El padre se llamaba Francisco, la madre se llamaba Herminia. Y cuando nació la pequeña Isabel en abril de 1919, fueron dos meses de alegría tibia en una casa que esperaba un hijo varón y se había encontrado con otra niña. A Isabel la trataron al principio como se trataba entonces a las niñas, vestidos, cintas en el pelo, lecciones de catecismo, pero algo desde muy temprano no terminaba de funcionar.
La niña se quitaba los lazos, no quería ponerse los zapatos blancos. Cuando jugaba con los otros niños del pueblo, prefería estar con los varones, corriendo por los cafetales, subiéndose a los árboles, peleando con palos como si fueran espadas. Y cuando llegaba a casa con la ropa rasgada y las rodillas sangrando, Herminia la miraba como se mira a un enigma incómodo y le decía, “Tú no eres como las otras niñas.
” Lo decía sin cariño, lo decía con miedo. Hay un detalle de aquellos años recogido en las pocas entrevistas que Chabela dio sobre su infancia, que cuenta más que cualquier otra cosa. Cuando los vecinos venían de visita, cuando se acercaba a alguien importante, sus padres la escondían literalmente.
La metían en el cuarto del fondo. Le decían que se quedara callada, que no saliera. Le tenían vergüenza. una vergüenza específica, una vergüenza que no sabían explicar, pero que sentían cada vez que miraban a su propia hija. Esa niña con esa forma de mirar, con esa manera de moverse, con esa voz grave que ya tenía a los 5 años, una Honduras que asustaba.
Esa niña no era lo que ellos esperaban. Esa niña era un problema. Y un día, alrededor de 1926, los padres tomaron una decisión. Hicieron una maleta pequeña con la ropa de Isabel. Metieron dentro una foto de ellos dos doblada por la mitad. Le dijeron a la niña que se iba a casa de unos tíos por unos días.
Subieron a un tren, llegaron a otra casa, dejaron la maleta en el suelo, dejaron a la niña al lado de la maleta y se fueron. No volvieron en una semana, no volvieron en un mes, no volvieron en un año, no volvieron nunca. Aquí, antes de seguir, hay que detenerse porque esto es lo más brutal de toda la historia y merece toda la lentitud que merece lo brutal.
No hubo guerra, no hubo pobreza extrema, no hubo enfermedad terminal, no hubo catástrofe que justificara aquella decisión. Francisco y Herminia Vargas Lisano simplemente eligieron no quedarse con su hija. La trasladaron, como se traslada, un mueble incómodo. La depositaron en otra casa, como se deposita un paquete, y siguieron con sus vidas como si nunca hubiera existido.
¿Qué precio tiene eso? ¿Qué precio paga una niña de 7 años cuando se da cuenta, mes tras mes, de que las dos personas que la trajeron al mundo no van a volver a buscarla? ¿Qué precio paga un cuerpo pequeño cuando entiende por primera vez que el amor no es algo que te toca por nacer, sino algo que te puede ser retirado sin explicación? Chabela Vargas pasó el resto de su vida intentando responder a esa pregunta.
La buscó en el alcohol, la buscó en los amores imposibles, la buscó en las cantinas de Ciudad de México y en los hoteles vacíos de México y en las habitaciones donde dormía sola con un vaso de mezcal sobre la mesilla. La buscó en cada canción de desamor que cantó, porque el desamor era el único lenguaje que su cuerpo había aprendido a hablar de niña.
Nunca la encontró, nunca supo por qué la habían dejado. Pero esa búsqueda, esa búsqueda desesperada y hermosa de una respuesta que nadie le iba a dar es lo que produjo todas sus canciones. Cada vez que Chabela cantaba Macorina, cada vez que cantaba Paloma Negra, cada vez que cantaba la llorona, lo que estaba cantando debajo de las palabras, era esa misma pregunta.
¿Por qué te fuiste sin decirme nada? ¿Por qué me dejaste? ¿Cómo se aprende a vivir cuando los primeros que se fueron fueron los que tenían que quedarse? Hay una frase que Chabela repitió toda su vida, en cada entrevista, en cada documental, cada vez que alguien le preguntaba por su infancia. Una frase corta, sin adornos, dicha con esa voz suya que parecía hablar desde el fondo de una cueva.
La frase es esta: “Yo no tuve infancia, tuve una maleta.” Una maleta, una maleta pequeña de cuero gastado con la ropa que sus tíos le habían dado los primeros días, porque la que sus padres habían dejado se le había quedado pequeña enseguida. Dentro de esa maleta había una foto, la foto de Francisco y Herminia doblada por la mitad.
Chabela la guardó toda su infancia. La llevó consigo cuando los tíos la enviaron a una escuela. La llevó cuando años más tarde cogió el barco rumbo a México. La llevó hasta el final. Pero hay un detalle. Un detalle que aparece en uno de los pocos testimonios fiables sobre su niñez y que es Chabela entera. Nunca la miraba. La foto estaba ahí, doblada, cerrada, sin abrir, como una herida que se sabe que existe, pero que no se quiere ver toda su vida.
Chabela tuvo aquella foto y nunca la desdobló. Toda su vida llevó dentro de sí mismo el rostro de los dos seres humanos que la habían abandonado. Y nunca pudo, ni de adulta, ni de famosa, ni de vieja, soportar volver a verlos. Esa foto doblada que no se mira es la imagen más exacta que hay de la herida central de Chabela Vargas, la herida que la convirtió en quién fue y la herida que nunca se le cerró.
En la casa de los tíos, en aquel pueblo de Costa Rica, que ya no era el suyo del todo, la niña Isabel se hizo adolescente. Los tíos no eran malas personas, pero tampoco eran sus padres. Le daban de comer, le daban un techo, la mandaban al colegio, pero la trataban con una distancia educada, como se trata a un huésped que se queda más tiempo del previsto.
Y la niña aprendió muy pronto que los afectos son frágiles, que pueden retirarse sin previo aviso, que confiar en que alguien se va a quedar es la primera estupidez que un cuerpo aprende a no cometer. que nadie supo en aquella época. Lo que ni siquiera la propia Isabel se atrevía a nombrar todavía era que dentro de ella había algo más, algo que se sumaba al abandono y lo complicaba todo.
