y se coloca el pañuelo alrededor del cuello con un toque dramático).
Ana: Bueno, me voy. Tengo que ir a lavar mi herencia familiar.
Carmen: No le hace falta lavarlo, está limpio.
Laura: Menos el parabrisas, mamá.
Carmen: ¡Tú te callas, traidora!
Alberto: ¿Nos vemos el próximo domingo?
Ana: Claro que sí. Y vendré de verde. Para que tu madre vea que su “esfuerzo” valió la pena.
Carmen: De nada, mi vida. Si quieres, tengo unos zapatos a juego que le molestaban a tu tía…
Ana: ¡Ni lo sueñe, Carmen! ¡Ni lo sueñe!
Acto VII: El registro del armario de los secretos
(La tensión no disminuye. Ana se cruza de brazos mientras Carmen intenta recoger los platos de la mesa con excesiva prisa).
Ana: Espere, Carmen. No recoja tan rápido. Carmen: Hay que limpiar, Ana. El orden es higiene. Ana: El orden también ayuda a esconder pruebas, ¿verdad? Laura: Uy, esto se pone interesante. Alberto: Por favor, ¿podemos cambiar de tema? Hablemos del fútbol. Ana: No, Alberto. Hablemos de los precedentes. Carmen: ¿Qué precedentes? Yo siempre he sido una santa con mis nueras. Ana: Laura, ¿te acuerdas de la cafetera que me regaló mamá Carmen por mi boda? Laura: ¿La que tenía una pegatina que ponía “Para el bingo de la parroquia”? Ana: Esa misma. Carmen: ¡Eso fue un error de embalaje! La caja era reutilizada. Ana: La cafetera tenía café seco dentro, Carmen. Estaba usada. Carmen: Era una prueba de fábrica. Para garantizar la calidad. Alberto: Mamá, por favor, no ayudes. Ana: ¿Y las sábanas de flores del año pasado? Carmen: Unas sábanas preciosas. De hilo fino. Ana: Tenían bordadas las iniciales “M” y “P”. Alberto: Pensé que significaba “Matrimonio Perfecto”. Ana: Significa “Manuel” y “Pilar”, tus tíos del pueblo que se divorciaron en los noventa. Laura: ¡Ja, ja, ja! ¡Es verdad! Esas sábanas eran del ajuar que rechazó la tía. Carmen: Es que es una pena tirar las cosas buenas. El hilo de antes no se fabrica hoy. Ana: Carmen, usted no regala, usted hace mudanzas encubiertas.
Acto VIII: La llegada del suegro (Manuel entra en escena)
(Se oye la puerta principal. Entra Manuel, el suegro, con el periódico bajo el brazo y una bolsa de pan).
Manuel: Buenas tardes a todos. Qué caras. ¿Quién se ha muerto? Laura: Nadie, papá. Mamá, que ha vuelto a traficar con ropa usada. Manuel: ¿El pañuelo verde? Ana: (Sorprendida) ¿Usted también lo sabía, Manuel? Manuel: Claro. Llevaba tres meses en el maletero del coche. Me tapaba las herramientas. Carmen: ¡Manuel, cállate la boca! Ana: (Mirando a Carmen) ¿En el maletero? ¿Al lado de la rueda de repuesto? Manuel: Sí, justo ahí. Carmen decía: “Esto me sirve para un apuro si tengo que regalar algo”. Alberto: Papá, eres el peor abogado defensor de la historia. Manuel: Yo solo digo la verdad. Por cierto, Carmen, ¿has cogido también la radio vieja? Carmen: ¡Manuel! Manuel: Es que no la encuentro en el garaje. Y sé que hoy venía Ana. Ana: ¿Una radio vieja, Carmen? ¿Para mí? Qué detallazo. Carmen: ¡Es una radio vintage! Están de moda entre la gente moderna como tú. Ana: Es una radio con casete y la antena rota, suegra. Carmen: Con un poco de celo se arregla.
Acto IX: El contraataque de la suegra
(Carmen se planta en medio del salón, indignada, con las manos en las caderas).
