El susurro de las brujas en Costa Brava que manipula a una madre contra el futuro de su propio nieto primogénito
Parte 1: El desembarco en el epicentro del misticismo costero
El coche iba hasta los topes. Elena intentaba encontrar una postura que no le destrozara la zona lumbar mientras yo peleaba con el GPS, que parecía empeñado en meternos por todos los caminos de cabras del Baix Empordà. Mi madre, en el asiento de atrás, no dejaba de suspirar. Pero no eran suspiros de cansancio, eran de esos que tienen mensaje.
—¿Te pasa algo, mamá? —pregunté, cometiendo el error de novato de darle pie.
—No, hijo, no. Es solo que el aire aquí… está cargado. ¿No lo notáis? Como si las rocas hablaran. Hay una sabiduría antigua en estas calas que nosotros, los de ciudad, hemos olvidado entre tanto hormigón y tanto microondas.
Elena me miró de reojo. Esa mirada de “como empiece con sus cosas de la New Age, me tiro del coche en marcha”. Elena es cirujana pediátrica. Cree en lo que se puede ver por un microscopio o cortar con un bisturí. Mi madre, en cambio, cree que si pones un ajo debajo de la almohada durante un eclipse, el Euríbor te baja tres puntos.
Llegamos a la casa de alquiler, una construcción de piedra típica que, según el anuncio, tenía “vistas idílicas”. Lo que no decía el anuncio es que para llegar a las vistas tenías que subir ochenta escalones de piedra irregular que para una embarazada de siete meses son el equivalente al Everest.
—¡Es perfecta! —exclamó Virtudes, bajándose del coche con una agilidad impropia de sus setenta años—. Siento que el portal está abierto.
—¿Qué portal, mamá? ¿El del garaje? Porque está cerrado y me estoy dejando la uña con la llave —dije yo, sudando la gota gorda.
—El portal energético, tonto. Esta casa está construida sobre una vena de cuarzo. Lo he leído en un foro de “Brujas de la Tramontana”. Dicen que aquí los velos entre los mundos son más finos.
Elena resopló, dejando las bolsas del Carrefour sobre el capó.
—Virtu, de verdad, lo único fino que quiero ver yo este verano es el corte del jamón. Tengo un hambre que me muero y el niño me está dando unas patadas que parece que está ensayando para el Riverdance.
Entramos en la casa. El olor a humedad y a lavanda vieja nos recibió como una bofetada. Mi madre se puso a recorrer las habitaciones con una varita de incienso que sacó de su bolso “por si acaso”. Iba murmurando cosas sobre “limpiar las memorias de las paredes”.
—Cariño —me susurró Elena mientras arrastrábamos las maletas al piso de arriba—, dile a tu madre que como se le ocurra hacerme un ritual de esos de la placenta o me quiera leer el aura antes de cenar, me vuelvo a Barcelona en Renfe. Y sabes que odio la Renfe.
—Tranquila, amor. Está emocionada. Es el primer nieto, ya sabes cómo se pone. Se le pasará cuando vea una ración de bravas.
Pero no se le pasó. Esa misma tarde, mientras bajábamos al pueblo para comprar algo de avituallamiento, nos cruzamos con “El Problema”. “El Problema” se llamaba Sibila, o al menos eso decía su tarjeta de visita, que estaba hecha de papel reciclado con restos de pétalos secos.
Estaba sentada en una terraza de la plaza, con más collares de cuentas que un puesto de mercadillo y una mirada de esas que parece que te están haciendo una radiografía de los pecados que cometiste en la ESO. Mi madre se quedó petrificada.
—Es ella —susurró Virtudes, agarrándome del brazo con una fuerza de tenaza—. Es la Suma Sacerdotisa del Círculo de la Sal.
—Mamá, por Dios, es una señora tomando un granizado de limón —dije yo, intentando tirar de ella.
Pero Sibila ya nos había visto. O mejor dicho, había visto la barriga de Elena. Se levantó con una parsimonia casi teatral, moviendo sus túnicas blancas como si estuviera flotando, y se acercó a nosotros. Elena puso una mano sobre su vientre, en un gesto instintivo de protección, más por miedo a que la señora le pegara los piojos espirituales que por otra cosa.
—Esa criatura… —dijo Sibila con una voz que sonaba a lija fina y misterio impostado—. Esa criatura trae una carga que no le pertenece. El linaje está torcido.
Mi madre palideció. Se llevó la mano al pecho, como si le hubiera dado un parraque.
—¿Lo ve usted también? —preguntó Virtudes, entregada totalmente a la causa—. Yo lo noto en el pulso, en los sueños…
—¡Pero qué linaje ni qué ocho cuartos! —saltó Elena, perdiendo la paciencia—. Lo que trae es hambre, señora. Y yo también. Así que, con permiso, vamos a por unos entrecottes.
Sibila no se inmutó. Clavó sus ojos en mi madre y le susurró algo al oído. Fue un segundo, pero vi cómo a mi madre se le dilataban las pupilas. La “bruja” se dio la vuelta y se marchó, dejando tras de sí un rastro de olor a sándalo y una semilla de discordia que iba a germinar más rápido que la mala hierba.
Esa noche, en la cena, mi madre no probó bocado. Miraba fijamente a Elena, o más bien, a la zona donde residía mi futuro hijo, como si estuviera viendo una bomba de relojería.
—Tenemos que hablar del nombre —dijo Virtudes de repente, rompiendo el silencio sepulcral—. Y de la fecha del parto. Y del hospital. Sobre todo del hospital.
