La mañana en el barrio de Chamberí había amanecido con ese cielo grisáceo y pegajoso que solo Madrid sabe lucir en los días en que nada parece ir bien. No era un frío de los que te cortan la cara, sino una humedad traicionera que se te metía por las costuras del pijama de franela y te recordaba que la caldera comunitaria siempre decidía tomarse vacaciones en el momento más inoportuno. En el cuarto derecha del número 12 de la calle Ponzano, el silencio era tan denso que se podía cortar con el cuchillo del pan, ese que ya no cortaba nada pero que Paco se empeñaba en no jubilar.
Loli estaba sentada a la mesa de la cocina, una superficie de formica que había visto pasar más crisis que el Banco Central. Tenía el iPad entre las manos, la pantalla iluminada reflejándose en sus gafas de cerca, esas que siempre decía que solo usaba para leer las etiquetas del champú pero que ahora escudriñaban la aplicación del banco como si fuera el mapa de un tesoro pirata. A su lado, una taza de café con leche ya frío lucía una nata amarillenta en la superficie, señal inequívoca de que llevaba allí más tiempo del habitual.
Paco, ajeno al cataclismo que se estaba gestando a escasos dos metros de su nuca, estaba enfrascado en la ardua tarea de untar mantequilla en una tostada que había quedado más negra que el carbón. Paco era un hombre de costumbres, y su costumbre principal era la de no enterarse de nada hasta que el problema le daba un bofetón en toda la cara. Llevaba puesto un chándal azul marino con tres rayas blancas que habían perdido su color original allá por el mundial de Sudáfrica y unas zapatillas de estar por casa que emitían un rítmico “chof-chof” al caminar.
— Paco —dijo Loli. Su voz no era un grito, era un susurro gélido, de esos que te hacen revisar mentalmente todos tus pecados desde la primera comunión.
Paco, que estaba concentrado en no romper la tostada carbonizada, ni siquiera se giró.
— Dime, Loli. ¿Has visto dónde dejé el Marca de ayer? Juraría que lo puse encima del microondas, pero aquí solo hay un recibo del gas que da ganas de llorar.
— El Marca te lo puedes meter por donde te quepa, Francisco —replicó ella, usando el nombre completo, el “botón rojo” de las discusiones matrimoniales—. Ven aquí. Ahora mismo.
Paco sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la caldera. Dejó el cuchillo con un ruidito metálico y se giró lentamente, como quien se entrega a las autoridades tras un atraco fallido. Loli no le miraba a él; miraba la pantalla. Tenía el dedo índice apoyado sobre un movimiento bancario que brillaba con una luz acusadora.
— Loli, cariño, si es por lo del cargo de la suscripción a los canales de caza, te juro que fue un error del mando a distancia. El botón se quedó pillado y yo…
— No es la caza, Paco. Ojalá fuera la caza —Loli giró la tablet con una parsimonia aterradora, como quien enseña una prueba pericial en un juicio por asesinato—. Explícame esto. “Transferencia periódica. 300 euros. Concepto: Varios. Beneficiario: Lucía”.
Paco se quedó petrificado. Sus ojos, habitualmente vivaces cuando se hablaba de la alineación del Real Madrid, se quedaron fijos en el nombre de “Lucía” como si esperara que las letras se desvanecieran por arte de magia. Sintió que la cocina empezaba a hacerse pequeña, muy pequeña, y que el olor a tostada quemada se volvía insoportable.
— Ah… eso… eso es… —empezó a balbucear, buscando desesperadamente una neurona que no estuviera ocupada recordando los goles de la jornada—. Eso es una gestión, Loli. Una cosa de finanzas. No te preocupes por eso, que son temas… técnicos.
— ¿Temas técnicos? —Loli se levantó de la silla con una agilidad que Paco no le veía desde las rebajas del Corte Inglés del 98—. ¿Me estás diciendo que mandarle trescientos eurazos todos los meses a una tal Lucía es un tema técnico? ¿Quién es Lucía, Paco? ¿Y por qué tiene tu dinero, que resulta que también es MI dinero, el dinero del arreglo de la muela de tu hijo y de la pintura del pasillo que lleva desconchado desde que Felipe VI era príncipe?
