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El dilema desgarrador en Valencia donde la devoción extrema a los oráculos amenaza la vida del nieto más esperado

El dilema desgarrador en Valencia donde la devoción extrema a los oráculos amenaza la vida del nieto más esperado

Parte 1: El estruendo de los oráculos en la calle la Paz

Todo empezó una tarde de esas en las que el bochorno de Valencia se te pega a la nuca como una lapa. Mi suegra, Doña Purificación —que de purificación tiene lo que yo de astronauta, porque tiene una lengua que ya la quisiera una víbora—, decidió que no podíamos dejar el nacimiento de mi primer hijo, el nieto más esperado de la historia de la Comunidad Valenciana, en manos del azar. Ni de los médicos del Hospital La Fe, que por lo visto para ella son unos aficionados comparados con sus “fuentes de sabiduría”.

—Paco, hijo, que te lo digo yo, que el niño va a nacer con la luna en cuarto menguante y eso en nuestra familia siempre ha traído unos aires muy raros —me soltó mientras se abanicaba con una furia que parecía que quería despegar del suelo.

Estamos en el salón de su casa, rodeados de figuritas de porcelana de esas que te miran con cara de saber todos tus pecados y un olor a jazmín y ambientador de pino que te marea nada más entrar. Mi mujer, Elena, está en el sofá con una barriga que parece que se ha tragado una sandía de las de kilo y medio de Almenara. Pobre mía, ella solo quiere que el niño salga ya, que estamos a mediados de agosto y el calor es insoportable, pero su madre ha decidido que antes de ir al hospital hay que consultar a “La Oráculo de Ruzafa”.

—Mamá, por favor, que tengo contracciones cada quince minutos, déjate de tonterías —suplicaba Elena, apretando los dientes.

—¿Tonterías? ¡Tú qué vas a saber, criatura! —le gritó la Puri, indignada—. Que tu tía abuela no consultó el horóscopo cuando nació tu primo Manolo y mira cómo acabó, ¡trabajando en Madrid y del Atleti! ¿Tú quieres eso para mi nieto? ¿Un descastado?

Yo miraba la escena apoyado en el marco de la puerta, pensando en si me daba tiempo a bajar al bar del berraco a por una horchata fresquita antes de que la cosa se pusiera más fea. Pero claro, no puedes dejar a una mujer embarazada de nueve meses sola con una madre que cree que el destino de la humanidad se lee en los posos del café con leche.

—Paco, no te quedes ahí como un pasmarote —me increpó mi suegra—. Saca el coche, que nos vamos a ver a la Consuelo. Ella nos dirá el momento exacto. Si el niño nace antes de que el sol toque la cúpula de la Iglesia de los Santos Juanes, el pobre tendrá una vida de penas. Y eso no lo voy a permitir yo mientras tenga sangre en las venas.

—Pero Puri —le dije yo con toda la paciencia que pude reunir—, que los médicos dicen que si se retrasa mucho puede haber riesgo. Que la ciencia está para algo, digo yo.

—¡Ciencia! —bufó ella—. Ciencia es lo que hace mi vecina para que no se le corten las mayonesas. Lo de los hospitales son todo protocolos para cobrar más. ¡A la calle, he dicho!

Y ahí nos ves, bajando por las escaleras porque el ascensor, como no podía ser de otra forma en este edificio del siglo pasado, se había quedado enganchado entre el segundo y el tercero. Yo iba delante, cargando con la bolsa del hospital por si acaso, y detrás venía Elena, quejándose a cada escalón, y cerrando la comitiva la Puri, que no paraba de mascullar oraciones y predicciones catastróficas.

Al llegar a la calle, el calor nos pegó un bofetón. Valencia en agosto es como vivir dentro de una vaporera de dim sum. La gente caminaba por la sombra como si les fuera la vida en ello, y nosotros ahí, en medio de la acera, discutiendo porque la Puri decía que el coche no podía aparcarse mirando al norte.

—¡Que el norte atrae a los malos espíritus del Pirineo, Paco! —gritaba mientras yo intentaba meter a Elena en el asiento del copiloto sin que se diera un golpe en la cabeza—. ¡Ponlo hacia el mar, que entre el salitre y la brisa se limpian las auras!

—¡Puri, que es un Ford Focus, no un galeón pirata! —le respondí yo, ya con el sudor chorreando por la espalda.

Finalmente, arrancamos. El trayecto hasta Ruzafa fue un poema. Mi suegra no dejaba de leer en voz alta un libro de profecías que parecía sacado de una peli de terror de serie B, mientras Elena le pedía a gritos que se callara o que le diera un ibuprofeno, cosa que la otra negaba rotundamente porque “los químicos alteran la conexión espiritual del feto”.

—¡Mira ese semáforo! —exclamó la Puri cuando nos detuvimos en un cruce—. ¡Se ha puesto en ámbar justo cuando íbamos a pasar! ¡Es una señal!

—Es una señal de que hay que frenar, mamá —dijo Elena entre dientes, agarrándose a la maneta de la puerta con una fuerza que le ponía los nudillos blancos.

—¡No! Es una señal de que el oráculo nos está esperando con noticias urgentes. ¡Acelera, Paco, que se nos pasa el arroz!

Llegamos al portal de la tal Consuelo. Era un edificio viejo, con esas puertas de madera pesadas que huelen a cera y a humedad. Subimos hasta el cuarto, y yo ya estaba pensando que esto iba a terminar muy mal. La puerta se abrió antes de que llamáramos, y allí apareció ella: una mujer que parecía un árbol de Navidad de lo cargada de collares y pulseras que iba. Tenía los ojos pintados como si fuera a salir en una procesión de Semana Santa y un aire de misterio que a mí me daba más risa que otra cosa.

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