PARTE 1
El sol de mediodía en Madrid no perdona.
Ese calor pegajoso se filtraba por las rendijas de las persianas bajadas a medias.
En el salón de Paco y Marisa, el tiempo parecía haberse detenido en algún momento de 1994.
Había olor a sofrito, a ambientador de pino y a esa tensión familiar que solo se cocina en los domingos de paella.
Javi y Clara acababan de cruzar el umbral del piso.
Un cuarto sin ascensor en el barrio de Chamberí que siempre dejaba a Clara sin aliento.
Paco, sentado en su sillón de orejas, ni siquiera se levantó.
Mantenía la vista fija en el telediario, con el mando a distancia empuñado como si fuera un cetro real.
—Ya estamos aquí, papá —anunció Javi, dejando las llaves en el mueble de la entrada.
—Habéis tardado —gruñó Paco sin apartar los ojos de la pantalla—.
—Había un tráfico horrible en la Castellana —respondió Clara, intentando forzar una sonrisa—.
Se acercó para darle los dos besos de rigor, sorteando el tapete de ganchillo que adornaba la mesa camilla.
Paco ofreció la mejilla con la rigidez de un busto de granito.
—Es lo que tiene Madrid, hija, que a veces parece que regalan los coches con las cajas de galletas.
Marisa salió de la cocina secándose las manos en el delantal.
—¡Ay, mis niños! Menos mal que habéis llegado, que el arroz no espera a nadie.
Abrazó a Clara con esa fuerza que solo tienen las madres españolas de cierta edad.
—Estás más delgada, Clara. ¿Tú comes bien en ese piso nuevo?
—Como perfectamente, Marisa, de verdad —rió ella, buscando aire—.
—Seguro que comen guarrerías de esas de aplicación —intervino Paco desde su sillón—.
—Comida rápida que llega en mochila y sabe a cartón húmedo.
Javi se sentó en el sofá, suspirando con alivio.
—Papá, no empieces, que solo hemos tardado diez minutos más de lo previsto.
—Diez minutos en mi época era la diferencia entre llegar a trabajar o que te pusieran de patitas en la calle —sentenció el suegro—.
Clara intentó suavizar el ambiente.
—Ha sido un poco extraño lo del tráfico, la verdad.
—Había un tipo vestido de dinosaurio cruzando por mitad de la calzada con un carrito de la compra lleno de globos.
—Ha sido una situación muy random.
El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que se habría podido cortar con el cuchillo del pan.
Paco bajó el mando a distancia.
Giró el cuello lentamente, como el mecanismo de un reloj antiguo que necesita aceite.
Entornó los ojos, clavándolos en su nuera.
—¿Qué has dicho? —preguntó con un tono que oscilaba entre la curiosidad y la amenaza—.
—Que ha sido… una situación extraña, suegro —matizó Clara, sintiendo el primer pinchazo de nerviosismo—.
—No, no. Has dicho otra cosa. Has dicho una palabra de esas tuyas.
—¿Random? —soltó ella, casi sin querer—.
Paco se puso en pie, haciendo crujir sus rodillas.
Se ajustó el cinturón del pantalón de pinzas por encima de la barriga.
—¿Qué es eso de que algo es “random”? —preguntó, alzando ligeramente la voz—.
—Habla en cristiano, hija, que estamos en Madrid, no en el centro de Londres.
Clara miró a Javi buscando auxilio, pero su marido estaba demasiado ocupado mirando una mancha de humedad en el techo.
—Significa aleatorio, suegro —explicó ella con paciencia pedagógica—.
—Es la forma de hablar de ahora, una muletilla que usamos mucho.
Paco soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de alegría.
—Aleatorio. Pues di aleatorio.
—O di raro. O di estrambótico. O di que el tío del carrito estaba como una auténtica regadera.
—Pero no me vengas con el “random”, que parece que te ha dado un aire.
Marisa asomó la cabeza de nuevo, sosteniendo una bandeja con aceitunas rellenas.
—Deja a la niña en paz, Paco, que siempre estás con la puntilla.
—No es la puntilla, Marisa, es la dignidad de nuestra lengua —replicó él, señalando el diccionario de la RAE que reposaba en la estantería—.
—Cervantes no se pegó un tiro en Lepanto para que ahora su lengua termine pareciendo un manual de instrucciones de un microondas barato.
—Cervantes no se pegó un tiro, papá, perdió una mano —corrigió Javi desde el sofá—.
—¡Me da igual lo que perdiera! El caso es que luchó por algo.
Paco se acercó a la mesa y cogió una aceituna con el palillo, apuntando a Clara con ella.
—Estáis destrozando el castellano con tanto anglicismo de tres al cuarto.
—Cada vez que decís una palabra de esas, un académico de la lengua pierde un diente.
Clara suspiró, sentándose en la silla de madera que siempre cojeaba un poco.
—No es para tanto, de verdad. Es solo evolución.
—¿Evolución? —Paco se sentó frente a ella, mirándola fijamente—.
—Evolución fue pasar del latín al romance.
—Esto no es evolución, esto es pereza mental.
—Os habéis vuelto tan modernos que ya no sabéis ni cómo llamar a las cosas por su nombre.
—El otro día escuché al vecino decir que su perro tenía “flow”.
—¡Un perro! Un chucho que se arrastra por el suelo y huele a humedad.
—¿Qué flow va a tener eso, por amor de Dios?
Clara no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Bueno, es que el flow es como… la energía, el estilo.
