Una crisis que no aparecería en los periódicos ni en las revistas de espectáculos, pero que estaba a punto de cambiarlo todo. Venía de una reunión en los estudios de la Columbia Pictures, donde un productor norteamericano de apellido Feldman le había ofrecido un contrato millonario para filmar tres películas en Hollywood con diálogos en inglés, con un personaje completamente distinto al que él había construido durante 20 años.
un personaje que no tendría nada del peladito, nada del barrio, nada de ese lenguaje enredado y filosófico con el que millones de mexicanos se reconocían a sí mismos. Le habían ofrecido dinero, fama internacional, el nombre de Mario Moreno en marquesinas de Nueva York y Los Ángeles. Y él había dicho que necesitaba pensarlo, pensarlo como si hubiera algo que pensar cuando te piden que te conviertas en otra persona.
Caminaba por la calle de Madero con ese peso encima cuando escuchó el sonido. Al principio no lo distinguió del ruido general de la ciudad. ese tapiz de bocinas y conversaciones y pasos y gritos de vendedores que forma la música sin nombre de los centros históricos de América Latina, pero después lo escuchó de nuevo y esta vez sí lo distinguió.

Era un violín, no una radio, no un organillero, no una orquesta de bodas escapada de algún salón de fiesta cercano. Era un violín solo, limpio, un poco rasposo en los bordes del sonido, pero absolutamente honesto en su centro. Un violín que tocaba la paloma. Esa melodía que en México tiene el extraño poder de hacerte sentir que estás recordando algo que nunca viviste.
Mario se detuvo. No fue una decisión consciente. Sus pies simplemente se negaron a seguir caminando como si el suelo debajo de ellos hubiera cambiado de consistencia. Se quedó parado en medio de la banqueta con los transeútes esquivándolo por ambos lados como agua alrededor de una piedra y escuchó. El violín venía de la esquina con la calle de Bolívar.
Mario giró la cabeza y lo vio. Era un hombre viejo, no viejo de años solamente, sino viejo de vida, de esa vejez que viene cuando las cosas difíciles se acumulan demasiado rápido y el cuerpo empieza a cargarlas en los hombros, en la curva de la espalda, en las manos. Estaba sentado en una silla de madera desvencijada con el violín apoyado en el hombro izquierdo y el arco moviéndose con una lentitud que al principio parecía torpeza, pero que Mario reconoció de inmediato como algo completamente distinto. Era precisión.
Era el movimiento exacto de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo y no necesita apresurarse para demostrarlo. Tenía los ojos cubiertos por una venda de tela blanca. ya amarillenta en los bordes que le daba la vuelta a la cabeza. Frente a él, sobre el piso de piedra de la banqueta, había un sombrero de palma volcado boca arriba, con tres o cuatro monedas de cobre dentro que brillaban sin gran entusiasmo bajo la luz gris de esa tarde de octubre.
Pero no era el violinista lo que hizo que Mario Moreno se quedara completamente inmóvil. Era la niña. Sentada en el suelo, junto a la silla del hombre viejo. Había una niña de quizás o 9 años con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, que miraba a los transeútes con unos ojos de una intensidad casi incómoda.
No pedía, no extendía la mano ni decía nada, solo miraba. Con esa mirada directa e inocente que tienen los niños antes de aprender, que mirar directamente a la gente en la calle es una forma de hacer que se sientan incómodos. Y la gente pasaba. Pasaba sin detenerse, sin mirar el sombrero, sin aflojar el paso ni un segundo.
La Ciudad de México de 1948 era una ciudad que tenía prisa. Siempre había tenido prisa. Mario metió la mano en el bolsillo del saco, sacó un billete de 20 pesos y lo dejó caer suavemente dentro del sombrero. El hombre viejo no interrumpió la melodía, pero la niña levantó la vista hacia Mario con esa expresión de los niños que han aprendido a desconfiar de los adultos amables.
Una expresión que mezcla gratitud y cautela en proporciones iguales. Mario le sostuvo la mirada un segundo, le guiñó el ojo y siguió caminando. Había dado cuatro pasos cuando la voz del violinista lo detuvo de nuevo. Era una voz que no correspondía al cuerpo. El hombre era viejo y encorbado y parecía hecho de viento y huesitos.
