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EL ÚLTIMO BANQUETE EN LA TABERNA CENTENARIA

El sonido metálico fue ensordecedor, definitivo y escalofriante. Un clac pesado, como el de la guillotina al caer, reverberó contra las paredes de piedra desnuda y los techos abovedados de la taberna más antigua de Madrid. Eran las once y media de la noche. Fuera, la lluvia de noviembre azotaba los adoquines del Barrio de las Letras, pero dentro de “La Taberna de los Olvidados”, el silencio que siguió a aquel sonido fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo de trinchar.

Doña Cayetana de Alba y Castro, marquesa consorte y figura indiscutible de la alta sociedad madrileña, dejó caer su copa de cristal de Bohemia. El vino tinto, un Vega Sicilia del 82, se esparció por el mantel de lino inmaculado como una herida abierta sangrando a borbotones.

—Alejandro, querido, ¿qué ha sido ese ruido? —preguntó con una voz que intentaba sonar casual, pero que temblaba en los bordes. Su mirada, adornada con diamantes que valían más que todo el edificio, se dirigió al anciano dueño del local.

Don Alejandro no respondió. Sentado en la cabecera de la inmensa mesa de roble macizo, con sus ochenta años pesándole sobre los hombros, se limitó a sonreír. No era la sonrisa afable del tabernero que los había servido durante décadas. Era una mueca rígida, cadavérica. Sus ojos, habitualmente chispeantes, estaban fijos en un punto ciego en el centro de la mesa.

—¿Alejandro? —insistió el Ministro de Economía, don Roberto Vargas, aflojándose el nudo de su corbata de seda—. Si es una de tus bromas teatrales para despedir el local, te ruego que la termines. Tengo un vuelo a Bruselas a las seis de la mañana.

Fue entonces cuando el magistrado del Tribunal Supremo, Julián Herrero, se levantó de su silla tallada y caminó hacia la puerta principal de madera de roble, reforzada con hierro forjado. Agarró el picaporte de bronce. Tiró. Nada. Volvió a tirar, esta vez con la fuerza del pánico incipiente. La puerta, que había permanecido abierta al público durante cien años, estaba sellada.

—Está cerrada con llave por fuera —murmuró el magistrado, volviéndose hacia los otros once invitados—. Y no solo eso. Han bajado una persiana de acero macizo. Lo acabo de ver por la rendija.

Un murmullo de indignación y sorpresa recorrió la sala. Doce personas. Doce pilares de la política, las finanzas, el arte y la aristocracia española, reunidos en secreto para celebrar el cierre del refugio privado donde habían cerrado tratos millonarios y ocultado escándalos durante décadas.

—¡Esto es un secuestro! —gritó el joven banquero, Ignacio Salazar, sacando su teléfono móvil del bolsillo de su chaqueta hecha a medida—. Llamaré a la policía. El Comisario General es íntimo amigo de mi padre.

Ignacio deslizó el dedo por la pantalla. Su rostro, hasta entonces bronceado por el sol de Marbella, palideció drásticamente.

—No hay señal. Nada. Cero cobertura.

—Es imposible, en pleno centro de Madrid… —susurró la famosa actriz de cine, Elena Montes, abrazándose a sí misma a pesar del calor que emanaba la antigua chimenea de leña.

De repente, una voz ronca y distorsionada comenzó a sonar. No provenía de Don Alejandro, quien seguía inerte, casi congelado en su asiento. Venía de los viejos altavoces ocultos entre las botellas de coñac centenario en las estanterías de madera.

“Bienvenidos, ilustres invitados, al último banquete”, rasgó la voz el aire pesado de la sala. “No intenten salir. Las paredes de esta bodega tienen un metro de grosor. Las ventanas traseras fueron tapiadas ayer. Los teléfonos están inutilizados por un inhibidor de frecuencia de grado militar oculto bajo el suelo que pisan. Nadie sabe que están aquí, porque todos ustedes, en su arrogancia, pidieron absoluta discreción a sus chóferes y familias para asistir a esta cena clandestina”.

El Ministro Vargas golpeó la mesa con el puño. —¡¿Quién coño eres?! ¡Exijo que abras esta puerta inmediatamente! ¡No tienes idea de con quién te estás metiendo!

La voz del altavoz soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. “Oh, créame, don Roberto. Sé exactamente con quién me meto. Me meto con el hombre que firmó la orden de demolición del orfanato de San Blas en 1986. Me meto con el Magistrado Herrero, que archivó el caso de las desapariciones. Me meto con Cayetana, que financió la tapadera. Los conozco a todos. Conozco cada pecado que han enterrado bajo sus trajes de diseño y sus títulos nobiliarios. Han pasado cuarenta años. Cuarenta largos años desde aquella noche de San Juan del 86”.

Al escuchar la fecha, el color desapareció de los rostros de los doce comensales de manera casi simultánea. El silencio que se hizo a continuación ya no fue de confusión, sino de terror puro, absoluto y paralizante.

“Uno de ustedes, sentado en esa misma mesa, es el verdugo”, continuó la voz implacable. “Uno de ustedes es mi cómplice. Y esta noche, antes de que el reloj marque el amanecer, la sangre que derramaron hace cuatro décadas será cobrada. Nadie saldrá de aquí vivo hasta que el verdadero culpable de la masacre de San Blas confiese… o hasta que todos mueran ahogados en sus propias mentiras. Disfruten del postre”.

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