Carmen: Muy bien. Ya está bien de linchamiento. ¿Y tú, Ana? Ana: ¿Yo qué? Carmen: ¿Qué me regalaste tú por mi santo? Ana: Una crema hidratante de primera marca. Carmen: Sí, de una marca que solo conocen en tu barrio. Me dejó la cara como un pimiento. Ana: Es una crema orgánica, Carmen. No tiene químicos. Carmen: No tenía químicos porque estaba caducada desde que se inventó el euro. Ana: ¡Eso no es verdad! La compré la semana anterior. Carmen: Tenía el precio en pesetas tapado con un rotulador negro, bonita. Alberto: ¿En serio, Ana? Ana: ¡Fue un error en la tienda! Estaba de oferta. Carmen: ¡Ajá! ¡Oferta! O sea, que tú también miras el céntimo. Ana: Mirar el céntimo no es lo mismo que vaciar el maletero del coche para envolverlo en papel de regalo. Laura: Mamá, un punto para Ana. Lo de la crema fue tacañería; lo tuyo es arqueología. Manuel: Yo solo digo que la paella estaba un poco salada. Alberto: Papá, ahora no.
Acto X: La caja de los tristes recuerdos
(Ana, decidida a llegar al fondo del asunto, se encamina hacia el pasillo).
Carmen: ¿A dónde vas? ¡No entres ahí! Ana: Voy al armario del pasillo. Sé que ahí está el almacén central. Alberto: Ana, no abras la caja de Pandora. Es peligroso. Ana: (Desde el pasillo) ¡Madre mía! ¡Pero si esto es un museo del reciclaje! Laura: ¡Voy a ver! (Corre tras Ana). Carmen: ¡Alberto, diles algo! ¡Es mi intimidad! Manuel: Déjalas, Carmen. Así haces limpieza, que no se puede entrar en esa habitación. Ana: (Vuelve al salón con una caja grande de cartón) Miren esto. Alberto: ¿Eso es… mi trofeo de fútbol de cuando tenía doce años? Ana: Sí, pero tiene una pegatina encima que dice: “Para el mejor cuñado”. Laura: ¡Se lo ibas a colocar a mi marido! Carmen: Vuestro cuñado juega al fútbol sala. Le haría ilusión. Alberto: Mamá, el trofeo tiene un muñeco al que le falta una pierna. Carmen: Representa el esfuerzo, hijo. El sacrificio.
Acto XI: El inventario del delito
(Ana sigue sacando objetos de la caja ante la mirada atónita de la familia).
Ana: Siguiente objeto: un juego de tazas de café. Falta la mitad. Carmen: Ideal para parejas. Vosotros sois dos. Ana: Tienen el logotipo de un banco que quebró en 2008. Carmen: Es historia económica de España. Un objeto de colección. Laura: Mamá, eres incorregible. ¿Y esto? ¿Un pijama de franela de la talla XL? Carmen: Ese es para ti, Laura. Para el invierno. Laura: Mamá, yo uso la S. En este pijama cabemos mi marido, el perro y yo. Carmen: Así no pasas frío. La ropa holgada es más sana para la circulación. Manuel: Ese pijama era mío, Carmen. Me lo compraste en las fiestas del pueblo y me picaba. Carmen: ¡Eres un desagradecido, Manuel! Ana: ¿Lo ven? Todo se recicla en esta casa. Nada se destruye, todo se transforma en regalo de compromiso.
Acto XII: La defensa de Alberto
(Alberto se sitúa en medio del conflicto, intentando calmar las aguas).
Alberto: A ver, entiendo el enfado. Pero mi madre lo hace con buena intención. Ana: Alberto, me ha regalado un pañuelo que ha servido para limpiar el coche de tu hermana y el maletero de tu padre. Alberto: Bueno… así tiene una historia detrás. Es un pañuelo con experiencia. Ana: Si quieres, te lo pones tú para ir a trabajar mañana. Alberto: A mí el verde me sienta mal, ya lo sabes. Carmen: Te sienta de maravilla, Alberto. Tienes los ojos castaños, resalta tu mirada. Ana: No defiendas lo indefendible, Alberto. Tu madre tiene un problema con el síndrome de Diógenes de los regalos. Carmen: ¡Qué exagerada! Yo solo cuido el presupuesto familiar. Laura: Mamá, el año pasado le regalaste a tu vecina una vela que ya estaba encendida. Carmen: Estaba encendida solo cinco minutos. Para probar el olor. Laura: Tenía el hueco de la cera por la mitad, mamá. Carmen: ¡Era aroma a vainilla concentrada! Al quemarse se compacta. Manuel: Es verdad, la casa olía a pastelería rancia durante una semana.
