La mañana en el piso de Nacho no había empezado precisamente con la armonía de un anuncio de café premium. Más bien, había comenzado con el sonido metálico de una lata de conserva golpeando el suelo de la cocina a las seis y cuarto de la madrugada. Nacho, que todavía soñaba con que le concedían un aumento de sueldo en lugar de más responsabilidades no remuneradas, abrió un ojo y contempló el techo desconchado de su habitación en el barrio de Chamberí. No necesitaba mirar quién era el culpable. Sabía que, sobre las baldosas de la cocina, una criatura de cuatro kilos y medio, pelaje negro como el carbón y una moralidad cuestionable, le reclamaba su tributo matutino.
Aquel ser se llamaba oficialmente “Misterio”, un nombre que su exnovia le había puesto en un arrebato de misticismo antes de mudarse a Australia y dejarle el gato “en depósito” para siempre. Pero para Nacho, en momentos como aquel, el animal respondía mejor a nombres como “El Tirano”, “Satanás de Peluche” o, simplemente, “Tú, bicho”.
Nacho se levantó arrastrando los pies. El día que tenía por delante era uno de esos que en el mundo corporativo llaman “clave” y que en el mundo real significan “prepárate para que te caigan broncas por cosas que no has hecho”. Tenía la presentación final del proyecto “Sinergia 2026” a las once de la mañana. Una videoconferencia masiva con los peces gordos de la consultora, incluyendo a Don Rodrigo, un hombre que se peinaba con tal cantidad de gomina que su cabeza parecía un casco de polímero y que consideraba que trabajar desde casa era una forma moderna de absentismo laboral.
—Misterio, por lo que más quieras —susurró Nacho mientras servía el paté de salmón en el cuenco de cerámica—, hoy no es el día. Hoy necesito que seas un gato de exposición. Un gato invisible. Un gato que medita. Si me dejas terminar esta reunión sin incidentes, te juro que te compro esa torre rascadora de tres pisos que parece un castillo de la meseta.
El gato ni siquiera le miró. Se limitó a devorar el salmón con un entusiasmo que rozaba la falta de respeto. Nacho suspiró y se dirigió a la cafetera. Mientras el líquido oscuro y amargo goteaba, empezó a repasar mentalmente las diapositivas. El mayor problema no era el contenido, sino el entorno. Su piso era lo que los agentes inmobiliarios llamaban “con encanto” y la gente normal “un zulo con poca luz”. Su escritorio estaba ubicado en un rincón del salón que también servía de comedor, zona de paso y, fundamentalmente, pista de aterrizaje para las acrobacias de Misterio.
A las diez y media, Nacho ya estaba frente al monitor. Se había puesto una camisa azul impecable, recién planchada, aunque debajo de la mesa llevaba unos pantalones de chándal con un agujero en la rodilla y unos calcetines desparejados. Era el uniforme estándar de la era del teletrabajo: respetabilidad por arriba, indigencia por abajo.
Revisó la cámara. La iluminación era precaria. Intentó compensarla encendiendo una lámpara de pie que tenía la mala costumbre de zumbar como un enjambre de avispas cabreadas. En ese momento, Misterio apareció en el marco de la puerta. Se detuvo, levantó una pata delantera y comenzó a lamerse con una parsimonia insultante. Sus ojos amarillos se clavaron en Nacho. Había algo en esa mirada, una chispa de inteligencia perversa, que le recordaba a los villanos de las películas de James Bond.
—Ni se te ocurra, bicho —advirtió Nacho señalándole con el dedo—. Hoy no hay persecuciones de moscas invisibles. Hoy no hay ataques a los cables. Y sobre todo, hoy no hay paseos por el teclado. El teclado es terreno sagrado. ¿Entendido?
Misterio soltó un maullido corto, casi un bostezo, y se retiró hacia el sofá. Nacho respiró aliviado. Quizás, solo quizás, el animal había entendido la gravedad de la situación. Quizás había un pacto tácito entre especies.
A las 10:55, Nacho entró en la sala virtual. Ya había varios participantes. Sergio, su compañero de fatigas y el único amigo real que conservaba en esa picadora de carne que era la empresa, ya estaba allí. Sergio aparecía con su habitual fondo borroso que apenas ocultaba una estantería llena de cómics y una guitarra eléctrica.