— Escucha, Loli, que no es lo que parece. Te lo digo de verdad —Paco levantó las manos en gesto de paz, pero sus dedos temblaban como si estuviera tocando las castañuelas—. Es una… es una inversión. Una cosa a largo plazo.
Loli soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría, una risa que rebotó en los azulejos de la cocina como un disparo.
— ¿Una inversión? ¡No me jodas, Paco! ¿Desde cuándo tú eres Warren Buffett? Tú, que te metiste en lo de las criptomonedas esas y acabamos perdiendo hasta los puntos de la tarjeta del gasolinero. Tú, que compraste acciones de una empresa de paraguas en un año de sequía. ¿Y ahora resulta que inviertes en una tal Lucía? Sí. Tienes razón. Es una inversión. Una inversión clarísima en tu divorcio.
Paco tragó saliva. El aire en la cocina se había vuelto irrespirable. Sabía que Loli no se iba a detener ahí. Cuando Loli cogía una pista, era como un perro de presa con un filete de ternera. No soltaba hasta llegar al hueso.
— Loli, por favor, no hables de divorcio, que se me pone un nudo en el estómago que no me baja ni con bicarbonato. Déjame que te lo explique con calma. Es que… es una oportunidad que salió en el bar. Me lo dijo Manolo, el de la gestoría.
— ¿Manolo? ¿El que se separó hace dos años porque le pillaron con una masajista en Torrevieja? Ese Manolo es una fuente de sabiduría financiera, sí señor —Loli cruzó los brazos sobre el pecho, golpeando el suelo con la punta de la zapatilla—. Tienes tres minutos, Paco. Tres minutos para contarme quién es Lucía antes de que empiece a meter tus camisas de cuadros en bolsas de basura y las tire por el hueco del patio. Y sabes que lo hago. Sabes que soy capaz.
Paco miró la ventana. Un gorrión se posó en el alféizar y le miró con lo que Paco juraría que era lástima. Se pasó la mano por la cara, sintiendo la barba de dos días, y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones. Sabía que la verdad era su única salida, pero la verdad era tan absurda, tan sumamente “marca de la casa Paco”, que no sabía si Loli se iba a reír o si le iba a lanzar la cafetera a la cabeza.
— Es que… Lucía es… —Paco hizo una pausa dramática, mirando al techo como si buscara inspiración divina—. Lucía es una bailarina, Loli.
Loli se quedó muda. Sus cejas subieron tanto que casi se pierden en el nacimiento del pelo. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe. Luego la volvió a abrir.
— ¿Una bailarina? —repitió, con una voz que vibraba peligrosamente entre la indignación y la incredulidad—. ¿Me estás diciendo, en mi propia cara, un domingo de resaca, que le pasas trescientos euros al mes a una bailarina? ¿Qué pasa, Paco? ¿Que estás patrocinando el Bolshoi? ¿O es que te has hecho mecenas del “Night Club El Paraíso”?
— ¡No, mujer, no seas malpensada! —exclamó Paco, recuperando un poco de tono vital—. Que no es de esas bailarinas. Es una bailarina de las de ballet, de las de tutú y zapatillas de punta. Es la hija de… bueno, es una historia larga.
— Pues empieza ya, Francisco. Porque el cronómetro está corriendo y a tus camisas les queda muy poco para conocer el asfalto de la calle Ponzano.
Paco se sentó en la silla frente a ella, arrastrando las zapatillas. Empezó a jugar con una miguita de pan sobre la mesa, sin atreverse a mirarla a los ojos. El drama estaba servido, y no era precisamente el que Paco esperaba para un domingo por la mañana en el que solo quería ver los resúmenes de los goles y comerse su tostada quemada en paz.
