PARTE 1: El anuncio de la tragedia
El sol de mediodía en Madrid no perdona.
Entraba por las rendijas de la persiana del salón de Paco con una saña casi personal.
Era ese domingo de finales de mayo donde el calor ya empieza a avisar de que el verano va a ser un castigo divino.
En la mesa, los restos de una paella que, según Paco, “estaba pasable, pero le faltaba un pelín de fuego al final”.
El silencio que siguió al postre no era un silencio de paz.
Era el silencio que precede a la tormenta en una película de Sergio Leone.
Paco estaba sentado en su sillón de orejas, el que tiene la tapicería ya desgastada por el roce de décadas de siestas.
Tenía un palillo entre los dientes, moviéndolo de un lado a otro con una destreza de cirujano.
Frente a él, Lucía, su nuera, intentaba mantener la sonrisa de Instagram que practicaba frente al espejo.
Javi, el hijo de Paco, sudaba.
Y no era solo por el calor.
Javi sabía que lo que estaba a punto de ocurrir iba a cambiar el curso de la comida familiar.
Lucía dejó el móvil sobre el mantel de hule, con la pantalla hacia arriba, mostrando una foto de una playa con arena blanca y palmeras inclinadas.
—Paco, Concha… —empezó Lucía con una voz que pretendía ser casual pero sonaba a anuncio de perfume.
—Tenemos algo que contaros —añadió Javi, buscando el apoyo de su mujer.
Paco ni siquiera apartó la vista del televisor, donde un programa de reformas de casas en Arkansas parecía absorber toda su atención.
—Si es que os vais a comprar otra freidora de aire, ya os dije que eso es una tontería —gruñó Paco sin soltar el palillo.
—No es eso, suegro —dijo Lucía, tomando aire.
—Este verano nos vamos a Bali.
El palillo de Paco se detuvo en seco.
Fue un microsegundo de parálisis total.
Lentamente, como una torreta de un tanque girando hacia su objetivo, Paco movió la cabeza.
Sus ojos pequeños y expertos en detectar “tonterías modernas” se clavaron en Lucía.
—¿A dónde habéis dicho? —preguntó Paco con una calma que daba miedo.
—A Bali, papá —repitió Javi, intentando suavizar el golpe—. Indonesia.
Paco soltó una carcajada seca, una sola nota de escepticismo puro.
—¿Bali? —repitió Paco—. ¿Pero qué se os ha perdido a vosotros en Bali?
—Es el viaje de nuestra vida, Paco —dijo Lucía, entusiasmada—. Queremos conectar con nuestro yo interior.
—Vuestro yo interior lo que necesita es un buen plato de cocido y dejarse de tonterías —replicó Paco.
—¡Pero si ahí solo hay monos y humedad!
—Hay una cultura milenaria, suegro —intervino Lucía.
—Hay templos, hay una espiritualidad que aquí no entendemos…
Paco se incorporó en el sillón, dejando de lado la desidia.
—Espiritualidad —bufó Paco—. Espiritualidad es irse a Benidorm, a la zona de Levante, y encontrarte el sitio para la sombrilla a las siete de la mañana.
—Eso sí que es un milagro religioso, y no lo de los templos esos de madera.
—Papá, Benidorm está muy visto —dijo Javi con un tono de cansancio.
—¿Visto? —Paco abrió los ojos como platos—. ¿Cómo va a estar visto el paraíso en la tierra?
—En Benidorm tienes el microclima, tienes el arroz a banda, tienes a la gente que habla como Dios manda.
—En Bali no os van a entender ni cuando pidáis un vaso de agua.
—Hablamos inglés, Paco —dijo Lucía, ofendida.
—Inglés… —Paco hizo un gesto de desprecio con la mano—. El inglés para los de Londres.
—Allí os van a ver la cara de turistas desde que bajéis de la avioneta esa de hélice.
—No es una avioneta, es un Boeing de última generación —matizó Javi.
—Me da igual —sentenció Paco—. Os vais a un sitio donde el aire se puede masticar de lo que pesa.
—¿Sabéis lo que es la humedad de verdad?
—La humedad de verdad es cuando te levantas en agosto en Benidorm y la sábana se te queda pegada a la espalda como si fuera una segunda piel.
—Pero eso es humedad con fundamento, humedad de vacaciones.
—Lo de Bali es humedad de selva, de esa que te salen champiñones en las orejas a los tres días.
Concha, la mujer de Paco, apareció desde la cocina con una bandeja de café.
—Déjalos, Paco, que son jóvenes y quieren ver mundo —dijo Concha, aunque su tono indicaba que ella tampoco estaba muy convencida.
—Ver mundo… —Paco se volvió hacia su mujer—. Concha, que se quieren ir a un sitio donde los bichos son más grandes que el gato de la vecina.
—¿Tú sabes la cantidad de vacunas que os tenéis que poner para ir a ese secarral húmedo? —preguntó Paco volviendo al ataque.
—Os van a dejar el brazo como un colador.
—Malaria, dengue, fiebre de esa de los monos…
—Paco, por favor, que no es para tanto —dijo Lucía—. Hay hoteles maravillosos con piscinas infinitas.
—Piscinas infinitas… —se burló Paco—. ¿Infinitas por qué? ¿Porque no tienen borde?
—Eso es un peligro, te descuidas y te caes por el barranco mientras te haces una foto de esas que hacéis vosotros.
—Se llaman “selfies”, suegro.
