Necesitaba un modelo, alguien con un cuerpo perfecto que pudiera inspirar la estatuilla. Según la leyenda, Dolores del Río le sugirió a su compatriota. “Usa a Emilio”, le dijo. Tiene el cuerpo perfecto. Y Emilio aceptó. Se dice que posó desnudo para George Stanley, el escultor que creó la estatuilla.
Que su figura atlética, sus proporciones perfectas se convirtieron en el Óscar. La academia nunca lo confirmó. Oficialmente, la identidad del modelo sigue siendo un misterio, pero el indio lo repitió toda su vida en entrevistas, en fiestas, a cualquiera que quisiera escucharlo. Y en México la historia se convirtió en verdad.
Quizá tú también conoces esa sensación cuando una historia se repite tantas veces que ya no importa si es real, se vuelve más grande que los hechos, se convierte en mito y los mitos tienen su propia verdad. El propio Emilio lo sabía. Décadas después diría una frase que lo resume todo. Las mentiras las inventan los [ __ ] y los mitos los genios.
Él se consideraba un genio. En los años 30, Emilio regresó a México. El tiempo había borrado sus crímenes juveniles. Ya nadie lo buscaba. Ya nadie recordaba al joven rebelde que había escapado de prisión. Pero él traía algo que nadie más tenía. Había visto cómo se hacía cine en Hollywood.
Había trabajado con Cecil Bidemill. Había observado a los grandes directores, había aprendido. Su primer papel protagónico llegó en 1934, una película llamada Yanicio. La historia de un pescador indígena, noble y trágico, que muere defendiendo su honor. El público lo amó. Esos rasgos indígenas que había heredado de su madre, que en Hollywood lo relegaban a papeles de villano o de extra, en México lo convertían en la encarnación de la identidad nacional.
Pero actuar no era suficiente para él. Quería crear, quería inventar, quería construir un México que el mundo entero admirara. En 1941 debutó como director con la isla de la pasión, una película sobre soldados mexicanos defendiendo una isla del Pacífico. Fue un éxito modesto, pero le abrió las puertas. Pero el indio quería más.
No quería ser solo actor. No quería interpretar las visiones de otros directores. Quería crear las suyas. empezó a escribir guiones, a estudiar cómo se construían las historias, a observar a los directores con los que trabajaba. Fernando de Fuentes lo contrató para allá en el Rancho Grande, la película que inauguró la comedia ranchera mexicana.
El indio no salía mucho en pantalla, pero sus pies sí son los que zapateaban el jarabe tapatío en una de las escenas más famosas. Aprendía, absorbía, esperaba su momento. En 1941, un amigo suyo, el actor David Silva, consiguió convencer a un general convertido en productor de que le diera una oportunidad al indio como director. 50,000 pesos.
Eso costó financiar la isla de la pasión. El indio vivía entonces en la cochera de una casa en la colonia Condesa. No tenía dinero, no tenía contactos importantes, solo tenía ambición. La película fue un éxito modesto, suficiente para abrir puertas. Y entonces llegó 1943. María Candelaria, la película que lo cambió todo.
Una historia sobre una mujer indígena rechazada por su comunidad porque su madre había posado desnuda para un pintor. Una historia de amor, de discriminación, de tragedia. La protagonizó Dolores del Río, la misma que supuestamente lo había presentado para posar como el Óscar, la misma de quien él estaba perdidamente enamorado desde que la vio por primera vez en Hollywood.
Décadas después, él lo confesaría sin pudor. Me miraba pero sin verme. Me enamoré de ella, pero ella me ignoraba. Yo la adoraba, de veras que la adoraba. Un amor no correspondido que duró toda su vida. La película se filmó en Shochimilco. Gabriel Figueroa, el fotógrafo más importante de México, creó imágenes que parecían pinturas, nubes dramáticas, siluetas recortadas contra el cielo, la estética que definiría el cine mexicano durante décadas.
En 1946, María Candelaria llegó al festival de Canes y ganó la palma de oro. El indio Fernández se convirtió en el primer latinoamericano en conseguir el premio más prestigioso del cine europeo. La prensa internacional lo celebraba. Los críticos franceses lo comparaban con los grandes maestros rusos. El cineasta soviético Serge Eisenstein había filmado partes de Que viva México en los años 30 y muchos veían en el indio a su heredero estético.
De pronto, el niño soldado que había escapado de prisión estaba en la cima del mundo. El crítico francés George Adull lo llamó el auténtico retrato de la vida rural mexicana. Otros lo comparaban con John Ford. el maestro del western estadounidense. Hollywood lo buscaba, Europa lo admiraba y el indio lo creyó todo.
Con un ego que no cabía en ninguna habitación, proclamaba sin un gramo de ironía, “Solo existe un México el que yo inventé. Yo soy el cine mexicano.” No era falsa modestia. Él genuinamente lo creía y, en cierto sentido, tenía razón. Las imágenes que creó junto a Gabriel Figueroa definieron cómo el mundo veía a México.
Los charros orgullosos, las mujeres con trenzas, los maguelles recortados contra cielos dramáticos, las haciendas coloniales, la música de mariachi, el dramatismo telenovelesco antes de que existieran las telenovelas. Todo eso venía de sus películas. México no se reconocía en el espejo, se reconocía en la pantalla, en la pantalla que el indio había creado.