PARTE 2: EL ENREDO DE LA MEMORIA Y LOS GASTOS DE “REPRESENTACIÓN”
Loli seguía de pie, inmóvil como una estatua del Museo de Cera, pero con una energía volcánica que amenazaba con hacer saltar por los aires la campana extractora. Paco, hundido en la silla, parecía haberse encogido unos cuantos centímetros. La miguita de pan ya era una bola diminuta bajo su dedo índice.
— A ver, Loli, tú te acuerdas de mi primo Segundo, ¿no? El que se fue a trabajar a Alemania en los ochenta y volvió diciendo que allí se comía fatal pero se ganaba de lujo —empezó Paco, buscando un hilo narrativo que le salvara el pellejo.
— ¿Qué tiene que ver el pesado de tu primo Segundo con la tal Lucía? No me vengas con rodeos genealógicos, Paco, que me conozco tus tácticas de distracción. Empiezas por Alemania y acabas hablándome de la guerra de Cuba para no responder a lo que te pregunto.
— ¡Que no, que tiene que ver! —protestó él—. Lucía es la nieta de Segundo. La hija de su hija mayor, la que se casó con un suizo de esos que son más estirados que un palo de escoba. Resulta que la chica tiene un talento para el baile que no se puede aguantar. Los profesores dicen que es la próxima Tamara Rojo, que tiene unos pies que parecen alas.
Loli entrecerró los ojos. La furia empezaba a dejar paso a una sospecha de otra naturaleza.
— ¿Y por qué le mandas dinero tú? ¿Es que Segundo se ha arruinado con las salchichas alemanas? ¿Es que su padre el suizo no tiene francos para pagarle las clases?
Paco soltó un suspiro de los que nacen en los dedos de los pies.
— Es que Segundo está en una residencia, Loli. Ya sabes que la cabeza se le fue un poco a Cuenca el año pasado. Y la hija… bueno, la hija se divorció del suizo y el tío resultó ser un miserable de marca mayor. Le ha cortado el grifo de todo lo que no sea lo básico. Y la niña, Loli… si deja la academia de Londres ahora, se le acaba la carrera. Segundo me lo pidió un día que estaba lúcido. Me dijo: “Paco, tú eres el único de la familia que tiene un poco de sangre en las venas. Ayúdame a que la niña no pierda su sueño”.
Loli guardó silencio durante unos segundos que a Paco le parecieron eones. La rigidez de sus hombros pareció aflojarse un milímetro, pero solo un milímetro.
— Londres. Academia de Londres. Trescientos euros al mes —hizo la cuenta mentalmente—. Llevas mandándole eso… ¿cuánto tiempo, Paco? Porque he visto movimientos desde hace casi un año. Eso son tres mil seiscientos euros. ¡Tres mil seiscientos euros, Francisco! Con eso habríamos cambiado la bañera por el plato de ducha y me habrías llevado a las Canarias, que me lo llevas prometiendo desde que Aznar tenía bigote.
— Lo sé, Loli, lo sé. Pero me daba una pena la chica… —Paco se atrevió a levantar la vista—. Y me daba vergüenza decírtelo. Sabía que me ibas a decir que somos pobres, que no llegamos, que primero es nuestra casa. Y tienes razón. Pero ver las fotos que me manda Segundo de la niña bailando… No sé, me sentía como si estuviera haciendo algo importante por una vez en la vida, más allá de rellenar quinielas que nunca tocan.
Loli le arrebató el iPad y empezó a pasar los movimientos hacia atrás con una velocidad de vértigo. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, analizando cada céntimo.
— “Varios”. “Varios”. “Varios”. ¡Pero si hasta te has quitado de ir al fútbol algunos domingos por esto! —exclamó ella, dándose cuenta de un detalle que antes se le había pasado por alto—. Yo pensando que estabas madurando, que ya no tenías ganas de aguantar a los energúmenos del estadio, y resulta que estabas ahorrando para las zapatillas de punta de la sobrina-nieta. ¡Vaya tela, Paco! ¡Vaya tela!
— No me lo eches en cara así, Loli. Que la chica es familia. Y es una inversión, de verdad. Me prometió Segundo que cuando sea famosa y baile en el Teatro Real, nos dará entradas en primera fila.