—Estilo tiene un traje de pana bien cortado, no un carlino con conjuntivitis —sentenció Paco—.
Marisa empezó a poner los platos sobre el hule de flores.
—Venga, sentaos ya, que voy a sacar la paella.
—Y nada de hablar de cosas raras, que luego a tu padre le da acidez y no hay quien lo aguante por la tarde.
Paco se acomodó la servilleta en el cuello, como si se preparara para una batalla.
—Yo no tengo acidez por la comida, Marisa.
—Tengo acidez por la degradación cultural que sufro en mi propia mesa.
Miró a Clara de nuevo, con ese brillo de desafío en los ojos que solo aparece en las sobremesas familiares.
—A ver, ilustrada… Explícame por qué “random” es mejor que “aleatorio”.
—Dime una sola razón de peso que no sea que te da pereza usar cuatro sílabas en lugar de dos.
Clara respiró hondo, sabiendo que acababa de abrir la caja de Pandora.
Javi le hizo una señal por debajo de la mesa para que lo dejara pasar, pero ella no pudo evitarlo.
—No es que sea mejor, Paco. Es que el contexto es distinto.
—”Random” implica que algo no solo es aleatorio, sino que es… inesperado, fuera de lugar, casi absurdo.
Paco masticó la aceituna con parsimonia, analizando la respuesta.
—O sea, que si yo ahora me levanto y me pongo a bailar un pasodoble con el gato, ¿eso es random?
—Exactamente —dijo Clara, esperanzada—.
—Pues yo a eso lo llamo estar mal de la cabeza —concluyó el suegro—.
—Y no necesito ninguna palabra extranjera para diagnosticarlo.
La puerta de la cocina se abrió y un vapor con aroma a azafrán inundó el salón.
Marisa traía la paellera con un trapo en cada mano, caminando con pasos cortos y precisos.
—Aquí está el tesoro de la casa —anunció con orgullo—.
Paco examinó el arroz como un inspector de sanidad.
—Esperemos que el punto del arroz no sea “random”, Marisa.
—Porque como esté duro, el que va a ser inesperado y fuera de lugar soy yo yéndome al bar de la esquina.
Javi se rió por lo bajo, intentando destensar la cuerda.
—Está espectacular, mamá, como siempre.
Clara se sirvió una ración generosa, consciente de que iba a necesitar energía para lo que venía.
Sabía que esto era solo el principio.
Paco no iba a soltar el hueso tan fácilmente.
Para él, cada palabra en inglés era un ataque personal a su identidad de jubilado español.
—¿Y en el trabajo qué tal, Clara? —preguntó Marisa, sirviendo vino tinto de una frasca—.
—¿Seguís con esas reuniones que duran todo el día?
Clara asintió mientras masticaba un trozo de calamar.
—Sí, la verdad es que esta semana ha sido un poco intensa. Hemos tenido mucho “feedback” del cliente.
Paco dejó el tenedor suspendido a escasos centímetros de su boca.
—¿”Feed” qué?
—”Feedback”, suegro. Comentarios, reacciones… —se apresuró a explicar ella—.
—O sea, que el cliente os ha dicho que lo que habéis hecho es una porquería —tradujo Paco con una sonrisa socarrona—.
—Bueno, no exactamente, han pedido algunos cambios.
—Cambios. Comentarios. Sugerencias. Críticas.
Paco iba contando con los dedos.
—Fíjate si tenemos palabras bonitas en nuestro idioma.
—Pero no, tú tienes que usar el “feedback”, que suena a que se te ha acoplado el micrófono en una boda.
—Es que en el sector del marketing se usa así, Paco —intervino Javi—.
—Si Clara dice “comentarios” en la oficina, piensan que es una becaria de los años ochenta.
Paco suspiró con una teatralidad digna de la escena nacional.
—Pobres de vosotros. Vivís esclavizados por lo que piensen cuatro modernos con gafas de pasta.
—A ver, Javi, tú que eres mi hijo… ¿Tú también usas esas palabrejas?
Javi se encogió de hombros, intentando ser neutral.
—Bueno, intento evitarlas delante de ti para no darte el disgusto, pero a veces salen solas.
—Ayer, por ejemplo, le dije a un compañero que me pasara el “link” de un documento.
Paco se llevó la mano al pecho, fingiendo un infarto.
—¡El enlace! ¡Se dice enlace!
—Un enlace es lo que hacían las personas antes de divorciarse a los dos meses, papá —bromeó Javi—.
—No me hagas bromas con las cosas sagradas —gruñó el suegro, aunque se le escapó una media sonrisa—.
—El caso es que me tenéis frito.
—Entre el “random”, el “feedback” y el “link”, parece que estoy comiendo con dos espías de la CIA en lugar de con mi familia.
Clara decidió que era el momento de pasar al contraataque, pero con suavidad.
—Venga, suegro, no me diga que usted no usa nunca palabras que vienen de fuera.
—¿Cómo llama usted al aparato que tiene en el salón para ver películas?
—El reproductor de vídeo —respondió él con orgullo—.
—¿Y cómo llama al deporte ese que tanto le gusta ver, el de los coches?
—Fórmula 1.
—Ya, pero… ¿cómo llama a los boxes? ¿Los llama “cajones de mantenimiento”?
Paco se quedó callado un segundo, procesando la trampa.
—Eso es distinto. Eso es terminología técnica.
—No es que yo quiera ser moderno, es que el deporte es así.
—Pero lo vuestro es vicio. Es querer sonar interesantes sin tener nada que decir.
