PARTE 1: EL DESEMBARCO EN LA CALLE GÉNOVA
El frío de Madrid en diciembre no es un frío cualquiera.
Es un frío que te busca los huesos, que te encuentra las costuras del abrigo y te recuerda que eres mortal.
Marta caminaba a paso ligero, casi trotando, cargando dos bolsas de papel kraft que amenazaban con romperse en cualquier momento.
El vapor de su aliento formaba nubecitas blancas que desaparecían al instante frente a sus ojos.
Subió el portal del edificio señorial, ese donde el ascensor todavía tiene una reja de hierro que chirría como un alma en pena.
Al llegar al cuarto derecha, se detuvo un segundo para recuperar el aire.
Sabía lo que le esperaba detrás de esa puerta de roble macizo.
No era solo una cena de Nochevieja.
Era una emboscada cultural.
Era el choque de dos trenes que circulaban por vías distintas desde 1975.
Marta sacó las llaves, respiró hondo y entró.
El recibidor de la casa de Concha olía a lo de siempre: a cera de muebles, a ambientador de pino y a esa sospechosa fragancia de algo que lleva hirviendo tres días.
—¿Marta? ¿Eres tú, hija? —la voz de su suegra llegó desde la cocina, con ese tono de “sé que traes algo y probablemente no me va a gustar”.
—Sí, Concha, ya estoy aquí —respondió Marta, dejando las bolsas con cuidado extremo sobre la mesa del comedor.
Apareció Concha, secándose las manos en un delantal que tenía bordado un gallo y que, según la leyenda familiar, era indestructible.
Se ajustó las gafas de cerca, esas que colgaban de una cadena de perlas, y se acercó a las bolsas como un perito de seguros examinando un siniestro total.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Y esas bolsas tan modernas? —preguntó Concha, sin saludar todavía.
—Es la cena, suegra. Lo que hablamos por teléfono.
—Yo por teléfono dije “ajá”, que no es lo mismo que decir “me parece bien” —sentenció la mujer, metiendo la nariz en una de las bolsas.
Marta empezó a sacar los recipientes de plástico negro, elegantes, con sus tapas transparentes dejando ver el contenido.
Rollitos de arroz perfectamente alineados.
Láminas de pescado de un color naranja vibrante y un rojo casi granate.
Wasabi moldeado en forma de hoja pequeña.
Jengibre encurtido que parecía pétalos de rosa marchitos.
Concha retrocedió un paso, como si Marta hubiera sacado una cobra real de la bolsa.
—¿Sushi? —susurró Concha, y la palabra sonó en su boca como un insulto en un idioma prohibido.
—Sushi, Concha. Del bueno. Lo han traído de ese sitio nuevo que han abierto en el barrio de Salamanca.
—¿Sushi para cenar en fin de año? —la voz de la suegra subió un octavo—. ¡Pero si eso es pescado crudo, Marta! ¡Pescado que no ha visto una sartén ni de lejos!
—Es una delicia, suegra. Es tendencia. En Nueva York y en Tokio es lo que más se lleva.
—A mí Nueva York me pilla a desmano y Tokio me suena a dibujos animados —replicó Concha, cruzándose de brazos sobre el pecho—. Aquí, en esta casa, desde que mi abuela tenía uso de razón, se come marisco y cordero.
Marta suspiró, buscando paciencia en algún rincón de su diafragma.
—Queríamos variar un poco, suegra. Javi y yo lo hablamos. Estamos hartos de terminar la cena con una pesadez de estómago que nos impide llegar a las uvas.
—La pesadez de estómago es parte de la tradición española, hija. Si no te duele el hígado el día uno, es que no has celebrado nada.
—Pero esto es más ligero. Es sano. Es omega-3 puro.
Concha miró un nigiri de salmón con un desprecio infinito.
—Omega-3… Eso suena a nombre de gasolinera. Eso no alimenta, Marta. Eso es un aperitivo para gente que está a dieta o para los que no tienen dientes.
Marta intentó colocar los envases en la mesa, pero Concha puso la mano encima de un mantel de hilo que parecía una reliquia sagrada.
—En esta mesa no se pone plástico, Marta. Aquí se pone la vajilla de la Cartuja. La de las flores azules.
—Pues lo pasamos a la vajilla, no hay problema.