Pero su voz tenía un peso específico, una gravedad tranquila que venía de muy adentro, de ese lugar en el que los hombres guardan las cosas que han aprendido a fuerza de perderlas. Gracias, señor Moreno, dijo la voz. Mario se volvió despacio. El violinista seguía con los ojos cubiertos, con el arco apoyado sobre las cuerdas, inmóvil.
Ahora no había nadie más cerca. La niña seguía mirando a Mario con su expresión de cautela y gratitud mezcladas. ¿Me conoce usted?, preguntó Mario. El hombre viejo sonrió. Era una sonrisa tranquila, sin ironía, de las que solo pueden hacer los que ya no tienen nada que demostrar. Lo reconocí por los pasos, dijo. Usted camina diferente a la gente que tiene prisa.
Camina como si el suelo le perteneciera, pero sin creer que le pertenece. Es una manera muy particular de caminar. La reconocí la primera vez que lo vi en la carpa Ofelia en 1927, cuando usted era todavía un chamaco que hacía de todo porque todavía no sabía exactamente qué era lo suyo. Mario Moreno sintió que el tiempo hacía una cosa extraña, como cuando una ola regresa hacia la orilla en lugar de avanzar hacia el mar.
La carpa Ofelia, 1927. Mario tenía 17 años. Entonces actuaba de acróbata, de payaso, de cantante, de lo que fuera que la noche pidiera en esas carpas de lona, que eran los teatros del pueblo en el México de los años 20, esos espacios milagrosos donde la cultura popular mexicana se inventaba a sí misma noche tras noche, sin que nadie le diera permiso ni le pusiera reglas.
La carpa Ofelia estaba en la colonia Guerrero. Mario había actuado ahí durante dos temporadas antes de que alguien lo viera un martes de noviembre y le dijera que tenía algo, sin saber todavía qué era ese algo ni hacia dónde iba a llevarlo. ¿Usted estaba en la Ofelia?, preguntó Mario. Yo tocaba el violín en la entrada, dijo el hombre.
Para que la gente se animara a entrar una orquestita de cuatro músicos. éramos el ce señuelo. Pues usted se acuerda de eso, ¿verdad? La música en la entrada para que la gente no pasara de largo. Mario se acordaba. Claro que se acordaba, pero no recordaba ese hombre en particular. “Me llamo Refugio”, dijo el viejo.
Refugio Castillo y esta es mi nieta Carmela. La niña hizo un gesto con la cabeza que podría interpretarse como saludo o como confirmación de que efectivamente ese era su nombre y estaba de acuerdo con él. ¿Por qué tiene usted esa venda? Preguntó Mario. Aunque ya sabía la respuesta, porque la respuesta estaba en la manera en que el hombre no miraba hacia dónde hablaba, sino hacia un punto fijo ligeramente por encima del horizonte.
Ese punto que buscan los ojos, cuando ya no tienen para qué buscar nada más. Me quedé ciego hace tres años”, dijo Refugio Castillo con la misma tranquilidad con que podría haber dicho que le había subido el precio del frijol. Un accidente en la fábrica donde trabajaba. Después de que cerraron las carpas, me caí de una escalera y me golpé la cabeza de una manera que los médicos del seguro social dijeron que era irreversible.
Pero el violín lo sigo tocando igual. Las manos no se olvidan de lo que aprendieron. Las manos son más fieles que los ojos. Mario miró las manos del hombre sobre el violín. Tenían razón en algo que dijo el viejo. Eran manos que sabían. Las articulaciones hinchadas por la artritis, la piel cuarteada por décadas de trabajo, pero los dedos colocados sobre las cuerdas con una exactitud matemática que no necesitaba de la vista para existir.