Marisa, que estaba disfrutando de su arroz en silencio, intervino de repente.
—Pues yo el otro día vi en la tele que a los jóvenes ahora les gusta mucho hacer “ghosting”.
Toda la mesa se quedó en silencio.
Paco miró a su mujer como si acabara de confesar que era una agente durmiente de la KGB.
—¿Marisa? ¿Qué has dicho? —preguntó Paco, estupefacto—.
—Eso, Paco. Que cuando alguien no te contesta a los mensajes, te hace “ghosting”.
—Lo dijeron en el programa de la tarde, después de lo del robo en la joyería.
Clara no pudo contener la carcajada.
—¡Exacto, Marisa! ¡Muy bien!
Paco golpeó la mesa suavemente con la palma de la mano.
—Esto ya es el colmo.
—Mi propia mujer, la madre de mis hijos, la mujer con la que llevo casado cuarenta años… contaminada por el virus del anglicismo.
—”Ghosting”. ¿Qué será lo siguiente? ¿Que me pidas un “smoothie” de berenjenas en lugar de un gazpacho?
Marisa se encogió de hombros con naturalidad.
—A mí me pareció una palabra muy útil, Paco.
—Es mucho más corto que decir “ese sinvergüenza no me coge el teléfono y me tiene aquí esperando como una tonta”.
—¡Es que es un insulto a la inteligencia! —exclamó Paco—.
—Si alguien no te contesta, es un maleducado. Punto. No hace falta ponerle nombre de fantasma de película americana.
Javi aprovechó para meter baza.
—Es que el mundo va muy rápido, papá. No nos da tiempo a inventar palabras largas.
—A este paso, dentro de diez años solo hablaremos con ruidos y gestos, como los de las cavernas —refunfuñó el suegro—.
—Pero oye, eso sí, ruidos muy “modernos” y muy “random”.
Se bebió el resto de su copa de vino de un trago.
La tensión cómica en la mesa era palpable.
Clara sabía que la comida acababa de empezar y que el tema de la lengua iba a ser el plato principal, el postre y el café.
Paco estaba en su salsa, disfrutando de su papel de defensor de la ortodoxia lingüística.
Y ella, aunque le divirtiera, no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente.
—Bueno, Paco, pues si tanto le molesta el inglés, vamos a hacer un trato —propuso Clara con un brillo de travesura en los ojos—.
—Durante lo que queda de comida, nadie puede usar ninguna palabra que no esté en el diccionario de la RAE.
—Ni un solo anglicismo. Ni una sola muletilla moderna.
Paco aceptó el reto al instante, enderezándose en la silla.
—Acepto. Y el que pierda, paga las copas de esta tarde en el bar de abajo.
—Hecho —dijo Clara—.
—Hecho —secundó Javi, aunque con menos confianza—.
—Marisa, tú eres el árbitro —dijo Paco—.
—Yo soy la que va a por el postre, que os vais a quedar con hambre de tanto hablar —respondió ella, levantándose—.
El desafío estaba servido.
Paco sonrió, convencido de su victoria.
No sabía que la lengua moderna es una trampa de la que es casi imposible escapar, incluso para un purista como él.
PARTE 2
El silencio se instaló en el comedor durante unos segundos, cargado de una solemnidad casi litúrgica.
Paco masticaba su última gamba con una parsimonia exagerada, como si cada movimiento de mandíbula estuviera regido por las normas de la Real Academia.
Clara, por su parte, repasaba mentalmente su vocabulario, eliminando de un plumazo años de influencia digital.
—Bueno —dijo Paco, rompiendo el hielo—, ¿qué tal está la preparación de vuestro viaje de vacaciones?
Clara abrió la boca para decir que habían buscado un “pack” muy barato, pero se frenó en seco.
Sintió cómo la palabra golpeaba contra sus dientes y retrocedía hacia la garganta.
—Estamos… eh… mirando un conjunto de servicios turísticos cerrados —respondió, midiendo cada sílaba—.
Paco enarcó una ceja, visiblemente satisfecho.
—Un conjunto de servicios turísticos cerrados. Muy bien. Un poco largo, pero correcto.
Javi se rió por lo bajo.
—Eso en mi pueblo se llama un viaje organizado de toda la vida, Clara. No hace falta que hables como un notario.
—¡Cuidado, Javi! —le advirtió Paco—.
—A ver si vas a meter la pata tú, que eres el más flojo de los tres en esto de la lengua patria.
Javi se puso serio.
—Yo estoy bien, papá. No tengo ningún problema.
—Por cierto, ayer vi que te habías comprado un dispositivo electrónico nuevo para el coche.
Paco asintió con gravedad.
—Sí, un sistema de posicionamiento global.
—No lo llames GPS, que eso son siglas extranjeras —añadió con una sonrisita de suficiencia—.
Clara sonrió. Paco estaba jugando a la defensiva, y lo estaba haciendo bien.
—¿Y qué tal funciona ese sistema, suegro? ¿Es fácil de manejar?
—Bueno —admitió Paco—, al principio me costó un poco configurar la… la…
Se detuvo.
Buscó la palabra en el aire, moviendo los dedos como si estuviera desenredando un hilo invisible.
—La pantalla de inicio —consiguió decir finalmente—.
—Casi digo “interfaz” —susurró para sí mismo, aliviado por el esquive—.
Marisa entró de nuevo con una bandeja de melón con jamón.
—Aquí tenéis algo de fruta para refrescar el gaznate —dijo—.
