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Acto I: El capó abierto y el veredicto del carbón

Acto I: El capó abierto y el veredicto del carbón

El sol de la tarde caía de plano sobre el asfalto del patio. Carmen acababa de aparcar. El ventilador del motor aún bufaba con fuerza. Manuel, su suegro, apareció con un trapo viejo en la mano y la mirada fija en el morro del coche.

Carmen, las llaves, pidió Manuel sin saludar.

Hola, Manuel. Están puestas. ¿Pasa algo?

Este motor suena raro. Vamos a mirar el nivel.

Carmen suspiró y tiró de la palanca desde el interior. El capó saltó con un chasquido metálico. Manuel lo levantó de golpe y encajó la varilla de soporte. Buscó entre los plásticos negros hasta encontrar la anilla amarilla. Sacó la varilla, la limpió con el trapo, la volvió a meter y la extrajo de nuevo. Su cara fue un poema.

Hija, llevas el aceite del coche negro como el carbón. ¿Es que no miras el motor?

Lo llevo al taller cuando pita el ordenador de a bordo, suegro. Para eso está la tecnología.

¿El ordenador? ¡Una pantallita de colorines! Los coches de ahora son de juguete. A un Seat 600 no le pasaba esto.

Los tiempos cambian, Manuel. El coche avisa.

Avisará cuando esté roto. Esto es chapapote, no aceite.

Acto II: La teología de la varilla frente al sensor de presión

Entraron en la cocina huyendo del calor. Manuel dejó el trapo manchado sobre la mesa. Carmen lo retiró al instante con dos dedos.

No entiendo vuestra fe ciega en los cables, dijo Manuel, aceptando un vaso de agua.

Se llama mantenimiento preventivo, Manuel. El coche calcula el desgaste solo.

¡Tonterías! Cuando se enciende la luz roja, el motor ya está fundido.

Tiene sensores intermedios. Si falta un cuarto de litro, me lo pide en la pantalla.

Los sensores se estropean, Carmen. La varilla no falla.

El aceite sintético moderno se pone negro enseguida porque limpia el motor. Me lo dijo el mecánico.

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