Acto XIII: El veredicto familiar
Ana: Propongo una votación. ¿Quién cree que Carmen debe dejar de hacer re-regalos? Laura: Yo voto que sí. Definitivamente. Ana: Yo también. Obviamente. Manuel: Yo voto que sí, a ver si así recupero mis herramientas del maletero. Alberto: Yo… me abstengo. Quiero seguir comiendo los domingos. Carmen: ¡Traidor! ¡Hijo ingrato! Yo te di la vida. Alberto: Mamá, te quiero, pero el trofeo sin pierna para mi cuñado era demasiado. Carmen: Está bien. Me rindo. Sois una panda de materialistas. Ana: No somos materialistas, Carmen. Nos gusta que los regalos se compren pensando en la persona, no en el espacio que ocupan en el trastero. Carmen: Pensé en ti, Ana. De verdad. El verde te pega con los ojos. Ana: Mis ojos son negros, Carmen. Carmen: Bueno, con la luz del sol se ven más claros.
Acto XIV: La tregua del café
(El ambiente se relaja un poco. Manuel se sienta a leer el periódico mientras las mujeres se sientan alrededor de la mesa).
Laura: Bueno, al menos el pañuelo ha servido para reírnos un rato. Ana: Yo no me río, Laura. Me lo voy a quedar. Carmen: ¿Ves? En el fondo te ha gustado. Ana: Me lo quedo como recordatorio. Para cuando llegue Navidad. Carmen: ¿Qué vas a hacer en Navidad? Ana: Ya lo verá, suegra. Ya lo verá. Alberto: Miedo me dais las dos cuando os ponéis así. Manuel: Por cierto, Carmen, ¿dónde dijiste que compraste el pan de hoy? Carmen: En la panadería de la esquina, Manuel. Manuel: Raro. Tiene la pegatina de la oferta del viernes del supermercado grande. Ana: (Sonríe) Ay, Carmen… no cambia usted ni con el pan. Carmen: ¡Es que el pan asentado es mejor para el estómago! Vosotros no sabéis nada de nutrición.
Acto XV: La venganza se sirve en bandeja
(Seis meses después. Es la cena de Nochebuena en casa de Ana y Alberto. Carmen y Manuel entran por la puerta cargados de abrigos).
Carmen: ¡Feliz Navidad a todos! Qué casa tan bien decorada. Ana: Gracias, Carmen. Pasen, pasen. Sentaos. Alberto: Mamá, papá, sentaos cerca de la calefacción. Manuel: Qué bien huele aquí. Esto sí es una cena de gala. Ana: He preparado todo con mucho detalle. Especialmente los regalos de después. Carmen: (Con la mirada fija en el árbol) Veo muchos paquetes bajo el árbol. Ana: Hay uno muy especial para usted, suegra. Lo elegí yo misma. Carmen: Qué ilusión. Espero que no sea otra de tus cremas modernas. Ana: No, no. Es algo clásico. Sencillo, como su estilo. Laura: (Entrando por la puerta) ¡Hola! ¿Ya estáis hablando de regalos? No me lo quiero perder.
Acto XVI: El momento de la verdad navideña
(Tras la cena, llega el momento de abrir los regalos. Ana reparte los paquetes. Le entrega uno mediano a Carmen, envuelto en un papel brillante pero sospechosamente arrugado).
Carmen: Vaya, qué papel tan reluciente. Aunque… este lazo me suena. Ana: Es un lazo reciclado, Carmen. Pensé en el medio ambiente, como usted me enseñó. Carmen: Ah… muy bien, muy ecológico. (Empieza a abrirlo con cuidado). Manuel: Abre rápido, Carmen, que quiero ver qué es. Carmen: (Abre la caja y saca un objeto envuelto en plástico de burbujas) ¿Una… lámpara de mesa? Ana: Sí. Una lámpara de noche. Muy útil. Carmen: Es bonita… pero… ¿por qué tiene una pegatina de “Hotel Bahía Vista”? Laura: ¡No puede ser! ¡Ja, ja, ja! Alberto: ¡Ana! ¿Le has regalado la lámpara que nos encontramos en el trastero del apartamento de la playa? Ana: Es una lámpara vintage, Alberto. De los años ochenta. Tiene historia turística. Carmen: ¡Pero si esta lámpara la compramos Manuel y yo en el año 85 y la dejamos en ese apartamento porque no funcionaba! Ana: El electricista me ha dicho que con un poco de celo y un cable nuevo va de maravilla, Carmen. Manuel: Es verdad, tiene la marca del quemazo que le hice yo con el cigarrillo. Ana: ¿Le gusta, suegra? Es sencilla, como su estilo de decoración.
Acto XVII: La lección aprendida (O casi)
(Carmen mira la lámpara, luego mira a Ana, y finalmente empieza a reírse a carcajadas).
