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Bajo el sol de Barcelona, una herencia milenaria corre peligro por los rituales prohibidos de una abuela obsesionada

Bajo el sol de Barcelona, una herencia milenaria corre peligro por los rituales prohibidos de una abuela obsesionada

Parte 1: El despertar de la bestia (y no hablo de mi cuñado)

Aquella mañana de agosto en el barrio de Gràcia no era una mañana cualquiera. El aire estaba espeso, de ese que se te pega a la nuca y te hace arrepentirte de haber nacido en el Mediterráneo. Yo estaba intentando tomarme un cortado en la Plaza del Diamant, esquivando palomas y guiris que buscaban desesperadamente la sombra, cuando recibí la llamada. Era mi madre. Y cuando mi madre llama tres veces seguidas antes de las diez de la mañana, o se ha muerto alguien o la abuela Montse ha vuelto a las andadas.

—Javi, hijo, por lo que más quieras, ven a casa de la abuela ahora mismo —dijo mi madre, con esa voz de estar al borde de un colapso nervioso que solo ella sabe modular—. Ha vuelto a sacar el caldero de cobre. El de la bisabuela Remei.

Se me heló la sangre. El caldero de cobre. Eso significaba problemas de los gordos. No es que mi abuela fuera una bruja de película de Hollywood, qué va. Ella era mucho peor: era una abuela catalana con demasiado tiempo libre y una obsesión enfermiza por “limpiar el linaje”. Según ella, nuestra familia arrastraba una maldición desde tiempos de los romanos porque un antepasado se negó a compartir una receta de alioli con un centurión. O algo así. El caso es que, cada pocos años, le daba por los “rituales prohibidos”.

Llegué a su piso, un principal con techos altos y suelos de mosaico hidráulico que crujían con solo mirarlos. Nada más cruzar el umbral, me pegó un bofetón de olor a ruda, romero quemado y… ¿sobrasada?

—¿Abuela? —pregunté, dejando las llaves en la mesita de la entrada, justo al lado de una figura de la Moreneta que parecía mirarme con lástima.

—¡No pises el círculo, desgraciado! —gritó una voz ronca desde el fondo del pasillo.

Allí estaba ella. La gran Montse. Ochenta y cinco años, un delantal de flores que había visto mejores épocas y unas zapatillas de estar por casa de esas que llevan pompones. Estaba de rodillas en el salón, rodeada de velas de los chinos y tarros de cristal que contenían cosas que prefería no identificar. En el centro, el famoso caldero de cobre humeaba como si dentro se estuviera cocinando el mismísimo averno.

—Abuela, por Dios, que vas a quemar el bloque y nos van a echar a todos —dije, tratando de sonar autoritario pero fallando estrepitosamente.

—Tú cállate, que tienes el aura más sucia que el metro en hora punta —me espetó sin mirarme—. ¿Crees que esto lo hago por gusto? El sol de Barcelona está en la posición exacta. El diablo anda suelto por Las Ramblas y si no sello el testamento de los ancestros antes del mediodía, perderemos la herencia.

—¿Qué herencia? Si lo único que tenemos es el piso este y la plaza de parking en la calle Balmes que no cabe ni un Smart —replicó mi madre, que apareció desde la cocina abanicándose con una revista de cotilleos.

La abuela se levantó con una agilidad que ya quisiera yo para mis mañanas de gimnasio. Se sacudió las rodillas y nos miró con una intensidad que me hizo sospechar que el “ritual” ya había empezado.

—No hablo de dinero, pedazo de ignorantes. Hablo de la Esencia. El secreto que ha mantenido a los Puig fuertes durante milenios. ¿Os creéis que vuestro bisabuelo sobrevivió a la guerra por suerte? ¡No! Fue por el ungüento de pata de cabra y vino de misa que le puse en las botas.

Mi madre y yo nos miramos. El nivel de delirio estaba subiendo más rápido que el precio del alquiler en la Barceloneta. Pero lo peor estaba por llegar. La abuela se acercó al caldero, cogió una cuchara de madera que parecía un arma de destrucción masiva y empezó a remover un líquido espeso y verdoso.

—Para este ritual necesito algo vuestro —sentenció ella, con una sonrisa maliciosa—. Necesito un recuerdo físico de vuestra mayor vergüenza. Y lo necesito antes de que la sombra de la Sagrada Familia toque el suelo de la calle Mallorca.

—Mira, mamá, ya basta —dijo mi madre, intentando quitarle la cuchara—. Vamos a apagar esto, ventilamos la casa y te hago una tila. O un gin-tonic, lo que prefieras.

Pero la abuela Montse no estaba para bromas. Agarró a mi madre por el brazo con una fuerza sorprendente.

—Si no lo hacéis, la herencia se perderá. Y no hablo solo de la esencia. Hablo del cuadro de Dalí que el abuelo escondió detrás del contador de la luz.

Silencio absoluto. Mi madre soltó el abanico. Yo casi me atraganto con mi propia saliva. ¿Un Dalí? ¿En esta casa de muebles de Ikea y fotos de comunión?

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