—No es el recipiente, es el concepto —dijo Concha, empezando a caminar en círculos por el salón—. ¿Qué le voy a decir yo a mi hermana Pilar cuando me pregunte qué hemos cenado?
—Pues le dices que has cenado cocina fusión japonesa.
—¡Pilar se va a reír de mí en mi cara! —exclamó Concha, gesticulando hacia el techo—. Dirá que mi nuera me tiene pasando hambre. Que no tenemos ni para gas para encender el horno.
Marta cerró los ojos un momento, visualizando un lugar tranquilo, una playa, lejos de los reproches y el cordero lechal.
—Suegra, por favor. Javi quería esto. Él también está cansado de los langostinos congelados que hay que pelar con guantes de boxeo.
—¡Los langostinos de mi pescadero son de primera! —saltó Concha—. Los trae el jueves de Huelva. Saltan en la caja.
—El año pasado estaban más duros que los pies de un santo, Concha. Tardamos media hora en pelar tres.
—Porque no sabéis. La juventud de ahora no sabe ni pelar una gamba. Queréis que os den todo masticado. Como los pajaritos.
Concha se acercó a la cocina y sacó una olla de dimensiones industriales.
Era una olla que podría servir para bañar a un niño de tres años.
—Yo ya he puesto el caldo —anunció con un tono de victoria moral—. La sopa de galets no se negocia.
—Habíamos dicho que nada de sopa este año, que luego no hay quien se coma el segundo —recordó Marta, sintiendo que la batalla se le escapaba de las manos.
—Una Nochevieja sin sopa de galets es como un jardín sin flores. Es como un Madrid sin atascos. No tiene sentido.
—Pero el sushi no pega con la sopa, suegra. Imagine el sabor. El vinagre del arroz, la soja, y luego el caldo de carne con los galets… Es una bomba atómica para el paladar.
Concha hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Pues se come la sopa primero para entonar el cuerpo, que hace un frío que pela, y luego, si queréis, os coméis vuestros cebos de pesca.
—¿Cebos de pesca? —Marta no pudo evitar una risotada nerviosa.
—Es lo que parece. Trozos de pescado puestos ahí encima de un puñado de arroz blanco. Eso se lo daba mi padre a los gatos en el pueblo y se lo comían mejor que nosotros.
—Es arte, suegra. Hay un maestro detrás de esto que ha tardado diez años en aprender a cortar el pescado así.
—Pues le han estafado los estudios, porque eso lo corto yo con el cuchillo del pan y me queda igual —sentenció la mujer.
En ese momento, la puerta de la calle se abrió y entró Javi, cargado de bolsas de hielos y botellas de vino.
Venía con la bufanda hasta las orejas y la nariz roja como un tomate.
—¡Hola familia! ¡Vaya rasca hace fuera! —gritó, dejando los hielos en el suelo.
Miró a su madre. Miró a su mujer. Detectó la tensión en el aire, una tensión que se podía cortar con un bisturí.
—¿Ya estamos con el tema del menú? —preguntó Javi, quitándose el abrigo.
—Tu mujer, Javi, que quiere que cenemos como si estuviéramos en una cueva en Japón —dijo Concha, buscando aliado.
—Mamá, te dije que el sushi mola mucho. Es moderno.
—Moderno es tener un móvil que te lee la cara, Javi. Cenar pescado crudo es de náufragos.
Javi miró a Marta con cara de “lo siento, lo he intentado”.
—Mira, mamá, solo pruébalo. Te va a gustar el atún. Es mantequilla.
—Yo no quiero mantequilla de mar, Javi. Yo quiero sustancia. Yo si no hay sopa de galets o asado, no ceno. Me tomo un yogur y me voy a la cama antes de las campanadas.
La amenaza del yogur era el arma final de Concha.
Era el equivalente a pulsar el botón rojo del fin del mundo.
Marta se apoyó en la encimera de la cocina, viendo cómo su plan de una cena elegante y zen se desmoronaba ante el peso de una olla de caldo.
—Está bien, Concha. Haremos la sopa. Pero el segundo es el sushi. Prometido.
—¿Y el cordero? ¿Qué hago con la pierna que tengo en la nevera adobándose desde ayer? —preguntó Concha con una sonrisa de suficiencia.
—¿Adobándose? —Marta miró a Javi—. Me dijiste que no había comprado carne.
Javi se encogió de hombros, visiblemente acorralado.
—Es mi madre, Marta. ¿Tú crees que la voy a parar yo cuando se pone a adobar cosas?