Después de Kans vinieron más éxitos. Cada año, a veces dos o tres veces al año, el indio estrenaba una nueva obra maestra, enamorada con María Félix, la historia de una mujer altiva que se enamora del general revolucionario que ocupa a su pueblo. María Félix y el indio chocaron constantemente durante el rodaje, dos egos monumentales en el mismo set, pero el resultado fue una de las mejores películas de ambos.
La perla basada en un cuento de Mindomcient John Steinbeck. El escritor estadounidense colaboró en el guion. Era la historia de un pescador que encuentra una perla gigante y cómo esa riqueza destruye su vida. ganó el premio a la mejor fotografía en los globos de oro y en el festival de Venecia, río escondido, donde María Félix interpretaba a una maestra rural enviada por el presidente de la República a educar a un pueblo controlado por un cacique.
Propaganda gubernamental disfrazada de arte, dirían algunos. Una obra maestra del nacionalismo revolucionario, dirían otros. Pueblerina, la historia de una mujer violada por el hijo del cacique local y su lucha por justicia. Columba Domínguez en el papel principal. Una de las películas más crudas y poderosas del cine mexicano.
Salón México. Un cambio radical. No más campos ni indígenas. Esta vez el indio filmó en la ciudad, en un salón de baile, prostitutas, policías corruptos, tragedia urbana. Demostró que podía hacer más que películas campesinas, víctimas del pecado con Ninón Sevilla, rumberas, cabarets, bebés abandonados en botes de basura.
El lado oscuro de la Ciudad de México que nadie quería ver. Trabajaba sin parar. Filmaba dos, tres películas al año, cada una más ambiciosa que la anterior. Su equipo era siempre el mismo. Gabriel Figueroa en la fotografía, Mauricio Magdaleno en el guion. Juntos crearon un estilo inconfundible. Las nubes de Figueroa se volvieron famosas.
Nubes dramáticas, amenazantes, que parecían presagiar tragedia. Años después, el director español Luis Buñuel trabajaría con Figueroa y le pediría específicamente que no filmara esas nubes. Estaba cansado de ellas, pero el indio las amaba y mientras tanto construyó su fortaleza literalmente. En 1946, el mismo año que ganó Ks, comenzó a construir una mansión en Coyoacán.
La diseñó el arquitecto Manuel Parra, pero el concepto era todo de Emilio. La llamó La fortaleza y el nombre no era casualidad. Era una mole de piedra volcánica con muros gruesos como los de un castillo medieval. Tenía torres, tenía patios internos, tenía un estanque con patos, tenía todo lo que un hombre con delirios de grandeza podía desear.
Ahí vivió el resto de su vida. Ahí filmó más de 140 películas. Ahí recibió a los más grandes del mundo. Por sus pasillos caminaron Diego Rivera y Frida Calo. José Alfredo Jiménez compuso canciones en su sala. Cu Sánchez tocó la guitarra bajo sus arcos de piedra. María Félix cenó en su comedor. María Callas cantó para él.
Elizabeth Taylor admiró sus jardines. Dolores del río nunca dejó de visitarlo. Aunque el indio se casó con otras mujeres, aunque tuvo hijos con otras mujeres, Dolores siempre estaba presente, siempre cerca. Y en febrero de 1962 llegó alguien que nadie esperaba. Marilyn Monro. La actriz más famosa del mundo estaba en México.
Oficialmente había venido a comprar muebles y arte mexicano para su nueva casa en Brandwood, California. Extraoficialmente se rumoraba que tenía un romance con el actor mexicano José Bolaños. Marilyn había visitado los estudios Churubusco, donde Luis Buñuel filmaba El ángel exterminador. Había conocido a las estrellas mexicanas, había probado la comida en la taquería, el taquito.
Había comido carnitas y gusanos de maguei. Gabriel Figueroa, que estaba en el set de Buñuel, le dijo una frase que cambiaría todo. Tienes que conocer la casa de mi compadre. Esa noche, Marilyn Monroe llegó a la fortaleza. El indio, siempre el showman, organizó una fiesta íntima. No quería que la prensa se enterara, solo ellos, un fotógrafo de confianza y Columba Domínguez.
La casa impresionó a Marilyn, las piedras volcánicas, los arcos coloniales, los muebles rústicos de madera tallada. era exactamente el tipo de ambiente que ella buscaba para su propia casa. El indio le mostró cada rincón, le contó la historia de cada objeto, le habló de Diego Rivera, que había ayudado a diseñar algunos de los guiones.
Le mostró la vista desde el balcón que daba a la calle Dulce Olivia y después le enseñó a tomar tequila al estilo mexicano. Sal en el dorso de la mano, limón, caballito de un trago. Marilyn no entendía. Era demasiado complicado. Lo intentó una vez y casi se ahoga. Lo intentó dos veces y derramó la mitad. Lo intentó tres veces, cuatro veces, cinco veces, hasta que quedó completamente ebria.
Se quedó a dormir en la fortaleza. El indio, sabiendo que Marilyn amaba los muebles mexicanos, le hizo un regalo. Dos cómodas de caoba talladas a mano por artesanos michoacanos. Piezas únicas. Hermosas. Marilyn se las llevó a su casa de Brentwood. 6 meses después, el 5 de agosto de 1962, Marilyn Monroe apareció muerta en esa misma casa.
