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Cantinflas murió SOLO creyendo que su HIJO lo ODIABA — La mentira que lo cambió TODO

La batalla legal dura 20 años. 20 años. De 1961 a 1981. Mario crece en tribunales. Su adolescencia es citatorios. Su juventud es abogados. Cumple 15 años dando testimonio. Cumple 21 en una audiencia. Cumple 30 esperando el veredicto final. Cantinflas nunca testifica, nunca aparece en corte. Envía abogados, 11 abogados diferentes en 20 años.

El mejor equipo legal de México defendiendo una sola posición. Mario Moreno Ivanova ya es mi hijo adoptivo. No necesita ser reconocido como hijo biológico. Ya tiene todo. Pero Mario no quiere todo. Quiere la verdad. Quiere que su padre diga públicamente, “Eres mi hijo.” Tres palabras. Cantinfla se niega durante 20 años. ¿Por qué? Aquí está el segundo secreto.

No era por Valentina. Ella sabía todo desde siempre. No era por el dinero. Mario ya estaba en el testamento como heredero universal. Era por algo más oscuro, algo que involucra a Eduardo Moreno Laparade, el sobrino de Cantinflas. Y esa maleta que llevó a Acapulco. Eduardo era el administrador del Imperio Cantinflas.

manejaba las películas, los derechos, las inversiones, todo. Oficialmente era el gerente general, extraoficialmente era el heredero real. Porque si algo le pasaba a Cantinflas y Mario era solo hijo adoptivo, Eduardo podía pelear la herencia. Los hijos adoptivos en México de esa época tenían derechos limitados.

Pero si Mario era reconocido como hijo biológico, Eduardo perdía todo. Existe un contrato entre Cantinflas y Eduardo firmado en 1956. Ese contrato tiene una cláusula específica. Cláusula 7, inciso B. En caso de que el contratante tenga descendencia biológica reconocida legalmente, este contrato queda automáticamente anulado.

Ese contrato le daba a Eduardo el 15% de todas las ganancias de Cantinflas. Cada película, cada reestreno, cada licencia, 15% para siempre. En 1980 ese 15% equivalía a $847,000 anuales. Si Mario era reconocido como hijo biológico, Eduardo perdía casi un millón de dólares al año por el resto de su vida. 22 de julio de 1981, el juez lee el veredicto.

Se reconoce a Mario Moreno Ivanova como hijo biológico de Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, conocido artísticamente como Cantinflas. La sala de prensa explota, las cámaras se vuelven locas. Mario, ahora con 32 años llora, pero no de felicidad. Llora porque en la sala no está su padre. Cantinflas está en Acapulco, en su casa de la playa. Eduardo está con él.

Reciben la noticia por teléfono a las 11:23 a. El abogado les lee el veredicto completo. Cantinflas no dice nada. cuelga el teléfono, se levanta, camina a la terraza, se queda mirando el mar por dos horas. Eduardo se queda en la sala. Cuando Cantinflas regresa, le dice algo que Eduardo recordaría el resto de su vida. Se acabó. Todo se acabó.

Esa noche Cantinflas escribe una carta, cuatro páginas a mano, la pone en un sobre, escribe en el frente para Mario, abrir solo si yo no puedo entregársela personalmente. Le da el sobre a Eduardo, le dice, “Si me pasa algo, dale esto a mi hijo.” Eduardo asiente, pone el sobre en su maletín.

Esa carta nunca llegó a Mario, desapareció. Pero existe una fotocopia. Una secretaria de Eduardo la fotocopió en 1982, por si acaso. Esa fotocopia estuvo escondida por 30 años y lo que dice en la página 3 explica todo. Mario intenta contactar a su padre, llama 47 veces. Las 47 veces le dicen, “El Señor no puede atender.” Envía 12 cartas.

Las 12 regresan sin abrir. Va a la mansión de bosques de las lomas tres veces. Las tres veces el portero lee, dice, “Órdenes del señor Eduardo, no puede pasar.” Cantinflas le dio esas órdenes a Eduardo. Nadie lo sabe. Eduardo siempre dijo, “Don Mario no quiere ver a nadie.” Pero los empleados de la casa contaban otra historia.

María Chávez, el ama de llaves por 35 años, dijo en una entrevista en 2003. Don Mario preguntaba por su hijo cada semana. Le decía a Eduardo, “Llamó Mario.” Y Eduardo siempre respondía lo mismo. No, don Mario, no ha llamado. Mario sí llamaba. Eduardo no le pasaba las llamadas. Era un bloqueo total. Eduardo controlaba el teléfono, la puerta, el correo, todo.

Cantinflas vivía en una burbuja de información filtrada. Solo sabía lo que Eduardo le decía y Eduardo le decía una versión muy específica de la realidad. Cantinflas tiene 73 años. Su salud empieza a fallar. Diabetes avanzada, problemas cardíacos. Empieza a necesitar cuidado constante. Valentina murió en 1966. Está solo.

Eduardo contrata enfermeras 247. Pero hay algo extraño. Las enfermeras nunca duran más de tres meses. Eduardo las rota constantemente. ¿Por qué? Una enfermera que estuvo se semanas en 1985 lo explicó después. Eduardo no quería que nos encariñáramos con don Mario. No quería que él nos confiara cosas. Pero una enfermera logró quedarse más tiempo. Se llamaba Rosa Méndez.

logró quedarse porque Eduardo no sabía que ella estaba ahí. Rosa era la sobrina de María Chávez, el ama de llaves. María la contrató de su propio sueldo para ayudar en las noches cuando Eduardo se iba. Rosa cuidaba a Cantinflas de 11 pm a 6 am durante 2 años, de 1991 a 1993. Y Rosa hizo algo que cambió todo.

Grabó las conversaciones nocturnas con cantinflas. tenía una grabadora pequeña en el bolsillo de su uniforme. Grabó 47 cintas de audio, 47 noches de conversaciones, cantinflas hablando sobre su vida, su carrera, sus arrepentimientos y sobre Mario. En la cinta número 23, grabada el 15 de enero de 1993, Cantinflas dice algo devastador.

Son las 2:18 de la madrugada, no puede dormir. Rosa le está dando su medicina. Cantinflas dice, “Rosa, ¿tú crees que mi hijo me odia?” Rosa responde, “¿Por qué habría de odiarlo, señor?” Cantinflas, “Porque nunca vino. En 12 años nunca vino a verme. Eduardo me dice que no quiere saber nada de mí. Pausa, pero yo lo llamo y no me contesta.

Le escribo y no responde. Ya no sé qué más hacer. Espera. Cantinflas creía que Mario no quería verlo. Eduardo le dijo que Mario lo rechazaba, pero era Eduardo quien bloqueaba todo contacto. Cantinflas estaba llamando a un número que Eduardo le daba. Un número falso. Cantinflas estaba escribiendo a una dirección que Eduardo le daba, una dirección equivocada.

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