Esa era en ese momento la segunda racha más larga en la historia de la división peso welter. Solamente por debajo de la que tenía el legendario Henry Armstrong. Allá por los años 40. Tito había noqueado a Yori Boy Campas, había vencido por decisión a Héctor Camacho, había aplastado a Maheneng Sulu, había noqueado a Troy Waters y en febrero de ese mismo año 1999 había vencido por decisión unánime al mismísimo Pernel Weaker.
Ese Waker que nadie podía golpear, ese Waker que parecía un fantasma arriba del ring, Tito le había ganado. En Puerto Rico Tito no era un boxeador, era una religión. Cuando Tito peleaba, la isla entera se paralizaba. Las calles se vaciaaban. Los restaurantes ponían la pelea en pantallas gigantes, las iglesias rezaban por él.
Comparaciones con Roberto Clemente empezaban a aparecer en las páginas deportivas y eso para cualquier puertorriqueño son palabras mayores. Roberto Clemente era el ídolo absoluto de la isla. El Santo Laico, el mártir del béisbol que había muerto en un accidente de avión llevando ayuda a Nicaragua. Y comparar a Tito con Clemente era decir que Tito era el atleta más querido de su generación.
La revista de Ring lo tenía como segundo en el ranking Libra por Libra, justamente detrás de Óscar. Y entonces tienes esto, tienes a los dos mejores boxeadores libra por libra del mundo con apenas semanas de diferencia de edad. Ambos invictos, ambos campeones del mundo en la misma división, ambos cargando el peso simbólico de dos naciones que llevaban más de 60 años enfrentándose en el ring.
Porque hay que decirlo, la rivalidad México contra Puerto Rico en el boxeo es la rivalidad más vieja, la más intensa y la más romántica del deporte. Empezó allá por 1934 cuando el puertorriqueño Sixto Escobar venció al mexicano Rodolfo Baby Casanova. Desde entonces, cada pelea entre un mexicano y un boricua se siente como un partido de fútbol entre Argentina y Brasil.
Y aquí estaba ahora la cumbre de toda esa rivalidad. El último gran capítulo, la pelea que iba a definir en los 90 quién era el rey, si los mexicanos tenían a su Golden Boy o si los puertorriqueños tenían a su Tito. La negociación de la pelea fue un infierno. Y para entender por qué tienes que entender quiénes eran los dos hombres que controlaban a estos dos boxeadores.
Por el lado de Óscar estaba Bob Arum, promotor con varias décadas en el negocio, dueño de la compañía Top Rank, abogado entrenado en Harvard, considerado por muchos el promotor más astuto del boxeo. Por el lado de Tito estaba Don King. Y si me preguntas a mí, Don King es probablemente el personaje más colorido, más controversial y más temido en toda la historia del boxeo.
Un hombre con una melena blanca eléctrica que parecía siempre erizada por una corriente invisible. Un hombre que hablaba con frases shakespeirianas en plena conferencia de prensa. Un hombre que había promovido a Mohamad Ali, a Mike Tyson, a Larry Holmes, a Evander Hoollyfield, Bob Arum y Don King. Se odiaban.
Llevaban más de 20 años odiándose. Se habían demandado mutuamente más veces de las que se podía contar. se habían insultado en público en cientos de ocasiones y de repente ahora los dos tenían que sentarse en la misma mesa para copromover la pelea más grande del año. El acuerdo fue brutal. Arum sería el promotor principal, pero le tendría que pagar a Don King ,00000 solamente por traer a Tito.
La bolsa de Óscar fue garantizada en 15,000000es dó más 6,000ones adicionales por porcentaje de la televisión, lo que llevaba el total a alrededor de 21 m000ones. Tito recibió 8.5 millones garantizados con la posibilidad de ganar hasta 4,000000 más dependiendo de las ventas del pay-perview. era hasta ese momento una de las bolsas más altas jamás vistas para una pelea fuera del peso pesado.
Pero el dinero no fue lo único que se peleó. Cada detalle, absolutamente cada detalle, se convirtió en una guerra. ¿Quién entra primero al ring? ¿De qué color son los guantes? ¿Quién está en la esquina roja? ¿Quién aparece primero en los carteles? ¿Cuántas entradas para la familia? ¿Qué se toca primero? ¿El de Estados Unidos o el de Puerto Rico? Cada cosa se discutía durante horas y cada cosa se filtraba a la prensa.