¿Y dónde vive usted, don refugio?, preguntó Mario. Y fue en ese momento con esa pregunta aparentemente inocente cuando comenzó todo lo que vendría después. Refugio Castillo vaciló antes de responder. La niña Carmela bajó la vista hacia el sombrero con las monedas de cobre. Fue una fracción de segundo de vacilación, casi imperceptible, pero Mario Moreno llevaba 20 años estudiando a la gente para retratar la verdad humana en sus personajes y había aprendido a leer en esas fracciones de segundo lo que los hombres no dicen con palabras. Por aquí
cerca, dijo el viejo con una vaguedad que no era respuesta, sino esquiva. Mario miró a Carmela. La niña lo miró de regreso y en esos ojos de 9 años, Mario vio algo que conocía muy bien porque lo había visto de niño en el espejo, algo que se llama de muchas maneras distintas, pero que en su esencia más simple es esto, el conocimiento de que hay cosas que uno no puede resolver por sí solo y que tampoco puede pedirle a nadie que las resuelva.
¿Tiene usted dónde dormir esta noche?, preguntó Mario. Refugio Castillo levantó la barbilla con una dignidad que a Mario le pareció la cosa más hermosa que había visto en semanas. Siempre hay donde, dijo, México es grande. Lo cual no era respuesta, sino otra esquiva más elegante que la primera. Mario se quedó mirando al viejo durante un momento.
Luego miró el sombrero con las monedas. Luego miró la calle de Madero con su flujo constante de transeútes que pasaban sin mirar. Luego miró el cielo que se estaba poniendo de ese color gris oscuro específico que en la ciudad de México anuncia lluvia para las 6 de la tarde con una puntualidad de reloj suizo. Luego tomó una decisión.
Don Refugio dijo, “¿Le parece a usted que nos tomemos un café?” El viejo sonrió de nuevo. Con mucho gusto, señor Moreno, pero no tengo con qué pagar. Yo tampoco llevo dinero suficiente, dijo Mario. Pero el dueño del café me debe un favor desde hace 15 años y creo que ya es hora de cobrarlo.
Carmela recogió el sombrero del piso y contó las monedas con una seriedad de adulta que hizo que a Mario se le encogiera algo en el pecho. Luego ayudó a su abuelo a ponerse de pie, agarrándolo del brazo con una firmeza que sugería práctica, costumbre, años de hacer ese mismo movimiento. El viejo guardó el violín en un estuche de cartón reforzado con cinta adhesiva café, lo tomó bajo el brazo y dejó que su nieta lo guiara hacia donde estaba Mario.
Los tres caminaron juntos por la calle de Madero hacia la cafetería El Papagayo, que llevaba 30 años en la esquina con la calle de Palma y que olía adentro a canela y café de olla y los cigarros de los viejos que iban ahí a hablar de política y de fútbol y de los tiempos en que México era otra cosa, que según los viejos siempre era algo mejor de lo que era en ese momento, aunque nadie supiera exactamente cuándo habían sido esos tiempos mejores.
Nadie en esa cafetería imaginó esa tarde que lo que estaba a punto de contarle ese viejo ciego a Cantinflas cambiaría el rumbo de la vida de tres personas y que una de ellas no era ninguna de las que estaban sentadas en esa mesa. El dueño del papagayo se llamaba Ernesto Villanueva y sí le debía un favor a Mario Moreno, aunque el favor tenía una historia larga que nadie ha podido explicar satisfactoriamente hasta el día de hoy.
El caso es que cuando Mario entró con el viejo y la niña, Ernesto los llevó a la mesa del fondo, la que estaba junto a la ventana con vista al patio interior donde había una bugambilia morada que llevaba décadas subiendo por la pared de cantera y sin que nadie pidiera nada apareció una olla de café, un plato de pan dulce y un vaso de leche con chocolate que Carmela recibió con una expresión de quien recibe exactamente lo que necesitaba sin haberlo pedido.
Cuénteme su historia, don Refugio”, dijo Mario y el viejo contó. Refugio Castillo había nacido en 1891 en Tlalpuja, Michoacán, en una familia de mineros que durante tres generaciones habían sacado plata de las entrañas de esa tierra michoacana que huele a pino y a humedad, y a las historias que la gente de los pueblos guarda en la memoria colectiva como si fueran reservas de agua para la sequía.