—Mamá, ya lo hemos hablado mil veces —contesté yo, sirviéndome más vino—. Se va a llamar Marc, como mi abuelo. Nacerá en la Clínica Teknon, con el equipo de confianza de Elena. Todo estándar, todo normal, todo bajo control médico.
—No —sentenció mi madre, dejando el tenedor con un golpe seco—. Marc es un nombre con una vibración de estancamiento. Y ese hospital es un nido de tecnología fría que cortará el cordón astral del niño. Sibila me lo ha confirmado. Si Marc nace allí, será un hombre gris, sin conexión con la tierra. Un esclavo del sistema.
Elena dejó de masticar. Su cara pasó del blanco al rojo en tres segundos.
—Mira, Virtudes —dijo Elena, bajando el tono de voz a ese nivel peligroso que indica que el volcán está a punto de entrar en erupción—, me da exactamente igual lo que diga la señora de los collares. Mi hijo va a nacer donde yo diga, porque yo soy la que lo lleva dentro. Y se va a llamar Marc porque nos da la gana. Si quieres vibraciones, cómprate un satisfayer, pero a mi nieto me lo dejas tranquilo.
La tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo de sierra. Mi madre se levantó, digna y ofendida, y se retiró a su cuarto diciendo que “iba a meditar para protegernos de nosotros mismos”.
Yo miré a Elena. Ella me miró a mí.
—Esto va a ser un verano largo, ¿verdad? —pregunté.
—Cállate y pásame el pan —respondió ella—. Y reza para que no me encuentre a la Sibila esa por la calle, porque el “vínculo con la tierra” se lo voy a explicar yo con una patada de judo.
No sabíamos que aquello era solo el principio. Mi madre acababa de ser reclutada por las “brujas” locales, y la batalla por el destino del pequeño Marc —o “Luz del Alba”, como mi madre ya empezaba a llamarlo en susurros— acababa de empezar en las colinas de la Costa Brava.
Parte 2: La ofensiva de los cuarzos y el té de ortigas
A la mañana siguiente, la casa de Begur ya no olía a café recién hecho, sino a algo que recordaba sospechosamente a una mezcla de calcetines sudados y herbolario antiguo. Me levanté arrastrando los pies y me encontré a mi madre en la cocina, rodeada de frascos de cristal y hojas secas. Estaba hirviendo un brebaje de color verde pantanoso mientras murmuraba lo que parecían ser coordenadas astrológicas.
—Buenos días, chamana —dije, intentando ponerle un poco de humor al asunto—. ¿Eso se bebe o es para ahuyentar a los mosquitos tigre?
—Es una infusión de limpieza de linaje, Pablo. No te burles —respondió ella sin mirarme, concentrada en el burbujeo de la olla—. He vuelto a ver a Sibila esta mañana, al amanecer. Hemos estado en la cala Sa Riera haciendo una ceremonia de apertura. El mar me lo ha dicho claro: el niño es un “Índigo”, y si permitís que la medicina tradicional le toque la coronilla nada más nacer, le cerraréis el tercer ojo para siempre.
—Mamá, por el amor de Dios, el tercer ojo de mi hijo me preocupa bastante menos que sus dos ojos normales funcionen bien y que tenga todos los dedos de los pies. Déjate de tonterías.
En ese momento entró Elena, que a esas alturas del embarazo caminaba con el balanceo de un pingüino majestuoso. Olfateó el aire y arrugó la nariz.
—¿Qué es ese pestazo? Como sea otra vez el incienso de “Paz Interior”, juro que activo la alarma de incendios.
—Es té de ortiga blanca y raíz de mandrágora del Empordà —dijo mi madre con una sonrisa que pretendía ser benevolente pero que resultaba inquietante—. Es para ti, Elena. Para purificar el canal del parto. Sibila dice que tu útero está “tenso”, que rechazas la energía de la madre tierra.
Elena se apoyó en la encimera, respirando hondo para no soltarle una lindeza.
—Virtudes, te lo voy a decir una vez más, con todo el cariño que te tengo por ser la madre de mi marido: mi útero está estupendo. Lo que está tenso son mis nervios. No voy a beberme nada que haya bendecido una señora que se hace llamar Sibila y que probablemente no tiene el carnet de manipuladora de alimentos.
—¡Es por el bien de tu nieto! —gritó mi madre, elevando el tono—. ¿Es que no lo ves? El nombre “Marc” es una cárcel de sonido. Es un nombre de guerra, de hierro. El niño necesita algo que fluya… algo como “Luz de Tramontana” o “Eco del Mar”.
—Como le pongas “Eco” a mi hijo, lo próximo que vas a oír es el eco de mi portazo al irme de esta familia —contestó Elena, dándose la vuelta para servirse un vaso de leche fría, que era lo único que su acidez de estómago le permitía.
Pero el verdadero problema no era solo el té o los nombres. El problema era que mi madre había pasado de ser una abuela ilusionada a ser una agente doble. Cada vez que salía de casa “a dar un paseo”, volvía con nuevos suministros de guerra espiritual. Un día fueron unas piedras de río pintadas con símbolos extraños que colocó debajo de nuestra cama (“Para absorber las pesadillas tecnológicas de Elena”, dijo). Otro día fue un atrapasueños gigante hecho con plumas de gaviota que colgó en la puerta de la habitación del bebé.
Lo peor llegó el miércoles. Mi madre apareció con una mujer de unos cincuenta años, vestida íntegramente de violeta, con tantas joyas de plata que tintineaba al caminar como un gato con cascabeles.