— ¡En primera fila dice el tío! ¡Para cuando esa niña baile en el Real, nosotros estaremos en una residencia como Segundo, compartiendo el puré de patatas! —Loli dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco—. Lo que más me jode, Paco, no es el dinero. Bueno, el dinero me jode soberanamente, no te vayas a creer. Pero lo que me mata es que me hayas tenido engañada. Que cada vez que te preguntaba por qué estábamos tan apretados este mes, me decías que la vida estaba muy cara y que el gobierno nos estaba robando. Y resulta que el que me estaba robando a mí el presupuesto para el tinte del pelo eras tú.
Paco se levantó y se acercó a ella, intentando ponerle una mano en el hombro, pero Loli se apartó como si le hubiera tocado una anguila eléctrica.
— No me toques, que todavía estoy en fase de procesamiento de datos. Así que Lucía es familia. Lucía es una bailarina. Y Lucía vive en Londres. ¿Y cómo sé yo que esto no es otra de tus milongas? ¿Cómo sé que no te has inventado a la sobrina-nieta para encubrir que te estás gastando el dinero en vete tú a saber qué? Porque conociéndote, eres capaz de estar pagándole las cuotas de un bingo clandestino a una tal Lucía que fuma puros en un sótano.
Paco se puso rojo de indignación. Aquello sí que no. Él podía ser un poco “chanchullero” y un romántico de las causas perdidas, pero mentir sobre la familia era cruzar una línea roja.
— ¡Eso sí que no, Loli! ¡Por ahí no paso! —fue a buscar su móvil al salón y volvió a la cocina a toda prisa. Empezó a buscar en la galería de fotos mientras murmuraba cosas entre dientes sobre la desconfianza de las mujeres—. Mira. Mira aquí.
Le puso el móvil delante de la cara. En la pantalla aparecía una chica joven, de unos dieciocho años, con el pelo recogido en un moño tirante y una sonrisa que iluminaba la City de Londres. Estaba apoyada en una barra de ballet, con unas zapatillas de punta rosas que se veían bastante usadas.
— Esa es Lucía. Y mira la foto de al lado. Ese es Segundo el día que fue a verla a la academia. ¿Ves que tiene cara de despistado? Estaba allí, en medio de Londres, preguntando dónde se podía comer un bocadillo de calamares. ¿Te parece esto un bingo clandestino, Dolores?
Loli cogió el móvil y amplió la imagen. Observó la cara de la chica. Tenía los mismos ojos saltones que la familia de Paco, una herencia genética que no se podía falsificar ni con la inteligencia artificial esa de la que hablan en las noticias. Miró a Segundo, que efectivamente lucía su mítica boina de cuadros en mitad de una calle londinense, pareciendo un extra de una película de Berlanga perdido en una de James Bond.
— Es clavada a tu tía Angustias, la pobre —sentenció Loli, suavizando el tono casi sin querer—. Tiene esa barbilla que parece que va a abrir una lata de conservas.
— ¿Ves? Te lo dije. Es una inversión en arte, Loli. En cultura. En que un apellido de Chamberí llegue a lo más alto de la danza clásica.
Loli le devolvió el móvil y se sentó de nuevo. La tensión seguía ahí, pero ya no era volcánica, era más bien una decepción sorda, una de esas nubes que no descargan tormenta pero te dejan el día fastidiado.
— Muy bonito, Paco. Muy poético todo. Pero ahora tenemos un problema. Un problema de trescientos euros al mes y una cuenta corriente que tiene menos alegría que un entierro de tercera. ¿Qué pensabas hacer? ¿Seguir mandándole dinero hasta que la chica se jubile? ¿Esperar a que yo me volviera ciega y no viera la aplicación del banco?
— Pues… no lo sé, Loli. Yo solo pensaba en el mes a mes. Como con todo.
— Pues el “mes a mes” se ha acabado hoy —dijo ella con una firmeza que no admitía réplica—. Porque ahora mismo vas a llamar a Segundo, o a la madre de la criatura, y les vas a decir que el Banco de España, sucursal de la calle Ponzano, ha cerrado el grifo. Que nosotros también tenemos sueños, y el mío ahora mismo es no tener que rezar cada vez que paso la tarjeta en el Mercadona.