—¿Qué pasa, Nacho? ¿Listo para el patíbulo? —preguntó Sergio con una sonrisa cínica mientras se ajustaba los cascos.
—Estoy al borde del colapso, tío. He dormido tres horas. Y Misterio está en modo “agente del caos”. Si me ves desaparecer de repente, llama a la protectora para que vengan a recoger mi cadáver antes de que se me coma.
—Bah, no seas dramático. Los gatos huelen el miedo. Si te ve nervioso, te va a vacilar. Relájate. Pon cara de “estoy plenamente comprometido con los valores de la compañía” y todo saldrá bien. Por cierto, ¿has visto que Don Rodrigo se ha puesto una corbata que cuesta más que mi coche?
Nacho se fijó en la miniatura de la pantalla. Efectivamente, el gran jefe acababa de entrar. Su rostro ocupaba la mayor parte de la cuadrícula, con una expresión de severidad que sugería que acababa de morder un limón rancio.
—Buenos días a todos —tronó la voz de Don Rodrigo, distorsionada por un micrófono que claramente no estaba a la altura de su ego—. Espero que estemos todos listos. No tengo mucho tiempo, tengo una comida en el Club de Golf a las dos y quiero que esto esté ventilado antes. Nacho, cuando quieras.
Nacho tragó saliva. Sintió una gota de sudor recorriéndole la espalda, justo por debajo de la camisa azul. Pulsó el botón de “Compartir pantalla”. El cursor se movió con suavidad. Todo parecía bajo control. En el rincón del ojo, vio un movimiento rápido. Misterio se había bajado del sofá. El gato empezó a caminar por el borde de la alfombra, rodeando el escritorio como un tiburón rodeando a un náufrago.
—Sí, Don Rodrigo. Empezamos con el análisis de mercado del primer trimestre… —comenzó Nacho, intentando proyectar una seguridad que no sentía.
Mientras hablaba de gráficos de barras, proyecciones de crecimiento y optimización de recursos, Misterio decidió que el rincón del escritorio, justo donde estaban los cables de la fuente de alimentación y el router, era el lugar ideal para realizar una limpieza profunda de sus partes íntimas. El sonido del lametón —ese slurp, slurp rítmico— empezó a filtrarse por el micrófono de Nacho.
Sergio, en su pequeña ventana, se tapó la boca con la mano para no reírse. Nacho le lanzó una mirada asesina a la cámara mientras seguía recitando datos.
—Como pueden observar en la diapositiva cuatro, el margen de beneficio se ha mantenido estable a pesar de… ¡Misterio, no! —se le escapó un susurro ahogado cuando el gato decidió que era el momento de estirarse.
El animal, con una elegancia que solo los depredadores poseen, extendió sus garras y las clavó en el cable trenzado del ratón, usándolo como un improvisado juguete de resistencia. Nacho tuvo que agarrar el ratón con fuerza para que no saliera volando.
—¿Perdone, Nacho? ¿Ha dicho algo? —preguntó Don Rodrigo, frunciendo el ceño—. ¿Hay algún problema con el “misterio” de los márgenes?
—No, no, perdone, Don Rodrigo. Decía que… que el misterio de los márgenes reside en la fluctuación de los costes variables. Un lapsus. Continuamos.
Nacho estaba en tensión máxima. Cada vez que Misterio movía la cola, golpeaba rítmicamente la pata de la mesa. Pum. Pum. Pum. Era como el tambor de una ejecución. El gato levantó la vista, miró fijamente a Nacho y, con una lentitud calculada, saltó sobre la mesa.
No saltó a un lado. No saltó detrás del monitor. Saltó justo en el centro, aterrizando con un golpe sordo delante del teclado, tapando por completo la cámara con su lomo negro y peludo.
En las pantallas de quince directivos de alto nivel, la gráfica de Sinergia 2026 desapareció, sustituida por un primer plano macroscópico de los pelos de un gato que necesitaba urgentemente un cepillado.
—¿Pero qué es esto? —rugió la voz de Don Rodrigo—. ¿Nacho? ¿Me oye? ¡Se ha cortado la imagen! ¡Solo veo una mancha negra!