—Familia, ella es Maravillas —presentó mi madre con orgullo—. Es experta en “Bio-decodificación del Futuro No Nacido”. Ha venido a hacernos una sesión.
Elena, que estaba intentando leer un libro sobre anestesia epidural, levantó la vista con una expresión que habría congelado el Mediterráneo en pleno agosto.
—Maravillas, ¿verdad? —dijo Elena con una sonrisa gélida—. Qué nombre tan apropiado para la maravilla que va a ser verla salir por esa puerta en menos de diez segundos.
—Espera, Elena, por favor —supliqué yo, intentando evitar el conflicto diplomático—. Vamos a escuchar qué dice, por educación.
Maravillas se acercó a Elena sin pedir permiso y empezó a pasar las manos a unos centímetros de su tripa, haciendo ruidos de succión con la boca.
—Uf… —suspiró Maravillas—. Aquí hay un bloqueo de ancestros. El abuelo paterno tenía un conflicto no resuelto con la autoridad, y el niño lo está somatizando en forma de hipo fetal.
—El niño tiene hipo porque me he comido tres rodajas de sandía, señora Maravillas —replicó Elena—. Y el único conflicto con la autoridad que hay aquí es el que tengo yo con mi suegra, que ha decidido convertir mis vacaciones en un capítulo de Cuarto Milenio.
—¡No seas así! —intervino mi madre—. Maravillas dice que si no cambiamos la polaridad de la habitación, el niño nacerá con el “vínculo roto”. Sibila y el círculo de brujas de la cala están muy preocupadas. Dicen que hay una sombra sobre este linaje.
—¿Una sombra? —pregunté yo, empezando a mosquearme de verdad—. ¿Qué sombra?
—La sombra del materialismo —sentenció Maravillas, mirando fijamente a Elena—. Usted, doctora, confía demasiado en las máquinas. Quiere “extraer” al niño como si fuera un componente de un motor. El niño debe “emerger” en un entorno de oscuridad sagrada, rodeado de agua de mar calentada al sol y cánticos de ballenas.
Elena se levantó. Le costó un poco, pero cuando estuvo de pie, su presencia llenaba toda la cocina.
—Escúchame bien, Maravillas, o como te llames. Trabajo en un hospital donde salvamos vidas de niños todos los días gracias a esas “máquinas” que tanto odias. Mi hijo va a nacer en una cama articulada, con un obstetra que se ha lavado las manos, con monitorización constante y, si hace falta, con una epidural del tamaño de un mástil de barco. Y si vuelves a acercar tus manos a mi barriga para hablar de “bloqueos de ancestros”, te voy a bloquear yo el paso a esta casa de por vida.
Maravillas retrocedió, ofendida en su sensibilidad mística. Mi madre empezó a llorar, un llanto de esos dramáticos, de teatro de barrio.
—¡Lo ves! —sollozaba mi madre—. ¡La soberbia de la ciencia! Estás condenando a mi nieto a ser un alma sin luz. Sibila tenía razón. Las brujas de la costa me lo advirtieron: “La madre de metal no dejará que el niño de cristal florezca”.
—¿Madre de metal? —Elena se rió, pero era una risa nerviosa—. Esto es el colmo. Pablo, saca a esta señora de aquí antes de que me olvide de que soy una profesional de la salud.
Acompañé a Maravillas a la puerta mientras ella me susurraba que “mi aura era de un color gris oficina muy preocupante”. Cuando volví, mi madre se había encerrado en su cuarto y Elena estaba sentada en el sofá, abanicándose con el libro de medicina.
—Esto se ha ido de las manos, Pablo —dijo Elena, más tranquila pero muy seria—. Tu madre no está bien. Esa gente de la cala le está comiendo el coco de una manera peligrosa. Está convencida de que yo soy la villana de la película por querer un parto seguro.
—Lo sé, cariño. Pero ya conoces a mamá. Siempre ha sido de apuntarse a bombardeos espirituales. Se le pasará cuando volvamos a Barcelona.
—No, no se le va a pasar. Mañana han quedado para un “ritual de protección del nonato” en la playa, a medianoche. Me lo ha dicho mientras subía las escaleras. Y dice que si no voy yo, usará una foto mía y un mechón de mi pelo que ha robado del cepillo.
Me quedé helado. Mi madre, la mujer que me hacía bocadillos de Nocilla y me regañaba por no llevar bufanda, estaba robando pelo para rituales nocturnos con brujas de la Costa Brava. La situación había pasado de ser una anécdota graciosa a una trama de suspense rural.
—Mañana no vamos a ningún ritual —dije con firmeza—. Mañana vamos a hablar con ella en serio. Esto se acaba aquí.
Pero el destino, o quizás las “brujas” de Sibila, tenían otros planes. Esa noche, la Tramontana empezó a soplar con una fuerza inusitada, haciendo crujir las vigas de la casa y aullando por las chimeneas como si mil espíritus estuvieran protestando. Y en medio del estruendo del viento, oí a mi madre hablar sola en el piso de abajo.
—No te preocupes, pequeñito —decía con una voz dulce y aterradora—. La abuela te salvará de la madre de metal. Sibila nos ayudará. Todo será bajo la luz de la luna, como debe ser.
Me estremecí. Sabía que el día siguiente no sería un día cualquiera de playa y sol. Se mascaba la tragedia, o al menos, el ridículo más absoluto de nuestras vidas.