Le gustaban las mujeres, le habían gustado siempre, desde que tenía memoria, antes incluso de tener palabras para nombrarlo. forma en que una vecina caminaba, el cuello de una compañera de escuela, la risa de una mujer adulta que llegaba al pueblo en coche y se quedaba un fin de semana. Eso le hacía algo por dentro que ella no podía explicar y que no se atrevía a contar, porque sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho con esas palabras, que aquello era exactamente lo que sus padres habían intuido en ella desde niña. Aquello era lo que le tenía
vergüenza. Aquello era la razón secreta y nunca confesada por la que la habían dejado. Crecer así con esa certeza no demostrada, pero permanente es lo que más adelante explicaría todo. La forma de Chabela de cantar el desamor, su rabia escondida detrás del mezcal, su incapacidad para creer, ni siquiera en los momentos de mayor éxito que alguien la quería de verdad y por mucho tiempo.
Cuando una niña aprende a los 7 años que ni sus propios padres pudieron quedarse con ella, no hay después en su vida un solo amor adulto que pueda convencerla del todo de que se va a quedar. Pero aquí ocurre algo importante y hay que decirlo claro porque va a marcar todo lo que viene después.
Chabela no se quebró, se replegó. Sí, aprendió a desconfiar. Sí, empezó a beber muy joven, sí, pero no se rompió por dentro de la manera en que el sistema esperaba que se rompiera. No aceptó ser la niña que sus padres habían rechazado. No aceptó casarse con el primer hombre que le ofrecieran para cumplir el libreto de su pueblo.
No aceptó. Y así, a los 17 años, en 1936, Isabel Vargas Lisano hizo lo único que se le ocurrió, que le iba a permitir seguir viviendo. Cogió aquella maleta de niña con la foto doblada que nunca había mirado. Salió de la casa de los tíos sin avisar a nadie y compró un pasaje para México. México en 1936 era el corazón cultural de toda América Latina.
Era la ciudad a la que iban los artistas que querían existir de verdad, los escritores que huían de pueblos pequeños, los músicos que sabían que ningún otro lugar del continente les iba a dar lo que necesitaban. Era una ciudad enorme, ruidosa, peligrosa, llena de cantinas con olor a tabaco y a mezcal, llena de calles donde se mezclaban los obreros con los pintores, los políticos con los toreros, las prostitutas con las cantantes.
Y a esa ciudad llegó en autobús una muchacha costarricense de 17 años que no conocía a nadie, que apenas tenía dinero para una semana de pensión y que llevaba consigo una maleta y una determinación que ni ella misma sabía todavía de dónde venía. Lo primero fue sobrevivir. Isabel se buscó un cuarto de pensión en el centro histórico, una habitación con una cama de hierro, una mesa, una palangana.
Pagaba con lo poco que había podido reunir. Y cuando se le acabó el dinero, hizo lo que hacían tantas otras mujeres jóvenes que llegaban a México sin contactos. Cantó por la calle, cantó en plazas, cantó en tabernas pequeñas a cambio de un plato de comida y unas monedas y empezó a aprender muy rápido dos cosas.
La primera, que tenía una voz que paraba a la gente cuando empezaba a sonar. La segunda, que en aquella ciudad podía ser por fin lo que en Costa Rica nunca le habían dejado. Empezó a vestirse de hombre, pantalones, botas, camisas anchas. Empezó a fumar puros y a beber tequila. Empezó a presentarse en las cantinas donde la dejaban cantar, no como Isabel, que era el nombre que le habían puesto sus padres antes de irse, sino como Chabela.
Chabela Vargas, un nombre nuevo para una mujer nueva en una ciudad nueva donde nadie sabía de dónde venía y nadie le iba a preguntar por qué no se ponía falda. Era libre por primera vez en su vida y aprovechó esa libertad de una manera que iba a definir todo lo que vino después. Las cantinas son importantes.
Hay que detenerse aquí porque las cantinas mexicanas de los años 40 son el escenario donde se forjó la voz de Chabela Vargas y son un mundo que se ha perdido. No eran teatros, no eran clubes elegantes, eran lugares oscuros con suelos de madera manchados de mezcal, con mesas redondas y sillas desparejadas, con humo de tabaco que se quedaba pegado al techo durante días.
Iba allí gente que no tenía a dónde ir. Iban hombres que llegaban solos a mitad de la tarde y se iban borrachos a medianoche. Iban viudas que no podían permitirse llorar en casa. Ay, iban músicos sin contrato, poetas sin editorial, mujeres que habían sido abandonadas por sus maridos. Y en ese ambiente espeso, lleno de heridas que nadie nombraba, una muchacha vestida de hombre se subía a un pequeño escenario al fondo del local, se ponía un sombrero, se servía un mezcal y empezaba a cantar. Lo extraordinario fue lo que
ocurría en aquellos lugares cuando Chabela cantaba. Los hombres que iban a emborracharse, los hombres que entraban hablando a gritos y golpeando las mesas, se quedaban en silencio. No por cortesía, no porque alguien les hubiera pedido callarse. Se callaban porque no podían hacer otra cosa. Aquella voz les ponía en contacto directo con su propio dolor.
Les abría una herida que llevaban años fingiendo que no tenían. Y descubrían allí en una cantina del centro de México escuchando a una mujer vestida de hombre cantar canciones que normalmente cantaban solo los hombres, que esa mujer cantaba el desamor de los hombres mejor que los hombres. Eso es lo que hacía a Chavela tan irresistible y tan incómoda al mismo tiempo.
Los hombres mexicanos llevaban siglos cantando rancheras de despecho, canciones de mujeres que se habían ido, de amores que habían roto el corazón, de borracheras que duraban hasta el amanecer. Era el género más masculino que existía en el continente. Y de pronto llegaba esta mujer, esta mujer que vestía como ellos, que bebía como ellos.
que cantaba sus canciones como si las hubiera escrito ella misma y lo hacía con una verdad que ningún hombre se atrevía a tocar, porque cuando un hombre cantaba una ranchera de despecho, había siempre debajo de la canción una pose, un orgullo herido, pero protegido. Cuando Chabela cantaba esa misma canción, no había pose, había la pura herida abierta, había el abandono real, había aquella maleta de Costa Rica con la foto doblada que nunca se miraba.