Las cómodas que le regaló el indio estaban ahí en su habitación cuando la encontraron. Existe una foto de esa noche en la fortaleza. Marilyn sonriendo con un rebozo mexicano sobre los hombros. El indio a su lado orgulloso, Columba, observando desde atrás tres personas que no podían imaginar lo que el futuro les tenía preparado.
La fortaleza era el centro del universo cultural mexicano. Ahí se filmaron más de 140 películas y telenovelas. El rapto, la última película de Jorge Negrete. El libro de piedra, una película de terror que todavía asusta. Corazón Salvaje, la telenovela que definió un género. Pero la fortaleza también era una cárcel, una cárcel de piedra volcánica donde las apariencias lo eran todo y la realidad se escondía detrás de los muros gruesos.
Y es aquí donde la historia se pone incómoda. En 1941, el mismo año que debutó como director, el indio viajó a Cuba. Ahí conoció a una bailarina llamada Gladis Fernández. Ella tenía 16 años. Se casaron rápidamente. Un año después nació su primera hija, Adela. El matrimonio fue un desastre desde el principio. El indio la acusaba de coqueta, de infiel.
Lamda celaba con una intensidad enfermiza. Gladis no aguantó. abandonó a su hija recién nacida y regresó a Cuba. Según Adela, su madre huyó porque no soportaba ver cómo Emilio estaba enamorado de otra mujer. Dolores del río, siempre Dolores del río. El amor imposible de el indio, la mujer que él adoraba, pero que nunca fue suya, al menos no oficialmente, porque hay un secreto que Adela reveló décadas después, un secreto que todos sabían, pero nadie decía en voz alta.
Dolores y el indio sí fueron amantes. Adela lo contó con palabras que no dejan lugar a dudas. Se veían seguido, se hablaban de usted. Nadie podría haber dicho en voz alta, “Son amantes.” Todos lo sabían y todos lo callaron. Se trataban de usted, incluso en la intimidad. Era la forma de mantener las apariencias, de fingir que solo eran colegas, amigos, colaboradores artísticos.
Pero todos los que frecuentaban la fortaleza lo sabían. Dolores del río llegaba sola, se quedaba horas, a veces hasta la madrugada y nadie preguntaba, nadie comentaba, porque en el México de esa época los secretos a voces se respetaban. El indio nunca dejó de amarla, incluso cuando se casó con otras mujeres, incluso cuando tuvo hijos con otras mujeres.
Dolores siempre fue su obsesión y ella a su manera, también lo quería. Quizá no con la misma intensidad, quizá no con la misma locura, pero lo suficiente como para seguir visitándolo década tras década. Hay una historia que ilustra la devoción de El indio por Dolores. Una vez, en lugar de enviarle rosas como haría cualquier pretendiente común, le envió una caja con 12 luciérnagas vivas.
Imagina la escena, Dolores abriendo una caja elegante y de adentro, el lugar de flores, salen 12 puntos de luz parpadeante. 12 pequeñas estrellas que brillaban solo para ella. Eso era el indio, excesivo, teatral, incapaz de hacer algo normal cuando podía hacer algo extraordinario. Dolores del río también influyó en quién era el indio.
Antes de conocerla bien, él era un hombre rudo, un revolucionario, un soldado convertido en actor. Pero ella lo pulió, lo llevó a conocer a Diego Rivera, lo introdujo en los círculos intelectuales de México, le presentó a Salvador Novo, el poeta más ingenioso y mordaz de su generación. le enseñó a vestirse. Antes de Dolores, el indio usaba cualquier cosa.
Después de Dolores, empezó a usar trajes de botón cruzado. Le mandaba hacer ropa a la medida, todo para impresionarla, todo para estar a su altura. La relación con Dolores duró de una forma u otra toda la vida del indio. Ella murió en 1983, 3 años antes que él. Y dicen que el indio nunca se recuperó de esa pérdida. Pero antes de Dolores, antes de Columba, antes de todas las demás, hubo otra obsesión.
Adela creció en la fortaleza rodeada de estrellas de cine, rodeada de pintores famosos, rodeada de música y de arte, pero también rodeada de algo más oscuro. Aquí viene la primera promesa que te hice. Décadas después, ya adulta, ya escritora reconocida. Adela lo contó con sus propias palabras, sin filtros, sin pudor.
Pasé mi infancia viendo desfilar por casa decenas de novias y personajes famosos. Recibía órdenes de mi padre para preparar a sus novias, las bañaba y les rociaba de Chanel. Tenía 12 años. 12 años. Y su padre le ordenaba a preparar a sus amantes, bañarlas, perfumarlas, dejarlas listas para él. No le gustaba estar con ellas si antes no se aseaban y se ponían de los perfumes que él compraba.
Una niña siendo cómplice involuntaria de las infidelidades de su padre y ella obedecía. ¿Qué otra opción tenía? A los 16 años, Adela no pudo más. Huyó de la fortaleza. se llevó una máquina de escribir Remington que había pertenecido a su abuelo, la enciclopedia británica. Unos jorongos nada más.
Años después explicaría su huida con palabras que cortan. Salí huyendo de tanta mexicanidad, de tanto realismo mexicano, de tanto nacionalismo y de tanto control exacerbado. Me llamaban la niña cautiva de Coyoacán. Así la llamaban, la niña cautiva. Para protegerse de su padre, forraba sus libros de Simón de Boboa con fotos de Zapata y de la revolución.