Era un circo, pero era también el circo más rentable del año. La gira promocional empezó meses antes de la pelea. Conferencias de prensa en San Juan, en Nueva York, en Houston, en Los Ángeles, en Las Vegas. Y desde la primera de esas conferencias quedó claro que esto no iba a ser un combate cualquiera. Don Félix, el padre de Tito, hablaba poco con la prensa.
Era un hombre serio, callado, casi reservado, y cuando hablaba lo hacía con la autoridad de un patriarca que no necesita levantar la voz para que lo escuchen. Óscar, en cambio, era el pulido, el carismático, el de las sonrisas perfectas para las cámaras. Y Tito en sus apariciones era todo lo opuesto a Óscar. Tito era seco, directo, parco, hablaba poco.
Cuando le preguntaban si estaba listo, decía simplemente, “Estoy listo.” Cuando le preguntaban si iba a ganar, decía simplemente voy a ganar. No había arrogancia, había certeza. Pero el momento que definió la prepelea, el momento que se convirtió en la imagen icónica de toda la promoción, ocurrió cuando el campamento de Trinidad finalmente abrió las puertas a la prensa.
Habían estado entrenando en las villas del hotel El Conquistador en Fajardo, totalmente blindados. Don Félix había prohibido la entrada de cualquier reportero. Decía que había espías. Decía que el equipo de Óscar quería robarle estrategias y cuando finalmente, días antes del combate abrieron un entrenamiento público para los medios, los reporteros entraron al gimnasio improvisado y vieron algo que se les quedó grabado en la memoria.
Había un saco de boxeo colgado en el centro del salón, un saco normal de cuero de los que pegan los boxeadores, pero en ese saco había un letrero pegado y el letrero decía con letras grandes y burlonas, Óscar Chicken de la olla. Óscar, el pollito de la olla. La palabra chicken en inglés, además de gallina, significa cobarde.
La acusación era clara. Estaban diciendo que Óscar era un cobarde. Estaban metiéndole presión psicológica desde antes de que sonara la primera campana. Y Tito, mientras tanto, seguía pegándole al saco como si nada, sin sonreír, sin mirar a las cámaras, simplemente machacando ese saco con cada combinación.
Cuando la prensa le preguntó a Óscar qué pensaba del saco con el letrero, Óscar se rió. Dijo, “Palabras más, palabras menos. Nadie sabe lo que voy a hacer arriba del ring. Eso es jugar con inteligencia. Trinidad no es un boxeador, es un pegador. Cada vez que le tocan la cara, se tambalea, es débil. Tal vez lo borre del mapa o tal vez simplemente lo supere boxeando.
Esas declaraciones fueron lo que más enfureció al campamento boricua, llamarlo débil, decir que no era un boxeador. Esas palabras se metieron en el cuerpo de Tito como veneno y don Félix se encargó de recordárselas todos los días en el campamento. Tres días antes del combate, en otra conferencia de prensa, Óscar metió la pata fuerte.
Dijo que Tito no merecía estar ganando millones de dólares por esa pelea. Dijo que Tito no era una superestrella. Dijo que era él quien había construido la pelea, que era él el que vendía los pay-per-views. Esas palabras fueron como echarle gasolina a un fuego que ya estaba encendido. La prensa puertorriqueña lo crucificó.

En la isla, en San Juan, los titulares de los periódicos al día siguiente decían cosas como: “El gallinero se cree el pavo real. Tito, fiel a su estilo, no respondió, pero al lado suyo don Félix sonreía con la sonrisa fría del que ya sabe lo que va a pasar el sábado por la noche. El viernes 17 de septiembre, a las 6 de la tarde llegó el pesaje oficial y aquí pasó algo que casi nadie esperaba.
Cuando los organizadores abrieron las puertas del recinto donde se iba a hacer el pesaje, entraron, según los reportes de prensa de la época, alrededor de 7,000 personas. 7,000, la mayoría mujeres, las novias, las esposas, las madres, las hermanas, las admiradoras. La gente había estado haciendo fila durante horas para entrar a ver el simple acto burocrático de subir a una balanza.
