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La Promesa en el Ferry Ibiza-Barcelona

Capítulo 1: El Sabor del Cobre y la Traición

El mar Mediterráneo no perdona. Traga secretos, devora promesas y, de vez en cuando, escupe cadáveres hacia las costas de la península. Mateo lo sabía mejor que nadie. Con la espalda apoyada contra el frío y vibrante acero de la bodega de carga del inmenso ferry, observaba con una calma espeluznante cómo su propia sangre formaba un charco oscuro y espeso bajo sus botas de cuero gastado. El dolor en su costado era un latido sordo, una quemadura constante que le recordaba que seguía vivo, aunque por muy poco tiempo.

Arriba, a varios niveles de distancia, en la cubierta de primera clase, aún resonaban los ecos de la música electrónica. Era el remanente de Ibiza, la fiesta que se negaba a morir incluso cuando la madrugada comenzaba a teñir el horizonte de un azul ceniciento. Pero aquí abajo, en las entrañas de la bestia de metal, entre el olor nauseabundo a gasóleo, salitre y goma quemada, el único sonido que importaba era el eco metálico de los pasos.

Eran tres hombres. Podía escucharlos dividirse. Pasos pesados, tácticos. Hombres que no estaban allí para hacer preguntas, sino para cobrar una deuda de sangre. La deuda con Don Alejandro Vargas, conocido en los bajos fondos de toda España y el sur de Francia como “El Tiburón”.

Mateo apretó los dientes, ahogando un gemido mientras intentaba reacomodar el peso de su cuerpo detrás de un enorme contenedor de mercancías. En su mano derecha sostenía una pistola Glock 19, con solo tres balas en el cargador. En su mano izquierda, sin embargo, aferraba algo mucho más peligroso, algo que le quemaba la piel más que la herida de bala en sus costillas: un colgante de plata con la forma de una rosa entrelazada con una daga.

Hacía apenas unas horas, ese colgante colgaba del cuello de la mujer más fascinante que jamás había conocido. Hacía apenas unas horas, bajo el manto de estrellas y el viento del mar, le había jurado a esa mujer que dejarían todo atrás. Habían planeado una fuga perfecta: un tren desde Barcelona hasta París, luego un vuelo directo a Buenos Aires. Una nueva vida, lejos de la mafia, lejos de la sangre, lejos del terror constante de mirar por encima del hombro.

Él le había entregado su alma en la cubierta superior, embriagado por el olor a vainilla de su piel y la profundidad de sus ojos oscuros. Y ella, con lágrimas en los ojos, le había jurado amor eterno, prometiendo que juntos escaparían de sus respectivos infiernos.

Qué ironía tan macabra. Qué broma tan cruel del destino.

Mateo cerró los ojos, recordando el momento exacto, hacía apenas treinta minutos, cuando la luz pálida del amanecer iluminó la pantalla del teléfono de ella mientras dormía en el camarote. Un mensaje de texto de un número no guardado. Un mensaje que Mateo leyó por puro instinto de supervivencia, un hábito arraigado en un hombre perseguido.

«El objetivo está en el barco. No lo pierdas de vista, mi niña. Tus hermanos lo interceptarán en la bodega antes de atracar. Te amo. – Papá.»

El mundo de Mateo se había desmoronado en un instante. El aire había abandonado sus pulmones. La mujer que dormía a su lado, la mujer por la que estaba dispuesto a matar y morir, la mujer con la que iba a huir… era Elena Vargas. La única hija de “El Tiburón”. La princesa de la familia que lo había condenado a muerte por el error de su hermano mayor.

No había sido una casualidad. Su encuentro en el bar del puerto de Ibiza no fue cosa del destino. Todo había sido una trampa exquisitamente diseñada. Ella era el cebo. Y él, el estúpido pez que había mordido el anzuelo hasta tragarse el sedal entero.

Los pasos se detuvieron. Estaban cerca. Muy cerca.

—Sabemos que estás ahí, Mateo —graznó una voz áspera, resonando contra las paredes metálicas de la bodega. Era la voz de Raúl, el sicario principal de los Vargas, un hombre con la cara surcada de cicatrices y el alma más negra que el alquitrán—. No lo hagas más difícil. El jefe solo quiere tu cabeza. Si sales ahora, te prometo que será rápido. Si nos obligas a buscarte, te despellejaremos vivo antes de tirarte al agua.

El corazón de Mateo latía desbocado, como un tambor de guerra en su pecho. La adrenalina nublaba el dolor. Tenía que tomar una decisión. Podía salir, disparar, llevarse a uno o dos por delante antes de caer acribillado. Era la salida honorable. La salida de un hombre muerto.

Pero entonces, el sonido de la puerta principal de la bodega abriéndose de golpe interrumpió el tenso silencio. Unos pasos ligeros, frenéticos, bajaron por la escalera de caracol metálica.

—¡Raúl! ¡Detente! —gritó una voz femenina.

Era Elena. Su voz temblaba, no de miedo, sino de una autoridad furiosa que Mateo nunca le había escuchado.

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