Así él creía que leía sobre historia mexicana, no sobre feminismo francés. Pero la razón definitiva por la que el indio la echó de su vida fue otra. Adela era lesbiana y el indio no lo soportó. Cuando ella se lo confesó, él explotó. El hombre que proclamaba amar a México, que decía representar lo mejor de la cultura nacional, no pudo aceptar que su hija amara a otras mujeres.
Ella lo llamaba impresentable homófobo. Él simplemente dejó de reconocerla como hija. Adela no pudo volver a la fortaleza hasta que su padre murió. Pasaron casi 30 años. 30 años de silencio, 30 años de distancia, 30 años de heridas que nunca cicatrizaron. Tal vez tú también conoces esa sensación cuando alguien a quien amas te rechaza por ser quien eres.
Cuando la persona que debería protegerte se convierte en tu peor enemigo. Adela lo vivió en carne propia. Mientras tanto, el indio había encontrado a otra mujer. En 1945, en una boda en la ciudad de México, conoció a Columba Domínguez. Ella tenía 16 años, era hermosa, tenía rasgos mexicanos muy marcados, el tipo de belleza que el indio celebraba en sus películas.
Él tenía 41 años, 25 años de diferencia. Al verla dijo directamente sin rodeos, “Me voy a casar contigo.” No era una propuesta, era una sentencia. Se casaron en secreto porque ella era menor de edad. Él la convirtió en actriz, la puso en sus películas, le dio el papel protagónico de Pueblerina, una de sus obras maestras.
La hizo famosa, pero también la controló. La llevaba siempre descalza y vestida de indígena como los personajes de sus películas. Le hacía servir la cena a sus amigos mientras él presumía de sus logros. La exhibía como un trofeo y seguía llevando otras mujeres a la fortaleza. Adela, su hijastra, lo veía todo, lo sabía todo.
Años después, Adela contaría que no solo preparaba a las amantes de su padre, también sabía exactamente quiénes eran, cuántas eran, cuando venían. Columba también lo sabía, pero aguantó. 7 años aguantó. En 1952, estando embarazada de su única hija con el indio, Columba tomó una decisión. Lo dejó.
se fue de la fortaleza llevándose en el vientre a Jacaranda, la niña que meses después nacería lejos de su padre. El indio cayó en una depresión profunda, se hundió en el alcohol durante meses, pero cuando nació Jacar algo cambió. Aunque Columba y Emilio nunca volvieron a vivir juntos, mantuvieron una extraña relación. Él la seguía buscando.
Ella siempre volvía cuando él la necesitaba. Era un ciclo tóxico, un patrón que se repetía una y otra vez. Hay una anécdota que circula entre quienes conocieron a la pareja, una historia que resume perfectamente su relación. Un día, el indio llegó borracho a la fortaleza con un grupo de amigos. Le pidió a Columba que les preparara un mole.
Ella lo cocinó rápidamente, casi demasiado rápido. El indio saboreó el guisado, quedó encantado. Presumió ante sus amigos de las dotes culinarias de su mujer. Después del banquete, los llevó al patio a mostrarles su última adquisición. Un gallo de pelea que le había costado una fortuna. El mejor gallo de todo México, decía. El gallo no estaba.
¿Dónde está el gallo colorado? gritó el indio. ¿Cuál? Respondió Columba con calma. El que estaba en el patio, mi gallo de pelea. Ah, ese te lo acabas de comer en mole. Dicen que ahí terminó definitivamente el matrimonio. Columba tuvo su venganza, pequeña, simbólica, pero venganza al fin. Pero el indio no solo era violento con las mujeres que amaba, era violento con todos.
tenía una afición desmedida por el tequila. Bebía hasta perder el control y cuando perdía el control sacaba las pistolas porque siempre andaba armado. Aquí viene la segunda promesa que te hice. Chabela Vargas, la cantante legendaria, lo conoció bien, demasiado bien. Una noche estaba cenando en la fortaleza. El indio quería convencerla de hacer una película con él.
Pero el indio estaba borracho como tantas otras noches y en el patio había un estanque con patos. De pronto, sin aviso, abrió una ventana, sacó una pistola y comenzó a dispararle a los patos. Los otros invitados se quedaron petrificados. Nadie sabía qué hacer. Nadie se atrevía a decir nada. Pero Chabela no era cualquier persona.
Le gritó que parara, que dejara de matar a los animales. El indio se volteó hacia ella, le apuntó con la pistola y le gritó, “¡No! Y a ti también te voy a dar. Imagínate la escena. Una cena elegante, estrellas de cine. Y de pronto el anfitrión apuntándole a una invitada con un arma. Chabela fue con el mayordomo de la casa. Le pidió un arma, cualquier arma para defenderse.
El mayordomo la miró y le dijo, “No puedo dársela, señora. Sé que usted sí sería capaz de matar al indio.” Y tenía razón. Chabela lo pensó un momento y entonces dijo una frase que se volvería famosa. “Sí, ¿verdad? Me voy a echar una muerte encima tan estúpida. No vale lo que vale la bala. Se fue de la fortaleza esa noche.
