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El susurro de las brujas en Costa Brava que manipula a una madre contra el futuro de su propio nieto primogénito

El susurro de las brujas en Costa Brava que manipula a una madre contra el futuro de su propio nieto primogénito


Parte 1: El desembarco en el epicentro del misticismo costero

El coche iba hasta los topes. Elena intentaba encontrar una postura que no le destrozara la zona lumbar mientras yo peleaba con el GPS, que parecía empeñado en meternos por todos los caminos de cabras del Baix Empordà. Mi madre, en el asiento de atrás, no dejaba de suspirar. Pero no eran suspiros de cansancio, eran de esos que tienen mensaje.

—¿Te pasa algo, mamá? —pregunté, cometiendo el error de novato de darle pie.

—No, hijo, no. Es solo que el aire aquí… está cargado. ¿No lo notáis? Como si las rocas hablaran. Hay una sabiduría antigua en estas calas que nosotros, los de ciudad, hemos olvidado entre tanto hormigón y tanto microondas.

Elena me miró de reojo. Esa mirada de “como empiece con sus cosas de la New Age, me tiro del coche en marcha”. Elena es cirujana pediátrica. Cree en lo que se puede ver por un microscopio o cortar con un bisturí. Mi madre, en cambio, cree que si pones un ajo debajo de la almohada durante un eclipse, el Euríbor te baja tres puntos.

Llegamos a la casa de alquiler, una construcción de piedra típica que, según el anuncio, tenía “vistas idílicas”. Lo que no decía el anuncio es que para llegar a las vistas tenías que subir ochenta escalones de piedra irregular que para una embarazada de siete meses son el equivalente al Everest.

—¡Es perfecta! —exclamó Virtudes, bajándose del coche con una agilidad impropia de sus setenta años—. Siento que el portal está abierto.

—¿Qué portal, mamá? ¿El del garaje? Porque está cerrado y me estoy dejando la uña con la llave —dije yo, sudando la gota gorda.

—El portal energético, tonto. Esta casa está construida sobre una vena de cuarzo. Lo he leído en un foro de “Brujas de la Tramontana”. Dicen que aquí los velos entre los mundos son más finos.

Elena resopló, dejando las bolsas del Carrefour sobre el capó.

—Virtu, de verdad, lo único fino que quiero ver yo este verano es el corte del jamón. Tengo un hambre que me muero y el niño me está dando unas patadas que parece que está ensayando para el Riverdance.

Entramos en la casa. El olor a humedad y a lavanda vieja nos recibió como una bofetada. Mi madre se puso a recorrer las habitaciones con una varita de incienso que sacó de su bolso “por si acaso”. Iba murmurando cosas sobre “limpiar las memorias de las paredes”.

—Cariño —me susurró Elena mientras arrastrábamos las maletas al piso de arriba—, dile a tu madre que como se le ocurra hacerme un ritual de esos de la placenta o me quiera leer el aura antes de cenar, me vuelvo a Barcelona en Renfe. Y sabes que odio la Renfe.

—Tranquila, amor. Está emocionada. Es el primer nieto, ya sabes cómo se pone. Se le pasará cuando vea una ración de bravas.

Pero no se le pasó. Esa misma tarde, mientras bajábamos al pueblo para comprar algo de avituallamiento, nos cruzamos con “El Problema”. “El Problema” se llamaba Sibila, o al menos eso decía su tarjeta de visita, que estaba hecha de papel reciclado con restos de pétalos secos.

Estaba sentada en una terraza de la plaza, con más collares de cuentas que un puesto de mercadillo y una mirada de esas que parece que te están haciendo una radiografía de los pecados que cometiste en la ESO. Mi madre se quedó petrificada.

—Es ella —susurró Virtudes, agarrándome del brazo con una fuerza de tenaza—. Es la Suma Sacerdotisa del Círculo de la Sal.

—Mamá, por Dios, es una señora tomando un granizado de limón —dije yo, intentando tirar de ella.

Pero Sibila ya nos había visto. O mejor dicho, había visto la barriga de Elena. Se levantó con una parsimonia casi teatral, moviendo sus túnicas blancas como si estuviera flotando, y se acercó a nosotros. Elena puso una mano sobre su vientre, en un gesto instintivo de protección, más por miedo a que la señora le pegara los piojos espirituales que por otra cosa.

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