Parte 3: El aquelarre de la Cala del Crit
La mañana del “gran día ritual” amaneció con un cielo de un azul eléctrico, de esos que solo deja la Tramontana después de limpiar hasta la última nube. Pero el ambiente en la casa estaba más cargado que una convención de vendedores de pararrayos. Mi madre no nos dirigía la palabra. Se limitaba a prepararse unos botes con aceites esenciales y a guardar en un capazo de mimbre todo tipo de parafernalia: conchas de mar, velas de colores, una manta de lana virgen y lo que juraría que era una figura de arcilla que se parecía sospechosamente a Elena, pero con una expresión de enfado muy lograda.
—Mamá —intenté abordar el tema mientras ella revisaba su inventario místico—, tenemos que hablar. Elena está muy afectada. No puedes ir por ahí diciendo que es una “madre de metal” o robando pelos del cepillo. Es su hijo. Es nuestro hijo.
Virtudes me miró con una mezcla de lástima y superioridad que me dolió más que un insulto.
—Pablo, tú no lo entiendes porque tienes el chakra corona obstruido por tanta hoja de cálculo y tanto fútbol. Esto va más allá de vuestros deseos egoístas. Es una cuestión de equilibrio universal. Sibila ha tenido una visión: si Marc nace bajo las luces de neón del hospital, su alma se fragmentará. Solo el Círculo de la Sal puede sellar su aura.
—¿Y qué pretendéis hacer exactamente en esa playa a medianoche? —preguntó Elena, apareciendo en el umbral de la cocina, cruzada de brazos.
—Un “baño de luna y marea” —respondió mi madre con solemnidad—. Sibila invocará a las ancestras de la costa, las mujeres que esperaban a los pescadores y que conocían los secretos del agua. Bendeciremos tu vientre con agua de las siete calas y le daremos al niño su “nombre verdadero”, el que llevará en el plano espiritual.
Elena soltó una carcajada seca.
—Pues el nombre verdadero del niño es “Harto de Tonterías”. Y escucha bien, Virtu: no pienso ir a ninguna playa a medianoche a que una señora me eche agua fría y me cante nanas en arameo. Es peligroso, puedo resbalar, y además, hace un viento que te vuela las ideas.
—Si no vienes tú —dijo mi madre, clavando su mirada en la barriga de Elena—, lo haremos en ausencia. Pero las consecuencias para el vínculo materno serán… imprevisibles. Sibila dice que podrías llegar a sentir un rechazo energético hacia el bebé.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Elena se puso pálida de rabia.
—¿Me estás amenazando con que voy a odiar a mi hijo si no sigo vuestro circo? —La voz de Elena temblaba, pero no de miedo, sino de una furia contenida que daba miedo de verdad—. ¡Fuera de aquí, Virtudes! Vete con tus brujas, vete a la playa, vete a donde quieras. Pero no vuelvas a esta casa hasta que recuperes el juicio.
Mi madre, sin decir una palabra, cogió su capazo, se puso sus sandalias de cáñamo y salió de la casa con la cabeza muy alta, como una mártir de la nueva era.
El resto del día fue un infierno. Elena estaba indignada, triste y nerviosa. Yo intentaba calmarla, pero ¿cómo calmas a una mujer embarazada de siete meses cuya suegra cree que está poseída por el espíritu del materialismo médico?
—Tenemos que ir —dijo Elena de repente, cuando ya empezaba a atardecer.
—¿A la playa? ¿Te has vuelto loca? —dije yo, saltando del sofá.
—No vamos a participar, Pablo. Vamos a rescatar a tu madre. Esa Sibila es una estafadora. He estado investigando en Google mientras tú hacías la siesta. “Sibila de la Costa Brava”, nombre real: Pepi Martínez, ex-administrativa de una sucursal bancaria en Cornellà que desapareció hace cinco años después de un lío con unos fondos de pensiones. Se ha montado este personaje para vivir del cuento de las turistas místicas y de señoras aburridas como tu madre.
Me quedé de piedra. ¿Pepi de Cornellà? El glamour esotérico se acababa de desmoronar como un castillo de naipes.
—Si esa mujer le saca dinero a mi madre o la mete en algún lío legal por ritos ilegales en zona protegida, me muero —dije, cogiendo las llaves del coche—. Vamos.
La Cala del Crit es una de las más escondidas de la zona. Se llama así por una leyenda local, pero esa noche el nombre le venía al pelo porque lo que sentimos al llegar fueron ganas de gritar. Tuvimos que aparcar lejos y bajar por un sendero iluminado apenas por la luna y nuestras linternas del móvil. Elena iba con una valentía que me asombraba, quejándose solo de vez en cuando cuando una piedra se le metía en la sandalia.
Al llegar abajo, la escena era digna de una película de serie B de los setenta. Había una pequeña hoguera en la arena (completamente prohibido, por cierto). Alrededor del fuego, cinco o seis mujeres vestidas de blanco daban vueltas cogidas de la mano. En el centro, Sibila —o mejor dicho, Pepi— agitaba una rama de olivo mientras mi madre, arrodillada en la arena, sostenía la dichosa figura de arcilla.
—¡Oh, espíritus de la Tramontana! —gritaba Sibila—. ¡Limpiad el camino para Luz de Tramontana! ¡Que la madre de metal sea fundida por el fuego de la conciencia!
—¡Mamá, para esto ahora mismo! —grité yo, bajando a la arena de un salto.
Las mujeres se detuvieron en seco. Mi madre me miró con horror, como si hubiera visto al demonio.