Paco agachó la cabeza. Sabía que Loli tenía razón, pero el corazón le pesaba. Le gustaba ser el “tío Paco de Madrid”, el mecenas secreto, el hombre que ayudaba a que la belleza triunfara sobre la miseria de un divorcio suizo.
— ¿Y si le mandamos solo cien? —probó, con la esperanza de un negociador de mercadillo.
— Ni cien, ni cincuenta, ni un paquete de pipas, Paco. Ese dinero se va a ir a una cuenta nueva que voy a abrir yo mañana mismo. Una cuenta a la que tú no vas a tener acceso ni con una orden judicial. La “Cuenta Anti-Paco”. Para que la próxima vez que te sientas mecenas, te acuerdes de que primero tienes que ser mecenas de tu propia mujer, que lleva tres años sin ir a la peluquería de las caras.
La discusión parecía haber llegado a un punto de no retorno, pero en ese momento, el móvil de Paco vibró sobre la mesa. Una notificación de WhatsApp. Loli, más rápida que un rayo, lo cogió antes de que él pudiera pestañear.
— Es un vídeo —dijo ella, con el ceño fruncido—. De Lucía.
Paco sintió que el mundo se detenía. ¿Y si el vídeo era Lucía dándole las gracias por los trescientos euros? Estaba muerto. Enterrado. Con el tutú puesto.
PARTE 3: EL VÍDEO DE LA DISCORDIA Y LA REBELIÓN DE LOS TUTÚS
Loli pulsó el botón de reproducción con una solemnidad que daba miedo. El silencio en la cocina era absoluto, solo roto por el suave zumbido de la nevera, que parecía contener el aliento junto con ellos. En la pantalla del móvil, apareció Lucía. Estaba en una sala de ensayo luminosa, de esas que tienen espejos que van del suelo al techo y que te hacen sentir gordo solo con mirarlos por la tele. La chica estaba sudada, con unos mechones de pelo escapándosele del moño, pero tenía una luz en los ojos que traspasaba la pantalla.
— ¡Hola, tío Paco! ¡Hola, Loli! —dijo la chica con una voz que era una mezcla deliciosa de acento madrileño y cadencia británica—. Sé que es muy temprano allí, pero no podía esperar para daros la noticia. ¡Me han dado la beca completa para el próximo año! ¡Completa! ¡Cubre las clases, el alojamiento y hasta las zapatillas!
Paco sintió que el aire volvía a sus pulmones de golpe. Miró a Loli de reojo. Ella seguía con los ojos fijos en el vídeo, pero la comisura de sus labios había dejado de apuntar hacia el suelo.
— Ya no tenéis que preocuparos más por lo que me mandabais —continuó Lucía, y su voz se volvió un poco más seria, más madura—. Sé el esfuerzo que habéis hecho. Mi abuelo Segundo me contó que a veces tenías que hacer malabarismos para que Loli no se diera cuenta de que me estabas ayudando. Tío Paco, gracias por creer en mí. Y tía Loli, perdona por el secreto, pero prometo que cuando debute en el Royal Opera House, el primer brindis será por vosotros. ¡Os quiero mucho! ¡Madrid manda!
El vídeo terminó con Lucía lanzando un beso a la cámara y haciendo una pirueta perfecta que la dejó clavada en el sitio como si fuera de mármol. Loli dejó el móvil sobre la mesa con una suavidad que Paco no esperaba. Se quedó mirando la pantalla negra durante un buen rato, mientras Paco se revolvía en la silla, sin saber si saltar de alegría o pedir perdón por vigésima vez.
— Así que… beca completa —dijo Loli finalmente. Su voz ya no era gélida, era más bien… pensativa.
— ¡Beca completa, Loli! ¿Has oído eso? ¡La niña es una fiera! —Paco se puso de pie, entusiasmado—. ¡Lo ves! ¡Te dije que era una inversión! ¡Había que aguantar el tirón hasta que se dieran cuenta del talento que tiene la sobrina-nieta!