—Se llaman ganas de jugarse el tipo por un “me gusta” de gente que ni conocéis —sentenció el hombre.
Paco se levantó de su sillón con un quejido de las rodillas.
Se acercó a la ventana y movió un poco la persiana para mirar la calle vacía.
—Iros a Benidorm —insistió—. Que se come mejor.
—En Benidorm te ponen una ración de bravas que alimenta a una familia de cuatro.
—En Bali os van a dar arroz con cosas y hormigas fritas.
—¡No comen hormigas, Paco! —exclamó Javi.
—Eso es lo que os dicen en el folleto —dijo Paco volviéndose—. Pero en cuanto os descuidéis, ¡pum!, insecto en el plato.
—Y os cobrarán veinte euros por el privilegio.
—En Benidorm, por veinte euros, el camarero te llama “caballero” y te pone una jarra de cerveza que está más fría que el corazón de un ex.
Lucía miró a Javi buscando ayuda, pero Javi estaba ocupado intentando no reírse.
—Es que no lo entiendes, Paco —dijo Lucía—. Queremos experiencias nuevas.
—Experiencias nuevas es ir al “Buffet Libre” del hotel Poseidón y ver cómo la gente se pelea por la última gamba gabardina.
—Eso es tensión dramática, eso es aventura.
—Lo de Bali es postureo.
—Mucho “Namasté” y mucha tontería, pero luego estaréis deseando volver para comeros un bocadillo de calamares.
Paco se rascó la nuca y suspiró profundamente.
—¿Y cuánto os cuesta la bromita? —preguntó, temiendo la respuesta.
Javi y Lucía se miraron.
—Bueno… entre los vuelos, el resort y las excursiones… —empezó Javi.
—No me lo digas —le interrumpió Paco levantando la mano—. No me lo digas que me sube el azúcar.
—Con ese dinero os pagáis tres meses en un apartamento en primera línea de playa.
—Con vistas al Mediterráneo, que es el mar donde nació la civilización.
—No ese charco de agua caliente que tenéis allí abajo.
—El Índico no es un charco, Paco —dijo Lucía apretando los dientes.
—Es un océano.
—Un océano lleno de tiburones que no han comido desde la guerra de Vietnam —añadió Paco con una sonrisa maliciosa.
—¿Habéis pensado en los tiburones?
—Seguro que en las fotos de Instagram no salen los tiburones.
—Solo salen las palmeras y las piñas esas con pajitas.
Paco se sentó de nuevo, esta vez en una silla de madera de la mesa del comedor, frente a ellos.
La luz de la tarde empezaba a cambiar a un tono más anaranjado.
—Escuchadme bien —dijo Paco, bajando la voz como si fuera a revelar un secreto de estado.
—Bali es una trampa.
—Una trampa para gente que tiene el móvil demasiado pegado a la mano.
—Allí solo hay dos cosas: influencers y mosquitos.
—Y los influencers son peores, porque al menos a los mosquitos los puedes matar con un manotazo.
—¿Vais a ir a Bali a ver lo que ya habéis visto en el teléfono?
—Eso es como ir al cine a ver una película que ya te han contado.
—Benidorm, en cambio… Benidorm es sorpresa constante.
—Nunca sabes si el que está en la hamaca de al lado es un jubilado de Albacete o un espía ruso.
—Eso es misterio. Eso es vida.
Lucía sacó una libreta de su bolso, intentando ignorar las provocaciones de su suegro.
—Tengo ya la lista de los sitios donde vamos a ir —dijo ella con determinación.
—Ubud, las terrazas de arroz de Tegallalang, el templo de Uluwatu…
Paco la miró como si estuviera hablando en arameo.
—Tegalla… ¿qué? —repitió Paco—. Eso suena a enfermedad de las encías.
—Tegallalang —dijo Lucía con una pronunciación exagerada.
—Donde están los columpios gigantes sobre la selva.
Paco se echó hacia atrás, horrorizado.
—¿Columpios? ¿Vais a ir al otro lado del mundo para subiros a un columpio?
—Pero si aquí en el parque de abajo tenéis tres y no os he visto subir nunca.
—¡Son columpios para fotos, papá! —gritó Javi, perdiendo un poco la paciencia.
—¡Ah! —Paco asintió con sarcasmo—. Columpios para fotos.
—Claro, cómo no se me había ocurrido.
—Cruzar tres continentes para balancearse sobre un precipicio mientras un señor de allí os empuja por un dólar.
—Y luego decís que los de mi generación estamos mal de la cabeza.
La tensión en el salón se podía cortar con el cuchillo del pan.
Concha regresó con los cafés y unas pastas que estaban un poco duras.
—Venga, Paco, deja a los chicos —dijo Concha—. Si ellos son felices yendo a ver monos, pues que vayan.
—Es que no son solo monos, Concha —dijo Paco mirando a su mujer—. Es el concepto.
—Es el concepto de tirar el dinero en sitios donde no te entienden al hablar.
—Donde la Coca-Cola sabe a medicina y el café es aguachirri.
—¿Tú te imaginas a Javi en medio de la selva intentando explicarle a un indonesio que quiere la carne muy hecha?
—Se muere de hambre allí mismo.
—Y Lucía… con lo que ella cuida su pelo.
—Con esa humedad se le va a poner la cabeza como un micrófono de los años ochenta.
Lucía se tocó el pelo, instintivamente, con un gesto de duda que no pasó desapercibido para Paco.