Carmen: Eres un bicho, Ana. Eres un bicho malo. Ana: De tal suegra, tal nuera, Carmen. Carmen: Está bien, me lo merezco. Juego limpio. Alberto: Bueno, al menos hemos cerrado el círculo del reciclaje familiar. Laura: ¿Y para mí qué hay? Espero que no sea el pijama gigante. Ana: No, Laura. Para ti tengo algo mejor. (Le entrega un paquete plano). Laura: (Lo abre rápidamente) ¡El pañuelo verde! Ana: Sí. Pensé que como tiene tu inicial, te daría nostalgia. Laura: ¡Me encanta! Lo usaré para limpiar el polvo de la televisión. Carmen: ¡Malagradecidas! Ese pañuelo costó veinte euros en su día. Manuel: Doce, Carmen. Que te vi el tique. Carmen: ¡Manuel, tú siempre destrozando mis momentos de gloria!
Acto XVIII: El brindis final
(Alberto sirve el champán en las copas de todos. La familia se junta en el centro del salón, riendo por las ocurrencias y los regalos fallidos).
Alberto: Un brindis por la familia. Por los regalos nuevos, los reciclados y los que nunca debieron salir del trastero. Manuel: Y por que el año que viene me compréis ropa de mi talla, por favor. Laura: Brindo por el pañuelo verde, el verdadero protagonista del año. Ana: Brindo por usted, Carmen. Por enseñarme el arte del ahorro extremo. Carmen: Brindo por ti, nuera. Pero que sepas una cosa… Ana: ¿El qué, Carmen? Carmen: Esa lámpara del hotel la voy a guardar bien. El año que viene es tu cumpleaños. Ana: ¡Ni se le ocurra, Carmen! ¡Ni se le ocurra! Alberto: Madre mía, esto no va a terminar nunca.
(Todos brindan entre risas mientras la lámpara vieja parpadea sobre la mesa, amenazando con fundirse de nuevo).
Aquí tienes la continuación y expansión profunda del universo familiar de Carmen, Ana, Alberto y Laura. Para alcanzar el volumen de texto solicitado manteniendo el ritmo cómico y la frescura del guion original, el conflicto se traslada al período posterior a las fiestas de fin de año, introduciendo nuevos personajes, visitas inesperadas, y el descubrimiento de un “libro de contabilidad clandestino” donde la suegra anota el historial de procedencia de cada objeto de la casa.
Los diálogos siguen siendo directos, rápidos y cargados del clásico costumbrismo irónico español.
Acto XIX: La resaca de Reyes y el “Efecto Búmeran”
(Mes de enero. Salón de la casa de Ana y Alberto. Hay cajas de mudanza a medio abrir y decoración navideña a medio recoger. Carmen entra con paso firme, portando una bolsa de plástico de una tienda de ropa muy conocida, pero visiblemente arrugada).
Carmen: Buenas tardes. Vengo a devolver una cosa.
Ana: (Desde la cocina, con un café) Carmen, las devoluciones se hacen en la tienda, no en el domicilio de los hijos.
Carmen: Es que esto me lo regalaste tú por Reyes, Ana. Y no me convence.
Ana: ¿El jersey de lana azul? Pero si me dijo que le encantaba.
Carmen: Me encanta el color, pero me da alergia. Me pica solo con mirarlo.
Ana: Es lana de oveja merina cien por cien, suegra. No pica.
Carmen: A mí me pica. Tengo la piel muy fina, como las infantas.
Ana: Ya. ¿Y qué quiere que haga yo con el jersey? ¿Que se lo cambie por otra cosa?
Carmen: No, no hace falta que te molestes en ir a la tienda. Quédatelo tú. Te pega con los ojos.
Ana: Mis ojos siguen siendo negros, Carmen. Y el jersey es de la talla XL. Yo uso la M.
Carmen: Pues te lo pones con un cinturón, que ahora las jóvenes vais todas con la ropa suelta, como si fuerais a recoger patatas.
Alberto: (Entrando con la escoba) Mamá, ¿le estás encasquetando a Ana el regalo que te hizo ella misma?
Carmen: No es encasquetar, Alberto. Es redistribución de la riqueza textil.
Ana: Esto es el colmo del cinismo. El regalo búmeran: sale de mi bolsillo, va a su armario, y vuelve a mi casa en menos de tres semanas.
Carmen: Al menos no ha pasado por el maletero de Manuel, deberías estar agradecida.