Lo que nadie sabía en aquellas cantinas era de dónde sacaba ella esa autoridad para cantar el dolor. Pero el público lo sentía, lo sentía en los huesos. Y así poco a poco, a lo largo de los años 40 y los primeros años 50, Chabela Vargas dejó de ser una desconocida y se convirtió en algo más, una figura, un personaje del que se hablaba en la noche mexicana, una mujer a la que había que ir a ver al menos una vez antes de morirse.
En unos minutos vamos a descubrir exactamente qué pasó cuando aquella figura empezó a llamar la atención de la gente más importante de México. Y por qué la mujer que iba a convertirse en su mejor amiga, en su amante, en su cómplice, era la pintora más famosa de América Latina. Pero antes hay que entender el escenario, hay que entender qué tipo de mujer era Chabela en aquellos primeros años de fama.
El sarape rojo apareció pronto. No fue casualidad, no fue capricho. El sarape en México era prenda de hombre. Lo usaban los rancheros, los trabajadores del campo, los charros. Las mujeres no usaban zarape y Chabela, una tarde de no se sabe qué año exacto, decidió que ella sí lo compró en un mercado, lo dobló sobre su brazo y la siguiente vez que se subió al escenario lo llevaba puesto, era una declaración, una declaración hecha sin palabras, hecha solo con tela, hecha solo con el gesto de poner sobre los hombros de una mujer una prenda que
la sociedad había decidido que era de hombre. Era Chavela diciendo, sin decirlo, “Yo soy lo que quiero ser y vais a tener que aguantarme.” El zarape rojo se convirtió en su uniforme, en su segunda piel, en la imagen con la que entraban los escenarios durante los siguientes 60 años. Otro detalle que hay que decir porque define a la chavela de aquellos años es lo del mezcal sobre el piano cuando ella cantaba en las cantinas y luego en los locales un poco más grandes a los que empezó a acceder a finales de los 40
vaso de mezcal sobre el piano. No era atrezo, no era pose, era mezcal de verdad. Y ella se lo bebía. Se lo bebía a tragos largos entre canción y canción. Algunas noches se bebía media botella antes del último tema y sin embargo, cuando empezaba a cantar no había temblor, no había arrastre, no había la voz pastosa de una borracha, había aquella voz suya, profunda y limpia, que parecía salir de algún lugar al que el alcohol no podía llegar.
La gente se preguntaba cómo lo hacía. La verdad, la verdad incómoda era que el alcohol no era para cantar. El alcohol era para soportar todo lo demás. ¿Cuánto tiempo puede aguantar una persona viviendo a contracorriente del mundo entero antes de necesitar algo que la anestesie? Chabela aprendió muy pronto la respuesta. No mucho.
El alcohol llegó casi a la vez que el sarape rojo llegó como compañero, como muleta, como una manera de seguir siendo ella misma, sin que el peso de no encajarla aplastara cada noche. Iba a ser su amigo y su enemigo durante 40 años. Iba a darle valor para subirse a escenarios donde nadie como ella se había subido antes y casi iba a matarla.
Pero hay algo que la historia oficial de la música mexicana no recoge, algo que no aparece en los documentales bien peinados, algo que pertenece más a las leyendas de la noche mexicana que a los archivos. Chabela en aquellos años tenía amigos y los amigos que tenía no eran cualquiera. Era el círculo más libre, más brillante y más peligroso de todo México.
Era el grupo de Frida Calo y Diego Rivera. Eran los pintores que estaban inventando la identidad visual del país. Eran los intelectuales que discutían el futuro de la izquierda latinoamericana. Eran las mujeres que habían decidido que su vida no la iba a escribir un marido. Y en medio de aquel círculo, una noche cualquiera de finales de los años 40, en una fiesta en la casa azul de Coyoacán, se conocieron Frida Calo y Chabela Vargas.
Lo que pasó entre ellas durante los años siguientes es una de las historias más bellas y más silenciadas del siglo XX latinoamericano. Hay que contarla con cuidado, porque ni Frida ni Chabela la confirmaron del todo en vida, pero los que estuvieron cerca de ellas la dieron por hecho. Fueron amantes, fueron amigas.
y Seroma Esté fueron algo que en aquella época no tenía nombre exacto, porque la palabra que lo nombraba todavía no se decía en voz alta. Frida ya estaba casada con Diego. Vivía con dolores físicos permanentes, atornillada al corsé que sostenía su columna destrozada. Chabela tenía 25 años menos que el dolor de Frida y 30 años menos que su prestigio.
Pero entre ellas, desde la primera noche hubo un reconocimiento mutuo que no necesitó traducción. Eran dos mujeres que vivían exactamente como querían vivir en un mundo que no se lo permitía, que se encontraran era inevitable. Frida en aquellos años era ya una figura mundial. Su pintura empezaba a viajar por Europa.
Su historia personal, su accidente de tranvía a los 18 años, sus operaciones, su matrimonio tormentoso con Diego era objeto de fascinación. Y Chabela entró en su casa y en su vida, como entra una hermana que llega años tarde. Hay fotografías de aquellos años en la casa azul. Frida en la cama, con sus collares pesados y sus flores en el pelo, riéndose, Chabela al lado con el zarape rojo, sosteniéndole un cigarrillo.
Las dos se quedaron mirándose en algunas de esas fotos durante segundos eternos antes de que el fotógrafo apretara el disparador. Quien las haya visto en vida sabe qué había en esas miradas. Hubo una noche contada años después por la propia Chabela en una entrevista que resume mejor que ninguna otra cosa lo que aquellas dos mujeres significaron una para la otra.
Frida, que llevaba meses muy enferma, le pidió a Chavela que se quedara a dormir en la casa azul. No había nada raro en la petición. Aquellos años, Chavela se quedaba allí muchas veces. Pero esa noche, según contó, Frida le dijo una frase que Chabela repitió hasta el final de su vida. Le dijo, “No te vayas todavía, quédate. Hoy no quiero estar sola.