—¡Pablo! ¡Vete! Estás rompiendo el círculo de protección. ¡La energía se está escapando!
—Lo que se está escapando es el sentido común, mamá —dijo Elena, llegando a mi lado, respirando con dificultad por la caminata—. ¿Qué tal, Pepi? ¿Cómo va el negocio de las vibraciones después de lo de Cornellà?
Sibila se puso tensa. Sus ojos perdieron ese aire lánguido y místico y se volvieron afilados como cuchillas.
—No sé de qué hablas, mujer de poca fe. Soy Sibila, la voz de la costa.
—Eres Pepi Martínez —insistió Elena, sacando el móvil y mostrando una captura de pantalla de una noticia de un periódico local de hace años—. Y como no apagues esa hoguera y dejes de comerle el coco a mi suegra, la próxima “voz de la costa” que vas a oír es la de la sirena de la Guardia Civil, a los que por cierto ya he avisado por hacer fuego en una cala protegida.
Las otras mujeres del círculo empezaron a mirarse entre ellas, murmurando. El pánico empezó a cundir entre las “brujas”.
—¿Es verdad, Sibila? —preguntó una de ellas, una señora bajita que parecía llevar el pijama debajo de la túnica—. ¿Eres de Cornellà?
—¡Silencio! —rugió Sibila—. Es una estratagema del sistema para desacreditarme. ¡Virtudes, no las escuches! ¡Dame la figura, tenemos que terminar el rito o el niño nacerá sin alma!
Mi madre dudó. Miró a Sibila, miró a Elena y luego miró la figura de arcilla. En ese momento, una racha de Tramontana especialmente fuerte levantó una nube de arena y ceniza de la hoguera, cegándonos a todos durante unos segundos. Se oyó un chasquido de ramas rotas y un grito.
Cuando pudimos volver a abrir los ojos, Sibila estaba intentando recoger sus cosas a toda prisa, pero mi madre se había levantado. Se acercó a Elena y, sin decir nada, le entregó la figura de arcilla. Estaba rota por la mitad.
—Se ha roto —dijo mi madre con una voz pequeña, casi de niña—. La señal… Sibila dijo que si se rompía, era porque la maldición era demasiado fuerte.
—No, mamá —dije yo, abrazándola por los hombros—. Se ha roto porque es barro mal cocido y hace un viento del carajo. Vámonos a casa. Por favor.
—¿Y el niño? —preguntó Virtudes, mirando con miedo la barriga de Elena.
Elena cogió la mano de mi madre y la puso sobre su vientre. En ese preciso instante, Marc decidió dar una de sus patadas de futbolista profesional, justo debajo de la palma de la mano de su abuela.
—El niño está diciendo que tiene ganas de que le compres un pijama de esos con pies de algodón y que dejes de hacerle pasar frío en la playa —dijo Elena con una ternura que me sorprendió—. No hay ninguna sombra, Virtudes. Solo hay una familia un poco loca y muchas ganas de conocerle.
Mi madre rompió a llorar, pero esta vez fue un llanto de alivio. Ignoramos a Sibila, que ya estaba desapareciendo por el sendero con sus botes y sus mentiras, y volvimos al coche.
Parte 4: La paz de la paella y el renacer de Marc
Los últimos tres días de vacaciones en la Costa Brava fueron, por fin, lo que deberían haber sido desde el principio. Mi madre, tras el “shock” de descubrir que su guía espiritual era una prófuga del sector bancario, pasó por una fase de silencio reflexivo que aprovechó para, milagrosamente, dedicarse a lo que mejor se le da: cocinar.
Ya no había tés de ortiga ni inciensos purificadores. Ahora la casa olía a sofrito de cebolla, a pescado fresco y a bizcocho de limón.
—He estado pensando —dijo mi madre la última tarde, mientras estábamos sentados en la terraza viendo cómo el sol se ponía tras las colinas de Begur—. Que igual me pasé un poco con lo de los nombres. “Luz de Tramontana” suena un poco a marca de suavizante, ¿no?
Elena y yo nos reímos. Fue la primera risa compartida, auténtica, sin tensión, de todo el viaje.
—Un poquito, mamá —dije yo—. Pero se agradece la intención de querer que el niño sea especial.
—Es que… me daba miedo —confesó ella, bajando la mirada—. Todo cambia tan rápido. Los hospitales de ahora parecen naves espaciales. Yo solo quería sentir que tenía algún control, que podía darle algo “mágico” que nadie más pudiera darle. Supongo que esas mujeres se aprovechan de eso, del miedo que nos da lo que no entendemos.
Elena se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Virtu, la magia no está en los cuarzos ni en los rituales a medianoche. La magia es que este pequeño está aquí, a punto de salir, y que va a tener una abuela que, aunque a veces se le vaya un poco la pinza, lo quiere tanto que es capaz de meterse en una cueva con brujas por él. Eso sí que es un linaje potente.
Mi madre sonrió, con los ojos empañados.
—Pero Marc se queda, ¿verdad? Es un nombre fuerte. Como el abuelo.
—Se queda —confirmó Elena—. Y te prometo que, en cuanto salgamos del hospital, la primera persona que lo cogerá en brazos después de nosotros serás tú. Sin luces de neón, sin máquinas, solo tú y él.
—¿Y podré ponerle una ramita de romero en la cuna? —preguntó mi madre con esperanza—. Para la buena suerte, solo por si acaso.
Elena y yo nos miramos.