El conflicto no había hecho más que empezar.
PARTE 2: LA GUERRA FRÍA DEL CALDO Y LA SOJA
La cocina de Concha se había convertido en una zona de exclusión militar.
Por un lado, sobre la encimera principal, Marta intentaba organizar los palillos de madera, los cuencos para la soja y las pequeñas botellas de sake que había traído como sorpresa.
Por el otro, en los fogones, la olla de Concha rugía como una locomotora a vapor, soltando efluvios de ternera, pollo, hueso de jamón y apio.
Dos mundos. Dos aromas. Una sola mesa.
—¿Vas a poner esos palitos de helado para comer? —preguntó Concha, pasando por detrás de Marta con una bandeja de plata.
—Se llaman palillos, suegra. Es la forma tradicional de disfrutar de esta comida.
—En esta casa somos de tenedor y cuchillo. De los que pesan. De los de plata que le regalaron a mi madre por su boda.
—Pero con tenedor se rompe el arroz, Concha. Se pierde la textura.
—Pues que se rompa. Total, para lo que va a durar en el estómago…
Concha abrió la nevera y sacó la pierna de cordero.
Era una pieza imponente, brillante por el aceite y las hierbas aromáticas.
La puso sobre la mesa con un golpe seco, desafiante.
—Miradlo bien. Esto es comida de verdad. Esto tiene alma. Ha tenido una vida, ha corrido por el campo y ahora nos va a dar la alegría de la fiesta.
—Mamá, por favor, no hables de la vida del cordero justo antes de meterlo al horno —pidió Javi, que intentaba abrir una botella de albariño para rebajar la tensión.
—Hablo de lo que quiero, que para eso es mi casa —replicó ella—. Marta, hija, ponme un poco de ese vino, que me está entrando un sofoco con tanto pescado muerto en la mesa.
Marta le sirvió una copa, notando cómo su suegra examinaba la etiqueta del vino con sospecha.
—¿Esto es de los que raspan? —preguntó Concha.
—Es un albariño excelente, suegra. Marida perfectamente con el sushi.
—A mí lo de maridar me suena a matrimonio forzado. Yo quiero que baje bien y que no me dé ardor.
Javi se acercó a las cajas de sushi y, asegurándose de que su madre no miraba, cogió un maki de California.
Se lo metió en la boca de un bocado.
—¡Javi! ¡Que es para la cena! —le regañó Marta.
—Está espectacular —dijo él, hablando con la boca medio llena—. Mamá, de verdad, prueba este que lleva aguacate. Ni te vas a enterar de que es pescado.
Concha se acercó, entornando los ojos.
—¿Aguacate? ¿Eso que parece manteca verde?
—Sí, es supercremoso. Venga, abre la boca.
—Ni muerta —dijo Concha, retirando la cara como si le ofrecieran una cucharada de jarabe para la tos—. Yo no como cosas verdes que no hayan sido hervidas previamente durante al menos cuarenta minutos.
—¡Pero si así se pierden todas las vitaminas! —exclamó Marta.
—Lo que se pierde es el miedo a las bacterias, que es lo importante —contestó la suegra con una lógica aplastante—. Aquí todo bien cocidito. Que el fuego purifica, Marta. Eso lo sabe hasta el que asó la manteca.
Marta decidió ignorar el comentario y se centró en la decoración de la mesa.
Intentó poner unos centros de mesa minimalistas, unas piedras blancas y unas ramitas que había comprado en una floristería de diseño.
En cuanto se dio la vuelta, Concha las sustituyó por un Papá Noel de fieltro que tocaba el saxofón y un mantelito con bordados de campanas rojas.
—Así mejor. Que parezca Navidad y no la sala de espera de un dentista moderno —dijo Concha satisfecha.
La tensión cómica en la cocina se podía palpar.
Javi intentaba hacer malabares entre el deseo de su mujer de tener una cena “chic” y la necesidad de su madre de reafirmar su soberanía culinaria.
—Oye, Marta —dijo Concha de repente, con un tono sospechosamente dulce—. ¿Y de postre qué traes? ¿Alguna alga dulce o un poco de bambú masticable?
—Traigo mochis, suegra. Son unos pastelitos de arroz rellenos de helado de té verde y tarta de queso.
Concha se quedó en silencio unos segundos, procesando la información.