Y cuando Óscar subió, la cosa se puso interesante. Don Félix, el padre de Tito, empezó a protestar. Decía que la balanza no era la misma que él había visto horas antes cuando había verificado el peso de su hijo en privado. Decía que esa balanza estaba alterada. Hubo discusiones, hubo gritos, hubo gente de la Comisión Atlética de Nevada interviniendo y Óscar, el más joven, el más guapo, decidió hacer un gesto que dividió aún más a la audiencia.
se quitó toda la ropa, toda. Se desnudó completamente para subir a la balanza, igual que años antes lo había hecho Héctor Macho Camacho como provocación. Las mujeres que estaban ahí se volvieron locas. Gritaron, aplaudieron, chiflaron. El show estaba completo. Ambos pesaron exactamente lo mismo. 147 libras justas. El límite máximo del peso. Welter.
Esa noche en los restaurantes y casinos de Las Vegas no se hablaba de otra cosa. Las apuestas estaban prácticamente parejas, lo cual era extraño tratándose de superestrellas. Las casas de apuestas la tenían marcada como una pelea de Pic M, una pelea 50 y 50. Y eso en el mundo del boxeo ya te dice mucho.
Te dice que ni los expertos tenían claro quién iba a ganar. te dice que cualquiera de los dos podía hacerlo. El sábado 18 de septiembre, Las Vegas amaneció con una energía distinta. Los hoteles estaban llenos. El Mandalay Bay, que había abierto sus puertas apenas 5co meses antes, en abril de ese mismo año, estaba a reventar.
La calle Strip era un río de banderas. Banderas mexicanas, banderas puertorriqueñas, banderas estadounidenses, tipos vestidos como mariachis, tipos con sombreros, mujeres con vestidos de los colores de las dos islas y dos naciones. Música por todos lados, vendedores ambulantes pirateando camisetas con las caras de Óscar y de Tito. Los taxistas no daban abasto.
Los restaurantes habían triplicado los precios, era un fenómeno de masas. y dentro del Mandalay Bay Events Center. Mientras tanto, los técnicos de la cadena HB o terminaban de instalar las cámaras, 12 cámaras alrededor del ring, equipos de transmisión desde 11 países, comentaristas en cuatro idiomas distintos, casi 400 credenciales de prensa repartidos.
La pelea iba a ser vista en pay-per-view en Estados Unidos, en Puerto Rico, en México, en gran parte de Latinoamérica, en Europa, en Asia. Era hasta ese momento una de las transmisiones más grandes en la historia del deporte de pago. Las celebridades empezaron a llegar a media tarde. Silvester Stalone todavía con la imagen de Rocky Balboa pegada al cuerpo.
Jack Nicholson con sus lentes oscuros característicos. Cameron Díaz. Danny de Vito. Ctherine Z. Jones recién comprometida con Michael Douglas que también andaba por ahí. Sampras, número uno del tenis mundial. Andre Agascy, su rival eterno, Steffy Graf. la novia de Agasi y entre los del propio mundo del boxeo, Leyendas Vivientes, Sugar Ray Leonard, Marvin Hugler, Thomas Herms, Angelo Dundy, el mismísimo Julio César Chávez y otra figura que todos miraban con incomodidad, Mike Tyson.
Tyson había hecho su propia conferencia de prensa apenas unos días antes para anunciar una pelea suya con Orarn Norris, lo cual había enfurecido a Bob Aram, que sentía que Tyson le estaba robando los reflectores. Pero ahí estaba Tyson sentado en primera fila esperando ver cómo dos peleadores en la plenitud de sus carreras se iban a partir el alma. Llegó la hora.
Las luces del recinto bajaron. Las 11,600 personas que abarrotaban las gradas explotaron en gritos y por los altavoces empezó a sonar la voz inconfundible de Michael Buffer, la voz más famosa del boxeo. La voz que había anunciado las peleas más importantes de los últimos 20 años. La voz que iba a decir aquella frase que en ese momento todavía no era marca registrada, pero que ya era un símbolo.
Let’s get ready to rumble. Tito Trinidad fue el primero en hacer su entrada caminando despacio con su padre al lado, con su esquina al lado, con la bandera de Puerto Rico ondeando en cada mano del público. La música era salsa, era reggaetón antes de que existiera el reggaetón como tal. Era el sonido de la isla bajando a Las Vegas.
Cuando Tito subió las escaleras del ring y se quitó la capucha, los puertorriqueños del público se volvieron locos. Lloraban, cantaban, gritaban su nombre. Tito apenas reaccionó, se mantuvo serio, sereno, casi distante. Saltó algunas veces sobre las puntas de los pies para entrar en calor. Su padre le susurraba algo al oído y él asentía.