Nacho, en pánico, intentó apartar al gato con un brazo mientras con la otra mano trataba de recuperar el control del cursor. Pero Misterio no se iba a mover tan fácilmente. Había encontrado una fuente de calor (el portátil) y un público entregado. El gato se sentó sobre el teclado, emitiendo un ronroneo que, gracias a la sensibilidad del micrófono, sonaba en los altavoces de los jefes como un motor diesel en mal estado.
—¡Misterio, baja ahora mismo! —siseó Nacho, olvidando por completo que el micrófono seguía abierto.
Y entonces, ocurrió lo inevitable. Misterio, buscando una posición más cómoda, caminó sobre la fila de teclas superiores. Sus almohadillas presionaron, con una precisión casi quirúrgica, la combinación de teclas que enviaba el equipo a reposo, o quizás fue el botón de “Finalizar reunión”. Nadie lo supo con certeza.
La pantalla se quedó en negro. El silencio inundó el salón de Nacho. Solo se oía el zumbido de la lámpara y el ronroneo triunfal del gato.
Parte 2: El silencio del culpable
Nacho se quedó petrificado, con las manos suspendidas en el aire como un director de orquesta al que le han robado la batuta en mitad de una sinfonía. El silencio en el piso era tan denso que casi se podía cortar. Miró la pantalla del portátil, que reflejaba su propio rostro espantado y una pequeña luz blanca parpadeante que indicaba que el sistema estaba intentando reiniciarse.
Misterio, por su parte, se había quedado allí mismo, sentado sobre el trackpad, mirándole con una mezcla de aburrimiento y superioridad moral. Se pasó una pata por la oreja, como diciendo: “¿Ves lo fácil que ha sido? Ahora dame de comer otra vez”.
—Me has arruinado la vida —susurró Nacho, con una voz que temblaba entre el llanto y el deseo de mudarse a una cueva en los Pirineos—. Don Rodrigo va a usar mi cabeza como trofeo en su despacho. Me van a despedir de forma procedente. Van a poner una cláusula en mi contrato que diga que no puedo acercarme a un router en diez kilómetros a la redonda.
El gato bostezó, mostrando una hilera de dientes afilados, y saltó de la mesa con la ligereza de una pluma, dejando tras de sí un par de pelos negros pegados a la tecla “Escape”.
Nacho reaccionó. Sus manos empezaron a volar sobre el teclado. “¡Venga, enciende, cacharro de mierda!”, gritaba en silencio. El ordenador parecía haberse tomado el sabotaje felino como una oportunidad para instalar actualizaciones pendientes. El círculo de carga de Windows giraba con una lentitud que Nacho sentía como una tortura medieval.
En ese momento, su teléfono móvil, que descansaba sobre la mesa, empezó a vibrar como si tuviera un ataque de epilepsia. El nombre en la pantalla era “SERGIO (CURRO)”. Nacho contestó antes de que terminara el primer tono.
—¡Sergio! ¡Dime que sigo vivo! ¡Dime que no se ha notado! —exclamó Nacho, caminando de un lado a otro del salón.
Al otro lado de la línea, el sonido de las carcajadas de Sergio era tan fuerte que Nacho tuvo que apartarse el móvil del oído.
—¡Tío! ¡Ha sido glorioso! —consiguió decir Sergio entre risas—. La cara de Don Rodrigo ha sido para enmarcarla. Se ha quedado mirando su propia pantalla como si le estuvieran haciendo un exorcismo. De repente, todo negro y un ruido de motor de camión que ocupaba todo el audio. ¿Qué ha pasado? ¿Misterio ha decidido que la presentación era aburrida?
—No es gracioso, Sergio. Se ha subido a la mesa. Se ha sentado encima. Creo que ha pulsado todas las teclas de función a la vez. El ordenador ha entrado en pánico y se ha apagado. ¡Y lo peor es que me ha oído llamarle por su nombre!
—Bueno, técnicamente —dijo Sergio, tratando de recuperar la compostura—, Don Rodrigo cree que has dicho que “el misterio de los márgenes” era la causa del corte. Se ha quedado un rato refunfuñando sobre la fibra óptica en España y luego ha dicho que “esta juventud no sabe ni conectar un cable”. Pero sí, la reunión se ha disuelto. Ha dicho que ya leerá el informe por correo y que le enviemos las conclusiones por escrito antes de las dos.