—¡Exacto! —exclamó Paco, señalándola con el dedo—. ¡El “frizz”!
—¿Tú crees que en las fotos de las influencers no hay truco?
—Esas llevan un equipo de peluquería escondido detrás de una palmera.
—Tú vas a llegar allí y vas a parecer la tía abuela Segunda cuando se electrocutó con la tostadora.
Javi soltó una carcajada que intentó transformar en una tos falsa.
Lucía le lanzó una mirada asesina.
—No me importa el pelo, Paco —mintió Lucía.
—Lo que me importa es la experiencia.
—El amanecer en el volcán Batur.
—¿Un volcán? —Paco se llevó las manos a la cabeza—. ¡Pero si eso puede explotar en cualquier momento!
—¿Tú has visto las noticias?
—Los volcanes de allí son como las ollas a presión viejas, que nunca sabes cuándo van a saltar.
—En Benidorm lo más peligroso que te puede pasar es que te pise un “guiri” borracho.
—Y eso se cura con un poco de Reflex y una sonrisa.
Paco se terminó su café de un trago y dejó la taza con un golpe seco.
—Escuchadme, que soy vuestro padre y vuestro suegro.
—Os estáis equivocando de medio a medio.
—Ese viaje es una estafa emocional diseñada por señores que llevan turbante para quitaros los ahorros.
—Iros a Benidorm, que yo tengo un contacto que os deja un apartamento con terraza a precio de risa.
—Y se come mejor. Repito: se come mejor.
—¿Habéis probado alguna vez el “caldero”?
—Eso sí que es una experiencia religiosa, y no el volcán ese que escupe fuego.
Lucía suspiró, cerró su libreta y miró fijamente a Paco.
—Paco, los billetes ya están comprados.
Hubo un silencio sepulcral.
Paco miró a Javi.
Javi asintió tímidamente.
Paco se hundió de nuevo en su sillón, derrotado momentáneamente, pero con una chispa de contraataque en los ojos.
—Comprados… —susurró Paco—. Pues nada.
—Preparad el repelente de elefantes.
—Y no me vengáis luego llorando cuando un mono os robe el móvil y se ponga a subir fotos suyas a vuestro Instagram.
—Porque eso va a pasar.
—Los monos de Bali saben más que los influencers.
—Y tienen más educación.
Paco volvió a encender la televisión.
La batalla por Bali acababa de empezar.
PARTE 2: El contraataque de Benidorm
La noticia de los billetes comprados cayó en casa de Paco como una bomba de racimo.
Durante la siguiente media hora, el suegro no dejó de murmurar para sus adentros mientras fingía ver un documental sobre la migración del ñu.
—Bali… —decía por lo bajo—. Si es que el nombre ya suena a marca de suavizante barato.
Lucía y Javi intentaban recoger la mesa, pero la presencia de Paco en el sofá era como una nube negra que lo cubría todo.
—Suegro, no sea así —dijo Lucía, intentando recuperar el tono amable—. Si quiere, le traeremos un recuerdo.
Paco se giró bruscamente.
—¿Un recuerdo? ¿Qué me vais a traer? —preguntó con desconfianza.
—¿Un cenicero con forma de Buda?
—¿Una camiseta de esas de tirantes que pone “I Love Bali” y que se encoge en el primer lavado?
—No necesito trastos, Lucía.
—Lo que necesito es que tengáis un poco de sentido común, que parece que lo habéis dejado en la mesita de noche.
Paco se levantó de nuevo. No podía estarse quieto.
Cuando Paco se ponía en modo “predicador de la verdad”, necesitaba espacio para gesticular.
—Vamos a analizar esto fríamente —dijo Paco, señalando el suelo del salón como si fuera un mapa estratégico.
—Distancia.
—Para ir a Benidorm, coges el coche, pones un CD de Camilo Sesto o de Estopa, según el humor, y en cuatro horitas estás allí.
—Haces una parada en La Roda para comprar unos miguelitos, estiras las piernas, y ya hueles el salitre.
—¿Para ir a Bali?
—Tenéis que meteros en un tubo de metal con alas durante quince horas.
—Quince horas rodeados de gente que ronca, niños que lloran y una azafata que te da una bandeja con algo que parece comida de astronauta.
—Llegáis allí con las piernas hinchadas como dos jamones de Jabugo.
—Y luego, el “jet lag” ese.
—Que no sabéis si es de día, si es de noche o si sois una reencarnación de una vaca sagrada.
Javi intentó intervenir.
—Papá, es parte de la aventura. El viaje largo te hace valorar más el destino.
—¡Valorar el destino! —exclamó Paco—. Lo que valoras es poder estirar las rodillas sin darle un cabezazo al de delante.
—En Benidorm, te bajas del coche y ya estás en la acción.
—Te pones el bañador, las chanclas, y a la media hora tienes una cerveza fría en la mano.
—Eso es eficiencia vacacional.
Paco se acercó a la estantería y sacó un álbum de fotos viejo, de esos que tienen las hojas pegajosas.
Lo abrió con una solemnidad casi litúrgica.
—Mirad —dijo, señalando una foto amarillenta de los años noventa.
En la foto aparecía un Paco más joven, con un bañador excesivamente corto y una barriga incipiente, abrazado a una Concha con permanente.
Al fondo, se veían los rascacielos de Benidorm recortándose contra el azul del mar.
—Mirad esa estampa —dijo Paco con nostalgia—. ¿Véis esa luz?