Óscar entró después y la entrada de Óscar fue todavía más espectacular. La música era mariachi puro, las trompetas resonando por todo el recinto. La gente mexicoamericana del público se levantó como un solo hombre. Las banderas mexicanas inundaron las gradas. Óscar saludaba con la mano, sonreía, hacía contacto visual con personas en el público, era el showman, era el Golden Boy y la diferencia de actitud entre los dos boxeadores antes de empezar ya decía mucho.
Tito estaba ahí para pelear, Óscar estaba ahí para ganar y para entretener al mismo tiempo. Subió al ring, se quitó la capa, se quitó el sombrero y la sonrisa desapareció. La cara de Óscar cambió cuando Buffer empezó a presentarlos. En la esquina de Óscar estaba su entrenador principal, Robert Alcázar, y con él legendario Jill Clany, miembro del Salón de la Fama, un anciano de más de 70 años que había entrenado a Emil Griffith a Joe Fraser, a Muhamad Ali.
Lo habían contratado específicamente para esta pelea como estratega senior. En la esquina de Tito estaba su padre, Don Félix, y nadie más que importara. El padre era el cerebro y el corazón del campamento. El árbitro era Mitch Halpern, un joven referee con una reputación impecable, considerado uno de los mejores del momento. Tristemente, Mit se quitaría la vida menos de un año después, en agosto del 2000, debido a una depresión que lo aquejaba en silencio.
Pero esa noche, en septiembre del 99, Mit estaba ahí parado en el centro del ring, dándole instrucciones a los dos campeones. Los miraba a los ojos a uno, después al otro. Les decía las reglas, les recordaba los golpes ilegales, les pedía un combate limpio. Los dos asintieron y volvieron a sus esquinas. Sonó la campana del primer asalto.
Y aquí, mi amigo, mi amiga, es donde la historia se pone interesante, porque lo que pasó en esos primeros minutos del primer round dejó claro que esto no iba a ser la pelea que muchos esperaban. No iba a ser un duelo de pegadores. No iba a ser un Hugler Herns. Iba a hacer otra cosa. Iba a ser un duelo de ajedrez.
Iba a ser un duelo táctico. Iba a ser un duelo en el que dos hombres que se respetaban demasiado se iban a estudiar durante 12 rounds, midiendo cada movimiento, calculando cada riesgo, evaluando cada decisión. En el primer asalto, Óscar empezó como Óscar siempre empezaba sus peleas grandes, usando el shab, moviéndose lateralmente, midiendo distancias.
Suhab era una de las mejores armas en el boxeo de los 90. Era largo, era preciso, era doloroso. Tito, en cambio, fiel a su estilo, empezó adelantándose. Caminó hacia el frente, buscando entrar en la zona corta donde sus combinaciones de poder podían hacer daño. Pero Óscar se movía. Óscar circulaba, aplicaba el jab y cuando Tito se acercaba, Óscar le metía dos o tres golpes y salía de la zona.
Era boxeo puro, boxeo de manual. El segundo asalto tuvo un momento crucial. Óscar conectó un cruzado de derecha que le abrió la nariz a Tito. La sangre empezó a brotar gruesa y oscura, manchando el rostro del campeón puertorriqueño. En la esquina de Tito, don Félix le gritaba que respirara por la boca, que no se preocupara por la sangre.
Pero ese gesto, esa imagen del puertorriqueño sangrando temprano en el combate fue una primera victoria psicológica para el equipo de Óscar. El tercer round, Óscar empezó a soltarse. Tito buscaba lanzar la mano derecha, pero no encontraba el momento. Óscar le ganaba con velocidad de manos, con movimiento, con el jav incesante. La cara de Tito era ya un mapa de marcas rojas.
Las gradas mexicoamericanas rugían. Las gradas puertorriqueñas estaban más calladas, ansiosas. Sentían que su ídolo iba detrás en las tarjetas y no se equivocaban. En el cuarto asalto, sin embargo, Tito encontró el ritmo. Empezó a meterle más presión, le conectó dos izquierdas duras al cuerpo, le metió un cruzado por arriba de la guardia y por primera vez en la pelea, Óscar tuvo que dar un paso atrás de verdad.