Nacho se desplomó en el sofá. El alivio fue tan intenso que sintió que se le aflojaban las piernas.
—¿Me estás diciendo que no me han echado?
—De momento no. Pero el viejo está de un humor de perros. O de gatos, mejor dicho. Oye, Nacho… sinceramente…
—¿Qué?
—Estoy del lado de tu gato.
Nacho frunció el ceño, mirando a Misterio, que ahora perseguía una mota de polvo invisible bajo el radiador.
—¿Cómo que estás de su lado? Me ha boicoteado la reunión más importante del año.
—Piénsalo, Nacho —continuó Sergio, ahora con un tono más filosófico—. Llevábamos cuarenta minutos escuchando a un señor que cobra diez veces más que nosotros hablar de “optimización de flujos de trabajo” mientras nos insinuaba que nos iba a quitar los tickets restaurante. Estábamos todos muriendo por dentro. Tu gato ha tenido los huevos de hacer lo que todos deseábamos: darle al botón de apagar. Es un héroe de la clase obrera, tío. Un anarquista de cuatro patas.
—Es un imbécil con pelaje, eso es lo que es —refunfuñó Nacho—. Ahora tengo que pasarme las próximas tres horas redactando un correo de disculpa infinito y resumiendo cincuenta diapositivas en un texto que Don Rodrigo no leerá porque estará ocupado pidiendo un lenguado al horno.
—Mira, aprovecha. El gato te ha dado una salida. Dile que hubo un pico de tensión en el barrio, que saltaron los plomos, algo creíble. No menciones al animal. Si Don Rodrigo se entera de que un gato de cuatro kilos tiene más poder sobre la infraestructura tecnológica de la empresa que su departamento de IT, le da un parraque.
Nacho colgó el teléfono y miró a Misterio. El gato se había detenido y ahora le observaba con esos ojos grandes y redondos, con la punta de la cola moviéndose apenas un milímetro. Era la viva imagen de la inocencia.
—No me mires así —dijo Nacho—. Sé que lo has hecho a propósito. Sabías exactamente qué teclas tocar. Eres como un hacker, pero con más pelo y sin necesidad de Red Bull.
Se sentó de nuevo al escritorio para empezar el dichoso informe. El ambiente en el piso había cambiado. La tensión de la mañana se había disuelto en una especie de resignación cómica. Nacho empezó a teclear, pero de vez en cuando se detenía para observar a su compañero de piso.
Empezó a pensar en la dinámica de su relación. ¿Quién vivía con quién? Él pagaba el alquiler, la luz, el gas y la comida de marca (porque el señorito no aceptaba marca blanca). Él limpiaba el arenero. Él se aseguraba de que hubiera agua fresca. Y a cambio, Misterio le permitía dormir en la cama (en un rincón muy estrecho, eso sí) y le regalaba momentos de sabotaje profesional.
“¿Los gatos mejoran la casa o la controlan?”, se preguntó Nacho mientras redactaba un párrafo sobre el retorno de inversión. La respuesta le parecía cada vez más clara. Su casa ya no era suya. Era un territorio soberano gobernado por una dictadura felina donde él solo era el embajador de suministros.
Decidió hacer una pausa. Fue a la cocina y, en un acto de rendición incondicional, abrió una de las latas de “edición especial” que guardaba para ocasiones señaladas. El sonido del metal al abrirse actuó como un imán supersónico. Antes de que Nacho pudiera dejar la lata en el suelo, Misterio ya estaba frotándose contra sus tobillos, emitiendo un ronroneo que vibraba hasta en los cimientos del edificio.
—Eres un chantajista —dijo Nacho mientras el gato comía—. Pero tienes suerte de que Sergio tenga razón. Ese “clic” ha sido lo mejor que me ha pasado en toda la semana.
Sin embargo, la paz no duraría mucho. El teléfono volvió a sonar. Esta vez no era Sergio. Era un número oculto.
—¿Sí? —respondió Nacho con un nudo en el estómago.