—Venga, va —cedió Elena—. Una ramita de romero no ha matado a nadie. Pero ni una palabra de “bloqueos de ancestros”, ¿trato hecho?
—Trato hecho.
El viaje de vuelta a Barcelona fue mucho más tranquilo. El coche seguía yendo lleno, pero esta vez el ambiente era ligero. Mi madre se pasó el camino tejiendo unos patucos de lana blanca —nada de colores esotéricos— y tarareando canciones populares catalanas, de esas que realmente tienen la sabiduría de la tierra sin necesidad de cobrar veinte euros por sesión.
Dos meses después, nació Marc. Fue un martes lluvioso de septiembre. Nacer en la Teknon no lo convirtió en un “hombre gris” ni le cerró ningún tercer ojo. Al contrario, nació con unos ojos enormes y curiosos que parecían querer devorar el mundo.
Cuando Virtudes entró en la habitación del hospital, se detuvo en el umbral. Iba vestida con su mejor traje, sin collares de cuentas, sin túnicas. Se acercó a la cuna, miró al bebé y luego miró a Elena, que descansaba en la cama.
—Es precioso —susurró mi madre—. Tiene tu frente, Elena. Y la mirada de los nuestros.
Sacó discretamente del bolso una pequeña ramita de romero, seca y olorosa, y la dejó en una esquina de la mesita de noche, lejos de los monitores.
—Bienvenido, Marc —dijo, dándole un beso en la frente—. No te preocupes por lo que digan las brujas. Aquí estamos nosotros para cuidarte.
Yo miraba la escena desde el rincón, sintiendo que, por fin, el portal energético —el de verdad, el del amor y la familia— se había abierto de par en par. Y mientras Marc dormía plácidamente, supe que aquel verano loco en la Costa Brava no había sido un error, sino el rito de iniciación que todos necesitábamos para entender que, a veces, para recibir lo nuevo, primero hay que dejar que la Tramontana se lleve todas nuestras tonterías.
El pequeño Marc creció sano, fuerte y, para alivio de todos, sin ningún interés especial por los cristales cargados de luna, aunque siempre que ve un collar de cuentas sonríe, como si recordara vagamente que una vez, en una playa lejana, un grupo de señoras de blanco intentó ponerle un nombre de viento y él les contestó con una patada de realidad.
Para alcanzar la extensión que me pides y profundizar en esta epopeya familiar de misticismo cañí y choque generacional, vamos a expandir los detalles de la convivencia, los diálogos afilados y las situaciones surrealistas que ocurrieron en aquellos días de Tramontana.
Aquí tienes la continuación detallada, sumergiéndonos en el corazón del conflicto y el humor costumbrista.
Parte 5: La guerra fría de los tápers y el asedio de las “Hijas de la Luna”
El pacto de la ramita de romero en el hospital parecía haber sellado la paz, pero cualquiera que conozca a una madre española sabe que la rendición nunca es total; es, a lo sumo, una retirada estratégica para reagrupar fuerzas. Marc ya tenía tres meses, y lo que en Begur fue un estallido de locura veraniega, en el barrio de Gràcia de Barcelona se convirtió en una guerra de guerrillas doméstica.
Mi madre, Virtudes, no había vuelto a mencionar a la “Pepi de Cornellà” (la Sibila), pero se había suscrito a una revista llamada Cosmos y Útero y se presentaba en nuestra casa tres veces por semana con lo que ella llamaba “comida vibracional”.
—¿Qué es esto, mamá? —pregunté yo, abriendo un táper que contenía algo parecido a una masa de color grisáceo con trozos de algo que no quería identificar.
—Es mijo con algas de la Costa Brava, Pablo. Para que a Elena se le enriquezca la leche materna con el yodo de las ancestras. Que la pobre, con tanto turno en el hospital, debe de tener los conductos galactóforos llenos de estrés.
Elena, que venía de una guardia de veinticuatro horas y lo único que quería era un chuletón o, en su defecto, dormir tres días seguidos, entró en la cocina arrastrando los zuecos.
—Virtu —dijo Elena, con una voz que salía de lo más profundo de su agotamiento—, si me vuelves a decir que mi leche tiene estrés, voy a empezar a recetar cloruro potásico en las cenas familiares. Marc está ganando peso estupendamente. De hecho, está en el percentil noventa. Eso no es estrés, eso es genética y una succión impecable.
—El percentil es una medida del sistema, hija —replicó mi madre, cruzándose de brazos mientras balanceaba el carrito del niño con un ritmo chamánico—. Lo que importa es el brillo de su fontanela. Ayer, cuando se quedó mirando el reflejo del sol en la pecera, supe que estaba comunicándose con su guía espiritual.
—Se estaba mirando el reflejo porque los bebés se sienten atraídos por el contraste lumínico —soltó Elena, dejándose caer en una silla—. No hay ningún guía, Virtudes. A lo sumo hay un pez naranja que se llama ‘Busi’ y que tiene menos luces que una patera.
La tensión volvió a subir cuando mi madre decidió que el bautizo —que nosotros queríamos que fuera una comida normal y corriente con cuatro amigos— debía ser una “Ceremonia de Presentación a los Elementos”.
—He hablado con unas amigas de Begur que han bajado a Barcelona —soltó mi madre como quien no quiere la cosa mientras le cambiaba el pañal a Marc—. Dicen que en el parque de la Ciutadella hay un rincón cerca de la cascada donde las energías fluyen hacia el este. Podríamos hacer un círculo de tambores.