Nunca volvió a hablarle. Décadas después, en entrevistas públicas, ella lo describió sin filtros. Un hombre odioso, detestable y un padre maltratador. Chabela sabía de lo que hablaba. Había visto al monstruo de cerca. Pero lo de los patos y chavela fue solo un ensayo, porque el indio también tenía celos enfermizos y esos celos casi lo llevan a cometer otro crimen.
En los años 50, después de separarse de Columba, ella viajó a Europa. Ahí conoció al actor español Francisco Raval. Paco Raval. La prensa de espectáculos hizo lo que siempre hace. Inventó un romance. Los titulares gritaban, “¡Francisco Rabal llega a México para casarse con Columba Domínguez.” No era cierto, pero el indio lo creyó.
Un día, en el comedor de los estudios Churubusco, el indio vio a Rabal sentado en una mesa hablando con Columba. Según el guionista Julio Alejandro, que estaba presente, el indio se levantó de su silla, caminó hacia Rabal y fue hacia ti dispuesto a pegarte dos tiros. Rabal no sabía lo que estaba pasando. No entendía por qué aquel hombre venía hacia él con cara de muerte, pero alguien intervino.
Luis Puñuel. El director español se levantó y se interpuso físicamente entre el indio y rabal. Y el indio se detuvo porque había muy pocas cosas que el indio respetaba en este mundo, muy pocas personas a las que no se atrevía a enfrentar. Luis Buñuel era una de ellas. Rabal se salvó por la intervención de Buñuel.
Si no, hoy estaríamos contando otra historia. Pero la violencia del indio no podía contenerse para siempre. El 30 de mayo de 1976 todo estalló. El indio tenía 72 años. Ya no era el director más famoso de México. Ya no ganaba premios, ya nadie le financiaba películas grandes. Pero él se negaba a aceptar que su tiempo había pasado.
Quería hacer un remake de Pueblerina, una de sus obras maestras de los años 40. Quería demostrar que todavía podía crear, que todavía importaba. Estaba en Viesca a Coahuila, buscando locaciones, el mismo tipo de pueblo que había filmado cientos de veces, iglesias coloniales, plazas polvorientas, campesinos con sombreros de paja, el México que él había inventado.
A las 11 de la mañana llegó al pueblo con su pequeño equipo. Tomó fotografías de la parroquia de Santiago Apóstol, de las capillas antiguas, de las fachadas coloniales que se caían a pedazos. Hacía un calor brutal, el tipo de calor que te aplasta, que te hace buscar sombra y bebida. El indio bebió algunas copas para refrescarse y después algunas más.
A las 2 de la tarde, un grupo de gitanos lo reconoció en la plaza. No podían creerlo. El indio Fernández, el director de María Candelaria, el hombre del Óscar, ahí en su pueblo perdido de Coahuila, lo invitaron a tomar café turco en su campamento. Estaban instalados en una vieja hacienda llamada la madrileña, que antes había sido fábrica de locomotoras.
Un lugar fantasmagórico, lleno de maquinaria oxidada y recuerdos de tiempos mejores. El indio aceptó la invitación. Siempre le gustó ser el centro de atención. Siempre disfrutó que lo reconocieran. A las 6 de la tarde llegó al campamento. Los gitanos estaban emocionados. Le sirvieron café en tazas pequeñas.
Se tomaron fotos con él. Le pidieron autógrafos. Le preguntaron por María Félix, por Dolores del Río, por las estrellas que ellos solo conocían de la pantalla. El indio estaba feliz. Por un momento, volvía a ser importante, volvía a ser alguien. Y entonces llegó un autobús. De ahí se bajaron tres campesinos del pueblo.
Habían estado bebiendo todo el día. Venían a buscar problemas. Uno de ellos se llamaba Javier Aldecoa Robles. Tenía 26 años. Era joven, borracho y traía una pistola. Aldecoa comenzó a disparar al aire, a gritar obstenidades, a insultar a los gitanos. Les gritó que eran ladrones, delincuentes, que se largaran del pueblo, que no los querían ahí.
Los gitanos intentaron calmarlo. Le dijeron que solo estaban de paso, que no querían problemas, pero Aldecoa no escuchaba y entonces el indio salió a defenderlos. El hombre de 72 años se enfrentó al joven borracho de 26. le gritó que se callara, que dejara en paz a esa gente, que él era Emilio Fernández, el director más grande de México, y que no iba a permitir que un campesino ignorante maltratara a sus anfitriones.
Nadie sabe exactamente qué pasó después. Las versiones varían, los testigos se contradicen. El alcohol nublaba los recuerdos de todos los presentes. Lo que sí se sabe es que hubo una pelea, que los acompañantes de Aldecoa, viendo que la cosa se ponía fea, le quitaron la pistola para evitar que hiciera una locura.
Pero el indio tenía su propia pistola, una calibre 45, la misma que siempre cargaba, la misma que había sacado tantas veces para intimidar a invitados en sus fiestas. La sacó, apuntó al campesino de 26 años y le disparó dos veces en el pecho. Javier Aldecoa cayó al suelo. La sangre comenzó a extenderse por la tierra seca.
Los gitanos gritaban. Los acompañantes de Aldecoa no podían creer lo que estaban viendo. Alguien intentó ayudar al herido. Lo subieron a un vehículo, lo llevaron a buscar atención médica. Murió poco después en el camino o en el hospital, dependiendo de quien cuente la historia. El indio, consciente de lo que había hecho, huyó.