—Por cierto, Clara, ¿al final compraste aquel vestido para la boda de tu prima?
Clara asintió.
—Sí, Marisa. Al final lo conseguí… con un descuento muy bueno por ser la última unidad.
—Iba a decir que estaba en “outlet”, pero me he salvado —pensó Clara, sintiendo una gota de sudor frío—.
Paco la miraba con ojos de halcón, esperando el más mínimo desliz.
—¿Y es un vestido elegante o es de esos que lleváis ahora, que parece que os habéis peleado con un gato? —preguntó el suegro—.
—Es elegante, Paco. Muy clásico.
—Nada de cosas… eh… estrambóticas —respondió Clara, usando la palabra que él mismo había sugerido antes—.
Paco asintió, aprobando la elección léxica.
Sin embargo, la tensión empezaba a pasarle factura a Javi.
Se rascó la nuca, buscando algo que decir que no fuera una trampa lingüística.
—¿Habéis visto lo que ha pasado con la empresa esa de repartidores que ha quebrado? —preguntó Javi—.
—Los que iban en bicicleta con las cajas amarillas.
Paco bufó.
—Esos pobres diablos. Todo el día de arriba para abajo para ganar cuatro perras.
—Es el resultado de este sistema de… de… —Paco buscó la palabra—.
—De economía de plataformas —le ayudó Clara, con un deje de ironía—.
—Eso. Economía de plataformas —repitió Paco—.
—Antes a eso lo llamábamos ser un mandadero, pero ahora hay que ponerle nombres rimbombantes.
—Lo que me hace gracia es que para pedir una hamburguesa ahora tengáis que usar una… una…
Se quedó bloqueado.
—Una herramienta informática de pequeño tamaño para teléfonos móviles —dijo Paco, triunfante—.
Javi soltó una carcajada.
—¡Papá, eso es una aplicación!
—¡La RAE acepta aplicación! —exclamó Paco, señalando al techo—.
—¡No he perdido! He dicho una definición exacta para no caer en el anglicismo “app”.
—Te estás volviendo un purista peligroso, suegro —dijo Clara, sirviéndose más agua—.
—Es que me habéis picado, hija. Me habéis picado.
—Y cuando a un hombre de mi generación le tocan el orgullo y el diccionario, se convierte en un guerrero de las letras.
La comida avanzaba y el juego se volvía cada vez más difícil.
Las situaciones cotidianas de la vida moderna están tan impregnadas de términos extranjeros que hablar “en cristiano” requería un esfuerzo mental comparable al de resolver un cubo de Rubik.
—Por cierto —dijo Javi, intentando pillar a su padre—, ¿cómo va tu afición a la fotografía, papá?
—¿Sigues haciendo esos… cómo los llamabas… retoques con el ordenador?
Paco lo miró con desconfianza.
—Hago edición fotográfica.
—No uso el “Foto-chop” ese que decís vosotros.
—¿Y luego qué haces con las fotos? ¿Las guardas en una memoria externa? —preguntó Clara—.
—Las guardo en una unidad de almacenamiento portátil —respondió Paco, impecable—.
Clara mordió el anzuelo.
—¿No las subes a la… al sistema de almacenamiento remoto en red?
Casi dice “la nube”, que es español, pero por un momento pensó en “cloud”.
Se calló justo a tiempo.
—No —dijo Paco—. Yo las cosas prefiero tenerlas donde las pueda tocar.
—Eso de dejar mis fotos en un sitio que no sé dónde está me parece una temeridad.
—Es como dejar las llaves de casa colgadas de una farola en la Puerta del Sol.
Marisa, que no participaba activamente en el reto pero lo observaba todo con una sonrisa, decidió que era hora de subir el nivel.
—Paco, ¿le has contado a los chicos lo que te pasó el otro día con el teléfono nuevo que te regalaron?
Paco se puso rojo de golpe.
—No hace falta, Marisa. No tiene importancia.
—¡Anda que no! Cuéntalo, que es muy gracioso —insistió ella—.
Clara y Javi se inclinaron hacia delante, oliendo la sangre.
—A ver, suegro, cuente —pidió Clara—.
Paco suspiró, derrotado por su propia mujer.
—Bueno… resulta que quería enviarle una foto de la paella a mi hermano, que vive en Cuenca.
—Y sin querer, le di a un botón que no debía.
—¿Y qué pasó? —preguntó Javi—.
—Pues que de repente la pantalla se puso a emitir mi propia cara en directo.
—Y había gente que me escribía cosas debajo.
Javi se dio una palmada en la frente.
—¡Papá! ¡Hiciste un “live”!
Paco saltó como si le hubiera picado una avispa.
—¡Has perdido! ¡Has dicho “live”! —gritó, señalando a su hijo con el dedo índice—.
—¡Mierda! —exclamó Javi—.
—¡Y has dicho una palabrota! —añadió Marisa, divertida—.
—Bueno, la palabrota no estaba en el trato, pero el anglicismo sí —sentenció Paco con una sonrisa de oreja a oreja—.
—Pagas tú los cubatas, hijo mío. El honor de la lengua castellana ha sido vengado.
Javi se hundió en la silla, resignado.
—Es que es imposible, papá. Las palabras están ahí, flotando en el ambiente.
—Hacer una transmisión audiovisual en tiempo real a través de una red social es demasiado largo para decirlo en una conversación normal.
Paco se recostó, saboreando su victoria momentánea.
—No es demasiado largo si tienes aprecio por la precisión.