—¿Tambores? —me atraganté con el café—. Mamá, que somos de una inmobiliaria y Elena es cirujana. ¿Cómo nos vas a poner a tocar el yembé delante de mis jefes y de los tíos de Cuenca?
—Los tíos de Cuenca necesitan abrir sus canales —sentenció ella—. Especialmente el tío Paco, que con tanto puro tiene el aura color cenicero.
Parte 6: El regreso de la sombra (o cómo Pepi volvió a las andadas)
Lo que no esperábamos es que el pasado místico de la Costa Brava nos persiguiera hasta la gran ciudad. Una tarde, paseando con el carrito por el Paseo de Sant Joan, nos encontramos con un cartel pegado en un farola que me hizo dar un respingo:
“RECONEXIÓN CON EL LINAJE PERDIDO. Conferenciante invitada: SIBILA DEL EMPORDÀ. Entrada: 50€ (Incluye alineación de chakras con arena de cala sagrada).”
—No me lo puedo creer —dije, señalando el cartel a Elena.
—Es ella. La Pepi no se rinde —Elena se acercó al cartel y vio que la dirección era un centro esotérico que estaba, casualmente, a dos calles de la casa de mi madre—. Pablo, si tu madre se entera de que esta mujer está aquí, estamos perdidos. La va a arrastrar al bautizo, al círculo de tambores y a lo que haga falta.
Pero Virtudes ya lo sabía. De hecho, cuando llegamos a su casa esa noche, la encontramos vestida con una túnica de terciopelo morado que no le veíamos desde los carnavales de 1994.
—Hijo, Elena… He tenido una epifanía —dijo con los ojos brillantes—. Sibila me ha llamado. Ha tenido una visión sobre Marc. Dice que el “incidente” de la playa fue una prueba de las fuerzas oscuras para separarnos, pero que ahora, en la ciudad, el niño corre un peligro mayor: la “desconexión del asfalto”.
—Mamá, escúchame bien —dije, poniéndome serio—. Pepi Martínez es una estafadora. Te lo demostramos en la playa. ¿Es que no tienes memoria?
—Eso es lo que tú crees, Pablo. Pero ella me ha explicado que lo de Cornellà fue una persecución política porque sus enseñanzas amenazaban al poder financiero. Las brujas siempre han sido perseguidas, hijo. Desde la Inquisición hasta Hacienda.
Elena se llevó las manos a la cabeza.
—Esto es increíble. Virtudes, esa mujer te está sacando el dinero. ¿Cuánto le has dado ya por la “conferencia”?
—Solo la voluntad… y una pequeña aportación para el alquiler de la sala —dijo mi madre, esquivando la mirada—. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que me ha dado un remedio para que Marc no sufra con los dientes. Un collar de ámbar báltico cargado con el sonido del mar.
—Ese collar es un peligro de asfixia —saltó Elena, entrando en modo médico—. Como se lo pongas al niño, te juro que… que… ¡que te confisco las varitas de incienso durante un año!
La situación llegó a su clímax el sábado siguiente. Mi madre, convencida de que debía “salvar” a su nieto de la influencia racionalista de su madre, decidió llevarse a Marc a la conferencia de Sibila sin decirnos nada. Nos dejó una nota en la cocina: “Me llevo al pequeño Luz de Tramontana a que reciba la bendición del Círculo de Barcelona. Volvemos para la merienda. No vibréis bajo.”
Elena, al leer la nota, se puso de un color que no aparece en los libros de anatomía.
—¡A la comisaría! —gritó—. ¡No, a la comisaría no, que tardan mucho! ¡Al centro esotérico ese ahora mismo! Como esa mujer toque a mi hijo con sus manos llenas de purpurina y mentiras, no respondo.
Parte 7: Motín en el Templo de la Sabiduría Ancestral
El centro esotérico se llamaba “El Ojo de Horus y la Moreneta”. Era un local oscuro, olía a una mezcla insoportable de pachuli y gato, y estaba lleno de gente con cara de no haber comido gluten en décadas. En el fondo, sobre un estrado decorado con telas de colores chillones, estaba Pepi-Sibila, agitando un abanico de plumas de pavo real sobre un grupo de personas sentadas en el suelo.
Y allí estaba mi madre, en primera fila, con Marc en brazos. El niño, que es un santo, estaba feliz de la vida intentando morder el abanico de plumas.
—¡Detengan todo! —gritó Elena, entrando como un elefante en una cacharrería.
La música de flauta de pan se cortó en seco. Sibila nos miró con una mezcla de pánico y desprecio.
—¡La madre de metal ha venido a interrumpir el flujo! —exclamó Pepi, intentando mantener el personaje—. ¡Protejan al niño de las vibraciones de hospital!
—¡Ni vibraciones ni narices, Pepi! —rugí yo, avanzando por el pasillo—. ¡Dame a mi hijo ahora mismo!
—¡Mamá, levántate! —ordenó Elena—. ¿No ves lo que está pasando? Esta mujer está usando a tu nieto como reclamo publicitario. ¡Mira a esa gente, le están haciendo fotos!
Efectivamente, varios asistentes estaban sacando sus móviles, pensando que el bebé era algún tipo de “niño avatar” recién llegado del Tíbet vía el Baix Empordà.
Mi madre, al ver a los fotógrafos improvisados, empezó a sentirse incómoda. Ella quería misticismo, pero no un circo mediático.
—Sibila, dijiste que esto era una ceremonia privada… —murmuró mi madre, apretando al niño contra sí.