Acto XX: La aparición del cuaderno secreto de Carmen
(Laura llega de improviso a la casa buscando un cargador de móvil. Al ver el jersey sobre el sofá, se echa a reír).
Laura: No me lo puedo creer. El jersey azul.
Ana: ¿Tú también lo conoces, Laura?
Laura: Madre mía, ese jersey tiene más kilómetros que el baúl de la Piquer. ¿No os habéis dado cuenta?
Ana: ¿De qué me tengo que dar cuenta? Lo compré yo en el centro comercial el mes pasado.
Laura: Que no, Ana. Que mamá lo cambió en la tienda por otra cosa, usó el tique regalo que tú le diste, sacó un vale descuento, y luego compró ese mismo jersey en el rastro por la cuarta parte de lo que te costó a ti.
Ana: ¡¿Qué?!
Carmen: ¡Laura, eres una víbora! ¡Una espía de la Gestapo!
Alberto: Mamá, ¿haces arbitraje financiero con los regalos de Navidad?
Carmen: Hay que optimizar los recursos, hijo. La inflación está muy mala.
Ana: Carmen, usted no es una suegra, es un fondo de inversión de capital riesgo.
Laura: Espera, que no os lo he contado todo. ¿Sabéis cómo lleva el control de todo esto?
Ana: No me digas que tiene una hoja de Excel.
Laura: Mejor. Tiene “El Cuaderno Azul”. Lo guarda en la cocina, detrás de los botes de lentejas.
Carmen: ¡Eso es propiedad privada! ¡Violación de la correspondencia!
Laura: Es un cuaderno escolar de cuadritos donde apunta quién le regala qué, cuánto costó estimadamente, y a quién se lo puede endosar en el siguiente cumpleaños.
Acto XXI: El asalto al cuartel general
(La escena se traslada, tras una elipsis de indignación, a la cocina de Carmen. Ana, Laura y Alberto están buscando detrás de los botes de legumbres mientras Carmen intenta interponerse físicamente).
Carmen: ¡Fuera de mi cocina! ¡Esto es allanamiento de morada!
Manuel: (Sentado en el rincón, comiendo un trozo de chorizo) Déjalas, Carmen. Si encuentran el cuaderno, a lo mejor descubro quién es el dueño original de mis botas de montaña.
Carmen: ¡Manuel, tú cállate, que bastantes disgustos me das!
Ana: ¡Lo tengo! (Saca un cuaderno viejo con tapas de plástico azul).
Alberto: Madre mía, esto es oro puro para la antropología familiar.
Ana: Vamos a ver… Página uno: “Año 2022. Cumpleaños de Alberto”.
Alberto: A ver qué pone de mí…
Ana: “Regalo de su hermana Laura: Camisa de rayas. Nota: Es fea, pero sirve para que Alberto pinte la casa. Re-regalada al fontanero en agradecimiento por arreglar la cisterna”.
Laura: ¡¿Le diste mi camisa al fontanero, mamá?!
Carmen: Estaba muy agradecido el hombre. Además, a ti te costó cinco euros en las rebajas del saldo.
Laura: ¡Me costó treinta!
Carmen: Te timaron, hija. El tejido era malísimo. Al primer lavado se quedó para un muñeco de Nancy.
Acto XXII: El apartado de Ana en el cuaderno
(Ana pasa las páginas con el dedo, con los ojos entrecerrados y una sonrisa peligrosa).
Ana: Aquí está mi sección. “Apartado: Ana (La Nuera)”.
Alberto: Yo me voy yendo…
Ana: Tú te quedas aquí, Alberto. Escucha esto: “Navidad 2023. Ana regala juego de sartenes. Nota: Pesan mucho. Seguro que las compró con los puntos del supermercado. Guardar para el sorteo de la asociación de vecinas”.
Carmen: ¡Es que pesaban mucho para mis muñecas, Ana! Tengo artrosis.
Ana: Eran de titanio, Carmen. De la mejor calidad del mercado.
Carmen: El titanio es para los aviones, no para freír un huevo frito.
Ana: Sigo leyendo: “Cumpleaños de Ana 2024. Idea: Regalar el jarrón de porcelana que me dio la tía Enriqueta. Total, Ana tiene un gato y si el gato lo tira, la culpa será del animal y no mía”.
Laura: ¡Qué estrategia! ¡Esto es nivel maquiavélico avanzado!
Manuel: Carmen, eres un genio del mal. Yo pensaba que eras despistada, pero eres una estratega militar.