—Arroz en la cena. Arroz en el postre. ¿Pero qué somos nosotros, un campo de concentración chino?
—Es Japón, mamá. Japón —corrigió Javi.
—Lo mismo me da. Es mucho arroz. Eso estriñe, Marta. Mañana vamos a estar todos que no vamos a poder salir del cuarto de baño.
—Son porciones pequeñas, Concha. Es para degustar.
—En esta casa no se degusta, se come. Se repite. Se rebaña el plato con pan. ¿Se puede rebañar el sushi con pan?
Marta se imaginó a Concha mojando un trozo de barra de pan de pueblo en la salsa de soja y casi le da un síncope.
—No, suegra. No se rebaña. Se come de un bocado.
—Pues qué aburrimiento de cena. Sin untar, sin huesos que roer, sin grasa chorreando por la barbilla… Eso no es una fiesta, es un examen de selectividad.
De repente, el timbre de la puerta sonó con insistencia.
—Debe de ser tu hermana con los niños —dijo Concha, yéndose hacia el pasillo—. ¡Prepárate, Marta, que a esos como no les des algo con patatas fritas, te queman el chiringuito japonés!
Marta miró a Javi con desesperación.
—No me dijiste que venía tu hermana.
—Se autoinvitó hace una hora. Dijo que su suegra también quería poner cosas raras y que prefería venir aquí a lo seguro.
—¿A lo seguro? ¿O sea, a la sopa de galets?
—A la sopa de galets y al cordero de mamá —admitió Javi encogiéndose de hombros—. La tradición es un imán, cariño. Es como la gravedad. No puedes luchar contra ella.
Marta miró sus bandejas de sushi.
Parecían tan frágiles, tan fuera de lugar en ese salón lleno de figuritas de Lladró y muebles de caoba.
Sentía que el sushi era ella: una intrusa moderna intentando hacerse un hueco en una estructura rígida de tradiciones y fritangas.
Entró Bea, la hermana de Javi, con dos niños que corrían como si acabaran de escapar de un encierro en Pamplona.
—¡Hola a todos! ¡Qué hambre traemos! —gritó Bea, soltando el abrigo en cualquier silla—. ¡Mamá, dime que hay sopa, por lo que más quieras!
Concha miró a Marta con una sonrisa de victoria absoluta.
—Hay sopa, hija. Y hay cordero. Pero vuestra cuñada ha traído unos aperitivos orientales por si queréis sentiros como si estuvierais de viaje.
—¿Sushi? —preguntó Bea, acercándose a la mesa—. ¡Ay, qué bien! Me encanta. Pero primero la sopa, ¿eh? Que tengo el cuerpo cortado del frío.
Marta forzó una sonrisa.
La sopa. Siempre la sopa.
Esa masa de pasta gigante flotando en un caldo turbio era el muro de Berlín de la cena.
—Claro, Bea. Primero la sopa. El sushi puede esperar —dijo Marta, aunque sabía que el sushi, con el calor de la calefacción central a tope, no iba a esperar en las mejores condiciones.
—Pues venga, todos a la mesa —ordenó Concha como una generala—. Javi, sirve más vino. Marta, ayuda a poner los platos hondos. Los grandes. Los de verdad.
La batalla por el menú de Nochevieja había entrado en su fase más crítica.
La coexistencia pacífica parecía imposible, pero el despliegue de cubiertos ya había comenzado.
PARTE 3: EL RITUAL DEL CALDO Y EL DESPRECIO DEL WASABI
La mesa estaba puesta.
Era un caos visual que habría hecho llorar a un diseñador de interiores.
Platos de porcelana con bordes dorados convivían con cuencos de cerámica negra mínima.
Copas de cristal tallado para el vino y pequeños vasitos de cerámica para el sake que Concha usaba para dejar los palillos porque “así no manchan el mantel”.
Los niños de Bea miraban el sushi como si fueran muestras biológicas de un laboratorio.
—¿Eso es lo que comen los Power Rangers, tía Marta? —preguntó el pequeño, señalando un uramaki cubierto de huevas de pez volador.
—Algo parecido, cariño. Da mucha fuerza —intentó venderle Marta.
—A mí me parece que tiene granos —dijo el niño, arrugando la nariz.
—¡Niños, dejad el pescado y comed la sopa! —intervino Concha, entrando en el comedor con la sopera en alto.
El vapor que emanaba de la sopera era tan denso que casi ocultaba el rostro de la suegra.