” Y Chabela se quedó. Se quedó horas. Se quedó hasta que Frida se durmió y luego se sentó en una silla al lado de la cama y la miró respirar. Y entonces entendió, según contó muchos años después, algo que llevaba toda su vida sin entender. Entendió que había aprendido por fin a ser la que se queda. Esa lección, esa lección aprendida al lado de Frida Calo en una habitación de Coyoacán fue probablemente lo más importante que Chabela aprendió en su vida adulta.
La habían abandonado a los 7 años. Había crecido convencida en lo más hondo de sí misma, de que el amor era algo que llegaba para irse. Y de pronto, una mujer enferma le había pedido que se quedara y ella se había quedado. Y descubrió que podía hacerlo, que el patrón se podía romper, que ella, que había sido niña abandonada podía ser ahora persona que acompaña.
Frida murió en 1954. Chabela tenía 35 años. La pérdida fue inmensa y ella nunca la verbalizó del todo. Pero lo que vino después, en los siguientes 20 años de su vida artística, está marcado por aquella ausencia. La intensidad emocional con la que Chabela cantaba el desamor a partir de los años 60 es en buena medida, la herida abierta de Frida Calo.
Hay quien cree que algunas de las versiones más desgarradoras de Macorina que dejó grabadas eran cantadas pensando en ella. Probablemente nunca lo sabremos. Frida no dejó cartas claras sobre eso. Chabela, en vida, jamás lo confirmó del todo. Pero algunos silencios cuentan más que cualquier confesión. Mientras tanto, fuera de la casa azul, fuera del círculo protegido de Diego y Frida, México empezaba a tener un problema serio con Chabela Vargas y ese problema se llamaba la industria de la música.
La industria musical mexicana en los años 50 y los primeros 60 vivía un momento dorado. Los grandes sellos discográficos RCA, Columbia, discos Pirles, controlaban absolutamente todo lo que se grababa, lo que se promocionaba y lo que se ponía en la radio. La música ranchera era el género nacional, era el orgullo del país y la industria tenía muy claro qué tipo de mujer podía vender discos rancheros y qué tipo de mujer no.
La mujer que vendía discos era femenina, llevaba vestidos, se peinaba con tirabuzones o con peinados elaborados, hablaba con voz dulce, cantaba canciones de amor heterosexual, aparecía en las fotografías con un marido o un novio, o, en su defecto, con un padre vigilante. Estaba disponible para la fantasía masculina, pero solo dentro de los límites del decoro.
era, en pocas palabras, exactamente lo opuesto a Chabela. Los productores que iban a verla cantar a las cantinas y a los locales pequeños lo entendían todos en los primeros 5 minutos. Esa mujer no encajaba en nada. No iban a poder venderla a las amas de casa, no iban a poder ponerla en la radio sin escándalo, no iban a poder mandarla a programas de televisión familiar sin que un sensor llamara al estudio 15 minutos después de empezar.
La voz era extraordinaria, eso lo veían, pero la voz en aquella industria no era suficiente. Lo que se vendía era una imagen y la imagen de Chabela era exactamente la imagen que la industria mexicana no estaba dispuesta a vender. La mantuvieron durante años en una situación humillante. le ofrecían contratos pequeños, contratos para grabar discos baratos que iban a circular en los estados pobres de provincia.
La metían en sellos secundarios, la pagaban mucho menos que a sus contemporáneas con la mitad de talento. Le decían una y otra vez en oficinas con paredes de madera y secretarias mecanografiando, que tenía que cambiar, que se pusiera vestido, que dejara el zarape para los conciertos pequeños. que dejara de beber en escena, que cantara canciones más alegres, que se buscara un marido aunque fuera de mentira.
Y Chabela, con esa voz suya grave y lenta, les contestaba siempre lo mismo. Una palabra de tres letras, una palabra que en español significaba lo mismo que en cualquier otro idioma. No, no. Lo que la industria no podía explicarse, lo que volvía locos a los productores que la rechazaban en sus oficinas, era que la gente, contra todo pronóstico, la quería.
La quería de una forma que no se podía controlar desde una sala de juntas. Las grabaciones piratas de Chabela, pasadas de mano en mano en cassettes mal copiadas, se vendían en los mercados. La gente que iba a verla a las cantinas volvía a la noche siguiente con dos amigos. Las pocas emisoras de radio independientes que se atrevían a poner sus canciones recibían cartas de oyentes pidiendo más.
Era un fenómeno paralelo a la industria oficial, una popularidad subterránea que crecía sin permiso y sin promoción. Eso, en lugar de hacer que la industria reconsiderara, la enfureció todavía más. Los productores cerraron filas. Los sellos grandes dejaron de devolverle las llamadas.

Los programas de televisión la borraron de sus listas. Era una mujer que vendía sin ellos y eso para un sistema que se sustentaba en controlar quién podía vender, era una insolencia que había que castigar. Y aquí es donde el silencio se convierte en algo físico, algo que pesa. Porque mientras Chavela seguía siendo en los círculos íntimos una de las voces más respetadas de América Latina, fuera de esos círculos era cada vez más invisible.
Llegaron a finales de los años 60, los años en que muchas de sus contemporáneas se hacían millonarias con discos masivos y giras internacionales con su carrera estancada en los márgenes. Tenía 45 años, tenía 50. Tenía una de las voces más originales que había producido el continente y vivía materialmente peor que cuando había llegado a México con 17 años.
El alcohol, que durante años había sido compañero, empezó a hacer otra cosa, empezó a hacer refugio, empezó a ser una manera de no estar. Hay que decirlo claro, sin moralina, porque el alcoholismo de Chabela Vargas no fue una debilidad de carácter, no fue un vicio, no fue lo que la prensa moralista de aquellos años intentaría vender.
Fue la respuesta de un cuerpo y de una mente que llevaban cuatro décadas aguantando una presión para la que ningún ser humano está diseñado. Fue la anestesia que Chabé la usaba para soportar el peso de vivir, siendo lo que era en un país que no la aceptaba, no la justifica, la explica.