Su padre había muerto en un derrumbe de la mina cuando refugio tenía 7 años y su madre había sacado adelante a cuatro hijos con lo que podía, que era poco pero alcanzaba, porque en aquellos tiempos la dignidad y la creatividad compensaban muchas de las cosas que el dinero no podía comprar. Un tío suyo que se llamaba Fortino y que era el músico de la familia, le había enseñado a tocar el violín cuando refugio tenía 10 años.
No en una escuela, no con método, sino de oído y de memoria y de ese amor que tienen los músicos populares mexicanos por transmitir lo que saben porque saben que lo que no se transmite se pierde. Refugio aprendió rápido, demasiado rápido decía su tío Fortino, con esa mezcla de orgullo y envidia que tienen los maestros cuando el alumno los supera antes de tiempo.
A los 15 años, refugio ya tocaba en las fiestas del pueblo. A los 18 se fue a la ciudad de México con el violín bajo el brazo y 30 pesos en el bolsillo y la seguridad tranquila de los jóvenes que todavía no saben lo suficiente del mundo para tener miedo. Llegó en 1909, un año antes de que Madero levantara la revolución y encontró una ciudad que estaba en ese momento extraño en que las cosas antiguas todavía no han terminado de caer, pero las nuevas todavía no han terminado de levantarse.
Tocó en cantinas, en bodas, en serenatas, en los teatros de barrio que en esa época proliferaban por toda la ciudad como hongos después de la lluvia. Tocó en las carpas de la colonia Guerrero y de Tepito y de la Bondojito. Tocó en la carpa Ofelia durante 4 años, de 1923 a 1927, donde efectivamente coincidió con un chamaco flaco y enérgico de nombre Mario Moreno, que hacía de todo porque todavía no sabía qué era lo suyo.
Pero lo que Refugio Castillo no le dijo a Mario Moreno en ese primer encuentro en el café, lo que guardó para después con esa parsimonia de los viejos, que saben que las historias importantes no deben contarse todas de una sola vez, era que en 1927 había ocurrido algo en la carpa Ofelia que Refugio jamás había olvidado, algo que tenía que ver directamente con el muchacho Mario Moreno, algo que había marcado a los dos sin que ninguno de los dos supiera era que había marcado al otro.
El café estaba caliente y Carmela había terminado ya el vaso de leche con chocolate y miraba la bugambilia del patio interior con esa atención total que tienen los niños cuando están viendo algo por primera vez, aunque ya lo hayan visto antes, porque para los niños el mundo siempre tiene algo nuevo, aunque sea la misma buganvilia de siempre.
¿Y cómo llegó usted a quedarse ciego? preguntó Mario. El viejo tomó su taza de café entre las dos manos como si la estuviera calentando, aunque la tarde no era especialmente fría. Trabajaba en una fábrica de muebles en la colonia Guerrero. Dijo. Cuando se acabaron las carpas, a finales de los 30 tuve que buscar otra cosa. Tenía familia.
Mi hija, la mamá de Carmela y su marido necesitaban. Un hombre en esta vida siempre está necesitando algo, señor Moreno, y cuando uno es el que puede dar, pues da y su hija? Preguntó Mario. Refugio Castillo no respondió de inmediato. Tomó un sorbo largo de café. Carmela sin dejar de mirar la bugambilia, dijo en voz baja, con esa neutralidad de los niños, que ya han absorbido una pérdida tan grande que ya no saben muy bien cómo sentirla.
Mi mamá se murió. La manera en que lo dijo hizo que el café que Mario estaba tomando le supiera de repente a algo diferente, a algo con un amargor que no tenía que ver con el grano. ¿Y el papá de la niña?, preguntó Mario. Se fue, dijo refugio con esa misma neutralidad que quizás le había prestado a su nieta o quizás había tomado prestada de ella.
La gente se va cuando las cosas se ponen pesadas. No todos, pero algunos. Su papá fue de los que se van. Hubo un silencio afuera, en la calle de Madero, la ciudad seguía a su ritmo. Alguien tocó el claxon. Un vendedor gritó algo. Los trambías del Distrito Federal hacían ese ruido de metal sobre metal que era la música de fondo de todo México urbano en los años 40.