—Eso no lo tiene Bali ni aunque le pongan todos los filtros esos que usáis vosotros.
—Eso es el Skyline de la felicidad.
—¿Véis ese edificio de ahí atrás? —preguntó señalando una torre de hormigón—. El hotel Bali.
Lucía soltó una carcajada espontánea.
—¿Se llama hotel Bali, Paco? ¿En serio?
Paco no se inmutó.
—Sí, se llama Bali. ¿Y sabéis por qué?
—Porque los de Benidorm son muy listos.
—Saben que la gente quiere ir a Bali, así que les traen Bali a Alicante.
—Te ahorras el avión, te ahorras las vacunas y tienes el mismo nombre en la puerta.
—Y encima, los ascensores funcionan y no tienes que subir las maletas a lomos de un burro.
Lucía se tapó la cara con las manos, intentando no perder los nervios.
—No es lo mismo, suegro, por Dios.
—Es una copia de hormigón. Lo nuestro es el original.
—El original… —Paco cerró el álbum de un carpetazo—. El original es una selva llena de peligros.
—¿Habéis mirado el tema de los bichos? —insistió Paco, que parecía haber hecho un máster en entomología tropical en los últimos cinco minutos.
—Porque yo he visto reportajes.
—Allí hay arañas que son capaces de robarte la cartera mientras duermes.
—Culebras que se meten por el váter.
—¿Tú te imaginas a Lucía yendo al baño por la noche y encontrándose a una cobra saludándola?
—En Benidorm, lo más raro que te puedes encontrar en el baño es una cucaracha de esas grandes, pero con un buen zapatillazo se arregla.
—A ver quién es el valiente que le da un zapatillazo a una cobra de tres metros.
Javi suspiró, mirando el reloj de la pared. Sabía que la tarde iba a ser larga.
—Papá, vamos a ir a un resort de lujo. Allí no hay cobras.
—Eso es lo que ellos quieren que creas —dijo Paco guiñando un ojo—. Es marketing.
—Te venden la paz y el silencio, pero en cuanto apagas la luz, empieza el festival de la naturaleza.
—Y el ruido. ¡El ruido!
—¿Tú sabes cómo gritan los monos a las cinco de la mañana?
—Es como si tuvieras a una tuna entera debajo de la ventana, pero sin los instrumentos.
—En Benidorm tienes el sonido ambiente de la civilización.
—El camión de la basura a las dos, la música del chiringuito de lejos, el murmullo de la gente paseando…
—Eso te da seguridad. Sabes que no estás solo en medio de la nada.
Paco se paseó por el salón, dándole vueltas al palillo, que ya estaba casi deshecho.
—Y luego está el tema del dinero —añadió, atacando el flanco más débil.
—Habéis dicho que los billetes están comprados, pero ¿y lo demás?
—¿Habéis visto a cuánto está el cambio de la moneda esa que tienen allí?
—Se llaman Rupias, Paco —dijo Lucía.
—Rupias… —Paco saboreó la palabra—. Suena a nombre de tía abuela del pueblo.
—Seguro que llegáis al mercado y por una piña os piden un millón de rupias.
—Y vosotros, como no tenéis ni idea, vais y lo pagáis.
—Os vais a sentir millonarios porque tenéis muchos billetes en la cartera, pero en realidad sois los más pobres del lugar.
—En Benidorm, el Euro es el rey.
—Sabes perfectamente lo que cuesta un café, un helado de dos bolas o una ración de pescadito frito.
—No hay sorpresas. No hay timos.
—Bueno, salvo el de los trileros en el paseo, pero a esos ya los tenemos calados.
Paco se detuvo frente a Lucía y la miró fijamente.
—¿Tú qué vas a comer allí, hija mía?
—Porque yo te veo muy fina con las comidas.
—Que si el aguacate está pasado, que si la leche tiene que ser de avena…
—¿Tú crees que en medio de la selva balinesa vas a encontrar leche de avena?
—Te van a dar leche de coco recién ordeñada y vas a estar tres días sin salir de la habitación.
—Allí lo llaman “la venganza de Bali” o algo así.
—En Benidorm, si te sienta mal algo, es porque te has pasado con el alioli, y eso se soluciona con una buena siesta.
Lucía respiró hondo, tratando de mantener la compostura de “influencer zen”.
—Paco, voy a comer comida orgánica, frutas exóticas que aquí ni existen, y pescado fresco del día.
—Pescado fresco… —Paco se rió con ganas—. El pescado de allí no ha visto un control de sanidad en su vida.
—Ese pez ha estado tomando el sol en la arena antes de que te lo pongan en el plato.
—En Benidorm, el pescado viene de la lonja, con su etiqueta y su garantía.
—Y te lo fríen que da gusto verlo, con un rebozado que es arte puro.
—¡Y el arroz! —Paco levantó la voz—. ¿Cómo podéis ir a un sitio donde el arroz lo hierven sin más?
—Eso es un pecado mortal.
—El arroz tiene que tener su sofrito, su azafrán, su “socarrat”.
—Irse a Indonesia a comer arroz es como irse a Alemania a beber sangría de cartón.
Javi intentó defenderse:
—Tienen el “Nasi Goreng”, papá, que está riquísimo.
—Nasi Goreng… —Paco hizo una mueca—. Suena a nombre de personaje de Star Wars.
—Eso es arroz con sobras, Javi, no me jodas.
—Te ponen un huevo frito encima para disimular y tú te crees que estás comiendo en el Bulli.
