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Este Chico Andaluz Tiene Un DON INCREÍBLE Pero Su PADRE Intenta ARRUINAR Su Vida Por Completo Y Todos Lloran

Este Chico Andaluz Tiene Un DON INCREÍBLE Pero Su PADRE Intenta ARRUINAR Su Vida Por Completo Y Todos Lloran

PARTE 1

El calor en Carmona a mediados de julio no es algo que se pueda explicar con palabras a alguien que no lo haya sufrido en sus propias carnes. No es un calor que simplemente te haga sudar; es un ente sólido, un animal invisible que se te sienta en el pecho, te aplasta contra el suelo y te seca hasta las ideas. En el interior del taller “Cerámicas y Alfarería Ruiz”, bajo un techo de uralita que parecía diseñado por el mismísimo diablo para concentrar los rayos del sol, el aire no se respiraba, se masticaba. Olía a tierra húmeda, a polvo arcilloso suspendido en el ambiente y a sudor rancio.

Leo tenía las manos hundidas hasta las muñecas en una masa de barro grisáceo. El torno giraba con un zumbido hipnótico, un rrrrrrrrr constante que casi lograba tapar la voz de la locutora de Canal Sur Radio que, desde un transistor cubierto de costras de barro seco en una esquina, anunciaba las temperaturas récord de la provincia de Sevilla.

—Cuarenta y dos grados a la sombra en Écija —murmuró Leo para sí mismo, apartándose un mechón de pelo negro y rizado de la frente con el antebrazo, cuidando de no mancharse la cara—. Y aquí dentro debemos estar a cincuenta. Madre mía, esto es un horno crematorio.

Leo era un chaval de veintidós años, enjuto, fibroso, con la piel tostada por el sol andaluz y unos ojos oscuros, grandes y expresivos, que parecían estar siempre escaneando su entorno. Sus manos, sin embargo, eran su mayor tesoro. Ágiles, precisas, capaces de transformar un pedazo de fango informe en un ánfora perfecta en menos de cinco minutos. Pero sus manos tenían otro talento. Un talento del que nadie en el pueblo, y mucho menos su padre, sabía nada.

El torno redujo su velocidad. Leo agarró la esponja mojada del barreño que tenía a su derecha, pero, al hacerlo, sus dedos rozaron el borde metálico de la mesa de trabajo.

No fue un roce sin más. Fue como si hubiera metido los dedos en un enchufe de doscientos veinte voltios, pero sin el dolor físico.

ZAS.

El mundo a su alrededor desapareció por una fracción de segundo. El zumbido del torno se apagó. En su mente, como si fuera una película proyectada a cámara rápida directamente sobre sus retinas, vio la puerta del taller abriéndose de golpe. Vio a su padre, Paco Ruiz, entrando con la camisa desabrochada por el calor, la cara enrojecida no solo por el sol sino por el enfado, pateando un cubo vacío de pintura blanca que siempre estaba cerca de la entrada. Vio a su padre gritando: “¡Niño, apaga ese trasto que me tienes la cabeza como un bombo!”.

La visión duró apenas un parpadeo. Cuando Leo volvió a la realidad, el torno seguía girando y el locutor de la radio seguía hablando del calor. Leo parpadeó, mareado. Siempre le pasaba lo mismo. Ese “don”, esa maldita clarividencia táctil a corto plazo, le dejaba una resaca instantánea, una punzada detrás de los ojos que tardaba minutos en irse. No veía grandes cosas. No podía ver los números de la Primitiva ni el resultado del Betis el próximo domingo. Solo veía fragmentos del futuro inmediato, ecos de lo que iba a ocurrir en los próximos minutos u horas, siempre ligados a los objetos que tocaba.

Leo soltó un suspiro, detuvo el torno con el pie y se limpió las manos en un trapo mugriento. Miró el reloj de pared. Las cuatro y cuarto de la tarde.

—Tres, dos, uno… —contó Leo en voz baja.

La vieja puerta de chapa del taller se abrió con un estruendo metálico que hizo temblar las estanterías llenas de platos y macetas. Paco Ruiz irrumpió en el interior. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con una incipiente barriga cervecera, el pelo raleando y un palillo eternamente bailando entre los dientes. Llevaba una camisa de cuadros abierta hasta el tercer botón y sudaba a mares.

Al entrar, no miró por dónde pisaba y su pie derecho impactó de lleno contra el cubo vacío de pintura blanca, mandándolo a volar contra la pared opuesta con un ruido sordo.

—¡Me cago en la leche, el cubo de los cojones! —bramó Paco, agarrándose la cabeza a dos manos—. ¡Niño, apaga ese trasto que me tienes la cabeza como un bombo!

Leo no pudo evitar una media sonrisa irónica, aunque no se molestó en recordarle que el torno ya estaba apagado. Ya se lo esperaba. Literalmente, lo había visto venir.

—Buenas tardes a ti también, papá —dijo Leo, levantándose del taburete y estirando la espalda hasta que le crujieron un par de vértebras—. Pensaba que estabas en el bar de Manolo echando la partida.

—¿La partida? ¡Qué partida ni qué niño muerto! —Paco caminó hacia el pequeño fregadero, abrió el grifo y se echó un buen chorro de agua en la nuca—. ¡Con la que está cayendo ahí fuera, como para pensar en el dominó! Además, Manolo es un pesao, siempre con la misma cantinela. Oye, ¿cuántos lebrillos llevamos hoy?

Leo señaló con la barbilla una fila de recipientes de barro fresco alineados sobre una tabla de madera larga.

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