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LA FIRMA FALSA

Parte 1

La primera vez que Laura sospechó que algo no iba bien no fue por un mensaje raro, ni por perfume ajeno en la camisa de su marido, ni por ninguna de esas cosas que salen en las series malas de sobremesa. Fue por una grapadora.

Una grapadora plateada, de las caras, de esas que pesan más que un ladrillo y que Julio había comprado hacía dos meses diciendo que “en una casa seria tiene que haber material de oficina serio”.

Laura seguía sin entender por qué una pareja que vivía en un piso de noventa metros en Móstoles necesitaba una grapadora industrial, pero tampoco era el tema más raro de su matrimonio. Julio llevaba años entrando en fases absurdas. Hubo una época en la que se obsesionó con hacer pan casero y convirtió la cocina en una panadería ilegal. Otra vez se empeñó en invertir en criptomonedas porque un chico de Albacete en YouTube decía que era “el futuro financiero de Europa”.

El futuro financiero de Europa les costó tres mil euros y una discusión en Ikea que todavía olía a divorcio.

Aquella mañana de martes, Laura estaba buscando unas facturas del seguro dental porque la gestoría del colegio de su hija se había confundido con una bonificación. Todo muy emocionante. Todo muy adulto. Todo muy deprimente.

Abrió el cajón del despacho de Julio y encontró una carpeta azul.

Nada raro.

Dentro había documentos del piso de la playa de Benidorm.

Ahí sí hubo algo raro.

Porque el piso de Benidorm era suyo. Mejor dicho, de los dos. Lo habían comprado hacía siete años, cuando todavía se hacían selfies con filtros ridículos y creían que discutir por dinero era “una etapa”.

Laura empezó a revisar hojas sin demasiada atención hasta que vio la firma.

Su firma.

O algo que intentaba parecerse muchísimo a su firma.

Se quedó quieta.

Volvió a mirar.

Después acercó el papel a la lámpara como si la iluminación pudiera cambiar la realidad.

—Pero qué coño…

La rúbrica estaba mal hecha. Muy mal hecha. Julio había copiado la forma general, pero había cometido un error fundamental: la “L” de Laura nunca cerraba el bucle completo. Era una manía que tenía desde los quince años.

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