—Nacho, soy Don Rodrigo. He estado pensando en lo que ha pasado.
Nacho sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El gato, ajeno a todo, seguía relamiéndose el bigote.
Parte 3: La diplomacia del bigote
La voz de Don Rodrigo por el teléfono tenía esa vibración metálica que solo adquieren los jefes cuando están a punto de decir algo que va a cambiar tu fin de semana de “descanso” a “infierno personal”. Nacho apretó el móvil contra su oreja, esperando la ejecución pública.
—Sí, Don Rodrigo. Verá, lo de antes… le pido mil disculpas, ha sido un problema técnico imprevisto, un pico de tensión en la zona de Chamberí, parece que los de la compañía eléctrica están de obras y…
—Cállese un momento, Nacho —le interrumpió el jefe. Hubo un silencio dramático—. No me hable de la compañía eléctrica. He estado revisando la grabación que se ha guardado automáticamente en la nube antes de que se cortara el flujo de datos.
A Nacho se le heló la sangre. La nube. El gran ojo que todo lo ve. Había olvidado que la plataforma de reuniones grababa por defecto todas las sesiones para que luego el departamento de Calidad pudiera ignorarlas.
—¿La grabación? —balbuceó Nacho.
—Sí. La he puesto a cámara lenta. He visto una sombra negra. Una mancha peluda que ha ocupado toda la pantalla justo antes de que nos quedáramos a oscuras. Nacho… ¿eso que he visto era un gato?
Nacho miró a Misterio. El bicho acababa de terminar su lata de lujo y ahora se dedicaba a mirarse el reflejo en la puerta de la nevera con una vanidad insoportable. Nacho tuvo que tomar una decisión en milisegundos: o mentía y quedaba como un loco que ve sombras, o confesaba y quedaba como un pringao que no sabe controlar a su mascota.
—Sí, Don Rodrigo —admitió Nacho con un suspiro de derrota total—. Es mi gato, Misterio. Se subió a la mesa y… bueno, supongo que decidió que la reunión se había extendido demasiado.
Esperó el grito. Esperó el “estás despedido”. Esperó que le dijeran que recogiera sus cosas de la oficina (aunque sus cosas solo fueran una taza sucia y un cargador de móvil roto). Pero lo que escuchó fue algo que no esperaba en absoluto: una risotada seca y ronca.
—¡Ja! ¡Lo sabía! —exclamó Don Rodrigo—. Mi mujer tiene un siamés que hace exactamente lo mismo. El otro día, en medio de una cena con el embajador de no sé dónde, el bicho tiró una sopera de consomé encima de los papeles del tratado de exportación. Esos animales no tienen respeto por nada. Ni por la jerarquía, ni por el protocolo, ni por el PIB.
Nacho se quedó mudo. ¿Estaba Don Rodrigo… empatizando?
—¿Usted también tiene gato, señor?
—Tengo un dictador con bigotes que vive en mi casa y me permite dormir en ella, si a eso se refiere. Se llama “César”, aunque debería llamarse “Atila”. Escuche, Nacho, no me envíe el informe. Ya he visto suficiente. Si su gato ha decidido que la reunión era una pérdida de tiempo, probablemente lo era. Los gatos tienen un instinto especial para detectar la burocracia innecesaria. He decidido cancelar la segunda parte de la auditoría. Nos fiaremos de sus números. Si el gato no lo ha arañado a usted, es que el proyecto es sólido.
—Yo… muchas gracias, Don Rodrigo. No sé qué decir.
—No diga nada. Dele una de esas golosinas de salmón de mi parte. Y Nacho… que no se repita. La próxima vez, cierre la puerta o póngale un bozal. O lo que sea que se les haga a esas fieras. Buen fin de semana.
Don Rodrigo colgó. Nacho se quedó mirando el teléfono durante un minuto entero. El silencio en el salón era ahora casi celestial. Había pasado de ser un desempleado en potencia a ser un visionario corporativo validado por un felino.
Inmediatamente llamó a Sergio.
—¡Tío! No te lo vas a creer. Don Rodrigo es “persona de gatos”.
—¿Qué me cuentas? —contestó Sergio, que parecía estar masticando algo—. ¿Te ha ascendido a Director de Asuntos Felinos?