¿Y dónde viven? Volvió a preguntar Mario, pero esta vez de una manera diferente, no como pregunta casual, sino como pregunta real de las que esperan respuesta real. Refugio vaciló de nuevo y esta vez la vacilación duró más. En la vecindad de la calle de Moctezuma, dijo al fin. Número 12. Tercer patio.
Mario conocía esa vecindad. Todo el que había crecido en las colonias populares de la Ciudad de México conocía el tipo de edificio que era eso, un inmueble porfiriano, que había sido una sola casa grande cuando Porfirio Díaz era joven y que con los años y la pobreza y la falta de mantenimiento se había ido subdividiendo hasta convertirse en un laberinto de cuartos rentados donde vivían 15 o 20 familias compartiendo un solo baño y una sola llave de agua, y los ruidos y olores de vidas que se apilaban unas encima de otras como capas de historia.
“¿Y cuánto pagan de renta?”, preguntó Mario. “35 pesos al mes, dijo refugio. Pero llevamos dos meses atrasados.” Mario miró el sombrero de palma que Carmela había puesto sobre la mesa. Contó mentalmente las monedas que había adentro, 3 pesos, quizás cuatro, y el billete de 20 que él había puesto antes. ¿El casero les ha dicho algo?, preguntó el casero.
Dijo refugio con una inflexión muy leve que en otro contexto podría haber sido humor, pero que en ese momento no lo era. Nos dijo la semana pasada que si el viernes no teníamos el dinero nos acaba, que ya tenía otro inquilino esperando el cuarto. Y ahí fue cuando Mario Moreno tomó una decisión que él mismo no supo explicar completamente en los años que siguieron.
Una de esas decisiones que uno toma desde un lugar dentro de sí mismo, que no tiene nombre preciso, pero que existe con más certeza que cualquier otra cosa. ¿Cuánto es lo atrasado en total?, preguntó. 70 pesos. Dijo refugio. Con el mes corriente son 105. Mario sacó la cartera, tenía 230 pesos. Los contó sobre la mesa con esa tranquilidad de los que han tenido dinero suficiente tiempo como para no sentir ansiedad al gastarlo, pero que tampoco lo olvidaron cuando no lo tenían.
Apartó 105 pesos y los puso frente a refugio. El viejo no extendió la mano para tomar el dinero. Mantuvo las manos alrededor de la taza de café inmóviles. No puedo aceptar eso dijo. No le estoy preguntando si puede, dijo Mario. No tengo manera de pagárselo. No le estoy pidiendo que me lo pague. Un hombre no puede aceptar limosna.
Esto no es limosna”, dijo Mario. “Esto es deuda. Usted me debe algo de hace 22 años y todavía no me lo ha cobrado y yo me niego a irme de aquí sin saldarla”. Refugio frunció el ceño confundido. Carmela dejó de mirar la bugambilia y miró a Mario. “¿Qué deuda?”, preguntó el viejo. Y Mario Moreno sonríó. Una de esas sonrisas que no son de alegría exactamente, sino de algo más complicado, el tipo de sonrisa que aparece cuando uno está a punto de decir una verdad que ha cargado mucho tiempo.
En la carpa, Ofelia, dijo Mario, en el invierno de 1927 yo era un chamaco que no sabía si seguir o tirar la toalla. Llevaba meses actuando y nadie me había dicho si lo que hacía servía para algo o no. Los directores de la carpa me ponían en los huecos del programa entre el número de los perros amaestrados y la cantante de rancheras, porque no sabían bien dónde ponerme.
Yo mismo no sabía bien qué era lo que hacía. Una noche, después de que terminé mi número, usted dejó de tocar en la entrada, se metió por el telón lateral y me dijo algo. ¿Se acuerda? Refugio Castillo estuvo en silencio un momento, luego algo se movió en su rostro. Muy despacio, como cuando el sol sale detrás de una nube que estaba ahí desde hace mucho tiempo.
Le dije que lo que usted hacía con las palabras era lo mismo que yo hacía con el violín, dijo el viejo, que las enredaba y las desenredaba de una manera que la gente entendía sin saber que estaba entendiendo. Eso me dijo, confirmó Mario. Eso exactamente. Y yo tenía 17 años y nadie me había dicho nada parecido.