Loli levantó una mano para cortarle el discurso.
— Un momento, Francisco. Un momento. ¿Has oído lo que ha dicho la niña? “A veces tenías que hacer malabarismos para que Loli no se diera cuenta”. O sea, que Lucía lo sabía. Segundo lo sabía. La madre de la criatura lo sabía. ¡Toda Europa sabía que me estabas tomando el pelo menos yo! ¡Me habéis dejado como la tonta del bote de la familia García!
— ¡No, mujer, no digas eso! —protestó Paco, dándose cuenta de que acababa de meterse en otro charco—. Es que Segundo decía que tú eres muy práctica, muy de tener los pies en el suelo, y que te ibas a agobiar con los gastos. Era para protegerte del estrés, Loli. ¡Por tu salud!
— ¡Por mi salud dice el tío! ¡Lo que me quita la salud es que me trates como si fuera la cajera de una sucursal que no se entera de los chanchullos que hace el director! —Loli se cruzó de brazos, pero esta vez no había furia, había una especie de orgullo herido—. Me habéis dejado fuera de una cosa bonita. De ayudar a la niña. Me habéis robado el derecho a ser generosa por mi cuenta.
Paco se quedó callado. Esa perspectiva no se le había pasado por la cabeza. Él siempre había visto a Loli como la “guardiana del tesoro”, la que decía que no a todo para que pudieran llegar a fin de mes. Nunca pensó que a ella también le gustaría ser parte del sueño de Lucía.
— Tienes razón, Loli. Soy un burro. He hecho las cosas fatal —dijo Paco con sinceridad—. Debería habértelo dicho desde el primer euro. No porque fueras a decir que no, sino porque eres mi mujer y esto era una cosa de los dos.
Loli soltó un suspiro largo y se sentó de nuevo. Miró el café frío y la tostada quemada de Paco.
— Pues sí que eres un burro, sí. Un burro de carga que se cree muy listo. Pero bueno… al menos la niña tiene talento. Esa pirueta final… ni la Tamara Rojo en sus mejores tiempos. Se nota que tiene la disciplina de los Martínez y el empuje de los García.
— ¿Entonces… no me vas a tirar las camisas por el patio? —preguntó Paco con una sonrisa tímida.
— De momento no. Pero el castigo no te lo quita nadie. La “Cuenta Anti-Paco” se abre mañana igualmente. Y esos trescientos euros que ya no van a Londres, se van a ir directos a un fondo para las vacaciones en las Canarias. Pero de las de hotel bueno, ¿eh? Nada de apartamentos con cucarachas y cocina compartida. Quiero buffet libre y masajes de los que te dejan como un flan.
— ¡Lo que tú digas, jefa! ¡A las Canarias de cabeza! ¡Y a la peluquería de las caras si hace falta!
Paco se sintió el hombre más afortunado de Madrid. La tormenta había pasado y, contra todo pronóstico, no había habido víctimas mortales ni divorcios exprés. Pero Loli todavía tenía una carta en la manga.
— Y otra cosa, Paco.
— Dime, cariño. Lo que quieras.
— Vamos a llamar a Lucía. Pero no para felicitarla. La vamos a llamar para decirle que a partir de ahora, su contacto en Madrid soy yo. Que cualquier cosa que necesite, me la pida a mí. Y que a ti te deje para que le mandes recortes del Marca y fotos de lo que comes, que para las finanzas ya estoy yo, que tengo más luces que tú y tu primo Segundo juntos.
Paco asintió con fervor. Estaba dispuesto a aceptar cualquier condición con tal de recuperar la paz doméstica.
— Por cierto, Loli… —dijo Paco mientras volvía a su tostada, ahora ya totalmente fría—. Si la niña tiene beca completa… ¿eso significa que los trescientos euros de este mes que ya le había mandado… los podemos recuperar?
Loli le miró con una expresión que era mitad ternura, mitad ganas de darle un capón.