Carmen: Alguien tiene que gestionar esta familia. Si fuera por vosotros, estaríamos en la ruina y vestidos con sacos de patatas.
Acto XXIII: La tía Enriqueta entra en escena
(Suena el timbre de la casa de Carmen. Entra la tía Enriqueta, una mujer octogenaria con un oído excelente para los cotilleos y una vista muy aguda para sus propias pertenencias).
Enriqueta: Hola, familia. Qué jaleo tenéis aquí. ¿Se rifa algo?
Ana: Hola, tía Enriqueta. Estábamos hablando de regalos. De su jarrón de porcelana, concretamente.
Enriqueta: ¿Qué jarrón? ¿El de los angelitos con trompeta?
Ana: Sí, ese mismo.
Enriqueta: Pero si ese jarrón se lo regalé yo a Carmen por sus bodas de plata.
Carmen: (Poniéndose roja) ¡Enriqueta, toma un té! Te pongo unas pastas.
Enriqueta: Espera, Carmen. ¿Ese jarrón no es el que vi el otro día en la terraza de la casa de Ana?
Ana: El mismo, tía. Carmen tuvo el “detalle” de regalármelo por mi cumpleaños.
Enriqueta: ¡Será sinvergüenza! ¡Carmen! ¡Que ese jarrón era de mi madre! ¡Una reliquia familiar!
Carmen: ¡Es que a Ana le hacía mucha ilusión tener un recuerdo de la familia!
Ana: A mí lo que me hacía ilusión era un robot de cocina, Carmen, pero el jarrón con los ángeles mutantes también estuvo bien.
Enriqueta: Pues que sepas, Ana, que ese jarrón está maldito. Todos los que lo han tenido en su casa se han terminado mudando por humedades.
Alberto: Eso explica lo del baño del pasillo…
Acto XXIV: La gran subasta del salón
(Ana coloca el cuaderno azul sobre la mesa del comedor como si fuera un mazo de juez).
Ana: Muy bien. Ya que tenemos el registro oficial de la propiedad, propongo hacer una auditoría general de los objetos de esta casa.
Carmen: De mi casa no sale nada sin mi permiso.
Ana: Manuel, esas botas de montaña que lleva puestas… ¿de dónde salieron?
Manuel: Pues ahora que lo dices… me las encontré en el armario un día de Reyes. Carmen me dijo que eran de un catálogo por catálogo.
Laura: Papá, mira la plantilla por dentro.
Manuel: (Se quita la bota con dificultad) A ver… Aquí pone “Propiedad de la Escuela de Senderismo de la Sierra”.
Laura: ¡Mamá, le robaste las botas a los excursionistas del centro cívico!
Carmen: ¡No las robé! Se las dejaron olvidadas en el autobús de la excursión del año pasado y nadie las reclamó en diez minutos.
Manuel: ¡Diez minutos no es abandono, Carmen! ¡Es ir al baño!
Carmen: Estaban allí, solas, tristes… Pensé en tus pies, Manuel. Tienes los juanetes muy grandes y esa bota es ancha.
Ana: Esto ya no es reciclaje, Carmen. Esto roza el código penal.
Acto XXV: La contraofensiva del orgullo de suegra
(Carmen, acorralada por las pruebas y los testimonios, decide que la mejor defensa es un ataque masivo a la moral de los presentes).
Carmen: Muy bien. ¿Queréis hablar de honestidad? Hablemos de la cena de Navidad que organizaste tú, Ana.
Ana: ¿Qué le pasó a mi cena? Todo el mundo repitió cordero.
Carmen: El cordero estaba excelente. Pero las cajas del vino que trajiste… ¿de dónde salieron?
Ana: Las compró Alberto en la bodega.
Carmen: Las cajas tenían el precinto de la empresa donde trabaja Alberto. Ese vino era la cesta de Navidad de los empleados que le regalan a los jefes, y vosotros lo pusisteis en botellas de cristal fino para que pareciera de reserva.
Alberto: ¡Mamá! ¿Cómo sabes eso?
Carmen: Porque yo misma fui a la cocina a buscar más hielo y vi las botellas originales en el cubo de la basura. El vino era “Castillo del Descampado”, a dos euros el cartón.
Laura: ¡Ja, ja, ja! ¡Ojo por ojo, diente por diente!
Ana: (Mirando fijamente a Alberto) ¿Alberto? Me dijiste que habías gastado cien euros en el vino.
Alberto: Bueno… es que… había que ahorrar para las vacaciones…
Carmen: ¿Lo veis? En esta familia todos somos de la misma cofradía: la Virgen del Puño Cerrado. Nadie se salva.