Tito ganó el round claramente, pero todavía iba detrás en las tarjetas. El quinto y el sexto rounds fueron de Óscar. El sexto especialmente fue uno de los grandes asaltos de Óscar en su carrera. Movimiento perfecto, combinaciones limpias, defensa hermética. Y al final del sexto round, el ojo izquierdo de Tito empezó a hincharse, probablemente el resultado de tanto sonarse la nariz entre asalto y asalto con la sangre acumulándose, la situación parecía controlada para el Golden Boy.
Iba ganando claramente las tarjetas, iba ganando claramente el combate, iba camino a una victoria histórica que lo iba a consolidar sin discusión como el mejor boxeador libra por libra del mundo. En el séptimo round pasó algo que pocos recuerdan ahora, pero que en su momento estuvo a punto de cambiar todo. Sonó la campana del fin de round.
Óscar bajó las manos como cualquier boxeador hace cuando termina el asalto y Tito le metió un golpe después de la campana. Un golpe sólido en la cara. Mitch Halpern intervino al instante, lo separó, le advirtió a Tito, casi se desata un alboroto entre las dos esquinas. Robert Alcázar saltó hacia el ring quejándose.
Don Félix gritaba que había sido un golpe legal. La tensión se sintió en cada uno de los rincones del Mandalay Bay, pero Halpern los volvió a sus esquinas y la pelea continuó. El octavo asalto fue, según muchos analistas, el mejor round de Óscar en toda la pelea. Le metió combinaciones a Tito que parecían sacadas de un libro de instrucciones. 1 2 1 2 3.
Cruzado al cuerpo, cruzado a la cara. El ojo de Tito ya estaba prácticamente cerrado del lado izquierdo. Las gradas mexicoamericanas ya estaban celebrando. Sentían que la pelea estaba sentenciada. Sentían que el cuarto cinturón en una nueva división estaba a apenas cuatro asaltos de pertenecer a su Golden Boy.
Y entonces llegó el noveno round y algo cambió. Algo cambió de manera sutil clara. Óscar empezó a moverse menos, a lanzar menos golpes, a respirar más pesado entre acciones. Tito, en cambio, parecía no cansarse. Seguía adelantándose, seguía buscando, seguía metiendo presión. Tres de los cuatro jueces le dieron a Tito ese noveno round.
Las tarjetas, al cabo de nueve asaltos, estaban así. Glenn Jamada lo veía empatado a 86 puntos. Bob Logist lo tenía 86 a 85 a favor de Óscar. Jerry Roth lo tenía 87 a 84 a favor de Óscar, es decir, después de nueve rounds, dos de los tres jueces tenían a Óscar arriba. Solo necesitaba ganar un round más o incluso empatar dos de los tres restantes para llevarse la pelea por decisión.
Era el momento de cerrar, era el momento de la verdad. En la esquina, entre el noveno y el décimo asalto, pasó algo que años después Óscar de la Hoya iba a confesar en una entrevista que le ardía en el alma. Jill Clanyy, ese viejo sabio de 70 y tantos años, le agarró la cara con las dos manos y le dijo, “Palabras más palabras menos.
Estás ganando esta pelea, Óscar. La estás ganando claramente. No hagas el tonto. No te quedes parado al frente de él. Boxea, mueve los pies. No le des chance de meterte una bomba que te cambie la pelea. Boxea, boxea, boxea. Robert Alcázar, el entrenador principal, asentía, le decía a Óscar lo mismo, le decía que ya tenía la pelea en el bolsillo, le decía que no había que arriesgar nada, que faltaban tres rounds, 9 minutos y que en 9 minutos no podía pasar nada que no se pudiera controlar. Óscar escuchó, Óscar obedeció
y aquí, en este preciso momento, en este intercambio entre asaltos, es donde se decidió la pelea que 25 años después seguimos discutiendo. Porque cuando sonó la campana del décimo round, lo que el público vio no fue al Óscar de los nueve asaltos anteriores. Lo que el público vio fue a un Óscar montado en una bicicleta, caminando para atrás, esquivando, saliendo de cada intercambio, conectando uno o dos golpes y huyendo sin cabeza para terminar la pelea, sin alma para cerrarla.
Tito Trinidad, en cambio, vino arriba como un huracán. En su esquina, entre el noveno y el décimo, don Félix le había dicho otra cosa muy distinta. le había dicho, “Estás perdiendo, hijo. Tienes que ganar los tres rounds que vienen. Tienes que noquearlo o acumular todos los puntos. No hay otra. No hay mañana.
