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Eran las tres de la tarde en el centro de Madrid. El asfalto no era asfalto.

PARTE 1

Eran las tres de la tarde en el centro de Madrid.

El asfalto no era asfalto.

Era una especie de masa viscosa y negra que amenazaba con tragarse los neumáticos de los taxis.

El aire no se movía.

Simplemente pesaba.

Pesaba como una manta de lana empapada en plomo sobre los hombros de los transeúntes.

En el piso de la calle Fuencarral, las persianas estaban bajadas hasta el último milímetro.

Era el ritual sagrado del verano español.

El búnker contra el Lorenzo.

Dentro, la penumbra apenas se veía interrumpida por la luz azulada del televisor.

Elena sentía que su propia piel se estaba convirtiendo en un tejido extraño.

Algo parecido al papel de lija, pero húmedo.

Se pasó el dorso de la mano por la frente.

Nada.

Sequedad absoluta por fuera, pero una ebullición interna que le recordaba a una olla exprés a punto de pitar.

Miró el termómetro digital que colgaba en la pared del pasillo.

Treinta y ocho grados.

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