Paco se sentó de nuevo, pero esta vez en el borde del sofá, inclinado hacia ellos.
—Mirad, yo no os quiero quitar la ilusión —mentira descarada—. Pero pensadlo bien.
—Todavía podéis cancelar los billetes.
—Seguro que hay una cláusula de esas de “arrepentimiento por consejo de suegro sabio”.
—Os devolvemos el dinero, o perdéis un poco, y con el resto nos vamos todos a Benidorm.
—Yo pago el primer día de restaurante. ¡El primer día entero!
—Vinos incluidos. Y de los buenos, no de los de la casa.
Lucía miró a Javi. La oferta era tentadora en términos económicos, pero su feed de Instagram necesitaba ese viaje.
—No podemos, Paco —dijo Lucía con firmeza—. Ya tenemos las reservas en los hoteles.
—Uno de ellos tiene una habitación que es una burbuja transparente en medio de la jungla.
—Puedes ver las estrellas y los árboles desde la cama.
Paco se quedó mudo unos segundos, procesando la información.
—¿Una burbuja? —preguntó finalmente—. ¿O sea, que dormís en un globo?
—Más o menos —dijo Lucía, sonriendo por primera vez—. Es muy romántico.
—¡Es un invernadero! —gritó Paco—. ¡Vais a dormir en un invernadero!
—¿Pero no os dais cuenta? ¡Os vais a cocer!
—Si aquí con la persiana bajada ya estamos sudando, imagínate metido en un plástico en medio del trópico.
—Vais a amanecer como dos tomates al vapor.
—Y encima, todo el mundo os puede ver.
—Cualquier mono que pase por allí se va a quedar mirando cómo roncáis.
—Eso no es romántico, eso es un programa de telerrealidad para animales.
Paco se levantó y empezó a cerrar las ventanas del salón con un ruido seco.
—En Benidorm, las persianas son de madera, de las de siempre.
—Bajas la persiana, pones el aire acondicionado al mínimo y duermes como un bendito.
—Sin monos, sin burbujas y sin que el sol te despierte a las cinco porque estás metido en un cristal.
—De verdad, Javi, yo no sé qué os enseñan ahora en los colegios.
—Parece que habéis perdido el instinto de supervivencia.
Concha volvió a entrar, esta vez con una botella de anís y unos vasitos pequeños.
—Paco, deja de asustarlos —dijo ella, sirviendo un chorrito—. Que los chicos quieren aventura.
—¡Aventura es intentar aparcar en Benidorm en la segunda quincena de agosto! —replicó Paco cogiendo su vasito—. Eso sí que es adrenalina.
—Lo de Bali es solo… —Paco buscó la palabra adecuada— …postureo caro.
Se bebió el anís de un golpe y chasqueó la lengua.
—Bueno —dijo Paco, cambiando el tono—. Si vais a ir sí o sí, al menos llevados una buena provisión de embutido.
—Que allí el jamón seguro que brilla por su ausencia.
—Y ni se os ocurra beber agua del grifo, que os ponéis verdes en diez minutos.
—Yo que vosotros, me llevaba un par de botellas de Solán de Cabras en la maleta.
—Papá, que no se puede llevar agua en el avión —dijo Javi.
Paco suspiró y negó con la cabeza.
—Veis… si es que ya empezáis con las prohibiciones.
—En el coche a Benidorm puedes llevar lo que te dé la gana.
—Cinco cajas de agua, tres sandías y el gato si hace falta.
—Bali es una dictadura del espacio y la higiene.
—Pero allá vosotros. Luego no digáis que vuestro padre no os avisó.
Paco volvió a encender la televisión, pero esta vez puso el canal del tiempo.
—Mira, mira —dijo señalando el mapa—. Borrasca en el Índico.
—Eso allí significa que os va a llover como si estuvieran tirando cubos de agua desde el cielo.
—Y no llueve un ratito y ya.
—Llueve con mala leche, con viento y con ganas de fastidiarte las vacaciones.
—En Benidorm, si llueve, son cuatro gotas para refrescar el ambiente y que la gente se meta en los bares a gastar dinero.
—Es una lluvia solidaria.
Paco se cruzó de brazos y se hundió de nuevo en su trono.
La semilla de la duda estaba plantada.
Lucía miró su móvil, pero por primera vez en toda la tarde, las fotos de Bali no le parecieron tan brillantes.
Paco sonrió para sus adentros. Sabía que la batalla no estaba perdida.
Todavía quedaba el postre de la cena.
PARTE 3: La logopedia del desastre
Después del café y el anís, la conversación entró en una fase de “tregua armada”.
Sin embargo, Paco no era hombre de dejar las cosas a medias.
Él creía firmemente que su misión en la vida era evitar que su hijo cometiera errores geográficos imperdonables.
—Hablemos del idioma —dijo Paco, rompiendo el silencio tras diez minutos de mirar fijamente un anuncio de detergente.
—Porque vosotros decís que habláis inglés.
—Pero el inglés de academia de aquí no sirve para nada cuando estás en medio de un arrozal.
—¿Cómo se dice en balinés: “Oiga, póngame la tortilla bien cuajada que si no me da angustia”?
Lucía suspiró, dejando su taza de café vacía sobre la mesa.
—Suegro, hoy en día hay aplicaciones para todo.
—Llevo un traductor en el móvil. Hablo al aparato y él lo traduce por mí.
Paco soltó un bufido que hizo vibrar sus bigotes.