La presión absoluta, la pared o la nada.” Y Tito lo entendió. Tito siempre fue un peleador que entendía el momento. Salió en el décimo asalto buscando, presionando, cortando el ring, haciéndole imposible a Óscar moverse en círculo y le empezó a meter golpes cruzados a la cara, izquierdas al cuerpo, combinaciones cortas en las cuerdas.
El décimo round fue claramente de Tito. Las tarjetas lo reflejaron. Jamada y Rot lo dieron 10 a nu a favor de Tito. Logist también, pero el público todavía pensaba que Óscar tenía la pelea porque venía con tantos puntos arriba que un solo round no bastaba para cambiar el resultado.
Las gradas mexicoamericanas seguían animando. Las gradas puertorriqueñas empezaban a sentir algo, una chispa de esperanza. Llegó el undécimo round y Óscar volvió a salir en bicicleta. Volvió a moverse hacia atrás. Tito volvió a presionar. Le pegó, le pegó duro, le pegó al cuerpo, le pegó a la cara, le pegó por arriba, le pegó por abajo.
La gente en el ringside estaba boquy abierta. Jill Clany en la esquina de Óscar ya empezaba a desesperarse. Le gritaba, le hacía gestos, le decía que se quedara, que peleara, que no podía seguir corriendo. Óscar no le hacía caso. Óscar había decidido en su cabeza que la pelea ya estaba ganada y que lo único que tenía que hacer era no perder por knockout.
Las 11,600 personas en el Mandalay Bay empezaron a abuchear. Y el abucheo no era contra Tito, el abucheo era contra Óscar, contra el Golden Boy, contra la Estrella, contra el ídolo de los méxicoamericanos. La gente había pagado miles de dólares por ver una pelea y lo que estaban viendo era a uno de los dos boxeadores corriendo en círculo, evitando el contacto, sin querer pelear.
Era humillante, era extraño, era inaceptable para la cultura del boxeo. En las cabinas de transmisión, Larry Merchant y Jim Lampley empezaban a darse cuenta de lo que estaba pasando. Lampley decía, “Parece que de la olla cree que tiene la pelea ganada. Parece que está protegiendo los rounds anteriores, pero esto puede ser peligroso.
” Larry Merchant, más mordaz como siempre, decía algo así. Si los jueces ven dicen que de la olla no está peleando, esto puede cambiar muy rápido. Y Harold Leatherman, el juez no oficial de la cadena, asentía. El round undécimo fue otra vez claramente de Tito. Tres de los tres jueces oficiales se lo dieron. Las gradas puertorriqueñas ya empezaban a creer.
Empezaban a sentir que algo histórico podía estar a punto de pasar. La gente con banderas boricuas se ponía de pie. Empezaban a corear el nombre de Tito, Tito, Tito, Tito. Y entonces sonó la campana del round número 12, el último round, el round del campeonato, el round que decide. En las esquinas, entre el undécimo y el duodécimo asalto, los dos campos vivieron 3 minutos completamente opuestos.

En la esquina de Tito, don Félix estaba en éxtasis. le decía a su hijo, “Lo tienes, papi, lo tienes. Sal con todo, sal a noquearlo. Esos jueces con lo que han visto en estos dos rounds no van a tener excusa, pero tienes que cerrar la cosa. Tienes que ganar este round también.” Sin discusión. Tito asentía, respiraba, bebía agua, su cara ya era un desastre.
El ojo izquierdo casi cerrado, la nariz ensangrentada, los pómulos hinchados, pero adentro, en el corazón, en el alma, Tito sentía algo. Sentía que estaba pasando algo grande. Sentía que la historia se estaba escribiendo en ese momento. En la esquina de Óscar, en cambio, Gill Clany estaba al borde del colapso.
Décadas más tarde, Óscar mismo iba a contar lo que pasó en ese momento. Iba a decir en una entrevista con Yahoo Sports en 2019, Jill Clany casi me daba bofetadas, me gritaba, me decía, “Sal del medio y boxea. No te quedes parado frente a él.” Lo escuché casi cada round. En esos últimos tres rounds, si me hubiera quedado parado frente a él, Jill Clensey me habría noqueado a mí.
