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Joven Pedro Infante Vio Humillar a Dolores del Río en el Reforma – Nadie Esperaba su Gesto

A Pedro le habían dicho su lugar desde que llegó a la Ciudad de México con una maleta prestada y 20 pesos en el bolsillo.  Le habían dicho que su acento norteño no servía, que su cara era de pueblo,  que la gente fina no pagaba para escuchar canciones rancheras. Había aprendido a escuchar esas frases y seguir tocando de todas formas, pero esa noche la frase lo molestó de una manera diferente, porque no iba dirigida a él, sino a través de él, hacia ella.

La orquesta empezó la siguiente pieza. Pedro cantó, tocó, le dio instrucciones al violinista con una señal discreta, hizo su trabajo, pero una parte de su atención permaneció en la mesa del fondo. Allí, Dolores del Río bebía sola una copa de vino tinto. Miraba hacia ningún lugar específico. Era la expresión de quien está pensando en algo que no puede compartir con nadie en ese cuarto.

Había algo en ella que Pedro no podía dejar de observar. no era la actriz de las películas, aunque era ella, era la mujer que había debajo, la mujer que había cruzado el mundo y había vuelto a casa y había descubierto que casa no siempre es el lugar que uno dejó, sino el lugar que uno tiene que reconstruir.

Pasó una hora, vino un mozo a buscarle un  encargo. Un caballero de la mesa 3 quería una canción dedicada a su esposa. Pedro asintió, tomó nota, dio la indicación a los músicos. Mientras se acomodaba de nuevo, vio algo  que le detuvo el gesto. En la mesa contigua a la de Dolores, un hombre de traje gris estaba hablando con el mozo y señalando con un gesto discreto hacia donde ella estaba sentada.

El mozo asintió con la cabeza, se acercó a la mesa de Dolores, le dijo algo al oído. Pedro no pudo escuchar qué, pero vio la respuesta con la misma claridad con que se ve un relámpago. Dolores levantó la vista y miró al hombre de traje gris. En su rostro apareció una expresión que Pedro reconoció de inmediato.

Era la misma que había visto muchas veces en las caras de las personas que prefieren no hacer un escándalo. Una sonrisa que no era sonrisa, una  inclinación de cabeza que no era consentimiento, sino resignación. El tipo de gesto que uno aprende a hacer cuando el mundo te ha enseñado muchas veces y con paciencia, que protestar tiene un precio que no siempre vale la pena pagar.

El mozo volvió a la mesa del hombre de traje gris y le dijo algo en voz baja. El hombre se reclinó en su silla con aire satisfecho y dijo algo a los que estaban sentados con él. Todos rieron de esa manera particular de los que creen que están siendo ingeniosos cuando en realidad están siendo  crueles.

No era una crueldad gritada, no era una ofensa visible. Era del tipo que ocurre en la penumbra entre personas que conocen las reglas no escritas de ciertos lugares. Todos saben que nadie va a intervenir porque intervenir requiere cruzar una línea invisible que la mayoría prefiere no cruzar. Pedro puso la guitarra en el soporte con un movimiento deliberado.

Dio un paso, luego otro. Uno de los músicos lo llamó en voz baja desde el estrado. Pedro.  Don Aurelio dijo que Pedro no se detuvo. Cruzó el salón con pasos tranquilos, sin prisa, como quien va a cumplir una tarea ordinaria. No era la primera vez que se acercaba a una mesa a cantar. Era parte del trabajo, una parte que conocía bien.

Pero esta vez era diferente y todos los que lo miraban cruzar lo sabían. Aunque ninguno habría podido explicar exactamente por qué. Quizás porque Pedro no caminaba hacia ninguna mesa en particular,  sino hacia algo que tenía que hacerse. Don Aurelio apareció en su campo de visión desde un costado con la cara colorada y una expresión entre la advertencia y el pánico.

Y Pedro le sostuvo la mirada un segundo, solo un segundo, lo suficiente para decir, sin palabras, que ya había tomado una decisión y que esa decisión era firme y que seguiría siendo firme independientemente de lo que don Aurelio tuviera que decir al respecto. Llegó a la mesa de Dolores del Río. Ella levantó la vista.

Sus ojos eran oscuros y cansados, y más inteligentes de lo que cualquier película había logrado capturar. No había en ellos la expresión de quien espera algo. Era la mirada de alguien que hace tiempo dejó de esperar y aprendió a simplemente ver. Pedro se detuvo a una distancia respetuosa, tomó el sombrero que llevaba en la mano y lo inclinó levemente.

No hizo una reverencia exagerada. no usó ninguna de las fórmulas que los músicos de salón emplean cuando se acercan a las mesas importantes. Se presentó como se presentaría ante cualquier persona que mereciera respeto. “Buenas noches”, dijo con su voz de Sinaloa. Esa voz que nunca había intentado suavizar ni disfrazar para que sonara más de ciudad.

“Me llamo Pedro Infante. Soy el cantante de la orquesta. ¿Le gustaría escuchar algo?” Dolores lo miró durante un momento que pareció más largo de lo que fue. Era el tipo de mirada que evalúa sin juzgar y mide sin condenar, que ha aprendido en 17 años de Hollywood a distinguir entre quienes se acercan por genuino respeto y quienes se acercan por lo que uno representa.

Por la historia que uno carga. Pedro no apartó los ojos, no por desafío, sino porque no tenía nada que ocultar. Y cuando uno no tiene nada que ocultar, no necesita mirar hacia otro lado. Algo en la expresión de dolores cambió. No mucho, 1 milro. Si pudiera medirse así la forma en que un rostro se abre un poco cuando encuentra algo que no esperaba.

¿Qué sabe cantar?, preguntó. Su voz tenía un acento que era difícil de ubicar. Mezcla de Durango y California. Los años que se acumulan en la garganta de quien ha vivido en varios idiomas y en varios mundos al mismo tiempo, Pedro pensó un momento. Pensó en la mesa contigua donde el hombre de traje gris seguía con su copa y su sonrisa de quien ha salido victorioso de un intercambio que el otro ni siquiera sabe qué ocurrió.

Pensó en don Aurelio junto a la pared con su bigote y sus instrucciones.  Pensó en los periódicos y en los pies de foto y en la manera que tiene el mundo de usar las palabras para hacer que alguien se sienta menos de lo que es.  Y luego pensó en su madre en Guamuchil, en la manera que ella tenía de decir las cosas importantes, simple, directa, sin rodeos.

Entonces respondió con las únicas palabras que en ese momento eran ciertas. Sé cantar lo que a usted le parezca que vale la pena escuchar. Dolores del Río lo miró un segundo más. Luego, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad. No la sonrisa de las fotografías, no la sonrisa que había aprendido para las alfombras rojas y las cenas de gala.

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