Era un caldo oscuro, potente, con el aroma de mil domingos de invierno concentrados en un solo recipiente.
Empezó el reparto.
El sonido de la cuchara golpeando el fondo de la sopera era el metrónomo de la noche.
—Mira qué galets, Bea. Los he rellenado uno a uno con la carne picada, su poquito de ajo y perejil, y el toque de canela que me enseñó la abuela —explicaba Concha mientras servía raciones que habrían alimentado a un regimiento.
Marta recibió su plato.
Tres galets gigantes, del tamaño de pelotas de golf, flotaban en un mar de grasa dorada.
—¿No quieres más, Marta? Te veo un poco lánguida —dijo Concha con falsa preocupación.
—No, gracias, suegra. Está perfecto. Quiero dejar sitio para el sushi.
—El sushi… —Concha soltó una risita mientras se sentaba—. Si es que con este caldo ya tienes para pasar la noche. Esto te resucita a un muerto.
El silencio se hizo en la mesa mientras todos, excepto Marta, sorbían la sopa con un entusiasmo casi religioso.
—Mamá, te has superado —dijo Javi, limpiándose el bigote de caldo—. Este año el caldo tiene un punto de jamón que te mueres.
—Es el hueso, Javi. Hay que saber elegir el hueso. No vale cualquiera de supermercado. Hay que ir al carnicero y decirle: “Damián, dame el hueso que le darías a tu madre”.
Marta comía despacio, sintiendo cómo el calor del caldo le bajaba por el esófago como lava.
Era una comida contundente, pesada, deliciosa a su manera, pero que anulaba cualquier otra posibilidad gastronómica.
Después de la sopa, llegó el momento de la verdad.
Marta se levantó y empezó a repartir las bandejas de sushi en el centro de la mesa.
—Bueno, ahora vamos con la innovación —dijo, intentando sonar animada.
Abrió los botes de salsa de soja y el aroma a fermento salado inundó el espacio.
Concha arrugó la nariz de inmediato.
—¿Qué es ese olor? ¿Se ha roto alguna cañería?
—Es la soja, suegra.
—Huele a taller mecánico, Marta. ¿Estás segura de que esto se puede ingerir sin riesgo de perforación gástrica?
Bea cogió un trozo de sashimi de atún con los palillos, demostrando una destreza sorprendente.
—Está buenísimo, Marta. Muy fresco.
—¡Claro que está fresco! —saltó Concha—. ¡Si está vivo! Si le das un golpe con el tenedor, igual sale nadando.
Javi intentó mediar, sirviéndole un trozo de maki a su madre en su plato de la Cartuja.
—Venga, mamá. Solo un bocado. Es arroz con pepino y un poco de sésamo. No muerde.
Concha miró el maki como si fuera un artefacto explosivo.
Lo pinchó con el tenedor, con cuidado. El maki se deshizo, dejando el arroz desparramado por la porcelana azul.
—Ves, esto no tiene estructura —se quejó Concha—. Es una comida desorganizada.
Se llevó un poco de arroz a la boca, masticó con cara de estar analizando un compuesto químico sospechoso y tragó con dificultad.
—Está… avinagrado —dijo al fin—. El arroz está malo, Marta. Se ha puesto agrio.
—Es vinagre de arroz, suegra. Es así como se prepara. Es para resaltar el sabor del pescado.
—Pues a mí me resalta las ganas de beber agua. Ponme más vino, Javi, que tengo el paladar confundido.
En ese momento, el niño pequeño, llevado por la curiosidad, cogió la montaña de wasabi pensando que era algún tipo de puré de guisantes o crema de pistacho.
—¡No, nene, eso no! —gritó Marta, pero fue tarde.
El niño se metió una cantidad generosa de la pasta verde en la boca.
Dos segundos de silencio sepulcral.
Luego, la cara del niño pasó del blanco al rojo, y del rojo al violeta.
Sus ojos se abrieron como platos y empezó a abanicarse la lengua con las manos.
—¡Agua! ¡Agua! —gritó, mientras le salían lágrimas como puños.
—¡Ves! —exclamó Concha, saltando de la silla—. ¡Comida de demonios! ¡Le habéis dado veneno al niño!
—Es wasabi, Concha, pica un poco pero no es peligroso —explicó Marta, dándole un vaso de leche al niño para calmar el ardor.