—Casi. Ha visto la grabación, ha visto a Misterio y se ha puesto a contarme batallitas de su siamés. Ha cancelado la auditoría. ¡Nos hemos librado, Sergio! ¡Misterio nos ha salvado el culo!
—Te lo dije, Nacho. Los gatos son el siguiente paso en la evolución sindical. Olvídate de las huelgas y las pancartas. Lo que hace falta es un bicho que pise la tecla “Power” en el momento justo. Deberíamos sindicarnos todos bajo el nombre de “La Garra Obrera”.
Nacho se rió y colgó. Miró a Misterio, que ahora se había tumbado cuan largo era sobre la alfombra, aprovechando un rayo de sol que entraba por la ventana. Parecía la criatura más inofensiva del planeta.
Sin embargo, Nacho empezó a reflexionar seriamente sobre la pregunta que le rondaba la cabeza. ¿Realmente los gatos mejoran la casa o la controlan?
Si analizaba las últimas dos horas, la respuesta era inquietante. Misterio no solo había controlado la reunión; había controlado su estado emocional, su carrera profesional y, en última instancia, el destino de un proyecto de miles de euros. Y lo había hecho sin mover un solo músculo de más. Con un simple paseo sobre el teclado.
Nacho se acercó al gato y se sentó en el suelo a su lado. Le acarició la cabeza, justo detrás de las orejas, donde más le gustaba. El animal cerró los ojos y empezó a ronronear con esa intensidad que parecía hacer vibrar el suelo.
—Así que lo tenías todo planeado, ¿eh? —le dijo Nacho—. Sabías que Don Rodrigo tenía un siamés. Sabías que la reunión era un tostón. Sabías que si cortabas la conexión en el minuto cuarenta y dos, el impacto psicológico sería óptimo para evitar la auditoría.
Misterio abrió un ojo, le miró con una desidia infinita y volvió a cerrarlo. No necesitaba confirmar nada. Los hechos hablaban por sí solos.
Nacho se dio cuenta de que su relación con Misterio no era una convivencia, era una gestión de crisis constante. El gato no mejoraba la casa en el sentido tradicional —no limpiaba, no cocinaba, llenaba todo de pelos y de vez en cuando rompía algún jarrón—, pero la hacía… interesante. La hacía impredecible. En un mundo de hojas de Excel, correos pasivo-agresivos y videollamadas interminables, el gato era el elemento de caos puro que mantenía el equilibrio mental del hogar.
O quizás eso era solo el síndrome de Estocolmo hablando.
De repente, Misterio se levantó. No lo hizo con calma. Se puso en posición de alerta, con las orejas hacia atrás y los ojos fijos en la nada, en un rincón vacío del pasillo. Empezó a emitir un gruñido bajo, casi imperceptible.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Nacho, sintiendo un escalofrío—. ¿Hay un fantasma? ¿O es que Don Rodrigo se ha arrepentido y viene hacia aquí?
El gato salió disparado hacia el pasillo a toda velocidad, derrapando en el parqué y tirando una pila de revistas que Nacho acababa de ordenar. Se oyó un estrépito en la cocina.
Nacho suspiró.
—Vale, definitivamente no la mejoran. La controlan. Y el precio de su protección es el caos absoluto.
Parte 4: La soberanía del caos
Nacho entró en la cocina y se encontró con el panorama habitual: Misterio había decidido que el estante de las especias era un obstáculo innecesario para su carrera de obstáculos matutina. El bote de orégano yacía en el suelo, esparciendo un aroma a pizzería barata por toda la estancia. El gato, por su parte, estaba sentado encima de la nevera, mirándole desde las alturas con la dignidad de un emperador romano observando a un esclavo que limpia el circo.
—Muy bien, César. Mensaje recibido —dijo Nacho mientras recogía el desastre—. Tú mandas. Yo solo soy el que pasa la mopa.
Mientras limpiaba, Nacho empezó a pensar en cómo había cambiado su percepción de la casa desde que Misterio vivía allí. Antes, el piso era solo un lugar donde dormir y ver series. Ahora era un ecosistema. Cada rincón tenía un significado diferente según el gato. El alféizar de la ventana era el puesto de vigilancia fronteriza. El espacio debajo de la cama era el búnker de seguridad. El teclado del portátil era el escenario de sus mejores actuaciones de sabotaje político-social.
