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El ritual del palillo y el heraldo del desastre

PARTE 1: El ritual del palillo y el heraldo del desastre

El sol de mediodía en Madrid no perdona.

Entraba por la ventana del salón de los suegros como un castigo divino.

Javi se aflojó el primer botón de la camisa.

Elena, a su lado, intentaba mantener la compostura mientras terminaba su tercera ración de cocido.

El ambiente estaba cargado.

Huele a garbanzos, a pringá y a ese ambientador de pino que Paco insiste en comprar en el chino de la esquina.

Paco, el suegro, se echó hacia atrás en su silla de skay.

Esa silla que chirría con cada uno de sus pensamientos.

Se sacó un palillo del bolsillo de la camisa.

Era un gesto ritual.

El preludio de la tormenta.

Conchi, la suegra, recogía los platos con una eficiencia silenciosa, casi marcial.

—Paco, deja al niño en paz, que acaba de comer —advirtió Conchi desde la cocina.

Pero Paco no escuchaba.

Él tenía una misión.

Él era el guardián de las esencias, el último hombre que recordaba el “corralito” aunque solo lo hubiera visto en el telediario de las tres.

Miró fijamente a Javi.

Luego clavó la mirada en Elena.

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