Y es importante que el narrador aquí tome partido porque el sistema que la rechazó, el sistema que durante décadas se negó a darle un escenario digno, una grabación digna, un trato digno, ese sistema tiene una parte de responsabilidad. En cada botella que ella abrió en aquellos años bebía mezcal, bebía tequila, bebía cualquier cosa que pudiera pagar.
empezaba a beber al mediodía y terminaba al amanecer. A finales de los años 60, los amigos que la conocían empezaron a notar que algo se estaba rompiendo. Llegaba tarde a los conciertos, a veces no llegaba. Las pocas grabaciones de aquellos años muestran una voz que, aunque seguía siendo poderosa, estaba empezando a oxidarse.
Y Chabela lo sabía. Sabía perfectamente lo que le estaba pasando, pero no podía parar, porque parar de beber significaba enfrentarse sin escudo a todo lo que el alcohol le había estado escondiendo. Significaba volver a la habitación interior donde estaba la maleta de niña con la foto doblada que nunca se atrevía a mirar.
Y eso en aquel momento era un sitio a donde no podía ir. A principios de los años 70, Chabela tocaba fondo. Ya casi nadie en la industria la llamaba. Vivía de actuaciones cada vez más esporádicas, en lugares cada vez más pequeños. Los amigos del círculo de Frida iban muriendo o iban dejando de buscarla. Diego Rivera había muerto en 1957.
Frida hacía casi 20 años. La generación que la había acogido cuando llegó a México estaba desapareciendo y no había una generación nueva dispuesta a sostenerla. La estaban dejando sola otra vez. Era el segundo abandono de su vida. Y en 1978, después de un año especialmente brutal, Chabela Vargas hizo lo único que se le ocurrió que le iba a permitir seguir viviendo.
Desapareció. No hubo comunicado, no hubo despedida, no hubo entrevista en la prensa, no hubo concierto de cierre, simplemente un día dejó de aparecer. Tenía 58 años. Estaba arruinada. Estaba físicamente destrozada por el alcohol. Pesaba menos de lo que había pesado nunca. y sin que nadie lo supiera, hizo el equipaje, cerró la puerta de su casa de Ciudad de México y se fue a las montañas.
Tepostlán está a unas 2 horas en coche al sur de Ciudad de México, en el estado de Morelos. Es un pueblo viejo encajado entre montañas verticales, montañas que parecen muros. Las casas son bajas, de adobe, con tejados rojos. El aire en Tepostlán es distinto al de la capital. Está más limpio, es más frío al amanecer.
Y en 1978 era el lugar perfecto para desaparecer, porque allí no iba nadie y nadie preguntaba quién eras. Chabel alquiló una cabaña pequeña en las afueras del pueblo. Una cabaña sin teléfono, sin vecinos cercanos, con una sola habitación, una cocina mínima, un patio donde crecían un par de árboles viejos. Y allí, sin avisar a nadie, sin decirle a nadie a dónde se iba, Chabela Vargas se enterró en vida.
12 años. Pero antes de seguir adelante con esos 12 años de silencio, antes de descubrir lo que pasó realmente en aquella cabaña, conviene que sepas que todo lo que estás viendo en este video, toda esta investigación, este tipo de historias de mujeres a las que la historia oficial enterró es exactamente lo que hacemos en este canal.
Si te suscribes ahora, no te vas a perder ninguno de los próximos videos y los siguientes ya están en preparación, pero no te vayas todavía porque lo más impactante de la historia de Chabela está justamente en lo que viene a continuación, en lo que pasó en aquella cabaña. 12 años. 12 años son 4 días, son 104,000 horas, son 6,200,000 minutos.
Son una eternidad cuando llevas 30 años llenando cantinas con tu voz y de pronto te encuentras viviendo en silencio en una cabaña en las montañas. ¿Qué hace una mujer en una situación así? ¿En qué piensa al amanecer cuando se da cuenta de que nadie la espera, de que nadie la va a llamar? de que nadie va a venir a buscarla. Lo que sabemos por las pocas cosas que Chabela contó después es esto.
Los primeros meses fueron los peores. Bebía constantemente, pasaba días sin salir de la cabaña, comía poco, dormía a horas raras. La voz durante aquellos primeros meses se le fue. No físicamente, estaba ahí intacta dentro del cuerpo, pero ella no la usaba. No cantaba ni para sí misma, ni en la ducha, ni mientras hacía cualquier cosa, como si hubiera decidido que aquella parte de ella había muerto, como si estuviera haciendo el luto por la cantante que había sido y que ya no iba a volver a ser.
Y luego pasaron las semanas y luego pasaron los meses y luego llegó el primer año entero sin cantar. Y Chabela en algún momento empezó a sentir el silencio de una manera distinta, no solo como ausencia, también como espacio, como una habitación vacía, donde por primera vez en su vida no había nadie diciéndole quién tenía que ser, sin productores, sin prensa, sin público, sin amigos del círculo de Frida juzgando lo bien o lo mal que estaba envejeciendo su carrera. sola, profundamente sola.
Y por primera vez esa soledad no era el abandono de los 7 años, era otra cosa. Era una soledad elegida. Hay una imagen que conviene fijar bien porque es el corazón de esta parte del video. Chabela, con 60 años sentada en el patio de la cabaña al amanecer con una taza de café entre las manos, mirando como la luz iba subiendo por la pared de la montaña que se levantaba enfrente.
Las montañas de Tepostlán son muros verticales de roca verde. Cuando sale el sol, lo primero que se ilumina es la parte alta. Luego va bajando despacio. Durante una hora, Chabela se sentaba a mirar eso, sin hacer nada, sin pensar en nada concreto, solo mirando cómo la luz tomaba la pared de la montaña. Cómo se canta el dolor ajeno cuando el propio es demasiado grande para pronunciarlo.
Aquellos años en Tepostlán fueron la respuesta. Chabela había pasado 30 años cantando el dolor de los demás. El dolor de los hombres que habían sido abandonados por mujeres, el dolor de los amantes que habían perdido a otros amantes, el dolor general, casi anónimo del desamorculino mexicano. Y ahora, en silencio, sin público, sin escenario, estaba aprendiendo por primera vez a cantar sin canción su propio dolor.
estaba aprendiendo a estar consigo misma, sin la mediación del mezcal y sin la mediación del aplauso. Era el aprendizaje más difícil que había hecho en su vida. En algún momento, alrededor de 1985, sin fecha exacta porque ella nunca la dio, Chabela tomó una decisión, la decisión más importante de toda su vida, más importante incluso que la decisión de irse de Costa Rica con 17 años, más importante que la decisión de cantar en cantinas de hombres, más importante que cualquier elección artística, decidió no beber más.
