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Emilio “El Indio” Fernández: Mató a un Campesino… y Quedó Libre

Necesitaba un modelo, alguien con un cuerpo perfecto que pudiera inspirar la estatuilla. Según la leyenda, Dolores del Río le sugirió a su compatriota. “Usa a Emilio”, le dijo. Tiene el cuerpo perfecto. Y Emilio aceptó. Se dice que posó desnudo para George Stanley, el escultor que creó la estatuilla.

Que su figura atlética, sus proporciones perfectas se convirtieron en el Óscar. La academia nunca lo confirmó. Oficialmente, la identidad del modelo sigue siendo un misterio, pero el indio lo repitió toda su vida en entrevistas, en fiestas, a cualquiera que quisiera escucharlo. Y en México la historia se convirtió en verdad.

Quizá tú también conoces esa sensación cuando una historia se repite tantas veces que ya no importa si es real, se vuelve más grande que los hechos, se convierte en mito y los mitos tienen su propia verdad. El propio Emilio lo sabía. Décadas después diría una frase que lo resume todo. Las mentiras las inventan los [ __ ] y los mitos los genios.

Él se consideraba un genio. En los años 30, Emilio regresó a México. El tiempo había borrado sus crímenes juveniles. Ya nadie lo buscaba. Ya nadie recordaba al joven rebelde que había escapado de prisión. Pero él traía algo que nadie más tenía. Había visto cómo se hacía cine en Hollywood.

Había trabajado con Cecil Bidemill. Había observado a los grandes directores, había aprendido. Su primer papel protagónico llegó en 1934, una película llamada Yanicio. La historia de un pescador indígena, noble y trágico, que muere defendiendo su honor. El público lo amó. Esos rasgos indígenas que había heredado de su madre, que en Hollywood lo relegaban a papeles de villano o de extra, en México lo convertían en la encarnación de la identidad nacional.

Pero actuar no era suficiente para él. Quería crear, quería inventar, quería construir un México que el mundo entero admirara. En 1941 debutó como director con la isla de la pasión, una película sobre soldados mexicanos defendiendo una isla del Pacífico. Fue un éxito modesto, pero le abrió las puertas. Pero el indio quería más.

No quería ser solo actor. No quería interpretar las visiones de otros directores. Quería crear las suyas. empezó a escribir guiones, a estudiar cómo se construían las historias, a observar a los directores con los que trabajaba. Fernando de Fuentes lo contrató para allá en el Rancho Grande, la película que inauguró la comedia ranchera mexicana.

El indio no salía mucho en pantalla, pero sus pies sí son los que zapateaban el jarabe tapatío en una de las escenas más famosas. Aprendía, absorbía, esperaba su momento. En 1941, un amigo suyo, el actor David Silva, consiguió convencer a un general convertido en productor de que le diera una oportunidad al indio como director. 50,000 pesos.

Eso costó financiar la isla de la pasión. El indio vivía entonces en la cochera de una casa en la colonia Condesa. No tenía dinero, no tenía contactos importantes, solo tenía ambición. La película fue un éxito modesto, suficiente para abrir puertas. Y entonces llegó 1943. María Candelaria, la película que lo cambió todo.

Una historia sobre una mujer indígena rechazada por su comunidad porque su madre había posado desnuda para un pintor. Una historia de amor, de discriminación, de tragedia. La protagonizó Dolores del Río, la misma que supuestamente lo había presentado para posar como el Óscar, la misma de quien él estaba perdidamente enamorado desde que la vio por primera vez en Hollywood.

Décadas después, él lo confesaría sin pudor. Me miraba pero sin verme. Me enamoré de ella, pero ella me ignoraba. Yo la adoraba, de veras que la adoraba. Un amor no correspondido que duró toda su vida. La película se filmó en Shochimilco. Gabriel Figueroa, el fotógrafo más importante de México, creó imágenes que parecían pinturas, nubes dramáticas, siluetas recortadas contra el cielo, la estética que definiría el cine mexicano durante décadas.

En 1946, María Candelaria llegó al festival de Canes y ganó la palma de oro. El indio Fernández se convirtió en el primer latinoamericano en conseguir el premio más prestigioso del cine europeo. La prensa internacional lo celebraba. Los críticos franceses lo comparaban con los grandes maestros rusos. El cineasta soviético Serge Eisenstein había filmado partes de Que viva México en los años 30 y muchos veían en el indio a su heredero estético.

De pronto, el niño soldado que había escapado de prisión estaba en la cima del mundo. El crítico francés George Adull lo llamó el auténtico retrato de la vida rural mexicana. Otros lo comparaban con John Ford. el maestro del western estadounidense. Hollywood lo buscaba, Europa lo admiraba y el indio lo creyó todo.

Con un ego que no cabía en ninguna habitación, proclamaba sin un gramo de ironía, “Solo existe un México el que yo inventé. Yo soy el cine mexicano.” No era falsa modestia. Él genuinamente lo creía y, en cierto sentido, tenía razón. Las imágenes que creó junto a Gabriel Figueroa definieron cómo el mundo veía a México.

Los charros orgullosos, las mujeres con trenzas, los maguelles recortados contra cielos dramáticos, las haciendas coloniales, la música de mariachi, el dramatismo telenovelesco antes de que existieran las telenovelas. Todo eso venía de sus películas. México no se reconocía en el espejo, se reconocía en la pantalla, en la pantalla que el indio había creado.

Después de Kans vinieron más éxitos. Cada año, a veces dos o tres veces al año, el indio estrenaba una nueva obra maestra, enamorada con María Félix, la historia de una mujer altiva que se enamora del general revolucionario que ocupa a su pueblo. María Félix y el indio chocaron constantemente durante el rodaje, dos egos monumentales en el mismo set, pero el resultado fue una de las mejores películas de ambos.

La perla basada en un cuento de Mindomcient John Steinbeck. El escritor estadounidense colaboró en el guion. Era la historia de un pescador que encuentra una perla gigante y cómo esa riqueza destruye su vida. ganó el premio a la mejor fotografía en los globos de oro y en el festival de Venecia, río escondido, donde María Félix interpretaba a una maestra rural enviada por el presidente de la República a educar a un pueblo controlado por un cacique.

Propaganda gubernamental disfrazada de arte, dirían algunos. Una obra maestra del nacionalismo revolucionario, dirían otros. Pueblerina, la historia de una mujer violada por el hijo del cacique local y su lucha por justicia. Columba Domínguez en el papel principal. Una de las películas más crudas y poderosas del cine mexicano.

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