Nadie me había dicho que lo que yo hacía tenía un nombre, aunque no fuera el nombre correcto, que tenía una lógica aunque no fuera la lógica habitual. Usted me dijo eso y se fue de regreso a la entrada a seguir tocando y yo me quedé parado entre bastidores, sintiéndome por primera vez en mi vida como alguien que está en el lugar correcto.
Refugio Castillo no dijo nada, pero algo en la comisura de sus labios, algo microscópico, sugería que eso era exactamente lo que había esperado escuchar o algo muy parecido. que el dinero que le estoy poniendo en la mesa, dijo Mario, es el pago de una deuda que lleva 22 años esperando. Y un hombre que se tarda 22 años en pagar sus deudas tiene el derecho a no aceptar que le digan que no.
Carmela extendió la mano y tomó el dinero antes de que su abuelo pudiera decir otra palabra. Lo hizo con la misma seriedad práctica con que había contado las monedas del sombrero, sin drama ni ceremonia, como quien rescata algo que estaba en peligro de perderse. Refugio Castillo sonríó. “¿Siempre ha sido usted así de difícil de rechazar?”, preguntó.
“Desde los 17 años”, dijo Mario. “Fue usted quien me lo enseñó.” Salieron del papagayo cuando empezaba a llover. Esa lluvia de las 6 de la tarde en el centro de la ciudad de México que en octubre de 1948 era tan puntual como siempre. Mario llamó a su chóer, que esperaba en el Lincoln continental negro estacionado sobre la calle de Palma, y le dijo que llevara al señor Refugio y a la niña Carmela a la vecindad de Moctezuma 12.
El chóer abrió la puerta trasera sin preguntar nada porque los chóeres de los famosos aprenden rápido que las preguntas son un lujo innecesario. Mario vio subir al viejo con su violín y a la niña con su sombrero de palma y vio alejarse el Lincoln por la calle mojada y se quedó parado bajo la lluvia porque no había pensado en agarrar un taxi y porque a veces uno necesita que la lluvia le caiga encima para darse cuenta de que está de pie.
Esa noche en su casa de las lomas, Mario Moreno no durmió bien. No era algo que pudiera localizarse con precisión, no era tristeza ni preocupación exactamente, sino esa inquietud difusa que se instala cuando algo que creías terminado resulta no estar terminado del todo. Pensó en Refugio Castillo y en su nieta Carmela. Pensó en el violín con el estuche de cartón reforzado con cinta adhesiva.
Pensó en las monedas de cobre en el sombrero de palma. pensó en lo que había dicho el viejo sobre las manos. Las manos no se olvidan de lo que aprendieron. Las manos son más fieles que los ojos. Y pensó, aunque todavía no sabía exactamente por qué pensaba esto, que el problema de Refugio Castillo no era el dinero de la renta.
El problema era algo más grande, algo que 105 pesos no iban a resolver más allá de una semana, algo que requería una solución de otra naturaleza completamente distinta. A la mañana siguiente, Mario llegó a los estudios de la clase en donde estaba filmando su nueva película con 40 minutos de retraso y una idea que todavía no tenía forma completa, pero que estaba tomando forma a cada paso que daba.
Su asistente, un hombre joven llamado Gabino, que llevaba 3 años trabajando con él y que había aprendido a leer en la manera en que Mario caminaba si venía con energía creativa o con energía práctica, vio que ese día era energía práctica y se preparó para recibir instrucciones. Gabino, dijo Mario, necesito que averigüe una cosa. Mande usted, señor Moreno.
Hay un violinista, se llama Refugio Castillo, vive en Moctezuma 12, tercer patio. Averigüe todo lo que pueda sobre él. ¿Dónde trabajó? ¿Cuándo perdió la vista? Si tiene algún tipo de pensión o apoyo del Seguro Social, si la niña va a la escuela y en general cuál es su situación real. Gabino anotó todo con su libreta pequeña de pasta negra que siempre traía en el bolsillo del saco.