Se dio cuenta de que, en realidad, la pregunta de si los gatos mejoran o controlan la casa no tenía una respuesta excluyente. Controlan la casa para mejorarla, o al menos para mejorarla según sus propios estándares. Un gato no entiende de hipotecas ni de deudas con la Seguridad Social, pero entiende perfectamente cuándo su humano está a punto de tener un ataque de ansiedad frente a una luz azul y decide que es hora de intervenir.
Nacho volvió al salón. El sol ya bañaba casi toda la habitación. Se sentó de nuevo frente al ordenador, pero esta vez no lo abrió. Se quedó mirando el dispositivo negro y frío. Pensó en Sergio, que probablemente estaría ahora mismo riéndose de él mientras se preparaba unos macarrones, y pensó en Don Rodrigo, que quizás estaría acariciando a su siamés mientras planeaba cómo despedir a alguien que no tuviera gato para protegerse.
—Misterio —llamó Nacho.
El gato bajó de la nevera con un salto silencioso y caminó hacia él con ese contoneo elegante y chulesco. Se sentó a sus pies y empezó a frotar su cara contra la espinilla de Nacho, dejando un rastro de feromonas y pelos que decían “esto es mío”.
—Sabes una cosa… —continuó Nacho—, creo que tienes razón. La casa está mucho mejor bajo tu mando. Al menos tú no pides informes de KPIs a las once de la mañana. Tú solo pides que el sol dé en el ángulo correcto y que no se acabe el salmón.
Abrió el portátil una última vez antes de cerrar por el fin de semana. Tenía un mensaje nuevo de Sergio en el chat del equipo.
“Oye, Nacho, he estado pensando. Si tu gato ha conseguido que Don Rodrigo cancele una auditoría con solo sentarse en un botón, ¿qué crees que pasaría si lo llevamos a la oficina el día que discutan los bonus de Navidad?”
Nacho sonrió. Tecleó rápidamente:
“No creo que la empresa esté preparada para tanto poder. Misterio tiene estándares. Él no trabaja por dinero, trabaja por latas de calidad superior. Y no sé si la empresa tiene presupuesto para su caché.”
Cerró la tapa del portátil con un clic satisfactorio. Por primera vez en meses, no sentía el peso del lunes siguiente sobre sus hombros. Se levantó, fue al armario y sacó un juguete de plumas atado a un palo que Misterio adoraba.
—Venga, tirano —dijo Nacho agitando el juguete—. Vamos a celebrar que todavía tenemos un techo bajo el que vivir. Pero te lo advierto: la próxima vez que haya una videollamada, si quieres participar, me lo dices y te pongo un fondo de pantalla de una selva o algo.
El gato saltó en el aire, atrapando las plumas con una destreza letal. En ese momento, Nacho lo vio claro. Los gatos no mejoran la casa, ni la controlan. Los gatos la poseen. Nosotros somos simplemente los invitados que pagan las facturas y que, de vez en cuando, tienen la suerte de ser salvados por un error de sistema provocado por una pata peluda.
Al final del día, mientras Nacho se preparaba para dormir, Misterio ya se había adueñado del centro de la cama, dejando para Nacho un espacio de apenas treinta centímetros cerca del borde. Nacho se acomodó como pudo, tratando de no molestar a la deidad durmiente.
—Buenas noches, jefe —susurró.
Misterio respondió con un leve movimiento de la punta de la cola. El contrato de convivencia seguía vigente. El control era absoluto. Y, extrañamente, Nacho nunca se había sentido tan en casa. La vida en el “zulo de Chamberí” ya no era una lucha solitaria contra el mundo corporativo; era una comedia de enredo compartida con un compañero que no sabía lo que era una hoja de cálculo, pero que sabía perfectamente cuándo había que apagar el mundo.
Y así, en el silencio de la noche madrileña, con el eco de los cláxones lejanos y el ronroneo rítmico a su lado, Nacho se quedó dormido, sabiendo que, pasara lo que pasara el lunes, siempre habría una sombra negra dispuesta a saltar sobre el teclado para salvarle de sí mismo.