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La profecía oscura de Sevilla que obliga a sacrificar el linaje sagrado por un misticismo sin sentido

La profecía oscura de Sevilla que obliga a sacrificar el linaje sagrado por un misticismo sin sentido


PARTE 1: El despertar del misticismo (y el calor que te quita el juicio)

Mira, para entender esta historia hay que entender lo que es Sevilla a las cuatro de la tarde un jueves de julio. No es que haga calor, es que el aire tiene la consistencia del chocolate a la taza y el asfalto te mira con ganas de devorarte los zapatos. En medio de ese delirio térmico, mi tía Encarni decidió que era el momento perfecto para tener una “revelación”.

Mi tía Encarni no es una mujer normal. Es de esas señoras que tienen más encaje en los muebles que en la ropa y que cree firmemente que si se te cae un cuchillo es porque viene una visita, y si es una cuchara, es que la visita es tonta. Estábamos en el salón de su casa, con las persianas bajadas a cal y canto, en esa penumbra sepulcral que solo se consigue en las casas de las abuelas andaluzas, cuando de repente soltó el abanico.

— Curro —dijo, y la voz le salió como si estuviera doblando una película de terror de bajo presupuesto—. Se ha acabado el tiempo. El linaje de los Pérez de Triana está en peligro. La profecía del Giraldillo me ha hablado a través del poso del gazpacho.

Yo la miré por encima de mi cerveza fría, que era lo único sagrado que había en esa habitación.

— Tía, por los clavos de Cristo, que lo que te ha hablado no ha sido el Giraldillo, ha sido el pepino que repite. ¿Qué profecía ni qué niño muerto?

— ¡No te mofes, Manuel Francisco! —Ella siempre me llamaba por el nombre completo cuando quería que me pusiera firme—. Es la Profecía Oscura. Dice claramente que si el último descendiente varón del linaje puro no se sacrifica ante el altar de lo absurdo, Sevilla se hundirá en un mar de fanta de naranja y los naranjos solo darán limones amargos para siempre.

La tía Encarni se levantó con una agilidad que no le conocía desde que anunciaron rebajas en El Corte Inglés. Sacó un mapa de la ciudad que parecía haber sido masticado por un perro y señaló con una uña pintada de rojo coral un punto exacto: la Plaza del Salvador.

— Allí —sentenció—. Allí es donde el misticismo sin sentido reclama su tributo. El linaje sagrado debe ser entregado.

— ¿Y quién es ese “linaje sagrado”, tía? Porque si te refieres a mi primo Paquito, el que trabaja en la gasolinera, yo creo que el misticismo se va a llevar una decepción de las gordas.

— ¡Tú eres el elegido, Curro! —gritó ella, dramática, señalándome con el dedo índice—. Tú, que tienes la marca en la espalda.

— ¿La marca? Tía, eso es un lunar que me dijo el dermatólogo que me vigilara. No me vengas con milongas.

Pero ya no había vuelta atrás. Cuando a una mujer de Triana se le mete entre ceja y ceja que es la elegida para salvar la ciudad de un cataclismo esotérico, más te vale comprarte un amuleto y rezar lo que sepas. Encarni empezó a sacar velas de un armario. No velas normales, no. Velas con forma de alcachofa, velas que olían a incienso de ese que te deja los pulmones como un cenicero de discoteca de los años noventa, y un mazo de cartas que, según ella, le había regalado una gitana en la Feria de 1984 a cambio de un bocadillo de tortilla.

— Tenemos que reunir al Cónclave de las Vecinas —murmuró, mientras encendía la primera vela—. Sin ellas, el sacrificio del linaje no tendrá la fuerza necesaria. La mística requiere público, Curro. Un misticismo sin testigos es solo una vieja loca hablando sola, pero con tres vecinas mirando, ¡ah amigo!, eso es una religión.

Salí a la calle intentando procesar la información. El calor me dio una bofetada en la cara nada más cruzar el umbral. En la esquina, el de la tienda de ultramarinos me saludó con la mano, secándose el sudor con un paño que había visto tiempos mejores.

— ¿A dónde vas con esa cara, Curro? Parece que hayas visto a un fantasma.

— Peor, Paco. He visto a mi tía con una vela en la mano y un mapa de Sevilla. Dice que soy el linaje sagrado y que me tengo que sacrificar por una profecía oscura.

Paco se quedó pensativo un momento, mirando una ristra de ajos que colgaba del techo.

— Pues ten cuidado, que la última vez que tu tía se puso mística, acabó convenciendo a todo el barrio de que el fin del mundo llegaba el martes y nos pasamos tres días comiendo latas de atún en el sótano de la parroquia. Por cierto, ¿el sacrificio duele? Porque si duele, que te lo haga después del partido del Betis, que hoy jugamos contra el Madrid y no me lo quiero perder.

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