—¡Un poco dice! ¡Si tiene los ojos que parece que ha visto al diablo! —recriminó Bea, aunque no pudo evitar una pequeña risa al ver la cara de su hijo—. Madre mía, qué potencia tiene la pastita verde.
La cena se había convertido en un espectáculo de variedades.
Concha aprovechó el caos del wasabi para ir a la cocina y traer el cordero.
—¡Se acabó el experimento! —anunció, poniendo la bandeja del asado en el centro, desplazando sin miramientos una bandeja de nigiris de anguila—. Aquí llega el rey de la fiesta.
El olor del cordero asado, con su manteca, su ajito y su vinagre, derrotó por completo al sutil aroma del sushi.
Era una victoria olfativa absoluta.
Los niños, recuperados del susto verde, empezaron a pedir patatas.
Javi miró a Marta. Sus ojos decían: “Hemos perdido, pero al menos no habrá muertos”.
—Suegra, el cordero tiene una pinta increíble —admitió Marta, rindiéndose ante la evidencia de que en esa casa el sushi nunca sería el protagonista.
—Es que el cordero no te engaña, hija —dijo Concha, recuperando su buen humor—. El cordero te mira a la cara. No viene envuelto en algas ni camuflado con arroz agrio.
Se sirvieron raciones generosas de carne.
El sushi quedó relegado a un rincón de la mesa, como los invitados pobres de una boda.
De vez en cuando, Javi o Bea picaban un trozo, casi a escondidas, como si estuvieran cometiendo un pecado carnal en medio de una misa.
—¿Y esto cómo decís que se llama? —preguntó Concha, señalando un trozo de sushi que quedaba solo.
—Eso es un California Roll —respondió Marta.
—California… —repitió Concha con sorna—. Pues para ser de California, bien que nos está dando la noche.
La tensión cómica se relajó con el vino y la comida contundente.
La cocina de vanguardia había sido aplastada por el peso de la tradición castellana, pero Marta no se sentía del todo derrotada.
Al menos, el niño ya no lloraba y Concha no había llamado a la policía sanitaria.
—Bueno —dijo Concha, levantando su copa—, a pesar de los sustos y de los peces crudos, estamos todos juntos. Y eso es lo que cuenta.
—Por eso, y por el menú mixto más raro de la historia de Madrid —añadió Javi riendo.
Pero todavía quedaba el postre.
Y Marta sabía que los mochis iban a ser otro capítulo en esta guerra de guerrillas culinaria.
PARTE 4: EL ECLIPSE DEL MOCHI Y EL TRIUNFO DEL TURRÓN
La Nochevieja avanzaba implacable hacia la medianoche.
El cordero había dejado solo huesos limpios y una mancha de grasa en el mantel de hilo que Concha ya estaba planeando cómo quitar con bicarbonato y limón.
El sushi, aunque diezmado, todavía presentaba algunos supervivientes en las bandejas, con el arroz ya un poco endurecido por el aire de la calefacción.
—Bueno, es el momento de los dulces —anunció Marta, levantándose para ir a por la nevera.
Trajo los mochis en un plato de pizarra negra.
Eran esferas perfectas, suaves, de colores pastel: verde pálido, rosa suave y blanco nieve.
Parecían piedras preciosas pulidas por el mar.
—¿Y estas pelotas de tenis? —preguntó Concha, que ya había sacado la bandeja de madera con el turrón de Jijona, el de Alicante y los polvorones envueltos en papel de seda.
—Son mochis, suegra. Postre tradicional japonés. Son de arroz glutinoso y están rellenos.
Concha cogió uno rosa con dos dedos, apretándolo ligeramente.
—Esto tiene una textura muy sospechosa, Marta. Parece que estoy tocando el moflete de un bebé o un trozo de plastilina.
—Es muy agradable en la boca, de verdad. Pruébelo.
Concha, envalentonada por las dos copas de albariño y el vasito de orujo que se había servido “para la digestión”, le dio un mordisco a un mochi de tarta de queso.
Sus ojos se abrieron. Su mandíbula se movía con lentitud, explorando la elasticidad de la masa.
—Esto se pega a las muelas como si tuviera vida propia —dijo con la voz un poco pastosa—. ¡Marta, que me voy a quedar con la boca pegada y no voy a poder decir las uvas!
—Trague, suegra, trague —le animó Javi, aguantando la risa.
Concha finalmente tragó y se pasó un poco de cava para limpiar el camino.