Conviene decirlo despacio porque es lo que es. Una mujer de 66 años, sola en una cabaña de montaña, sin médicos, sin clínica de desintoxicación, sin grupo de apoyo, sin programa de 12 pasos, sin nadie que la viera, decidió una mañana cualquiera dejar de beber y lo hizo. No lo hizo por la música.
La música en ese momento ni siquiera era ya parte de su horizonte. Llevaba 7 años sin cantar y no tenía intención de volver. No lo hizo por el dinero. No tenía dinero ni esperaba tenerlo. No lo hizo por la fama. Estaba olvidada. Lo hizo, según contó muchos años después, por una razón mucho más sencilla y mucho más radical.
Lo hizo porque después de 7 años en silencio se había dado cuenta de que quería seguir viviendo. Aquí está el momento más importante del video y conviene fijarlo bien porque la historia que se suele contar de Chabela Vargas es la historia del regreso triunfal, la historia de la cantante que volvió a los 70 años y conquistó el mundo.
Esa historia es verdadera, pero es secundaria. La historia central, la que casi nadie cuenta, es esta otra, la de la decisión silenciosa en una cabaña sin testigos de seguir viviendo. La decisión de no rendirse cuando ya no había razón externa para no rendirse, la decisión de quedarse a ah. Esa decisión tomada sola, sin público, sin que nadie aplaudiera, fue el momento más valiente de toda la vida de Chabela Vargas, más valiente que cualquier escenario que pisó después.
Porque para subirse a un escenario hace falta valor, sí, pero también hace falta público. Y aquella mañana en Tepostlán no había público. Había una mujer mayor sola en una cabaña, decidiendo en voz baja que no se iba a morir todavía. 5 años más pasaron antes de que el mundo se enterara de que ella seguía viva. 5 años en los que Chabela, sobria por primera vez en 40 años, empezó a recuperar partes de sí misma que daba por perdidas.
Volvió a cocinar, volvió a leer, volvió a salir a caminar por los senderos de las montañas de Tepostlán. Y un día, lentamente, casi con vergüenza, empezó a cantar otra vez. sola en el patio de la cabaña. Versos sueltos, estribillos que recordaba desde joven. Su voz volvió como vuelven las cosas que han estado mucho tiempo guardadas, más áspera al principio, más lenta, pero también más honda, más verdadera.
La voz que iba a conquistar al mundo a partir de los 70 años no era la voz de los años 50, era una voz que había pasado 12 años en silencio y había salido del otro lado sabiendo cosas que la voz original no sabía. 1991. alguien, un amigo, alguien cuyo nombre la historia no ha conservado con suficiente claridad, alguien que sabía dónde estaba viviendo Chavela y que se había mantenido en contacto durante aquellos años en los que ella no quería ver a nadie, le hizo una propuesta.
Iba a haber una pequeña actuación en Ciudad de México, un local íntimo, no un gran teatro, algo casi privado. Querían saber si ella se atrevía, si quería volver. Chabela Vargas tenía 71 años, llevaba 12 años sin subirse a un escenario. La industria que la había rechazado en los años 60 ya no se acordaba de ella.
Pero algo, una mañana cualquiera de aquel año, la hizo decir que sí. cogió el zarape rojo que había sobrevivido en una caja durante todos los años de Tepostlán, lo dobló sobre el brazo y bajó de la montaña. El concierto fue en un local pequeño del centro de Ciudad de México. Había unas 200 personas curiosos, algún periodista cultural, algunos viejos amigos del círculo artístico que se habían enterado por el boca a boca.
era, en términos comerciales, un evento mínimo. En términos históricos, era el regreso al mundo de una de las voces más originales del siglo XX latinoamericano, después de 12 años de exilio voluntario. Pero nadie en la sala, ni el público, ni los técnicos, ni la propia Chabela, sabía todavía la dimensión de lo que estaba a punto de ocurrir.
salió al escenario despacio. Llevaba el záp rojo sobre los hombros, una camisa blanca, los pantalones oscuros, los zapatos planos, el pelo blanco recogido, la cara sin maquillaje. Cualquiera que hubiera visto fotografías suyas de los años 50 habría tardado un instante en reconocerla.
El cuerpo era más pequeño, las manos más arrugadas, los ojos más hundidos, pero cuando se paró delante del micrófono y miró al público, había algo en aquella mirada que el alcohol y los años de silencio habían pulido en lugar de gastar. una calma absoluta, una autoridad sin esfuerzo, la mirada de alguien que ya ha estado en el fondo del pozo y ha vuelto a subir y por tanto ya no le tiene miedo al pozo.
Hubo un primer acorde de guitarra y luego empezó a cantar. No se sabe con certeza cuál fue la primera canción de aquel regreso. Algunas crónicas dicen que fue Macorina, otras dicen que fue Paloma Negra. Otras hablan de la llorona. Lo que sí se sabe es lo que pasó cuando terminó la primera canción. No pasó nada. El público no aplaudió.
El público no se movió. El público no respiró. Era ese silencio absoluto que solo existe en dos lugares de la vida humana, en los velorios y en los conciertos donde algo sagrado acaba de ocurrir. Chabela esperó, miró al público, el público la miró a ella y entonces la gente empezó a llorar. Las mujeres primero, luego los hombres, no con soyosos, no con escándalo, con un llorar callado, casi avergonzado, de quien no se esperaba ese golpe.
La gente lloraba porque acababa de escuchar a una mujer de 71 años cantar como si la canción dependiera de cantarla bien y como si su vida dependiera de la canción. Lloraban porque acababa de pasar algo en aquella sala que la mayoría no había sentido nunca antes en un concierto. Lloraban porque algo les acababa de ser revelado y todavía no sabían qué era.