¿Para cuándo lo necesita? Para esta tarde, Gabino asintió y se fue a hacer lo que había que hacer, que es lo que hacen los buenos asistentes cuando reciben una instrucción clara de alguien que sabe lo que quiere, aunque no sepa todavía exactamente para qué lo quiere. Esa tarde entre toma y toma, mientras el director ajustaba la iluminación y los actores secundarios esperaban en sus sillas con cara de haber esperado muchas veces antes, Gabino apareció con una hoja de papel doblada en cuatro y se la entregó a Mario. Mario la leyó dos
veces, luego la dobló de nuevo y la guardó en el bolsillo del pantalón. Luego miró al cielo del foro de filmación durante un momento, que era un cielo artificial de cartón pintado de azul. Y en ese cielo falso vio algo que no tenía nada que ver con el cielo falso. Lo que decía el papel era esto. Refugio Castillo había trabajado en la fábrica de muebles La Condesa de 1938 a 1945.
El accidente había ocurrido en noviembre de 1945 cuando una escalera de mano se dió y refugio cayó desde 3 m de altura golpeándose la cabeza contra el borde de una mesa de trabajo. La lesión había dañado los nervios ópticos de una manera que los médicos del Hospital General habían determinado irreversible.
La fábrica le había pagado una indemnización de 300 pesos, que según las leyes laborales de la época era lo estipulado para este tipo de lesión, una cantidad que en el mundo real no alcanzaba para nada que mereciera llamarse compensación. El seguro social le pagaba una pensión de invalidez de 16 pesos mensuales. 16 pesos.
Carmela no estaba inscrita en ninguna escuela porque la más cercana a su domicilio requería que los niños llegaran con útiles escolares que la familia no podía pagar. Y había un detalle más, uno que Gabino había subrayado con lápiz rojo al fondo de la hoja. El casero de la vecindad de Moctezuma XI había presentado esa mañana una solicitud de desalojo ante las autoridades del departamento del Distrito Federal, alegando 2 meses de renta impagada y solicitando que los ocupantes del cuarto número ocho del tercer patio fueran
desalojados antes del lunes siguiente. El dinero que Mario había puesto sobre la mesa en el papagayo la tarde anterior ya no servía de nada. El casero había movido la maquinaria legal antes de que refugio pudiera pagar y el viunes era en tr días. Mario leyó eso y sintió algo que reconoció porque lo había sentido muchas veces antes.
Desde que era niño en el barrio de Tepito y había visto cómo funcionaba la maquinaria de las injusticias pequeñas, que son las más crueles porque nadie las llama por su nombre. sintió esa mezcla de rabia y determinación que en él siempre se transformaba en acción, nunca en discurso. Llamó a Gabino. Necesito el nombre de un abogado que sepa de derecho inquilinario, uno bueno, que no le tenga miedo a los caseros que tienen amigos en el departamento del Distrito Federal.
Gabino consultó su agenda. El licenciado Fuentes trabaja en Bucarelli. Llámelo. Dígale que Mario Moreno necesita verlo esta tarde después de que terminen las filmaciones. El licenciado Fuentes resultó ser un hombre de 50 años con bigote de morza y ojos inteligentes, que llevaba 25 años peleando casos que la gente con dinero prefería ignorar y los que no tenían dinero no podían pagar.
Mario le explicó la situación. El licenciado escuchó sin interrumpir tomando notas en un cuaderno de páginas amarillas. Cuando Mario terminó, el licenciado revisó sus notas y dijo algo que a Mario le pareció el principio de algo, no el final. El desalojo es procedente legalmente si hay dos meses de renta sin pagar, dijo el licenciado.
Pero hay algo que el casero quizás no sabe o espera que el inquilino no sepa. Hay un artículo en el reglamento de construcciones del Distrito Federal de 1942, que establece que ningún propietario puede iniciar proceso de desalojo sin antes haber notificado por escrito al inquilino con 15 días de anticipación.
Si no hay constancia de esa notificación escrita, el proceso es nulo de origen. Apm. ¿Y hay constancia? preguntó Mario. Eso hay que averiguarlo, dijo el licenciado. ¿Tiene el inquilino algún documento que el casero le haya entregado? Mario pensó en Refugio Castillo y en su cuarto, en el tercer patio de Moctezuma 12 y tuvo una certeza muy clara de que lo que había en ese cuarto no era documentos.