—¡El móvil! ¡Siempre el móvil!
—¿Y qué pasa si te quedas sin batería en medio de la selva?
—¿Qué haces? ¿Le haces señas al indonesio con una rama?
—¿Cómo le explicas que tienes una picadura que te está poniendo la pierna del color de una berenjena?
—En Benidorm, el idioma es universal.
—Si quieres algo, gritas un poco más fuerte y el camarero te entiende perfectamente.
—Y si es extranjero, el camarero ya lleva veinte años allí y sabe lo que es un “tinto de verano” mejor que tú.
—Hay una conexión espiritual entre el cliente y el profesional que no te da ninguna aplicación.
Javi intentó relajar el ambiente.
—Papá, en Bali la gente es súper amable. Dicen que son las personas más sonrientes del mundo.
—Claro que sonríen —saltó Paco—. ¡Se están riendo de vosotros!
—Te ven llegar con esos pantalones cortos de explorador y esas cámaras que parecen telescopios…
—Y piensan: “Aquí vienen otros dos a dejarse los ahorros por una foto con una palmera”.
—Yo también sonreiría si viniera alguien a regalarme el dinero por nada.
—En Benidorm, la gente no te sonríe por compromiso.
—Si el de la ferretería está de mala leche, te lo demuestra.
—Y eso es honestidad. Eso es verdad.
—Tú sabes a qué atenerte.
Paco se puso de pie y empezó a escenificar una situación hipotética.
—Imagínatelo, Javi. Estás allí, en un mercado de esos que huelen a incienso y a pescado podrido.
—Quieres comprar un imán para la nevera para traérselo a tu madre.
—El tío te pide diez mil rupias.
—Tú sacas el traductor. El móvil se queda sin cobertura porque un mono se ha comido el cable de la antena del pueblo.
—Empiezas a sudar. La humedad te nubla las gafas.
—El indonesio te mira, sonríe, y te pide otras cinco mil porque te ve cara de despistado.
—Al final acabas pagando el equivalente a una cena de lujo en el Rincón de Pepe por un trozo de plástico que se va a caer en cuanto lo pongas en la puerta del frigorífico.
Paco volvió a su asiento, triunfante tras su pequeña representación teatral.
—En Benidorm, el imán te cuesta un euro. Un euro exacto.
—Y puedes regatear. “Oye, Paco (porque allí casi todos nos llamamos igual), que me llevo tres, hazme precio”.
—Y te lo hace. Porque hay hermandad.
Lucía intervino, ya un poco harta del monólogo.
—No vamos a comprar imanes, suegro. Vamos a comprar artesanía local.
—Tallas de madera hechas a mano por maestros de Ubud.
—Artesanía… —Paco negó con la cabeza—. Eso es madera de pino pintada con betún, Lucía.
—Te la venden como si fuera del árbol sagrado de la vida y está hecha en una fábrica de las afueras hace dos semanas.
—¿Tú sabes lo que pesan esas figuras?
—Os van a cobrar por exceso de equipaje en el avión.
—Vais a pagar más por el transporte que por el muñeco.
—Al final, el Buda ese de madera os va a costar lo mismo que una televisión de cincuenta pulgadas.
Paco se rascó la barbilla, pensando en su siguiente ataque.
—¿Y el tema de los masajes? —preguntó con una sonrisa socarrona.
—He oído que allí te dan masajes por cuatro duros.
—¡Sí! —exclamó Lucía—. Son masajes balineses tradicionales, para equilibrar los chakras.
—Los chakras… —Paco se rió con ganas—. A ti lo que te van a equilibrar es la columna, pero para mal.
—Te coge una señora que pesa cuarenta kilos, se te sube encima de la espalda y te deja como un acordeón desinflado.
—¿Tú sabes la de gente que vuelve de esos sitios con una hernia discal de recuerdo?
—En Benidorm tienes el mejor masaje del mundo: el agua del mar chocando contra tus piernas mientras paseas por la orilla.
—Natural, gratis y sin que nadie te pise las vértebras.
—Y luego, te sientas en la arena y dejas que el sol te haga el resto.
—Eso es salud. Lo de Bali es masoquismo con olor a flores.
Javi miró a su padre con una mezcla de admiración y desesperación.
—Papá, tienes una respuesta para todo, ¿verdad?
—Hijo, es que he vivido mucho —dijo Paco con falsa modestia—. Y he visto a muchos como vosotros volver con la mirada perdida y la cartera vacía.
—Vais buscando algo que ya tenéis aquí, pero con un nombre más raro.
—Queréis “paz mental”.
—La paz mental es despertarse a las diez en un apartamento que huele a café recién hecho y saber que lo único que tienes que decidir en todo el día es si vas a la playa de Levante o a la de Poniente.
—Eso es libertad.
—En Bali tenéis que seguir un itinerario.
—”A las nueve, ver el templo. A las once, ver el arrozal. A las dos, comer el arroz del arrozal”.
—Parecéis militares en una misión de reconocimiento.
—¿Cuándo vais a descansar de verdad?
Lucía intentó una última defensa desesperada.
—Vamos a descansar en el alma, Paco.
—Vamos a hacer un curso de meditación con un monje que vive en una cueva.
Paco se quedó callado un momento, mirando a Lucía como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Un monje en una cueva? —preguntó con voz baja—. ¿Vais a pagar dinero para meteros en un agujero a mirar a un señor calvo?
