Lo que van a ver es una reconstrucción de los hechos y un relato sobre el valor que se necesita para hablar por los que ya no tienen voz. Antes de continuar, ¿desde dónde nos ves? Escríbelo en los comentarios. Para Javier, un paramédico de 45 años de la Defensa Civil en Cali, el sonido de la sirena era la banda sonora de su vida. Era una llamada al deber, una carrera contra el tiempo para salvar una vida.
Pero la noche del 21 de agosto de 2025, la explosión que sacudió el barrio de Salomia no se pareció a nada que hubiera escuchado antes. Fue un rugido profundo, vesteral, que hizo temblar los cimientos de la ciudad y de su propia alma. Un camión bomba había explotado frente al batallón de infantería Pichincha.

Javier y su equipo fueron de los primeros en llegar. La escena era un infierno dantesco. El olor a azúcar quemada de un puesto de churros cercano se mezclaba con el olor acre de la cordita, el cráter humeante, los edificios residenciales con las ventanas reventadas, los gritos de los heridos mezclados con el llanto de los niños.
Durante horas, en medio del humo, el polvo y el caos, Javier hizo su trabajo. Vendó heridas, inmovilizó fracturas, consoló a los moribundos. se movía como un autómata, impulsado por la adrenalina y años de entrenamiento. Pero mientras trabajaba, una pregunta lo carcomía por dentro, un taladro en su mente.
Su hermano menor, David, de apenas 19 años, había ingresado al ejército tres meses antes. Era un soldado bachiller y estaba prestando su servicio en ese mismo batallón. La última vez que lo vio, David le había confesado su miedo, no a los combates, sino al aburrimiento y a la incertidumbre. Javier le había dicho que estuviera orgulloso, que servir al país era un honor.
Ahora esas palabras le sabían a veneno. Durante horas, Javier intentó llamarlo, pero el teléfono de David estaba apagado. En cada rostro joven y sin vida que encontraba entre los escombros, en cada cuerpo que ayudaba a subir a una ambulancia, temía reconocer el de su hermano. La confirmación llegó al amanecer. En la frialdad de una morgue improvisada, un oficial con el rostro cansado leyó un nombre de una lista.
David Rojas. Javier sintió como el suelo desaparecía bajo sus pies. El paramédico que había intentado salvar a todo el mundo, no había podido hacer nada por la única persona que más le importaba. El rescatista necesitaba ser rescatado, pero no había nadie que pudiera hacerlo. Mientras Cali se sumía en el luto, el país se sumía en un feroz debate político.
El atentado fue rápidamente atribuido a las disidencias de las FARC, el autodenominado estado mayor central, EMC, uno de los principales grupos con los que el gobierno del presidente Gustavo Petro mantenía un cese al fuego y negociaciones de paz como parte de su política de paz total. Para la oposición, el atentado era la crónica de una muerte anunciada.
Llevaban meses advirtiendo que los ces al fuego estaban siendo aprovechados por los grupos armados para fortalecerse, rearmarse y expandir su control territorial. Acusaban al gobierno de ser ingenuo, de dar concesiones a terroristas a cambio de una paz ficticia. Para el gobierno era una tragedia, pero también una prueba de la necesidad de continuar el diálogo.
Argumentaban que estos eran los coletazos de la guerra, actos de facciones que se oponían a la paz y que abandonar la negociación sería darle la victoria a los violentos. Pero para Javier, sentado en la casa de sus padres, recibiendo el pésame de sus vecinos, todo ese ruido político era un insulto.
Su hermano no era un coletazo de la guerra, era un joven con sueños, que amaba el fútbol y que quería estudiar ingeniería. Su muerte no era un daño colateral en un complejo proceso de paz, era un asesinato. Y para Javier ese asesinato tenía un responsable político, un gobierno que en su opinión había creado las condiciones para que ocurriera.
