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El sol de mediodía de un domingo cualquiera en Madrid entraba por la persiana a medio bajar. s

PARTE 1

El sol de mediodía de un domingo cualquiera en Madrid entraba por la persiana a medio bajar.

El salón de Paco olía a una mezcla inconfundible de tres cosas:

Ambientador de pino, solomillo al whisky y años de historia familiar acumulada en las estanterías.

Paco estaba sentado en su sillón de orejas, el que tenía el tapizado desgastado por el tiempo.

Era su trono, su centro de mando, el lugar desde donde observaba cómo el mundo se volvía loco.

En el televisor, un canal de noticias sin volumen mostraba imágenes de gente joven en un festival.

Paco resopló, ajustándose las gafas de cerca que siempre se le resbalaban por el puente de la nariz.

A su lado, Lucía, su nuera, revisaba el móvil con una velocidad que a él le resultaba insultante.

Ella movía el pulgar por la pantalla como si estuviera desactivando una bomba de relojería.

Dani, el hijo de Paco y marido de Lucía, estaba en la cocina ayudando a su madre, Conchi.

Se oía el tintineo de los cubiertos y el fragor de la batalla que siempre es montar una mesa para cuatro.

Lucía soltó una carcajada repentina, una de esas que nacen de un vídeo de tres segundos.

— Ay, de verdad, qué fuerte —dijo ella, sin levantar la vista—.

— Paco, no te lo vas a creer, pero me acaba de pasar una cosa super random.

El silencio que siguió a esa frase no fue un silencio normal.

Fue un silencio espeso, cargado de electricidad estática y desconcierto generacional.

Paco dejó de mirar la televisión y giró el cuello lentamente, como una tortuga que detecta una amenaza.

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