—Pero claro, preferís la inmediatez al contenido.
—Es como vuestra comida: todo es rápido, todo es instantáneo, pero al final te quedas con hambre de algo sustancioso.
Clara, que no se daba por vencida, decidió que aún podía salvar el honor de la pareja.
—Javi ha perdido, de acuerdo. Él paga su parte.
—Pero yo sigo en el juego, suegro.
—Y le apuesto a que antes de que terminemos el café, usted también cae.
Paco aceptó el envite con un gesto de caballero antiguo.
—Aceptado, Clara. Pero te advierto que soy más duro de pelar que el arroz que se le quemó a tu suegra en el 82.
—¡Oye! —protestó Marisa desde la cocina—.
Paco rió, un sonido ronco y genuino que llenó el salón.
—Venga, saquemos el café y los licores.
—Vamos a ver quién tiene más resistencia, si la juventud moderna o la vieja guardia.
Se levantó para ayudar a Marisa a recoger los platos, moviéndose con una agilidad renovada por el triunfo.
Clara miró a Javi y le guiñó un ojo.
Tenía un plan.
Sabía que Paco tenía una debilidad: su pasión por contar anécdotas de su época de comercial en una empresa de suministros eléctricos.
Y en ese mundo, aunque él no quisiera admitirlo, los términos técnicos y las modas también habían dejado su huella.
Solo tenía que encontrar la grieta adecuada en su armadura de académico improvisado.
—¿Sabe, Paco? —comenzó Clara mientras Marisa traía la cafetera—.
—El otro día leí un artículo que decía que las personas de su edad son las que más están ayudando a que el castellano no muera.
Paco se detuvo con una pila de platos en la mano.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Porque se niegan a usar términos que no comprenden, y eso obliga a las empresas a ser más claras.
—Dicen que ustedes son los verdaderos… —Clara hizo una pausa dramática—.
—Los verdaderos “influencers” de la pureza lingüística.
Paco la miró fijamente.
La palabra “influencer” había flotado en el aire como una pluma de oro.
Era una trampa de manual.
Paco apretó los labios.
Su cerebro estaba librando una batalla campal entre el ego y el compromiso con el reto.
—Yo no soy un “influyente” —dijo finalmente, esquivando la palabra extranjera con una agilidad asombrosa—.
—Yo soy un hombre con criterio.
—Y el criterio no necesita seguidores, solo necesita tener razón.
Clara asintió, impresionada.
—Touché, suegro.
—¡Ah! ¡Has perdido! —exclamó Paco, dejando los platos sobre la encimera con un ruido seco—.
—¡”Touché” es francés!
Clara se quedó petrificada.
—¡No vale! —protestó Javi—. Habíamos dicho anglicismos.
—Dijimos palabras que no estuvieran en el diccionario de la RAE —corrigió Paco, implacable—.
—Y aunque “touché” viene de Francia, es un extranjerismo innecesario.
—¡He ganado a los dos! ¡A los dos!
Paco empezó a tararear una melodía victoriosa mientras sacaba las copas de cristal tallado del aparador.
Estaba radiante.
Hacía tiempo que no se sentía tan joven, tan ágil de mente.
—Marisa, saca el orujo de hierbas, que hoy las copas me van a saber a gloria bendita.
Clara y Javi se miraron, derrotados pero divertidos.
Habían intentado jugar en el terreno de Paco y él los había barrido con la escoba de la experiencia.
Sin embargo, la tarde aún era larga.
Y en el bar de abajo, donde el ruido es mayor y la guardia se baja, las palabras modernas suelen acechar detrás de cada caña y cada tapa.
—No cante victoria todavía, suegro —dijo Clara, aceptando la taza de café—.
—Que el partido no termina hasta que el árbitro pita el final.
—Pues que pite cuando quiera —dijo Paco, sentándose de nuevo—.
—Que aquí me encuentra, con la gramática en una mano y el palillo en la otra.
El aroma del café recién hecho inundó el salón, mezclándose con el olor del licor y la satisfacción de un domingo que, a pesar de las disputas lingüísticas, se sentía como debía sentirse un domingo: en familia.
Pero la verdadera prueba estaba a punto de llegar.
Porque Paco, en su entusiasmo, no se había dado cuenta de que el mundo exterior no respetaba las reglas de su mesa camilla.
Y el mundo exterior estaba a punto de llamar a su puerta en forma de una notificación en su teléfono móvil.
PARTE 3
El café humeaba en las tazas de porcelana con bordes dorados, las que Marisa solo sacaba en ocasiones especiales o cuando quería demostrar que en esa casa aún quedaba clase.
Paco servía el orujo de hierbas con la precisión de un alquimista, dejando que el líquido verde brillante cayera en las copitas de cristal.
—A vuestra salud —dijo, alzando la suya—.
—Por un idioma limpio, puro y sin interferencias radiofónicas del otro lado del charco.
—Salud —respondieron Javi y Clara al unísono, compartiendo una mirada de complicidad—.
Javi, que ya se había resignado a pagar la ronda, decidió que lo mejor era disfrutar del espectáculo.
Conocía a su padre; sabía que cuando se ponía así de orgulloso, era cuando más cerca estaba de cometer un error garrafal.
De repente, sobre el tapete de ganchillo, el teléfono de Paco vibró con una intensidad inusual.
La pantalla se iluminó, mostrando una serie de notificaciones que se acumulaban una tras otra.