La promesa de la paz total había traído la guerra a la puerta de su casa. Y él, que había dedicado su vida a salvar a otros, ahora solo sentía el deseo de exigir justicia. Los días que siguieron al atentado, Cali fue una ciudad en duelo. El velorio de David en la modesta casa de sus padres en el barrio Alfonso López se convirtió en un microcosmos del dolor de la ciudad.
Vecinos, amigos y familiares llenaban la pequeña sala susurrando oraciones y compartiendo recuerdos. Javier, de pie junto al ataúd escuchaba las historias. David como el niño travieso que empinaba cometas, el adolescente que soñaba con ser ingeniero para construir puentes, el joven soldado que enviaba la mitad de su sueldo a casa.
Cada recuerdo era una daga en el corazón de Javier, un recordatorio de todo lo que se había perdido. Bajo el manto de la tristeza crecía una corriente subterránea de rabia. Javier se convirtió, sin buscarlo, en el epicentro de ese dolor. Como paramédico que estuvo en la escena y como hermano de una de las víctimas, su testimonio era devastadoramente real.
Los medios de comunicación lo buscaban, pero él se negaba a hablar. Sentía que sus palabras serían utilizadas como armas en la guerra política que despreciaba. El gobierno, mientras tanto, intentaba controlar la narrativa. El ministro de Defensa habló de hechos aislados que no comprometen la voluntad de paz del EMC. El presidente Petro en su cuenta de Twitter publicó un mensaje de condolencia y reafirmó su inquebrantable compromiso con el diálogo como única salida.
Para Javier y las demás familias de las víctimas, esas palabras sonaban a traición. Se sentían como si el gobierno estuviera más preocupado por salvar su proceso de paz con los verdugos que por hacer justicia para sus muertos. “Están negociando sobre el ataúd de mi hermano”, le dijo Javier a su padre en un arrebato de dolor.
Llaman gestos de paz a un cese al fuego que les permite a esos asesinos moverse por la ciudad. planear un atentado y matar a nuestros hijos. ¿Qué clase de paz es esta? Es la paz de los sepulcros. La indignación de Javier llegó a su punto de ebullición cuando se anunció que el presidente Petro viajaría a Cali. La agenda oficial incluía un consejo de seguridad a puerta cerrada y una visita a los heridos en el hospital.
Para el gobierno era un acto de presencia y solidaridad. Para Javier era una puesta en escena, un tour de relaciones públicas sobre su tragedia personal. No voy a permitir que venga a tomarse una foto con los heridos para limpiar su imagen. Le dijo a un grupo de familiares de otras víctimas que se habían reunido en su casa.
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Entre ellos estaba doña Elvira, cuyo pequeño puesto de arepas frente al batallón había quedado reducido a cenizas. No voy a permitir que nuestra historia sea usada como telón de fondo para sus discursos. Si el presidente viene a Cali, tiene que escuchar la verdad, no la verdad de sus ministros, sino la nuestra, la verdad que huele a pólvora y a sangre.
Fue entonces cuando tomó una decisión. No buscaría una reunión privada. Sabía que allí su voz sería controlada, sus palabras diluidas. decidió que la confrontación tenía que ser pública. Se enteró por un contacto en la prensa del lugar y la hora exactos en que el presidente daría una declaración a los medios, a las afueras del hospital, donde aún luchaban por su vida varios de los heridos. Ese sería su escenario.
No necesitaba un micrófono. Su voz sería su dolor y su uniforme, el mismo que llevaba puesto la noche del atentado, todavía manchado con la sangre y el polvo de las ruinas, sería su pancarta. No iba a pedir nada, iba a acusar. Iba a convertirse en la conciencia de un país que en su búsqueda desesperada de la paz corría el riesgo de olvidarse de la justicia.
se preparó para su último acto como rescatista, intentar rescatar la verdad de entre los escombros de la narrativa oficial. ¿De qué sirve una paz total? Cuando un gobierno dialoga con los verdugos, ¿quién habla en nombre de las víctimas? Y si el Estado no lo hace, ¿no es el deber de un ciudadano común levantarse y gritar la verdad sin importar las consecuencias? El Hospital Universitario del Valle era un circo mediático.