— Esos trescientos euros se los va a quedar la niña para que se compre un vestido decente y se vaya a celebrar la beca con sus amigas. Que bastante ha tenido que aguantar sabiendo que su tío abuelo era un “estafador doméstico”. Y tú, cómete la tostada de una vez, que me estás poniendo nerviosa con tanto ruidito.
Paco mordió la tostada carbonizada. Le supo a gloria. El domingo volvía a ser domingo, y aunque su cuenta corriente seguía tiritando, el ambiente en la cocina de la calle Ponzano volvía a ser el de siempre: una mezcla de quejas, cariño mal disimulado y el aroma de un café que, por fin, Loli se dispuso a calentar.
Sin embargo, justo cuando Paco iba a encender la tele para ver la previa del partido, el móvil de Loli, que estaba cargando en la encimera, emitió un pitido. Paco se quedó helado. ¿Otro secreto? ¿Otra Lucía? ¿O quizá Segundo metiendo la pata por enésima vez?
Loli se acercó al móvil con curiosidad.
— Es un mensaje de mi hermana —dijo ella, con el ceño fruncido—. Dice que su hijo, el pequeño, quiere montar una empresa de calcetines ecológicos y que si podemos “invertir” algo para empezar.
Paco se atragantó con la tostada. Miró a Loli con ojos suplicantes.
— Ni se te ocurra, Loli. Ni se te ocurra. Que los calcetines ecológicos los carga el diablo.
Loli sonrió, una sonrisa traviesa que a Paco le dio más miedo que el descubierto bancario.
— No sé, Paco… es familia. Y es una inversión. ¿No decías tú que había que apoyar el talento?
PARTE 4: CALCETINES, CANARIAS Y EL ARTE DE LA NEGOCIACIÓN MATRIMONIAL
Paco se quedó con la boca abierta, un trozo de tostada carbonizada suspendido peligrosamente cerca de su barbilla. La ironía de Loli era un arma de destrucción masiva, y él estaba justo en el centro de la zona de impacto. Se dio cuenta de que su mujer acababa de darle la vuelta a la tortilla con una maestría que ni el mejor cocinero de la calle Ponzano.
— ¡Loli, por lo que más quieras, no me compares a Lucía con tu sobrino el “influencer”! —protestó Paco, recuperando el habla—. Lucía se mata a ensayar diez horas al día en Londres, que tiene los pies que parecen un mapa de carreteras de tanto esfuerzo. Tu sobrino lo único que hace es grabarse haciendo el tonto en el salón y decir que su trabajo es “crear contenido”. ¿Qué contenido va a crear con unos calcetines de algas? ¡Si no ha trabajado en su vida!
Loli se apoyó en la encimera, disfrutando del momento. Ver a Paco entrar en pánico por su propia lógica era el mejor postre para una mañana de tensiones.
— Pues dice mi hermana que son el futuro, Paco. Que se hacen con fibra de bambú y que no huelen aunque los lleves puestos una semana. Dice que es una inversión ecológica, sostenible y muy moderna. Justo lo que le gusta a la gente de ahora.
— ¡Pues que invierta ella! ¡O que le pida el dinero a su marido, que para eso se compró el Mercedes ese que no cabe en el garaje! —Paco empezó a gesticular con el cuchillo de la mantequilla—. Escúchame bien, Dolores. La “Cuenta Anti-Paco” se abre para las Canarias. Para el masaje de flan. Para que tú te pongas guapa. No para que el niño de tu hermana se compre un iPhone nuevo diciendo que es para la logística de los calcetines.
Loli soltó una carcajada que esta vez sí era de verdad, una risa que disipó los últimos restos de la nube gris que había cubierto la cocina. Se acercó a Paco y le dio un palmetazo cariñoso en la nuca, ese gesto que en Madrid equivale a un “te quiero, pero eres un animal”.
— Que sí, tonto. Que ya lo sé. Mi hermana se cree que somos el Banco de España desde que vio que te compraste las zapatillas esas de marca para ir al gimnasio al que luego no vas. Ya le he dicho que nosotros estamos en plan de austeridad severa hasta que veamos a Lucía en el Teatro Real.