Paco dejó la copa en la mesa y se puso las gafas de lectura, esas que siempre estaban sujetas por un cordón de tela alrededor de su cuello.
—¿Qué pasa ahora? —rezongó—.
—Es del grupo de la asociación de vecinos. No paran de escribir.
Se quedó mirando la pantalla un buen rato, con el ceño fruncido.
—¿Pasa algo malo, papá? —preguntó Javi—.
Paco no respondió de inmediato.
Parecía estar descifrando un código secreto o una inscripción en una pirámide egipcia.
—No entiendo nada —murmuró finalmente—.
—Dice aquí el presidente, don Eusebio, que para la fiesta del barrio han contratado a un… a un…
Se detuvo. Sus labios se movieron en silencio, intentando articular la palabra.
—¿A un qué, Paco? —preguntó Clara, conteniendo la respiración—.
Paco suspiró y dejó el teléfono sobre la mesa, como si el aparato quemara.
—Dice que han contratado a un “DJ” para que ponga música “chill-out” en la plaza.
Se hizo un silencio sepulcral.
Clara y Javi se miraron. La trampa no la había puesto ella, la había puesto la vida misma.
—¿Cómo ha dicho, suegro? —preguntó Clara con una voz suave, casi angelical—.
Paco se dio cuenta del error al instante.
Se puso rojo como un tomate maduro.
—¡Lo ha dicho don Eusebio! —exclamó, intentando defenderse—.
—¡Yo solo estaba leyendo lo que ponía en la pantalla!
—Ya, pero lo ha dicho usted —sentenció Javi, señalándolo—.
—Y ha dicho “DJ”, que son siglas en inglés de “Disc Jockey”.
—Y ha dicho “chill-out”, que es una expresión que no creo que la RAE haya aceptado todavía para referirse a música de relajación.
Paco se hundió en su sillón, derrotado por la tecnología y por la asociación de vecinos de Chamberí.
—Es una emboscada —refunfuñó—.
—Vivimos en una emboscada constante.
—Ni siquiera don Eusebio, que fue profesor de latín, se libra de esta plaga.
Marisa, que estaba terminando de recoger la cocina, apareció con una bandeja de pastas de té.
—¿Qué pasa? ¿Quién ha perdido ahora?
—Tu marido, mamá —dijo Javi con una sonrisa triunfal—.
—Ha caído con el equipo de la asociación de vecinos.
Marisa soltó una carcajada limpia y sonora.
—¡Ay, Paco! Tanto presumir y al final te ha traicionado el WhatsApp.
—¡Se dice “aplicación de mensajería instantánea”! —gritó Paco, intentando salvar los muebles—.
Pero ya era tarde. La moral de la vieja guardia se había desmoronado.
Clara se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—No se preocupe, suegro. Al final, lo importante es que nos entendemos.
—Ya sea con “random”, con “feedback” o con las circulares de don Eusebio.
Paco suspiró, dejando que la tensión abandonara sus hombros.
Bebió un sorbo de orujo y miró a su nuera con una mezcla de resignación y cariño.
—Sabes qué es lo que más me fastidia, Clara?
—¿Qué, suegro?
—Que al final, si digo que han contratado a un pinchadiscos para poner música de ambiente, parezco un viejo que se ha escapado del asilo.
—Y yo no me siento un viejo.
—Solo me siento… desubicado. Como si el mundo hubiera cambiado las reglas del juego mientras yo estaba echando la siesta.
Esa confesión, tan honesta y tan humana, cambió el tono de la tarde.
Ya no se trataba de quién ganaba o quién perdía una apuesta por unos cubatas.
Se trataba de la brecha generacional, esa zanja invisible que a veces parece insalvable, pero que se rellena con paella, café y un poco de paciencia.
—No es que hayan cambiado las reglas, papá —dijo Javi, acercando su silla—.
—Es que ahora hay más reglas. Y se mueven más rápido.
—Pero nosotros seguimos aquí. Y nos seguimos entendiendo, que es lo que cuenta.
Paco asintió, mirando la copa de cristal.
—Supongo que tienes razón.
—Pero me vais a permitir que, de vez en cuando, me queje un poco.
—Es el único privilegio que nos queda a los que ya peinamos canas.
—Tiene usted todo el derecho del mundo —dijo Clara—.
—De hecho, le prometo que la próxima vez que diga algo “random”, le daré una explicación detallada en castellano antiguo si hace falta.
Paco rió, y esta vez fue una risa compartida por todos.
—Bueno —dijo el suegro, levantándose—.
—Ya que he perdido la apuesta, y como soy un hombre de palabra, vamos a ir bajando al bar.
—Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntaron los dos a la vez—.
—Que no me pidáis nada que tenga nombre de producto de limpieza.
—Si queréis un combinado de ginebra, pedid un combinado de ginebra.
—Nada de “gin-tonics” con bayas de enebro recolectadas por monjes tibetanos en noche de luna llena.
—¡Hecho! —exclamó Javi, levantándose también—.
Mientras se preparaban para salir, Paco se detuvo frente al espejo de la entrada.
Se ajustó el cuello de la camisa y se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba, con un gesto de coquetería que Clara encontró adorable.
—¿Qué tal estoy, Marisa? —preguntó a su mujer—.
Marisa lo miró de arriba abajo con una sonrisa tierna.
—Estás muy guapo, Paco. Como siempre.
Paco se giró hacia Clara y le guiñó un ojo.
—¿Cómo diríais vosotros? ¿Que tengo “flow”?
Clara no pudo evitarlo. Soltó una carcajada que resonó en todo el rellano.