Decenas de periodistas, camarógrafos y fotógrafos se agolpaban tras una cinta amarilla de seguridad esperando la llegada del presidente. La visita de Gustavo Petro a Cali después del atentado era el evento político más importante de la semana. Javier llegó al lugar sin llamar la atención. Vestía su uniforme de la defensa civil.
El mismo que llevaba la noche de la explosión no lo había lavado. Las manchas de sangre y el polvo de los escombros eran un testimonio silencioso. Se mezcló entre los familiares de las víctimas que esperaban noticias. Su rostro una máscara de dolor y determinación. Cuando la caravana presidencial llegó, el caos se apoderó del lugar.
El presidente Petro descendió de su vehículo blindado, rodeado por un enjambre de guardaespaldas. Se dirigió directamente a un podio improvisado para dar su declaración a la prensa. Habló de unidad, de no dejarse vencer por el terror y reafirmó su controvertida tesis. Este atentado no es una razón para abandonar el diálogo, sino para acelerarlo.
Para Javier, cada palabra era una puñalada. Mientras el presidente hablaba, él comenzó a moverse. Con una calma que contrastaba con el frenesí a su alrededor, se abrió paso entre los periodistas, que al principio intentaron detenerlo, pero que al ver la autoridad en su mirada y la verdad en su uniforme sucio, instintivamente le abrieron paso.
Justo cuando Petro terminaba su declaración, Javier llegó a la primera línea frente a él, a solo unos metros de distancia. no gritó. Esperó a que las preguntas de los periodistas comenzaran y en una pausa, su voz, la de un hombre acostumbrado a dar órdenes en medio del caos, resonó con una claridad atronadora. “Señor presidente, componen placement”, exclamó.
Todas las cámaras se giraron hacia él. Los guardaespaldas se tensaron formando un escudo humano alrededor de Petro. Pero ya era tarde. La atención de todo el país estaba sobre Javier. Usted viene aquí a ofrecer condolencias en nombre de mi hermano David, asesinado en ese batallón, y en nombre de muchas de las víctimas, no las aceptamos, dijo, su voz cargada de una emoción contenida.
señaló su propio uniforme. Esta sangre que ve en mi ropa, presidente, es la sangre de mi hermano y es también la tinta con la que se firman sus acuerdos de paz. Su paz total les dio a los terroristas del EMC el tiempo, el espacio y la impunidad para planear y ejecutar esta masacre. Hace tres semanas, la Defensoría del Pueblo emitió una alerta temprana sobre el rearme de este grupo en el Cauca y el Valle.
Su oficina respondió pidiendo no estigmatizar los gestos de paz. Estos son sus gestos de paz. El rostro de Petro era una mezcla de sorpresa, incomodidad y enojo. Estaba siendo desafiado públicamente de la forma más cruda posible. “Su búsqueda de la paz nos trajo la guerra a nuestra puerta”, continuó Javier sin bajar la mirada.
Usted habla de gestos de paz y ellos responden con bombas. Usted habla de diálogo y ellos responden con muertos. Usted dice que no hay que levantarse de la mesa de negociación. Mi hermano fue arrancado de la mesa donde cenaba por su negociación. Le pregunto, señor presidente, ¿cuántos muertos más vale su paz total? La acusación era directa, brutal.
Petro, acorralado y en vivo para todo el país, intentó responder con la lógica de un jefe de estado. “Entiendo su dolor y es inmenso”, dijo su tono ahora defensivo. “Pero el camino a la paz es complejo y trágicamente tiene costos. Abandonar el diálogo ahora sería entregarle el país a una espiral de violencia sin fin. Sería la peor de las derrotas.” Era un argumento racional.
