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EL RITUAL DEL CAFÉ Y EL CRUJIDO DEL DESTINO

PARTE 1: EL RITUAL DEL CAFÉ Y EL CRUJIDO DEL DESTINO

La mañana en el barrio de Chamberí había amanecido con ese cielo grisáceo y pegajoso que solo Madrid sabe lucir en los días en que nada parece ir bien. No era un frío de los que te cortan la cara, sino una humedad traicionera que se te metía por las costuras del pijama de franela y te recordaba que la caldera comunitaria siempre decidía tomarse vacaciones en el momento más inoportuno. En el cuarto derecha del número 12 de la calle Ponzano, el silencio era tan denso que se podía cortar con el cuchillo del pan, ese que ya no cortaba nada pero que Paco se empeñaba en no jubilar.

Loli estaba sentada a la mesa de la cocina, una superficie de formica que había visto pasar más crisis que el Banco Central. Tenía el iPad entre las manos, la pantalla iluminada reflejándose en sus gafas de cerca, esas que siempre decía que solo usaba para leer las etiquetas del champú pero que ahora escudriñaban la aplicación del banco como si fuera el mapa de un tesoro pirata. A su lado, una taza de café con leche ya frío lucía una nata amarillenta en la superficie, señal inequívoca de que llevaba allí más tiempo del habitual.

Paco, ajeno al cataclismo que se estaba gestando a escasos dos metros de su nuca, estaba enfrascado en la ardua tarea de untar mantequilla en una tostada que había quedado más negra que el carbón. Paco era un hombre de costumbres, y su costumbre principal era la de no enterarse de nada hasta que el problema le daba un bofetón en toda la cara. Llevaba puesto un chándal azul marino con tres rayas blancas que habían perdido su color original allá por el mundial de Sudáfrica y unas zapatillas de estar por casa que emitían un rítmico “chof-chof” al caminar.

— Paco —dijo Loli. Su voz no era un grito, era un susurro gélido, de esos que te hacen revisar mentalmente todos tus pecados desde la primera comunión.

Paco, que estaba concentrado en no romper la tostada carbonizada, ni siquiera se giró.

— Dime, Loli. ¿Has visto dónde dejé el Marca de ayer? Juraría que lo puse encima del microondas, pero aquí solo hay un recibo del gas que da ganas de llorar.

— El Marca te lo puedes meter por donde te quepa, Francisco —replicó ella, usando el nombre completo, el “botón rojo” de las discusiones matrimoniales—. Ven aquí. Ahora mismo.

Paco sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la caldera. Dejó el cuchillo con un ruidito metálico y se giró lentamente, como quien se entrega a las autoridades tras un atraco fallido. Loli no le miraba a él; miraba la pantalla. Tenía el dedo índice apoyado sobre un movimiento bancario que brillaba con una luz acusadora.

— Loli, cariño, si es por lo del cargo de la suscripción a los canales de caza, te juro que fue un error del mando a distancia. El botón se quedó pillado y yo…

— No es la caza, Paco. Ojalá fuera la caza —Loli giró la tablet con una parsimonia aterradora, como quien enseña una prueba pericial en un juicio por asesinato—. Explícame esto. “Transferencia periódica. 300 euros. Concepto: Varios. Beneficiario: Lucía”.

Paco se quedó petrificado. Sus ojos, habitualmente vivaces cuando se hablaba de la alineación del Real Madrid, se quedaron fijos en el nombre de “Lucía” como si esperara que las letras se desvanecieran por arte de magia. Sintió que la cocina empezaba a hacerse pequeña, muy pequeña, y que el olor a tostada quemada se volvía insoportable.

— Ah… eso… eso es… —empezó a balbucear, buscando desesperadamente una neurona que no estuviera ocupada recordando los goles de la jornada—. Eso es una gestión, Loli. Una cosa de finanzas. No te preocupes por eso, que son temas… técnicos.

— ¿Temas técnicos? —Loli se levantó de la silla con una agilidad que Paco no le veía desde las rebajas del Corte Inglés del 98—. ¿Me estás diciendo que mandarle trescientos eurazos todos los meses a una tal Lucía es un tema técnico? ¿Quién es Lucía, Paco? ¿Y por qué tiene tu dinero, que resulta que también es MI dinero, el dinero del arreglo de la muela de tu hijo y de la pintura del pasillo que lleva desconchado desde que Felipe VI era príncipe?

— Escucha, Loli, que no es lo que parece. Te lo digo de verdad —Paco levantó las manos en gesto de paz, pero sus dedos temblaban como si estuviera tocando las castañuelas—. Es una… es una inversión. Una cosa a largo plazo.

Loli soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría, una risa que rebotó en los azulejos de la cocina como un disparo.

— ¿Una inversión? ¡No me jodas, Paco! ¿Desde cuándo tú eres Warren Buffett? Tú, que te metiste en lo de las criptomonedas esas y acabamos perdiendo hasta los puntos de la tarjeta del gasolinero. Tú, que compraste acciones de una empresa de paraguas en un año de sequía. ¿Y ahora resulta que inviertes en una tal Lucía? Sí. Tienes razón. Es una inversión. Una inversión clarísima en tu divorcio.

Paco tragó saliva. El aire en la cocina se había vuelto irrespirable. Sabía que Loli no se iba a detener ahí. Cuando Loli cogía una pista, era como un perro de presa con un filete de ternera. No soltaba hasta llegar al hueso.

— Loli, por favor, no hables de divorcio, que se me pone un nudo en el estómago que no me baja ni con bicarbonato. Déjame que te lo explique con calma. Es que… es una oportunidad que salió en el bar. Me lo dijo Manolo, el de la gestoría.

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