—¡Exactamente, suegro! Tiene usted un “flow” que no se lo acaba.
Paco se puso su gorra de visera y abrió la puerta de casa.
—Pues vamos allá. Que el barrio se prepare para ver a un hombre con “flow” y con ganas de pagar una ronda.
Bajaron las escaleras, esta vez con menos quejas sobre la falta de ascensor.
La tarde de domingo madrileña estaba en su apogeo.
El calor había bajado un poco y la gente empezaba a llenar las terrazas.
Al llegar al bar de la esquina, el “Bar El Brillante”, el olor a fritura y el sonido de las máquinas tragaperras los recibieron como un viejo amigo.
Paco entró primero, saludando al camarero con la mano.
—¡Hombre, don Paco! —exclamó el hombre detrás de la barra, un tipo con bigote y camisa blanca impoluta—.
—¿Lo de siempre?
Paco miró a su familia y luego volvió la vista al camarero.
—Hoy no, Manolo. Hoy sácame la carta de esas cosas modernas que tenéis ahora.
El camarero lo miró con sospecha.
—¿Se siente usted bien, don Paco?
—Perfectamente, Manolo. Perfectamente.
—Es que hoy me siento… ¿cómo era la palabra, Clara?
—¿Inspirado? —sugirió ella—.
—No, no… —Paco sonrió con malicia—.
—Hoy me siento un poco “random”.
Manolo casi deja caer el trapo que tenía en la mano.
Javi y Clara se echaron a reír, contagiando a algunos clientes que estaban cerca.
Paco se sentó en un taburete alto, sintiéndose el rey de la pista.
Había entendido que la mejor forma de luchar contra el cambio no es resistirse a él, sino abrazarlo con ironía y un buen sentido del humor.
Pero justo cuando parecía que la paz lingüística se había sellado para siempre, ocurrió algo inesperado.
Un grupo de jóvenes, no mayores de veinte años, se sentó en la mesa de al lado.
Llevaban pantalones anchos, zapatillas de colores estridentes y hablaban a una velocidad que desafiaba las leyes de la física.
Paco, con la oreja puesta, empezó a poner cara de concentración.
—¿Has visto el “look” de ese “bro”? —dijo uno de los chicos—.
—Sí, tío, es muy “pec”. Se ha pasado el juego.
Paco miró a Clara, con los ojos como platos.
—¿”Pec”? ¿Qué es “pec”? —susurró, con un deje de angustia—.
—¿Eso es inglés? ¿Es latín? ¿Es el ruido que hace un pájaro al comer?
Clara sintió que el ciclo empezaba de nuevo.
La lengua no se detiene, no descansa.
Y Paco, el eterno guardián, estaba a punto de enfrentarse a un nuevo nivel de dificultad.
—Eso, suegro… —dijo Clara, pidiendo una cerveza—.
—Eso ya es otra historia.
PARTE 4
Paco se quedó petrificado, con la mano suspendida sobre un cuenco de altramuces.
La palabra “pec” resonaba en sus oídos como una interferencia en una radio de galena.
Miró a los jóvenes de la mesa de al lado, que seguían charlando animadamente, ajenos al drama existencial que acababan de desatar en el veterano cliente del “Brillante”.
—¿Me estás diciendo —preguntó Paco en voz baja, acercándose a Clara— que “pec” es una palabra de verdad?
Clara suspiró, buscando en su archivo mental de jerga de la Generación Z.
—Bueno, Paco, técnicamente es un acrónimo. Viene de “Por El Culo”.
Paco dio un respingo en el taburete, casi tirando su caña.
—¡Virgen del Pilar! —exclamó, persignándose mentalmente—.
—¿Pero cómo pueden decir eso con esa naturalidad? ¡Y en público!
—¡Qué falta de decoro! ¡Qué ordinariez!
Javi intervino rápidamente para evitar un altercado generacional.
—No, papá, no es lo que crees.
—No se refieren al acto físico ni es un insulto.
—Es una forma de decir que algo les gusta mucho, o que algo es excelente.
—Como si dijeran que algo es “la leche” o “cojonudo”, pero en su idioma.
Paco parpadeó varias veces, procesando la información.
—O sea —dijo, intentando seguir la lógica—, que si algo es bueno, ¿usan una expresión que suena a insulto soez?
—¿Qué tipo de mundo al revés es este?
—Es el lenguaje de las redes sociales, suegro —explicó Clara—.
—Las palabras pierden su significado original y se convierten en etiquetas emocionales.
Paco volvió a mirar a los chicos.
Uno de ellos estaba enseñando algo en su teléfono mientras los demás gritaban “¡Literal!” y “¡Qué cringe!”.
—¡”Cringe”! —saltó Paco—. ¡Esa la conozco!
—Eso significa que algo te da vergüenza ajena, ¿verdad?
—¡Muy bien, suegro! —exclamó Clara, dándole un aplauso simbólico—.
—Está usted hecho un experto.
Paco se infló de orgullo, pero solo un segundo.
—Pero me sigue pareciendo una soberana tontería.
—Si algo me da vergüenza, lo digo. “Me da vergüenza”.
—Si algo es bueno, digo “está muy bien”.
—¿Por qué complicarlo todo con ruiditos y siglas que parecen códigos de barras?
Manolo, el camarero, se acercó para servirles unas raciones de calamares.
—Don Paco, no se me caliente, que le va a subir la tensión.
—Esta chavalería habla así porque no han tenido que rellenar una instancia en papel de calco en su vida.