La noticia se regó como pólvora por todo México. El director más famoso del país había matado a un Nandé, hombre a sangre fría en un campamento gitano por defender a unos extraños. Con ayuda de sus amigos, el indio cruzó hacia Guatemala mientras la policía de Coahuila organizaba un operativo para detenerlo.
Los periódicos decían que había escapado en su propia camioneta sin que las autoridades pudieran rastrearlo. Días después, en la ciudad de Guatemala, decidió entregarse. Lo trasladaron a México en avión. En el aeropuerto de la Ciudad de México lo esperaban decenas de reporteros, fotógrafos, camarógrafos. El indio mantuvo su versión hasta el final. Había actuado en defensa propia.
El juez no le creyó. Lo condenaron a 4 años y 6 meses de prisión por homicidio. Pero el indio Fernández no era cualquier persona. El 10 de diciembre de 1976, menos de 6 meses después del asesinato, pagó una fianza de 150,000 pesos y quedó libre. Se dice que la familia del campesino muerto cambió su declaración después de recibir $,500 del director.
Nunca se confirmó oficialmente, pero el rumor persiste. El hombre que había matado a sangre fría a un joven de 26 años estaba libre antes de Navidad. A lo mejor tú también conoces esa sensación. Cuando la justicia no funciona, cuando el dinero puede comprarlo todo, cuando los poderosos siempre encuentran una salida, el indio encontró la suya.
Y mientras él negociaba su libertad, su hija estaba a punto de caer. Aquí viene la tercera promesa que te hice. El 22 de noviembre de 1978, menos de 2 años después del asesinato, Jacaranda Fernández Domínguez organizó una fiesta en su departamento. Vivía en la colonia Cuautemoc, en la Ciudad de México. Tenía 24 años.

Estudiaba arquitectura. Había empezado a actuar en algunas películas de su padre. Parecía tener un futuro brillante. Vivía con una amiga llamada Lidia. La fiesta empezó normal, música, bebidas, invitados. Pero algo pasó esa noche. En la madrugada, Jakcaranda y Lidia tuvieron una fuerte discusión. Los vecinos escucharon gritos.
Jakaranda estaba muy alterada. tiró un espejo contra la mesa de la sala y entonces cayó desde el tercer piso del edificio. Murió instantáneamente. La policía llegó, investigó, tomó declaraciones y clasificó su muerte como suicidio. Columba Domínguez, su madre, nunca lo aceptó. Entrevistas durante los siguientes 36 años, Columba repitió lo mismo y otra vez.
No tenía problemas de ningún tipo, por eso no me explico por qué lo hizo. Imposible que mi hija negara la vida. Columba estaba convencida de que aaranda la habían asesinado. Las versiones sobre lo que pasó esa noche son contradictorias. Algunos testigos dijeron que vieron a Lidia empujar a Jacar durante un forcejeo en el balcón.
Otros dijeron que Jacaranda fue sola al balcón para alejarse de su amiga y que cayó porque estaba muy ebria. Dos hombres que habían conocido a las mujeres la noche anterior en un bar fueron detenidos e interrogados. Dijeron que las había acompañado a la fiesta, pero que no vieron nada. La verdad nunca se supo.
El caso se cerró como suicidio y así quedó. El indio estaba cumpliendo su sentencia cuando se enteró de la muerte de su hija. Desde la cárcel solo pudo decir, “Lo único que puedo hacer ahora por ella es orar.” Columba cargó con esa duda el resto de su vida. 36 años preguntándose qué pasó realmente esa noche. 36 años sin respuestas.
36 años convencida de que le arrebataron a su hija. Tal vez tú también sabes lo que es cargar con algo que nunca vas a poder probar, algo que te carcome por dentro, pero que el mundo insiste en explicar de otra manera. Algo que te obliga a vivir con la duda como compañera permanente. Columba lo supo hasta el día de su muerte.
El indio salió de prisión, pero ya no era el mismo. El genio que había inventado México estaba acabado. Su carrera como director había terminado definitivamente. Las últimas películas que dirigió México Norte y Erótica, ambas de 1979, pasaron sin pena ni gloria. Nadie quería financiar sus proyectos. Los estudios lo evitaban. El público lo había olvidado.
El cine mexicano había cambiado. Ya no querían historias de indígenas nobles y revoluciones gloriosas. Querían comedias urbanas, películas de ficheras, dramas modernos. El nacionalismo que el indio predicaba se había vuelto anticuado. Los críticos que antes lo adoraban ahora lo despreciaban. Decían que sus películas eran folclóricas de manera artificial, que su visión de México era turística, exótica, diseñada para impresionar a extranjeros más que para reflejar la realidad.
Pero Hollywood todavía lo recordaba. San Pekinpa, el director de westerns, violentos y nihilistas, lo admiraba. Lo puso en The Wild Bunch en 1969. El indio interpretaba a un general mexicano, un villano con matices. Era exactamente el tipo de papel que Hollywood siempre le había ofrecido. El mexicano peligroso, impredecible, mortal. Pekin Pach lo volvió a llamar para Pat Garret y Billy de Kid y después para Quiero la cabeza de Alfredo García.