—¡Es una ceremonia para el mundo, Virtudes! —replicó Pepi, viniéndose arriba—. ¡Este niño es la semilla que romperá las cadenas de la medicina moderna! ¡Él no necesita vacunas, necesita la luz de la amatista!
Eso fue el error final. Tocarle el tema de las vacunas a una cirujana es como mentarle la madre a un legionario. Elena subió al estrado de dos zancadas.
—¿Que no necesita vacunas? —Elena le arrebató el abanico de plumas a Sibila y lo rompió con una facilidad pasmosa—. Escúchame bien, estafadora de tres al cuarto. Mi hijo está al día de todo su calendario vacunal porque yo no juego con la salud de nadie. Y ahora, antes de que llame a Sanidad, a la Policía y a tu antiguo jefe del banco en Cornellà, vas a devolverle el dinero a todas estas personas y te vas a largar de este barrio.
—¡No podéis silenciar la verdad! —chilló Pepi, pero ya se le notaba que estaba buscando la salida trasera.
—La verdad es que tienes una orden de alejamiento de la lógica —concluyó Elena.
Mi madre se levantó, roja de vergüenza, y me entregó a Marc. El niño, ajeno a la batalla épica entre la ciencia y la superstición, me soltó un eructo sonoro justo en el hombro, lo que provocó una risa generalizada entre el público “místico”.
—Parece que el guía espiritual tiene gases —dijo un señor con barba desde el fondo.
Parte 8: La redención de Virtudes y el bautismo del fuet
Salimos del centro esotérico en silencio. Caminamos hasta el Paseo de Gràcia bajo una luz de atardecer preciosa. Mi madre no levantaba la cabeza del suelo.
—Perdonadme —dijo al fin, cuando nos sentamos en una terraza—. Es que… me hace sentir tan especial creer que Marc es un ser de luz. A veces la realidad es tan aburrida, hijos. El hospital, las revisiones, los pañales… Con Sibila parecía que estábamos viviendo una leyenda.
Elena, que ya se había relajado tras recuperar a su “cachorro”, suspiró y le cogió la mano a mi madre.
—Virtu, Marc es un ser de luz, pero no porque lo diga una señora con plumas. Es un ser de luz porque es tuyo, es nuestro, y porque se ríe cuando le haces pedorretas en la barriga. Eso es mucho más mágico que cualquier amatista.
—¿Entonces no habrá tambores en el bautizo? —preguntó mi madre, con un hilo de esperanza.
—No habrá tambores —dije yo—. Pero habrá una paella de esas que te salen a ti, con el arroz en su punto y mucho socarrat. Y si quieres, después de comer, le cantamos lo que quieras, pero nada de invocar a las ancestras de la costa, que ya tenemos bastante con la tía Paquita, que como se entere de que la llamas “ancestra” te cruje.
Mi madre rió, una risa de las suyas, de las de siempre.
El bautizo fue un éxito. No hubo incidentes cósmicos. Marc se portó como un campeón, aunque mi madre, en un último arranque de rebeldía silenciosa, logró convencer al cura para que le echara un poco de “agua que traía ella en un frasquito”. Elena hizo la vista gorda, sabiendo perfectamente que era agua de la Cala del Crit que Virtudes había guardado en la nevera desde julio.
—¿Sabes qué? —me susurró Elena mientras veíamos a mi madre bailar un pasodoble con el tío Paco—. Al final, un poco de agua de mar no le va a hacer daño. Mientras no me lo quiera llevar a una pirámide en México para el solsticio de invierno…
—No le des ideas, Elena. Por favor, no le des ideas.
Esa noche, cuando llegamos a casa y acostamos a Marc, me quedé mirando la cuna. Allí, colgado discretamente de un barrote, había un pequeño amuleto hecho con una concha y un cordón rojo. Lo reconocí al instante: era una de las “protecciones” de la Costa Brava.
Iba a quitarlo, pero me detuve. Miré a Marc, que dormía con los puños cerrados y una expresión de paz absoluta. Pensé en la Tramontana, en las brujas de cartón piedra, en la tenacidad de mi madre y en el amor feroz de Elena.
—Déjalo ahí —dijo Elena, apareciendo detrás de mí y apoyando la cabeza en mi hombro—. Es el “seguro de vida” de la abuela. Al final, todos necesitamos creer en algo para que el mundo no nos parezca tan frío.
Y así, entre la ciencia más rigurosa y el misticismo más tierno (y un poco loco), Marc empezó su vida. Sin sombras de metal, sin bloqueos de ancestros, solo con el susurro de la Costa Brava recordándonos que, a veces, la mayor magia es simplemente llegar sano y salvo a casa.
Mi madre, por cierto, ha dejado de ir a conferencias. Ahora se ha apuntado a un curso de “Cocina Cuántica”. Dice que los garbanzos, si se ponen en remojo bajo la influencia de Júpiter, no dan gases.
Elena dice que mientras no le ponga cuarzos al cocido, podemos vivir con ello.
Y yo… yo simplemente rezo para que el próximo verano nos vayamos de vacaciones a un sitio sin leyendas, preferiblemente a un hotel con todo incluido donde lo único que vibre sea el móvil cuando me traigan un mojito. Pero conociendo a mi familia, seguro que el camarero resulta ser el descendiente perdido de un chamán maya.
Es lo que tiene ser español: que aquí, hasta el más pintado, tiene un pie en el siglo XXI y el otro en un aquelarre. Y que nos quiten lo bailao (con tambores o sin ellos).