Ese fue el ambiente en la esquina. Un anciano de 70 años casi golpeando al Golden Boy del boxeo para que se despertara. Pero Óscar también iba a confesar otra cosa. Iba a decir, “Tenía que admitir que estaba un poco cansado. Nunca había boxeado así en mi vida. Las piernas me temblaban. Pensé que tenía la pelea en la bolsa después de nueve rounds, así que iba a cruzar los últimos tres. Cruzar los últimos tres.
Esa palabra en el lenguaje del boxeo significa simplemente sobrevivir, no perder por knockout, llegar al final. Eso fue lo que Óscar decidió hacer y esa decisión es la que iba a perseguirlo el resto de su vida. Sonó la campana del duodécimo. Tito salió como una bestia. Los puertorriqueños del público estaban de pie, los mariachis del rincón mexicano callados, contagiados de un miedo raro.
Tito caminó al frente, empezó a tirar combinaciones. Ócar volvió a la bicicleta, caminaba para atrás, esquivaba, salía, tiraba un golpe y huía. Tito perseguía, le metía un cruzado, le metía un gancho al cuerpo, le metía otro cruzado. Pero Óscar no se detenía a intercambiar. Óscar seguía moviéndose. La gente abucheaba. Algunos puertorriqueños le gritaban a Óscar que peleara, que fuera hombre, que dejara de correr.
A mitad del round, Tito le metió una mano derecha que pareció realmente lastimar a Óscar. El pómulo izquierdo del Golden Boy se hinchó al instante, pero Óscar no cayó. Óscar siguió moviéndose. Lo que Tito hizo en esos 3 minutos finales fue, según los datos de Compoox, conectarle a Óscar más golpes que en ningún otro momento de la pelea. En el trío final de asaltos, Tito superó a Óscar 64 golpes a 33, más del doble.
Tres rounds completos en los que Tito metió presión y Óscar simplemente trató de aguantar. A los segundos finales del round, ambos peleadores se trabon en una última confrontación. Tito lanzó una combinación de tres golpes. Óscar le respondió con uno y entonces, cuando faltaban quizás 20 segundos para la campana final, Óscar hizo algo extraño.
Levantó los brazos en medio del round, mientras la pelea aún estaba en curso, Ócar levantó los dos brazos al aire en un gesto de victoria, como diciendo, “Ya gané.” como burlándose, como celebrando antes de tiempo. Don Félix en la esquina vio ese gesto y se enfureció. Le gritó a Tito, “Pégale ahora, pégale ahora.
” Tito intentó, le metió otro cruzado, pero Óscar ya estaba salvado. La campana sonó. 12 rounds completos, 36 minutos de boxeo profesional al más alto nivel y los dos campeones se abrazaron brevemente en el centro del ring antes de irse a sus esquinas a esperar lo que ya parecía inevitable. Las tarjetas estaban con los inspectores, los jueces firmaban sus papeles y en el ring Óscar caminaba sonriendo, saludando al público, levantando los brazos como un campeón ya consagrado.
Tito, en cambio se sentaba en su banquillo pasivo escuchando a su padre. Don Félix le decía, “Hijo, perdiste algunos rounds, pero ganaste los últimos tres. Esos jueces no se atrevieron a robarte. Vamos a esperar.” Las 11,600 personas de las gradas estaban en silencio. Era el silencio más extraño que se había escuchado en una pelea de boxeo de ese nivel. Era un silencio de incertidumbre.
Nadie sabía qué iba a pasar. Algunos creían que Óscar había ganado por mucho basándose en los primeros nueve rounds. Otros creían que Tito se había llevado la pelea por la presión final y algunos, los más cínicos, ya empezaban a sospechar que la decisión iba a depender más de los criterios subjetivos de tres seres humanos que de cualquier ciencia exacta.
Mit Halpern recogió las tarjetas de los jueces, las llevó al inspector de la Comisión Atlética de Nevada. El inspector las verificó, las firmó y se las entregó a Michael Buffer. Buffer subió al centro del ring, tomó el micrófono, la música paró, los altavoces hicieron un ruido seco y aquellas 11,600 almas adentro del Mandalay Bay, más los millones que estaban viendo el pay-per-view en sus casas, contuvieron la respiración al mismo tiempo.
Buffer leyó las tarjetas con la voz solemne que solo él sabía darle a esos momentos. Dijo que la pelea había llegado al final con los 12 rounds completos. Dijo que se iba a una decisión. Dijo el primer puntaje. Glenn Hamada, juez de Estados Unidos, lo había visto 114 a 114. Empate. La gente reaccionó con murmullos.