Una película oscura y violenta sobre un hombre que cruza México buscando una cabeza cortada. El indio tenía un papel pequeño pero memorable. John Houston, otro maestro del cine estadounidense, también lo buscó. Lo puso en La noche de la iguana, filmada en Puerto Vallarta. El indio interpretaba a un cantinero, un papel menor para un director que había ganado la palma de oro, pero trabajo al fin.
Houston lo volvió a llamar en 1984 para bajo el volcán, basada en la novela de Malcolm Laury. Fue la penúltima película del indio. También trabajó en piratas de Roman Polanski, filmada en 1986. uno de sus últimos papeles. Pero esos trabajos en Hollywood eran migajas comparados con lo que había sido.
El hombre que dirigía a María Félix y Dolores del Río ahora aceptaba papeles de villano en películas gringas. En México, el indio era un fantasma de lo que había sido. Se refugió en la fortaleza. bebía, recordaba a tiempos mejores, miraba las fotos de sus triunfos, hablaba de Kans como si hubiera sido ayer. A veces, por las mañanas montaba a caballo por el camellón de Miguel Ángel de Quevedo, un anciano a caballo en medio del tráfico de la Ciudad de México, una imagen del pasado que se negaba a morir.
Los vecinos lo veían pasar y susurraban. Algunos lo reconocían. Otros no tenían idea de quién era ese viejo excéntrico que paseaba como si estuviera en una hacienda del siglo X. El indio vivía atrapado en su propia leyenda, en el México que él había inventado. Un México que ya no existía, que quizá nunca existió.
Y aquí hay un detalle que resume su locura romántica. Un detalle que te demuestra hasta dónde llegaba su obsesión con el amor imposible. ¿Recuerdas que te conté que estaba enamorado de Dolores del Río? Pues hubo otra mujer que lo obsesionó tanto o más. Olivia de Haviland, la actriz de Lo que el viento se llevó, la hermana de Joan Fontén, una de las estrellas más grandes de Hollywood.
El indio la vio en la pantalla en 1939 y quedó perdidamente enamorado. Nunca la conoció en persona. Le enviaba cartas de amor a través de un amigo suyo, el escritor Marcus Goodrich, cartas apasionadas donde le hablaba de México, de su casa, del castillo que había construido para recibirla. Pero tenía otros planes. Fue él quien terminó casándose con Olivia de Haviland.
El indio, devastado pero sin rendirse, hizo algo extraordinario. Le pidió al presidente Miguel Alemán un favor personal. Quería que prolongaran una calle de Coyoacán hasta su mansión y que le pusieran un nombre especial, Dulce Olivia. El presidente aceptó y así cada mañana el indio abría las puertas de su balcón y miraba hacia abajo, hacia la calle que llevaba el nombre de la mujer que nunca conoció.
Decía que respiraba el dulce aroma de su dulce Olivia. La tenía simbólicamente a sus pies, convertida en calle frente a su ventana. Por siempre. Esa calle existe hasta hoy. Si vas a Coyoacán, la puedes encontrar. Dulce Olivia, un monumento al amor imposible de un hombre que nunca supo amar a las personas que tenía cerca.
Olivia de Haviland murió en julio de 2020, a los 104 años. Nunca conoció a el indio. Probablemente nunca supo que existía esa calle. El gobierno mexicano lo vigilaba. La Dirección Federal de Seguridad mantenía un expediente sobre él. Lo espiaban, lo archivaban, porque un hombre así no pertenece a nadie, ni siquiera al país que él mismo inventó.
Pero todo eso ya no importaba. Su salud comenzó a fallar. Cayó en su casa de Acapulco. Se fracturó el fémur. Lo llevaron a un hospital donde, según Adela, recibió una transfusión de sangre contaminada con malaria. Regresó a la fortaleza. Y ahí lo esperaba a Columba, a pesar de todo, a pesar de las infidelidades, a pesar de las humillaciones, a pesar de los años de separación, a pesar de la muerte de Jakaranda, a pesar de todo lo que él le había hecho, ella estaba ahí.
El 6 de agosto de 1986 hacía frío en la ciudad de México. Columba prendió la chimenea para calentar la habitación donde el indio descansaba. De pronto, él comenzó a agitarse, a decir incoherencias y entonces gritó las que serían sus últimas palabras: “Sáquenme de aquí. Esta no es mi casa. La casa fortaleza, el castillo que había construido para albergar su gloria, el lugar donde había recibido a Marilyn Monroe y María Cayas, el lugar donde había filmado más de 100 películas, ya no la reconocía, ya no sabía dónde estaba y entonces todo se
detuvo. Columba intentó reanimarlo, le dio masaje en el pecho, pero era inútil. Abrió los ojos y me miró por última vez. con una mirada triste, quizá de despedida. Tomó dos bocanadas de aire y su corazón dejó de latir. El indio Fernández murió a las 130 cébero horas del 6 de agosto de 1986. Tenía 82 años.
Columba lo vistió por última vez. Le puso su traje de charro negro, su paliacate al cuello. Le quitó el Rolex de la muñeca, el reloj que nunca se quitaba. A las 13:55 llegó la carroza fúnebre. El hombre que inventó México había muerto. Los periódicos publicaron obituarios largos. Recordaron sus triunfos en Kans, sus películas con Dolores del Río y María Félix, La leyenda del Óscar, Las fiestas en la fortaleza y también recordaron la violencia, el asesinato del campesino, los disparos a los patos, los celos enfermizos.