—Eso es, Manolo, eso es —asintió Paco con vehemencia—.
—Les falta calle, les falta… ¿cómo decís vosotros, Javi?
—¿Contexto? —sugirió su hijo—.
—No, les falta barro. Les falta haber leído el Marca de cabo a rabo durante treinta años.
La conversación siguió fluyendo entre cañas y risas.
Paco, a pesar de sus quejas, no podía ocultar que se estaba divirtiendo.
Había algo en ese choque cultural que lo mantenía alerta, que le obligaba a sacar lo mejor de su ingenio.
De repente, uno de los chicos de la mesa de al lado se levantó y se acercó a la barra, justo al lado de Paco.
El joven miró el plato de calamares de Paco y sonrió.
—Oye, perdón, ¿esos calamares están buenos? Es que tienen una pinta increíble.
Paco se giró, midiendo al muchacho con la mirada.
Vio su sudadera tres tallas más grande, sus auriculares inalámbricos y esa expresión de eterna curiosidad.
—Están de cine, chaval —respondió Paco con su mejor voz de autoridad gastronómica—.
—De hecho, si fueran mejores, tendrían que pedir permiso para entrar en el estómago.
El chico soltó una carcajada.
—¡Qué buena esa! Me encanta. Eres un “goat”, tío.
El chico pagó su consumición y volvió con sus amigos.
Paco se quedó mudo.
Miró a Clara con una expresión de absoluto desconcierto.
—¿Me ha llamado cabra? —preguntó con voz trémula—.
—¿Ese mocoso me ha llamado animal rumiante en mi cara?
Javi tuvo que morderse el labio para no escupir la cerveza de la risa.
—No, papá, no —dijo entre carcajadas—.
—Te ha llamado “GOAT”. Con G de gato.
—Son las siglas de “Greatest Of All Time”. El mejor de todos los tiempos.
—Es el mayor cumplido que te puede hacer un joven de hoy en día.
Paco se quedó pensativo, repitiendo la palabra en su cabeza.
—”Greatest of all time”… El mejor de todos los tiempos.
Una pequeña sonrisa empezó a dibujarse bajo su bigote.
Se enderezó en el taburete, se ajustó la visera de la gorra y miró a su alrededor con una suficiencia renovada.
—Bueno —dijo, dándole un sorbo a su cerveza—.
—Supongo que el chaval tiene buen ojo.
—Al fin y al cabo, uno sabe reconocer la calidad cuando la ve.
Clara se rió, feliz de ver que la tensión se había disuelto en puro humor costumbrista.
—Entonces, ¿qué, suegro? ¿Ya no le importa tanto que destrocemos el castellano?
Paco dejó la copa en la barra con un golpe seco, pero amistoso.
—Mira, hija…
—Al final, las palabras son como la ropa.
—Unas se ponen de moda, otras se quedan viejas y otras, por mucho que pasen los años, siempre te sientan bien.
—Yo seguiré defendiendo el “cristiano”, porque es lo que me sale del corazón.
—Pero si para entenderos tengo que aprender lo que es ser una cabra o tener “pec”, pues lo haré.
—Eso sí, como me vuelvas a decir que algo es “random” mientras estamos comiendo paella…
—Te juro que te respondo en latín macarrónico y no te hablo hasta la Navidad.
Clara se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Trato hecho, suegro.
—Usted es, oficialmente, el mejor de todos los tiempos.
La tarde fue cayendo sobre Madrid.
Las luces de Chamberí empezaron a encenderse, iluminando las fachadas de los edificios antiguos y los escaparates de las tiendas modernas.
Salieron del bar caminando despacio, disfrutando de la brisa que por fin empezaba a correr.
Paco iba delante, caminando con ese paso decidido de quien sabe que, a pesar de los anglicismos y las modas, sigue siendo el dueño de su propio lenguaje.
—Oye, Javi —dijo Paco antes de despedirse en el portal—.
—Dime, papá.
—Mañana mándame el… el “link” ese de la oferta del viaje.
—Pero mándamelo por la… por la… “app”.
Javi sonrió y le dio un abrazo a su padre.
—Lo haré, papá. Lo haré.
Mientras Clara y Javi se alejaban calle abajo, Paco se quedó un momento mirando hacia el cielo estrellado de la capital.
—”Random”… “Pec”… “Goat”… —susurró para sí mismo—.
—Qué cosas tienen estos chicos.
Entró en el portal, cerrando la puerta con esa seguridad que solo dan los años de experiencia.
Sabía que mañana, cuando viera a don Eusebio en la panadería, tendría muchas cosas que contarle sobre el nuevo mundo.
Y sabía que, aunque el lenguaje cambie, hay cosas que nunca necesitan traducción:
El cariño de una familia, el sabor de una buena comida y esa capacidad tan nuestra de reírnos de nosotros mismos, sea en el idioma que sea.
Porque al final, lo más “random” de la vida es que, por mucho que nos empeñemos en hablar distinto, todos acabamos buscando lo mismo:
Alguien que nos escuche y nos entienda, aunque sea con un diccionario de la RAE en una mano y un teléfono inteligente en la otra.
¿Os critican vuestros suegros por usar palabras modernas?
Tal vez solo necesiten que les expliquéis que, en el fondo, ser un “moderno” no es tan distinto de haber sido un “yeyé” en los sesenta.
Al fin y al cabo, el idioma es de quien lo habla.
Y Paco, sin duda, tiene la última palabra.