Un empate dejaba todo en manos de los otros dos jueces. Buffer continuó. Dijo el segundo puntaje. Bob Logist, juez belga, lo había visto 115 a 114. Pausa. El público contenía la respiración. Buffer dijo el nombre del ganador en esa tarjeta. Trinidad. La esquina puertorriqueña explotó. La esquina mexicoamericana se quedó muda. Faltaba una tarjeta.
Buffer dijo el último puntaje. Jerry Roth, juez de Las Vegas, 115 a 113. Y dijo el ganador, Trinidad, decisión mayoritaria y nuevo campeón unificado peso welter del mundo, Félix Tito Trinidad. El mandalai Bay se vino abajo. Las gradas puertorriqueñas estallaron en un grito que se escuchó hasta la calle Street.
La esquina de Tito invadió el ring. Don Félix corrió y abrazó a su hijo con tanta fuerza que casi lo tira al piso. Las cámaras de HBO buscaron desesperadamente la cara de Óscar. Y la cara de Óscar fue en ese momento una mezcla de incredulidad, dolor y rabia. No podía creerlo. Saltó al centro del ring, movía la cabeza, hablaba con todos, buscaba al árbitro, buscaba al inspector, buscaba a alguien que le explicara qué había pasado.
Y en su frustración soltó algunas palabras fuertes en cámara, palabras que después tuvieron que cortarse de la transmisión para los pases de prensa. En la transmisión, Larry Merchant y Jim Lampley estaban tan sorprendidos como el público. Tampley dijo que era una decisión muy controversial. Merchand fue más directo.
Dijo que la decisión iba a generar discusiones por años. Harold Leatherman, el juez no oficial de HBO, había anotado la pelea 114 a 114, igual que Jamada, empatada. Pero Leatherman, fiel a su estilo profesional, dijo en cámara que no podía discutir la decisión, que la pelea había estado lo suficientemente cerrada como para creer en ella y que Óscar, sin discusión había corrido los últimos tres rounds.
Mientras tanto, en la esquina ganadora, don Félix lloraba como un niño. padre que había soñado con ese momento desde que su hijo era un niño en cupey alto. El padre que había planeado cada paso, cada asalto, cada estrategia, el padre que ahora veía a su hijo coronado como el campeón unificado del peso welter del mundo en una pelea que iba a entrar a los libros de historia.
Tito, en cambio, mantenía la calma, le agradecía a Dios, saludaba al público, buscaba a Óscar para abrazarlo y cuando lo encontró, los dos se dieron un abrazo verdadero, sincero, de dos guerreros que se acababan de partir el alma durante 12 rounds. Para Óscar de la Ol, la derrota fue una herida que jamás cerró. En esa misma entrevista del 20 aniversario, Óscar lo confesó con una franqueza brutal.
dijo, “Esa pelea me persigue cada día de mi vida. Es difícil incluso hablar de ella. No pasa un día sin que alguien me la mencione. Esas palabras dichas 20 años después dicen más que cualquier puntaje, que cualquier estadística, que cualquier análisis técnico. Esas palabras son la confesión de un hombre que sabe en el fondo del alma que esa noche en Las Vegas se le escapó algo más grande que un cinturón.
Se le escapó la inmortalidad sin discusión. 25 años después, todavía hay debate. Hay quienes ven la pelea hoy y dicen que Óscar la ganó claramente, que Compu Box nunca miente, que conectó casi 100 golpes más. Hay quienes la ven y dicen que Tito merecía el resultado, que la agresividad efectiva, el daño visible y el control de los últimos rounds pesan en las tarjetas.
Y hay quienes la ven y simplemente sienten lo que sintió esa noche tanta gente del ringside, que la pelea estaba tan cerrada que cualquier resultado iba a ser discutible y que al final quien decidió no fue ni Ócar ni Tito, sino la decisión táctica de Jill Clany y Robert Alcázar de pedirle al Golden Boy que se subiera a una bicicleta en los 3 minutos más importantes de su carrera.
Y esa, mi gente, es la historia real de la pelea del milenio. Una pelea que partió en dos al mundo del boxeo. Una pelea que coronó a un puertorriqueño como rey y dejó a un mexicoamericano con la espina clavada para siempre. Una pelea que 25 años después seguimos viendo, seguimos discutiendo y seguimos contando.
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