México enterró a uno de sus genios y también a uno de sus monstruos, porque el indio era las dos cosas, siempre fue las dos cosas. Pero la historia no termina ahí. El indio murió sin testamento. Murió intestado después de 82 años de vida, después de 129 películas. Después de construir un imperio cultural, después de acumular propiedades y obras de arte y recuerdos, el indio Fernández no dejó un solo papel que dijera qué hacer con todo eso.
Y automáticamente por ley, Adela se convirtió en heredera universal. Adela, la hija que él había rechazado por lesbiana, la hija que había huído a los 16 años con una máquina de escribir y unos libros. La hija a la que no había visto en casi 30 años. La hija que él expulsó de su vida por ser quién era. Ella heredó la fortaleza.
Ella heredó todo. Columba Domínguez, que había estado con él hasta el último segundo, que lo había vestido para su muerte, que había aprendido la chimenea esa mañana fría, que había soportado décadas de humillaciones y abandonos, se quedó sin nada, absolutamente nada. Y entonces comenzó una guerra que todavía no termina.
Columba alegó públicamente que Adela ni siquiera era hija biológica de Emilio. Dijo que era hija de Fernando Fernández, el primo de Mielmotez, el indio. Que Gladis, la madre de Adela, había engañado al indio desde el principio. Que Adela nunca fue adoptada legalmente. Adela lo negó hasta su muerte. Decía que Columba mentía por despecho, por venganza, por quedarse con la fortaleza.
La verdad, como tantas otras verdades en esta historia, nunca se supo. También hubo otro hijo, un varón llamado Emilio Fernández Castañeda, nacido de otra relación. De él se sabe muy poco. Vivió en la sombra de su padre. Se dice que Adela también lo despojó de cualquier herencia que pudiera corresponderle. Murió tiempo después en circunstancias que nadie quiso investigar.
Había otra hija más, Sochiel Fernández, nacida en 1956 de la relación de el indio con Gloria de Baloa. Otra mujer, otro matrimonio, otra hija abandonada a su suerte. La familia Fernández era un desastre de hijos regados. madres abandonadas y herencias disputadas. Adela se quedó con la fortaleza y se dedicó a preservar la memoria de su padre, del mismo padre que la había rechazado, del mismo padre que la había echado de su vida por amar a otras mujeres.
En una entrevista poco antes de morir, Adela dijo algo que resume toda su tragedia. Sigo encariñadota de mi padre. Le amo mucho. Tiene razón, Mary Soul Warner. El padre devoró a la hija. El padre devoró a la hija. Esa frase lo dice todo. Adela pasó su vida huyendo de el indio y terminó dedicando su muerte a preservar su memoria. Lo amó y lo odió.
Lo rechazó y lo heredó. Nunca pudo escapar de él. En agosto de 2013, Adela murió a los 70 años. Una obstrucción intestinal que se complicó, una muerte dolorosa para una vida dolorosa. Su hijo Emilio Ketzalcoatel Fernández heredó la fortaleza. Pero Emilio Ketzalcoatl tiene problemas de adicciones, drogas, alcohol, una vida que se fue por el caño.
Según su prima Citlali, vive en estado de bulto, incapaz de cuidarse a sí mismo, mucho menos de cuidar una mansión histórica. Y ahora los nietos del indio se pelean por la herencia, literalmente a golpes. Han tenido enfrentamientos físicos dentro de la fortaleza. Gritos, empujones, golpes. Han llamado a la policía. Han interpuesto denuncias penales unos contra otros, han pedido órdenes de restricción.
Titlali, una de las nietas, pasó 8 años en prisión por fraude inmobiliario. Estafó a compradores de departamentos, la condenaron, cumplió su sentencia. La sangre del indio corre por las venas de sus descendientes y con ella aparece también corre la maldición. La fortaleza, el castillo que el indio construyó para albergar su gloria, se ha convertido en un campo de batalla familiar.
Las paredes que vieron a Marilyn Monroe ahora ven a nietos peleándose por dinero. Los pasillos donde caminó María Callas ahora son escenario de demandas y contrademandas. En 2013, las cenizas de Emilio Fernández fueron exumadas del panteón jardín, donde originalmente lo enterraron. Las llevaron a la fortaleza.
construyeron nu, mausoleo especial para él dentro de la propiedad. Junto a sus cenizas pusieron las de Adela, el padre y la hija, el que rechazó y la rechazada, juntos para siempre en la casa que los separó. Columba Domínguez murió el 13 de agosto de 2014. Sus restos están en otro panteón, a kilómetros de la fortaleza, a kilómetros del indio, cerca de él en vida, lejos de él en la muerte.
El indio Fernández dejó 129 películas, una palma de oro, una leyenda sobre el Óscar que probablemente sea mentira, una calle llamada Dulce Olivia, una fortaleza que se cae a pedazos mientras sus descendientes la destrozan. Solo existe un México el que yo inventé. Inventó un país entero para la pantalla y fuera de ella destruyó a todos los que lo amaron.
Porque el México que él inventó era hermoso. Pero el hombre real era una fortaleza. Y una fortaleza no abraza, una fortaleza encierra. Si quieres el próximo, suscríbete y dime en comentarios a quién quieres que le saque la verdad completa.