Acto XXVI: El tratado de paz de la cocina
(Tras el estallido de verdades cruzadas, el silencio reina en la cocina. El cuaderno azul sigue abierto sobre la mesa, pero ya nadie tiene la fuerza moral para seguir acusando al prójimo).
Manuel: Bueno… al final el vino de dos euros no estaba tan malo. No me dolió la cabeza al día siguiente.
Enriqueta: A mí sí me dolió, pero pensé que era por los gritos de Carmen.
Laura: Al final, la conclusión es que somos unos tacaños todos. Cada uno a su nivel.
Ana: Hay niveles y niveles, Laura. Una cosa es ahorrar en el vino de la cena, y otra es regalar un pañuelo usado para limpiar llantas de coche.
Carmen: Que no eran las llantas, Ana, que era el parabrisas por dentro, que tiene menos grasa.
Ana: Me deja muchísimo más tranquila, de verdad.
Alberto: ¿Qué hacemos con el cuaderno azul, entonces?
Carmen: Me lo devolvéis ahora mismo. Es mi diario de operaciones.
Ana: Se lo devuelvo, Carmen. Pero con una condición.
Carmen: ¿Qué condición?
Ana: En la próxima página, ponga mi nombre en letras grandes. Y al lado escriba: “Prohibido regalar nada que no tenga el plástico protector original puesto de fábrica”.
Carmen: Veremos si el presupuesto lo permite. Las normas están para adaptarse a las circunstancias.
Acto XXVII: El nuevo fichaje (Llega el novio de Laura)
(Pasan unas semanas. Es el cumpleaños de Laura. La familia se reúne en un restaurante de menú del día elegido, cómo no, por Carmen porque “con tres platos te llenas por el precio de dos”. Laura viene acompañada por Carlos, su nuevo novio, un chico tímido que asiste a su primera comida familiar masiva).
Laura: Hola a todos. Este es Carlos.
Carlos: Encantado. Buenas tardes.
Carmen: Hola, hijo. Pasa, siéntate aquí, al lado de la corriente, que los jóvenes aguantáis mejor el frío.
Manuel: Bienvenido al manicomio, Carlos. Si te ofrecen un regalo, piénsatelo dos veces antes de abrirlo.
Carlos: ¿Cómo?
Ana: No le haga caso, Carlos. Es una broma interna de la familia. Por cierto, Carmen, veo que trae una bolsa muy bonita.
Carmen: Sí. Es para Carlos. Para darle la bienvenida oficial a la familia.
Alberto: (Por lo bajo) Oh, no. La primera víctima del año.
Carlos: ¿Para mí? No tenían por qué…
Carmen: Es un detalle. Un reloj de pulsera. Muy elegante.
Ana: (Se inclina para mirar la caja del reloj) A ver, a ver… Qué marca más curiosa. “Horologium”. Suena a latín.
Carlos: (Abre la caja, un poco cohibido) Ah… es muy bonito. Gracias, Carmen. Aunque… tiene la hora de Tokio puesta.
Laura: Déjame ver, Carlos… Mamá, este reloj es el que te regaló el banco por domiciliar la pensión de papá en el año 2018.
Carmen: ¡Es un reloj japonés de alta precisión!
Manuel: Es verdad, Carlos. Te lo recomiendo. Funciona muy bien de cinco a siete de la tarde. El resto del día se lo toma de descanso.
Acto XXVIII: El bautismo de fuego de Carlos
(Carlos mira el reloj, luego mira a Laura, y finalmente mira a Ana, que contiene la risa con un pañuelo en la boca).
Carlos: Pues… me viene genial. Precisamente se me había roto el mío.
Carmen: ¿Lo veis? ¡Utilidad! ¡Eso es lo que busco yo en la vida!
Ana: Carlos, un consejo de profesional: mira detrás de la esfera. A ver si hay alguna inscripción.
Carlos: (Le da la vuelta al reloj) Sí… pone “Caja de Ahorros del Mediterráneo. Gracias por su confianza”.
Laura: ¡Mamá, que ese banco ya ni existe! ¡Es arqueología financiera!
Carmen: ¡Es una pieza histórica, os lo digo yo! Dentro de cincuenta años valdrá una fortuna en las casas de apuestas de antigüedades.
Carlos: No se preocupen, de verdad. Me gusta la historia económica. Me lo quedo.
Ana: (Mirando a Carlos con respeto) Muy bien, Carlos. Has pasado la primera fase del examen. Tienes madera de yerno.