Paco suspiró aliviado, dejando caer los hombros con una pesadez de siglos.
— Menos mal, Loli. Menos mal. Me habías asustado. Pensaba que nos íbamos a quedar sin vacaciones por culpa del bambú.
— Lo que nos vamos a quedar es sin tostadas si no limpias las migas que has dejado por toda la mesa —dijo ella, cogiendo una bayeta—. Venga, vete al salón a ver tus goles, que ya he oído que el Madrid ha ganado con un gol en el último minuto, para variar. Así te pones de buen humor y no me discutes cuando te diga lo que nos va a costar el tinte de la peluquería esta tarde.
Paco se levantó, pero antes de salir de la cocina, se detuvo y miró a Loli. Ella estaba allí, limpiando la formica con la misma determinación con la que llevaba gestionando sus vidas durante treinta años. Se dio cuenta de que, a pesar del susto de Lucía, del dinero secreto y de las discusiones, Loli era el verdadero motor de todo. Sin ella, Paco probablemente estaría viviendo en un hostal de mala muerte o intentando vender calcetines de algas en un semáforo.
— Oye, Loli… —dijo Paco con voz suave.
— ¿Qué pasa ahora? ¿Se te ha olvidado dónde está el mando de la tele?
— No. Es que… gracias. Por no haberme echado de casa. Y por lo de Lucía. Eres la mejor jefa de finanzas que ha tenido nunca un Martínez.
Loli se detuvo, con la bayeta en la mano, y le miró con esos ojos que, a pesar de las gafas de cerca, seguían siendo los mismos que le volvieron loco en las fiestas de San Isidro del ochenta y seis.
— Anda, vete de aquí antes de que me arrepienta y te mande a dormir al sofá por el resto del mes. Y que sepas que el primer día en las Canarias, la primera ronda de margaritas la pagas tú de tu “presupuesto para el Marca”.
Paco salió de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo su característico “chof-chof” con las zapatillas. Entró en el salón, se desplomó en el sofá de escay y encendió la tele. Los resúmenes de la jornada empezaban a desfilar por la pantalla, pero Paco no podía dejar de pensar en el vídeo de Lucía.
“Madrid manda”, había dicho la chica. Y Paco, mirando las paredes de su piso en Chamberí, pensó que sí, que Madrid mandaba, pero que en su casa, la que mandaba de verdad, con corona de rulos y cetro de bayeta, era Loli. Y gracias a Dios por eso.
Unas horas más tarde, mientras Paco roncaba suavemente durante la siesta, Loli seguía en la cocina. Había vuelto a abrir la aplicación del banco. Miró el saldo, suspiró y luego, con una sonrisa traviesa, hizo un movimiento que Paco no vería hasta dentro de un mes.
— “Transferencia puntual. 100 euros. Concepto: Varios. Beneficiario: Loli. Motivo: Porque yo lo valgo”.
Cerró la tablet, se terminó el café, que ahora sí estaba caliente, y se fue a preparar la ropa para el lunes. El secreto de Lucía se había acabado, pero el arte de la “inversión” en el bienestar propio acababa de empezar para la nueva administradora de la calle Ponzano. Al fin y al cabo, si Paco podía ser mecenas de la danza clásica, ella podía ser mecenas de su propia felicidad, que también era una forma de arte, y mucho más necesaria para la supervivencia del matrimonio.
El domingo llegaba a su fin en Chamberí. El gris del cielo se había transformado en un azul oscuro y profundo, y el ruido de la ciudad empezaba a calmarse. En el cuarto derecha del número 12, el orden se había restablecido. Lucía seguía en Londres soñando con el Royal Opera House, el sobrino seguía con sus calcetines de bambú y Paco seguía siendo Paco. Pero ahora, bajo el techo de los Martínez-García, no quedaban cuentas secretas, solo el murmullo de una pareja que, a pesar de las transferencias y los malentendidos, seguía sabiendo que la mejor inversión de sus vidas habían sido ellos mismos, hace treinta años, en un rincón cualquiera de Madrid.