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LA VERDADERA RAZÓN por la que CHÁVEZ SE DEJÓ GANAR por DE LA HOYA y que han OCULTADO más de 30 AÑOS

LA VERDADERA RAZÓN por la que CHÁVEZ SE DEJÓ GANAR por DE LA HOYA y que han OCULTADO más de 30 AÑOS

El 7 de junio de 1996, en el Caesar Palace de Las Vegas, hubo una pelea de box que partió a México en dos, no a la mitad exacta. La fisura fue más complicada que eso, más irregular, del tipo de grieta que aparece en una pared cuando el edificio se asienta y que nadie sabe bien cómo reparar, porque para repararla primero hay que entender de dónde viene.

 La pelea fue entre Julio César Chávez y Óscar de la Ol, dos mexicanos. Bueno, ahí estaba el problema. Esa frase, dos mexicanos, era exactamente lo que hacía la grieta tan difícil de explicar, porque los dos tenían apellido mexicano, los dos hablaban español, los dos venían de familias que habían cruzado la misma frontera, aunque en generaciones diferentes.

 Y sin embargo, para los mexicanos de México, solo uno de los dos era mexicano de verdad. El otro era el pocho. Esa palabra pocho. Si usted creció en México, sabe exactamente lo que significa y lo que carga. Si creció en los Estados Unidos de padres mexicanos, probablemente la escuchó dirigida a usted en algún momento y sabe lo que duele.

 [música] Y si nunca la escuchó en ninguno de los dos contextos, le cuento. Es la palabra que México usa para los mexicanos que crecieron al otro lado, que hablan inglés mejor que español, que se americanizaron en maneras que el México de adentro no termina de perdonar, aunque entienda perfectamente por qué pasó. Óscar de la olla era el Pocho, nacido en Los Ángeles en 1973, hijo de Joel de la Olaya que había emigrado desde Durango, nieto de Vicente de la Hoya que había emigrado antes, una familia mexicana en California desde hace dos generaciones, con todo lo que

eso implica. El español en casa, pero el inglés en la escuela y en el trabajo y en la televisión. Los tamales de Navidad, pero los hot dogs en el partido de béisbol. la bandera mexicana en la sala y el pasaporte americano en el cajón. de la Holly habló de esto muchas veces a lo largo de su carrera, de crecer en ese espacio intermedio donde México te dice que ya no eres suficientemente mexicano y Estados Unidos te dice que nunca vas a ser suficientemente americano, donde uno aprende a moverse entre los dos mundos

con la habilidad del que no tiene otra opción, pero que tampoco termina de pertenecer del todo a ninguno. ganó el oro olímpico en Barcelona 1992, representando a los Estados Unidos. Eso fue lo que lo puso en el mapa del boxeo mundial y fue también lo que complicó su relación con México de maneras que duraron toda su carrera.

 Representó a Estados Unidos con el apellido de la olla y la cara de su abuelo duranguense, representó al país del norte en los Juegos Olímpicos. Para los mexicanos de México, eso tenía una lectura muy clara. Había elegido el lado equivocado. Para los mexicoamericanos, los que habían crecido en East Los Ángeles y en los barrios del suroeste, la lectura era diferente. De la olla había nacido ahí.

Tenía el pasaporte americano. Representar a Estados Unidos en los Olímpicos no era una traición, era la realidad de su situación legal y además había ganado el oro. Para la comunidad mexicana en California, ese oro era también suyo, aunque de la olla lo hubiera ganado con el uniforme rojo, blanco y azul.

 Esa tensión que existía en el boxeo mexicano desde antes de la pelea con Chávez, pero que nunca había tenido un escenario tan grande donde expresarse, explotó la noche del 7 de junio de 1996 en el Caesar Palace. Pero para entender esa noche, hay que entender primero lo que eran los dos hombres cuando llegaron a ella.

 Julio César Chávez en junio de 1996 tenía 33 años. Llevaba 16 años como profesional. Había peleado 97 veces. Tenía 94 victorias y dos derrotas, ambas contra Frankie Randal. Aunque la primera fue revertida años después, [música] cuando se descubrió que Randal había dado positivo en doping. Era tres veces campeón mundial en dos categorías.

 El hombre que había llenado el Thomas and Max Center de Las Vegas con mexicanos que gritaban su nombre y que había ganado en los dos últimos segundos del duodécimo round contra Meldrick Taylor, el símbolo el que les había demostrado a los mexicanos de ambos lados de la frontera que Las Vegas podía ser territorio mexicano, pero el Chávez de 1996 ya cargaba con cosas que el Chávez de 1990 no cargaba.

 Los años habían pasado de maneras que el boxeo no puede parar. La velocidad de reacción que a los 28 años era suficiente para manejar a los mejores del mundo ya no era exactamente la misma a los 33. Los campamentos de preparación que en los años de gloria habían sido disciplinados y sólidos, habían tenido irregularidades que las personas cercanas a él veían, aunque no siempre lo dijeran en voz alta.

 Ramón Félix, su entrenador de toda la vida, el hombre que le había enseñado a pensar la pelea, llevaba 6 años muerto. Y había otras cosas, cosas fuera del ring que las personas cercanas a Chávez mencionaban en voz baja y que él mismo reconoció años después con una honestidad que le da [música] crédito. las adicciones que habían empezado como parte de la vida social del campeón más famoso de México y que con los años habían crecido hasta ocupar más espacio de lo que debían.

 El Chávez que subió al Ring esa noche en el Caesar Palace era todavía un hombre peligroso. Seguía siendo capaz de noquear a cualquiera de su categoría con esa derecha que venía desde los ángulos que nadie más producía. Seguía teniendo la resistencia al daño que lo había hecho leyenda. [música] Seguía siendo Chávez, pero ya no era el Chávez de los 2 segundos del Thomas and Max Center.

 De la olla al otro lado, tenía 23 años, 27 peleas profesionales, 27 victorias, campeón mundial superligero de la W. Físicamente estaba en el mejor momento de su vida atlética, que en el boxeo generalmente ocurre entre los 21 y los 26 años. La velocidad de sus manos era en ese momento probablemente la mejor que existía en su categoría.

 Su movimiento era elegante y eficiente y tenía algo que los boxeadores de su generación raramente tenían. [música] La capacidad de vender de la olla era mediático de una manera que el boxeo no había visto desde Muhammad Ali, guapo, bilingüe, con una historia olímpica que los medios americanos podían contar sin complicaciones culturales. HBO lo amaba.

Las revistas lo ponían en [música] portadas, las mujeres lo seguían con una intensidad que hacía que los eventos donde peleaba tuvieran una demografía diferente a la de las peleas típicas de [música] boxeo. El establishment del boxeo americano lo había construido con cuidado durante 3 años desde Barcelona. Había elegido sus rivales de manera estratégica.

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