—Lucía, por el amor de Dios…
—Si quieres ver gente en cuevas, nos vamos a las de Guadix, que al menos tienen aire acondicionado natural y te ponen un plato de jamón al salir.
—¿Meditación?
—Meditación es estar con la caña de pescar en el espigón de Benidorm a las seis de la mañana.
—Mirando el corcho. Sin pensar en nada. Solo tú y el mar.
—Eso sí que es conectar con el universo, y no lo que diga un señor que no se ha duchado en tres meses porque vive en una cueva.
Paco se levantó de nuevo, esta vez para ir a la cocina.
Se oía el ruido de los platos y el murmullo de Concha, que intentaba calmarlo.
—¡Que no, Concha! —se oía decir a Paco desde la cocina—. ¡Que se van a una cueva! ¡Díselo tú, que a mí no me hacen caso!
Paco regresó con un plato de cerezas.
—Tomad, comed algo con vitaminas de verdad, que en el avión solo os van a dar cacahuetes.
Puso el plato sobre la mesa con un golpe de autoridad.
—¿Y habéis pensado en el seguro médico? —preguntó, retomando el hilo sin pausa.
—Porque como os pase algo allí, estáis vendidos.
—Allí los médicos te curan con raíces y rezos.
—¿Tú te imaginas a Javi con una apendicitis y el monje de la cueva intentando operarlo con un palo afilado?
—¡Papá, por favor! —gritó Javi—. Que hay hospitales internacionales de primer nivel.
—Internacionales… —Paco hizo una mueca de duda—. Sí, claro.
—Llenos de gente que habla inglés de ese que vosotros decís.
—Al final, la factura del hospital va a ser más alta que la hipoteca de vuestra casa.
—En Benidorm tenemos el ambulatorio a la vuelta de la esquina.
—Gente de aquí, que te conoce, que te llama por tu nombre.
—”Paco, tómate este paracetamol y no des más la lata”.
—Eso es seguridad social. Eso es bienestar.
Paco se sentó, respiró hondo y miró a su hijo con una tristeza fingida que era pura manipulación emocional de manual.
—Yo solo quiero lo mejor para vosotros —dijo Paco, bajando el tono—. No quiero que tiréis vuestra juventud en sitios donde no os valoran.
—Bali es para los que no tienen nada que hacer.
—Vosotros sois gente de provecho.
—Necesitáis el sol de España, la comida de España y el ruido de España.
—¿Vais a echar de menos la televisión en español?
—Porque allí solo veréis canales chinos y documentales de gente cultivando… pues eso, arroz.
—¿Os vais a pasar quince días sin saber qué pasa en el mundo?
—Sin saber si el Madrid ha fichado a alguien o si ha subido el precio de la gasolina?
—Eso es vivir en una burbuja, y no me refiero a la de plástico esa donde vais a dormir.
Lucía miró a Javi. Javi miró a las cerezas.
La ofensiva de Paco estaba siendo demoledora.
Había atacado el idioma, la salud, la economía y hasta la higiene personal.
Pero aún quedaba el golpe final.
PARTE 4: El veredicto del hule
La tarde caía sobre Madrid, tiñendo el salón de un color ámbar que hacía que las fotos de Benidorm en el álbum de Paco parecieran casi místicas.
Paco se dio cuenta de que tenía al enemigo contra las cuerdas.
Lucía ya no miraba el móvil con tanta seguridad, y Javi estaba pelando una cereza con una melancolía que no era normal.
—Hablemos de la vuelta —dijo Paco, lanzando su último ataque estratégico.
—Porque ir, vais. Con la ilusión, con las maletas nuevas, con los sombreros esos de paja que os habéis comprado.
—Pero ¿cómo vais a volver?
—Vais a volver con la cara quemada, el estómago del revés y más cansados de lo que os fuisteis.
—Tendréis que volver a trabajar al día siguiente de aterrizar.
—Con el “jet lag” ese, vais a estar en la oficina pareciendo zombis de esos de las series.
—Vais a estar mirando la pantalla del ordenador y viendo monos saltando por los iconos.
—Y lo peor de todo… —Paco hizo una pausa dramática— …lo peor será cuando os pregunten: “¿Qué tal el viaje?”.
—Tendréis que mentir.
—Tendréis que decir que ha sido “increíble”, que habéis “encontrado vuestro centro”, que Bali es el paraíso.
—Pero por dentro estaréis pensando en el dinero que se ha ido por el desagüe y en lo bien que se estaría ahora mismo en una terraza de Benidorm con una ración de puntillitas.
Paco se reclinó en su sillón, cruzando las manos sobre su vientre con la satisfacción del que ha ganado una guerra de desgaste.
—En Benidorm, vuelves nuevo.
—Vuelves con ese color de piel tostado, no quemado.
—Vuelves con la satisfacción de haber comido como un rey por cuatro perras.
—Y cuando te preguntan qué tal, tú dices: “Como siempre, espectacular. El año que viene repetimos”.
—Porque Benidorm es como un buen amigo: nunca te falla.
—Bali es un amor de verano que te deja la cuenta corriente tiritando y un sarpullido en el brazo.
Javi suspiró, rompiendo por fin su silencio.
—Papá, lo dices como si Bali fuera una zona de guerra.
—Es solo un viaje diferente. Para conocer otras formas de vida.
—¿Formas de vida? —Paco levantó una ceja—. ¿Vais a ir a ver cómo vive la gente allí?
—¿Vais a ir a los barrios donde no hay turistas?