Aquella noche, en aquel local pequeño de Ciudad de México, en septiembre de 1991, terminó el exilio de Chabela Vargas. La mujer que había desaparecido a los 58 años acababa de volver a los 71 y ya nada iba a ser igual. Lo que vino después tiene algo de cuento de hadas, escrito por un dios injusto. Porque Chabela Vargas, que había pasado 50 años cantando para que nadie la escuchara, iba a pasar los siguientes 20 años cantando para que la escuchara el mundo entero.
La noticia del concierto se corrió rápido. Periodistas que habían sido testigos del regreso escribieron crónicas. Las grabaciones empezaron a circular. Nuevos productores, esta vez sí llamaron a la puerta y en 1992 llegó la persona que iba a cambiar definitivamente la dimensión internacional de su carrera. Pedro Almodóar la descubrió.
Almodóbar era ya en 1992 uno de los directores más reconocidos de Europa. Tenía debilidad por las mujeres con vidas complicadas. tenía obsesión por las voces que cargaban historia. Y cuando alguien le pasó una grabación de Chabela cantando Piensa en mí, Almodóvar lo entendió de inmediato. Lo que él había estado buscando para sus películas, esa voz exacta que pudiera contener todo el desamor y toda la dignidad y toda la rabia y toda la ternura del mundo en 3 minutos lo había encontrado. La invitó a España, la
presentó al público europeo, la incluyó en sus películas Piensa en mí. se hizo legendaria gracias a la flor de mi secreto. En el último trago hizo llorar a media Europa y de repente una mujer a la que la industria mexicana había desechado durante 40 años se encontró siendo aclamada en los teatros más prestigiosos del continente europeo.
Actuó en el Olimpia de París. El Olimpia era el santuario sagrado de la canción francesa. Allí habían cantado Edith Piaf, Jack Brell, los grandes nombres de la música del siglo XX. Y allí una noche se subió Chabel a Vargas con su zarape rojo. El público parisino, que en su mayoría no entendía las letras de las canciones rancheras, la aplaudió de pie durante 10 minutos antes de que ella empezara a cantar.
Lo entendían sin entender. Sabían quién tenían delante. Actuó en el Carnegy Hall de Nueva York. El Carnegijol, el otro santuario, esta vez del lado anglosajón, lleno hasta arriba, una mujer de 80 años en uno de los escenarios más exigentes del mundo, cantando ranchera mexicana ante un público mayoritariamente americano que se había enterado de su existencia por las películas de Almodóar.
La crítica del New York Times la describió como una de las experiencias más intensas de un escenario en años. Era la frase que 40 años antes la industria mexicana había sido incapaz de pronunciar. Y en torno al año 2000 con 81 años, en una entrevista que iba a aparecer en la revista española Interview, Chabela Vargas hizo lo que nunca había hecho públicamente.
Lo dijo en voz alta. Lo había dicho en privado, lo habían sabido los amigos íntimos, lo habían intuido los millones de personas que la habían escuchado cantar el desamor con esa autoridad antinatural que ella tenía, pero nunca en 81 años de vida había hecho una declaración pública sobre quién era.

Y aquella tarde, en aquella entrevista, cuando la periodista le preguntó por sus relaciones con las mujeres, Chabela contestó sin titubear. Dijo que era lesbiana. Dijo que siempre lo había sido. Dijo que nunca lo había escondido, simplemente nunca lo había explicado porque no tenía que explicárselo a nadie. Y dijo una frase que recorrió a América Latina como un terremoto silencioso.
La frase exacta fue esta. Las mujeres nos pertenecemos unas a las otras. Hay que detenerse aquí porque esa frase merece ser entendida en todo su peso. En el año 2000, en gran parte de América Latina, ser lesbiana seguía siendo un escándalo. Seguía siendo material de chiste cruel, de rechazo familiar, de despido laboral, de violencia callejera.
La Iglesia Católica seguía pronunciándose contra las personas homosexuales con un lenguaje que no había cambiado mucho desde el siglo XIX. Las parejas del mismo sexo no podían casarse en ningún país hispanohablante. Y de pronto, en una revista española de gran tirada, una mujer mexicana de 81 años, una de las voces más importantes de la canción ranchera, el género más asociado al machismo y a la masculinidad tradicional del continente, decía con todas las palabras que era lesbiana, que siempre lo había sido y que las mujeres
se pertenecían unas a las otras. Lo extraordinario, lo que nadie esperaba, es lo que pasó después. No hubo escándalo, no hubo cancelación, no hubo iglesia que pidiera retirar sus discos de las tiendas, no hubo programas de televisión que la borraran de sus listas. No hubo padres que prohibieran a sus hijos escuchar sus canciones.
Ocurrió exactamente lo contrario. Aquella declaración convirtió a Chabela Vargas en cuestión de semanas en algo que ni ella misma esperaba ser. la convirtió en símbolo. Las generaciones jóvenes, las hijas y los hijos del público que la había rechazado en los años 60 la adoptaron de inmediato.
Las mujeres que habían vivido en silencio sus relaciones lésbicas durante toda su vida adulta, vieron en ella a alguien que decía lo que ellas no se habían atrevido a decir. Las mujeres heterosexuales mayores, el público al que se suponía que aquella declaración iba a escandalizar, hicieron exactamente lo contrario de lo que se esperaba de ellas.
La defendieron, la adoptaron, la convirtieron en una abuela honoraria de toda América Latina y el continente entero en el año 2000 descubrió que había vivido 50 años sin escuchar lo que aquella mujer había estado intentando decir desde el principio. Esto es lo más importante que hay que entender y conviene que esta frase se quede grabada.
La sociedad que durante 50 años había intentado silenciar a Chabela Vargas, no la silenció. Llegó tarde. La voz ya era más grande que el silencio. Y cuando por fin la sociedad dejó de empujar, cuando por fin se cansó de fingir que aquella mujer no existía, descubrió con asombro que aquella mujer llevaba toda la vida ahí, que no había desaparecido nunca, que el silencio impuesto durante medio siglo no había conseguido borrarla, solo había conseguido retrasar el momento en que el continente entero entendiera que la había tenido siempre.