Alberto: Sí, la madera necesaria para aguantar los golpes de mi madre.
Acto XXIX: El misterio del anillo de compromiso
(El almuerzo continúa. Carlos se gana la simpatía de todos por su paciencia. En un momento de la comida, Laura muestra un anillo sencillo pero brillante en su dedo anular).
Laura: Bueno… ya que estamos en familia, queríamos contaros algo. Carlos y yo hemos estado hablando del futuro.
Carmen: ¡Ay, virgen santa! ¿Boda?
Laura: Estamos pensándolo. Mirad qué detalle me ha regalado Carlos esta mañana.
Carmen: (Se pone las gafas de ver de cerca y agarra la mano de Laura) A ver… Déjame ver esa piedra. Esto es… esto es…
Ana: ¿Qué pasa, Carmen? ¿Le ve algún defecto óptico?
Carmen: Este anillo… esta forma de la montura… Manuel, mírame la mano izquierda.
Manuel: Yo no miro nada sin mi abogado, Carmen.
Carmen: ¡Manuel! El anillo que me diste tú cuando nos comprometimos en la verbena del pueblo… el que dijiste que habías perdido en la playa en el año 92…
Laura: ¡¿Qué?!
Carlos: (Tragando saliva, poniéndose blanco) Esto… verán… yo… lo compré en una tienda de segunda mano del centro…
Ana: ¡No puede ser! ¡El anillo del compromiso original de la suegra ha vuelto a la familia por vía de un tercero!
Alberto: ¡Esto ya no es un re-regalo, esto es el karma en formato de joyería!
Acto XXX: El círculo perfecto de la tacañería
(El restaurante entero parece detenerse ante la revelación. Carmen mira el anillo con una mezcla de nostalgia, indignación y profundo respeto profesional por Carlos).
Carmen: Así que… de segunda mano, ¿eh, Carlos?
Carlos: Lo siento mucho, de verdad… Si lo llego a saber…
Carmen: No, no te disculpes, hijo. Siéntate. Te mereces estar en esta mesa en primera fila.
Ana: Carmen, ¿no se va a enfadar?
Carmen: ¿Enfadarme? ¡Al contrario! Este chico ha demostrado que tiene la cabeza sobre los hombros. Ha recuperado el patrimonio familiar sin gastar el precio de una joyería de la calle Mayor. Esto es eficiencia.
Laura: Entonces, mamá… ¿el anillo es mío o tuyo?
Carmen: Tuyo, hija, tuyo. Pero que sepas que Manuel lo compró con un descuento del quince por ciento porque la caja venía rota.
Manuel: El descuento era del veinte, Carmen. No me quites mérito.
Ana: Definitivamente, Dios los cría y el reciclaje los junta.
Acto XXXI: La última página del cuaderno
(De vuelta en las casas. Pasados unos meses, Ana visita a Carmen para llevarle unos pasteles de verdad, comprados ese mismo día).
Ana: Aquí tiene, Carmen. Pasteles frescos del día. Mire el tique de la pastelería, se lo dejo pegado en la caja para que vea la hora de impresión.
Carmen: Gracias, hermosa. Qué detallista eres cuando te lo propones.
Ana: Por cierto, ¿dónde está el cuaderno azul? Quería comprobar una cosa.
Carmen: Está en el cajón de los cubiertos de plata. Los que solo usamos cuando viene el obispo, o sea, nunca.
Ana: (Abre el cuaderno por la última página escrita) A ver… “Año 2026. Balance de situación”.
Carmen: He actualizado las cuentas después de lo del anillo.
Ana: (Lee en voz alta) “Entrada: Un yerno eficiente que compra joyería de ocasión. Salida: El reloj del banco que por fin ha encontrado un dueño que no se queja de la hora de Japón. Conclusión del año: La nuera Ana sigue vigilando las etiquetas, pero se la puede despistar con unos pasteles de crema”.
Ana: ¡Carmen! ¡Que estoy aquí delante!
Carmen: Es que la crema me pierde, Ana. Por un pastel de gloria te firmo el tratado de no agresión hasta el próximo cumpleaños.
Ana: Trato hecho, suegra. Pero el pañuelo verde se lo queda Laura para siempre.
Carmen: Hecho. Total, a Laura el verde le sienta fatal. Resalta su falta de vitaminas.
(Ambas se ríen mientras comparten un trozo de tarta, sabiendo que la tregua durará exactamente hasta que aparezca el próximo regalo de compromiso en el horizonte familiar).