Quizás incluso correcto desde una perspectiva macropolítica. Pero frente al dolor puro y tangible de Javier, frente a su uniforme manchado de sangre, la respuesta del presidente sonó fría, distante, casi arrogante. Sonó como la justificación de un rey que explica a un peón por qué debe ser sacrificado en el gran tablero de ajedrez.
Y esa desconexión, esa fría razón de estado frente a una herida abierta fue el verdadero mensaje que recibió Colombia en ese momento. La respuesta del presidente no calmó a Javier, al contrario, avivó su fuego. El costo no lo está pagando usted, presidente. Swingó su voz ahora sí rompiéndose por el dolor. No lo pagan sus ministros ni sus negociadores.
El costo lo estamos pagando nosotros aquí con nuestros muertos. Mi hermano fue el costo de su paz. La escena era insostenible. Los asesores del presidente, viendo que la situación estaba fuera de control y que la imagen de un petro acorralado era desastrosa, rápidamente lo rodearon y lo guiaron hacia la entrada del hospital.
El presidente no dará más declaraciones”, anunció un miembro de su equipo. Petro fue engullido por el edificio, dejando a Javier solo en medio del torbellino de cámaras y micrófonos. No hubo una invitación a una reunión privada, no hubo un gesto de humildad, no hubo una solución, solo hubo una confrontación, una verdad incómoda y una retirada.
Para muchos, esa imagen fue más elocuente que cualquier discurso. El poder, confrontado por una víctima, había elegido el silencio y la evasión. En los días siguientes, el gobierno intentó minimizar el incidente. El ministro de Defensa calificó la intervención de Javier como el entendible desahogo de una víctima en shock, pero el daño ya estaba hecho.
El video de la confrontación se había convertido en el símbolo del descontento de una gran parte del país con la política de paz total. Javier se había convertido en la voz de los escépticos, de las víctimas que se sentían ignoradas. Una semana después, el gobierno anunció que revisaría los protocolos del CES al fuego, pero reafirmó que el diálogo con el EMC continuaría.
La maquinaria política siguió su curso. La masacre de Cali se convirtió en una estadística más, en un arma arrojadiza entre el gobierno y la oposición. Y las víctimas, como siempre quedaron en el medio. Javier no volvió a buscar al presidente. Entendió que su lucha no era contra un hombre, sino contra una idea. Con la ayuda de otros familiares de las víctimas, creó la fundación Memorias de David, una organización dedicada a documentar los crímenes cometidos por grupos armados durante los ces al fuego y a exigir que la voz de las víctimas
sea una condición indispensable en cualquier negociación de paz. No se convirtió en un político, siguió siendo un paramédico. Pero ahora, además de salvar vidas en las emergencias, dedicaba su tiempo a salvar la memoria, a luchar para que la búsqueda de una paz futura no se construyera sobre la injusticia del presente.
Su historia no tuvo un final feliz ni una resolución clara. Terminó como empiezan muchas historias en Colombia, con una herida abierta y la determinación de un ciudadano común de que a pesar de todo, el olvido no ganará la batalla. La búsqueda de la paz es quizás el objetivo más noble que una nación puede tener.

Pero la historia de Javier y David nos obliga a hacernos las preguntas más difíciles. Al final, ¿quién tiene la razón? El presidente que está dispuesto a pagar un precio terrible por la posibilidad de una paz futura o el hombre que vive en la dolorosa realidad de ese precio hoy. Y la pregunta más importante, ¿le da el poder a un gobierno el derecho a decidir qué vidas son un costo aceptable en el camino hacia la paz? Nos encantaría leer tu opinión en los comentarios.
Es un debate que Colombia necesita tener. Si esta historia sobre el coraje de un hombre que se negó a hacer un daño colateral te ha conmovido, suscríbete a nuestro canal, dale a me gusta y compártela, porque la memoria de las víctimas es la única brújula que puede guiarnos hacia una paz verdadera. Hasta la próxima. M.