—No está mal de sabor, pero la sensación es como comerse un globo desinflado —sentenció—. Donde esté un buen trozo de turrón de yema tostada, que se quiten estos inventos elásticos.
Bea y los niños, en cambio, devoraron los mochis de chocolate y fresa como si no hubiera un mañana.
—¡Esto mola mucho, mamá! ¡Es como comer chicle con helado! —gritó el niño del wasabi, ya totalmente recuperado de su trauma picante.
La mesa era ahora un campo de batalla de azúcares.
Por un lado, la densidad del turrón y la sequedad del polvorón que te obligaba a silbar para demostrar que habías terminado.
Por el otro, la ligereza exótica del mochi.
Eran las 23:45.
Llegó el ritual de las uvas.
Concha empezó a repartir los cuencos con las doce uvas, peladas y sin pepitas para los niños, y con todo su “equipamiento” para los adultos.
—¿Vais a poner también alguna fruta japonesa para las campanadas? —preguntó Concha con ironía, mientras ajustaba la televisión para ver el reloj de la Puerta del Sol.
—No, suegra. Con las uvas no se juega. Ahí me rindo —admitió Marta, sentándose al lado de su marido.
—Menos mal. Un poco de cordura en esta casa —dijo la mujer, dándole un beso en la mejilla a Marta, un gesto que sellaba la paz definitiva después de la guerra del sushi.
Empezaron las campanadas.
El silencio se apoderó del salón, solo roto por el sonido metálico del reloj en la tele y el esfuerzo colectivo por tragar a ritmo.
Marta miró a su alrededor.
Su suegra, con la mejilla hinchada por las uvas, peleando con la piel de la duodécima.
Javi, que casi se atraganta en la octava por intentar hacer una broma.
Los niños, que se habían rendido en la quinta y ahora usaban las uvas restantes como proyectiles.
Al terminar, los gritos de “¡Feliz Año!” inundaron la habitación.
Hubo abrazos, besos y el sonido de las copas de cava chocando.
—Bueno —dijo Concha, mirando los restos de la cena—. Tengo que admitir que el pescado ese no estaba tan malo. El que llevaba aguacate tenía su aquel.
Marta se quedó helada.
—¿Lo ha probado, suegra?
—He picado un trozo cuando has ido a por los postres. No quería darte la satisfacción en el momento, pero no estaba mal. Eso sí, le faltaba un poco de sofrito.
Javi soltó una carcajada que se oyó en todo el edificio.
—¡Mamá, quieres ponerle sofrito a todo!
—Es que el sofrito es la base de la civilización, hijo. Sin sofrito somos bárbaros comiendo cosas crudas por el monte.
Marta sonrió, sintiéndose extrañamente satisfecha.
No había logrado imponer su menú minimalista y moderno, pero había sobrevivido a la experiencia.
Había introducido un gramo de innovación en un búnker de tradiciones centenarias.
—¿El año que viene qué toca, Marta? —preguntó Bea, mientras servía la última ronda de cava—. ¿Tacos mexicanos? ¿Ceviche?
Concha miró a Marta, luego miró la olla de la sopa de galets que aún presidía la cocina desde la distancia.
—El año que viene —dijo Concha con autoridad—, podéis traer lo que queráis de esos países lejanos. Pero que sepáis que el cordero ya lo tengo apalabrado con el carnicero desde mañana mismo.
Marta asintió, entendiendo que la clave de la felicidad en esa familia no era elegir entre lo nuevo y lo viejo.
Era aceptar que se podía cenar sushi con sabor a soja y terminar con el estómago lleno de caldo de jamón.
Porque al final, el menú de Nochevieja no trataba sobre la comida.
Trataba sobre la paciencia, sobre el amor que se esconde detrás de un reproche por el pescado crudo y sobre la capacidad de reírse de uno mismo mientras intentas comer con palillos algo que se niega a ser capturado.
—¿Me das otro de esos globos de queso, Marta? —pidió Concha de repente—. Es por no dejar el plato de pizarra ahí tan vacío, que me da pena verlo.
Marta le pasó el último mochi.
—Feliz año, suegra.
—Feliz año, hija. Pero mañana, para comer, sobras de cordero. Ni se te ocurra traer nada que no haya pasado por el horno.
Y así, entre vapores de caldo y restos de wasabi, la familia inició el año en una tregua gastronómica perfecta.