—No. Vais a ir a los sitios que os han dicho que tenéis que ir.
—Vais a ver lo que los indonesios quieren que veáis.
—Si queréis ver formas de vida diferentes, iros al Rastro un domingo por la mañana.
—Allí sí que hay personajes que no veríais ni en mil viajes a Asia.
Paco se volvió hacia Lucía, que estaba guardando su libreta en el bolso.
—Lucía, piénsalo bien.
—Esa foto que quieres hacerte en el templo ese que sale en el agua…
—¿Sabes cuánta gente hay haciendo cola para hacerse esa misma foto?
—He visto fotos de la cola. ¡Dos horas!
—Dos horas bajo el sol para una foto que luego vas a retocar con el móvil.
—En Benidorm no hay colas para la felicidad.
—Bueno, solo la de la churrería, pero esa merece la pena porque al final hay churros.
—¿Preferís una foto en un templo vacío de significado para vosotros o un churro caliente con chocolate mirando el mar?
Lucía levantó la cabeza. Sus ojos ya no brillaban con la misma intensidad “influencer”.
—¿De verdad hay tanta cola para la foto del templo? —preguntó en voz baja.
Paco asintió con una solemnidad casi fúnebre.
—Kilométrica. Y con gente empujando.
—Y luego, cuando te toca, el fotógrafo te hace la foto en diez segundos y te echa de allí.
—Eso no es espiritualidad, hija. Eso es una línea de montaje de vanidad.
Hubo un silencio largo en el salón.
Incluso el televisor parecía haber bajado el volumen por respeto al momento.
Concha entró de nuevo, esta vez con una sonrisa misteriosa.
—Bueno —dijo ella—. Si no van a ir a Bali, supongo que no querrán que les dé esto.
Sacó del bolsillo del delantal un folleto arrugado.
“Apartamentos Los Pinos. Benidorm. Primera línea. Oferta junio/julio”.
Paco miró a su mujer y luego a los chicos.
—Me lo ha dado hoy la Mari, la del cuarto —dijo Concha—. Dice que su cuñado alquila el piso porque este año se van al pueblo.
—Precio especial para conocidos.
Paco se rascó la nuca, fingiendo sorpresa, aunque todos sabían que él estaba detrás de la maniobra de la Mari.
—Bueno… —dijo Paco, mirando al techo—. Eso cambia las cosas.
—Primera línea, ¿eh? Eso significa que puedes ir a la playa en pijama si te descuidas.
—Y con el ahorro de Bali… os podéis comprar un coche nuevo. O casi.
Javi miró a Lucía. Lucía miró el folleto.
—¿Tiene aire acondicionado? —preguntó Lucía, casi en un susurro.
—¡Centralizado! —exclamó Paco, saltando del sillón—. ¡De ese que te deja la nariz fría en cinco minutos!
—¡Y tiene piscina comunitaria! ¡Con socorrista!
—Eso es lujo de verdad. Seguridad y fresquito.
Lucía suspiró. Miró su móvil. Miró una foto de Bali. Luego miró el folleto con la foto de un balcón lleno de geranios con vistas al Mediterráneo.
—¿Y dices que se come bien allí cerca? —preguntó Lucía a Paco.
Paco sonrió. Fue una sonrisa de victoria absoluta.
Una sonrisa que decía: “Te lo dije”.
—Hija mía… —dijo Paco acercándose a ella y poniéndole una mano en el hombro—. Hay un sitio justo debajo donde hacen unas raciones de gambas al ajillo que te hacen ver a Dios.
—Y sin necesidad de ir a ninguna cueva.
—Sin colas, sin humedad de selva y sin monos que te roben el bolso.
—Solo tú, Javi, las gambas y yo de vez en cuando pasándome a ver qué tal estáis.
Javi se echó a reír, contagiando por fin a Lucía.
—Bueno —dijo Javi—. ¿Qué hacemos con los billetes de Bali?
—Seguro que tienen seguro de cancelación —dijo Paco con un guiño—. Y si no, se los vendemos a alguien que todavía no haya tenido esta charla conmigo.
—Pobres incautos… no saben lo que les espera.
Paco se dirigió a la cocina para abrir una botella de cava que tenía guardada “para las grandes ocasiones”.
Mientras salía del salón, se le oyó decir:
—Concha, saca las copas buenas. ¡Que este año nos vamos todos a Benidorm!
—Donde se habla español, se come con fundamento y no hay ni un solo volcán con ganas de fastidiar la siesta.
Lucía guardó el móvil definitivamente.
La batalla de los influencers había terminado.
Y el ganador, por goleada, era el arroz a banda y el hule de flores.
CHOT (Conclusión):
Al final, la tensión cómica se resolvió de la única manera posible en una familia española.
Con una mesa llena, una planificación de vacaciones que incluía neveras portátiles y la promesa de un sol que, aunque quema igual que el de Bali, al menos te permite pedir una caña con el acento de tu tierra.
Porque, como dice Paco: “¿Para qué irse tan lejos a buscar la felicidad, si la felicidad se inventó en la costa de Alicante?”.
El debate sobre si es mejor viajar al extranjero o disfrutar de las vacaciones nacionales seguirá vivo en cada cena de domingo.
Pero en casa de Paco, ese año, el único mono que vieron fue el que tenía puesto el del taller de debajo de casa.
Y la humedad… bueno, la humedad fue la de siempre: la que se cura con un baño en el Mediterráneo y una buena ración de bravas compartida en familia.