Los años siguientes fueron para Chabela una larga reparación histórica. México, el país que la había ignorado, le concedió todos los honores que durante décadas había sido incapaz de darle. recibió la medalla del Bellas Artes. Le hicieron homenajes en el Auditorio Nacional, el escenario más grande del país.
La Universidad Autónoma de México le concedió el doctorado Honoris Causa. España, donde había sido descubierta de nuevo gracias a Almodóar, la nombró ciudadana de honor. Le dieron un grami latino a la trayectoria. cantó delante de presidentes, de reyes, de papas honorarios de la cultura y siguió viviendo parte del año en aquella cabaña de Tepostlán, que la había salvado.
Es importante decir esto último porque mucha gente lo olvida. Chabela nunca dejó del todo Tepostlán. Aquellos 12 años de silencio en la montaña no fueron una etapa que ella borró cuando llegó la fama mundial. fueron, al contrario, el lugar al que volvía siempre. Era ahí donde se reponía entre giras.
Era ahí donde dormía cuando el mundo se le hacía demasiado grande. Era ahí donde, según contaron sus íntimos, sentaba a recibir el amanecer, mirando como la luz subía por la pared de la montaña. Aquella cabaña, que había sido su tumba durante 12 años, se había convertido en su refugio para siempre.
Más adelante vamos a ver qué pasó en sus últimos años y cómo se despidió del mundo una mujer que había aprendido tarde lo que era ser celebrada. Pero antes hay que recordar quién era esta mujer, porque ya no es la niña abandonada en Costa Rica, ya no es la cantante rechazada por la industria, ya no es la borracha encerrada en Tepostlán, es otra cosa.
Es algo que ningún libreto de aquella América Latina Católica de los años 20 había previsto que pudiera existir. Es una mujer libre, vieja y respetada. Las tres cosas a la vez. lo que ningún sistema le había permitido ser. Chabela Vargas siguió cantando hasta los 92 años. Esa cifra leída así parece exagerada, pero es verdad.
Daba conciertos, subía y bajaba escenarios. iba a México, a España, a Argentina, a Cuba. Cantaba con la voz cada vez más rota, pero también cada vez más exacta, porque las canciones de despecho de la vejez no necesitan agudos, necesitan vida vivida. Y de eso ella tenía más que nadie. En sus últimos años, su sola presencia en un escenario era ya un acontecimiento.
Llegaba con bastón. tenía que sentarse en un sillón antiguo que le ponían siempre en el centro de la escena. Pero cuando empezaba a cantar, no había bastón ni sillón ni edad. Había aquella misma voz oxidada por la vida, pero indestructible, diciendo las palabras como si las acabara de descubrir. El 5 de agosto de 2012, en un hospital de Cuernavaca, no muy lejos de aquella cabaña de Tepostlán, que tanto había significado para ella, Chabela Vargas murió. Tenía 93 años.
Lo que pasó después tiene algo de justicia que llega muy tarde y por eso resulta más conmovedora todavía. El presidente de México decretó tr días de luto nacional. Las calles del centro de Ciudad de México se llenaron de flores. Los velatorios se hicieron en el Palacio de Bellas Artes, el lugar más alto que un artista mexicano puede ocupar al morir.
Se celebraron homenajes en La Habana, en Madrid, en Buenos Aires, en Bogotá. Almodóar voló desde Madrid para despedirla y por las calles del Distrito Federal, en aquellos días se vieron mujeres mayores caminando solas con flores en la mano, mujeres de la generación que la había escuchado a escondidas en los años 50. Mujeres que habían comprado sus discos pirata en mercados de provincia, mujeres que la habían defendido cuando nadie la quería.
iban a despedirse de ella como se despide alguien a quien se debe algo importante. ¿Qué precio tiene vivir siendo exactamente quien eres en un mundo que no lo acepta? Ese era el precio. Casi un siglo de vida, 12 años en una cabaña sin testigos. La maleta de niña con la foto doblada que nunca se atrevió a mirar.
Los amores que no pudo nombrar en voz alta hasta los 81 años. Las cantinas donde tuvo que cantar porque los teatros no la querían, las décadas de invisibilidad. Y al final, casi como compensación tardía, un país entero llorándola por las calles, como si entendiera por fin, ahora que ya era demasiado tarde para decírselo a ella, todo el daño que le había hecho durante medio siglo.
Y aquí volvemos al principio. Volvemos a aquella noche de 1991 en aquel local pequeño de Ciudad de México, donde el público no pudo aplaudir porque estaba llorando. Ahora ya sabes lo que cantó. Ahora ya sabes por qué aquella canción fue la más valiente de toda su vida. Porque no era una canción cualquiera, era una mujer que había pasado 12 años en silencio absoluto, 12 años en una cabaña de montaña sin testigos, decidiendo en voz baja que no se iba a morir todavía, y que cuando volvió, cuando bajó otra vez al mundo, no volvió pidiendo perdón, no
volvió suavizando la voz, no volvió disculpándose por haber existido como había existido. Volvió cantando. Volvió cantando con la misma voz grave de siempre, vestida con el mismo zarape rojo de siempre, sin haberse arrepentido de nada. Y el público de Ciudad de México aquella noche entendió por fin lo que durante 50 años no había sido capaz de entender.
Si esta historia te ha tocado, si te has reconocido en alguna parte de ella, si te has acordado mientras la veías de alguna mujer cercana a ti que también pagó un precio por ser quién era, no te puedes perder el video que ya tenemos en el canal sobre Frida Calo. Frida y Chabela compartieron casa, compartieron cama, compartieron la misma rabia contra el mismo mundo.
La historia de Frida es la otra cara exacta de la historia que acabas de ver. Está aquí en el canal y si te has suscrito ahora, no te lo vas a perder. Aquella noche de 1991, cuando el público de Ciudad de México no pudo aplaudir porque estaba llorando, Chabela Vargas bajó del escenario despacio, cogió su zarape rojo, no dijo nada, no hacía falta.
Había pasado 50 años siendo silenciada por un mundo que no la entendía. Y en 3 minutos de canción había dicho todo lo que ese mundo le había impedido decir. Así es como se gana una guerra que nadie te declaró. sobreviviendo el tiempo suficiente para que el mundo entienda que estaba equivocado.