Lo que había en ese cuarto era un violín con estuche de cartón y cinta adhesiva y una niña con ojos de quien ha aprendido a no pedir nada que no se le vaya a dar. Mañana en la mañana voy a visitar al señor Castillo”, dijo Mario. “¿Me acompaña usted?” El licenciado Fuentes miró a Mario durante un momento con esa expresión de los hombres que llevan muchos años en una profesión y han aprendido a distinguir entre los que quieren parecer buenos y los que simplemente son buenos sin pensarlo.
“Mucho.” “A las 9”, dijo. “A las 9”, confirmó Mario. Esta noche, Mario Moreno llamó por teléfono a su compadre Salvador Novo, el escritor y cronista que en esos años era la memoria viva de la Ciudad de México. El hombre que si no había visto algo con sus propios ojos, había escrito sobre ello de todas maneras porque tenía esa capacidad sobrenatural de los grandes escritores para imaginar lo que no han vivido con la misma precisión con que recuerdan lo que sí.
le contó la historia de Refugio Castillo. Novo lo escuchó en silencio, lo cual era inusual en él, porque Salvador Novo era un hombre que generalmente tenía una opinión lista para cualquier cosa antes de que la cosa terminara de contarse. Cuando Mario terminó de hablar, No dijo algo que no era exactamente lo que Mario esperaba escuchar, algo que abría una puerta que Mario no había visto todavía.
“Dijiste que el hombre tocó en las carpas hasta finales de los 30?”, preguntó Novo. Eso dijo él, ¿y que tocaba el violín desde los 15 años? Desde los 10, según él mismo. Entonces, ese hombre tiene 50 y tantos años de tocar el violín, dijo Novo. Y tú me estás hablando de él como si fuera un poriosero.
Ese hombre es un músico de primera. Mario, uno que quedó ciego y terminó en la calle porque este país tiene la costumbre de desperdiciar lo que vale, pero eso no significa que lo que vale haya desaparecido. Mario se quedó en silencio un momento. ¿Qué estás pensando, Salvador? Estoy pensando que conozco al director del Conservatorio Nacional”, dijo Novo, el maestro Hernández Moncada, “y sé que están buscando a alguien que pueda enseñar técnica de cuerdas a los alumnos de los primeros años.
No es un puesto glorioso, pero es un puesto con sueldo, con seguridad social real, no esa miseria de 16 pesos que le da el IMS ahora.” Mario Moreno cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, ya había tomado la decisión que iba a cambiar todo. “Habla con Hernández Moncada”, dijo. “Primero hay que escuchar al hombre tocar”, dijo Novo.
“Si toca como tú dices que toca, la conversación con Hernández Moncada va a ser fácil. Si toca como cualquier músico de carpa que se dejó llevar por los años, va a ser más difícil. Toca como nadie que yo haya escuchado en mucho tiempo”, dijo Mario. “Y eso que yo he escuchado a bastante gente.” “Pues entonces organiza una cosa”, dijo Novo. “Que el hombre toque, que alguien que sepa escuchar lo escuche.
Lo demás se resuelve solo.” Esa noche Mario Moreno durmió mejor que las noches anteriores. No porque los problemas estuvieran resueltos, que no lo estaban, sino porque había algo que hacer y los problemas que tienen solución dejan de pesar igual en cuanto uno sabe cuál es el camino, aunque todavía no haya llegado a ninguna parte.
A las 9 de la mañana del jueves, Mario se presentó en la vecindad de Moctezuma 12 con el licenciado Fuentes y con Gabino, que traía una libreta nueva y una expresión de quien está listo para lo que sea. El tercer patio de esa vecindad era exactamente lo que Mario había imaginado. Un espacio estrecho entre paredes de tesontle manchadas de humedad, con macetas de geranios que alguien había colgado en las ventanas con una obstinación hermosa.
Porque en ese tipo de vecindades, la gente que pone flores en las ventanas lo hace como declaración de principios, como una forma de decirle al mundo que aquí todavía hay alguien que cree que la belleza es necesaria, aunque todo lo demás esté difícil. Carmela los vio llegar desde el corredor del segundo piso y bajó corriendo las escaleras con esa energía de los niños que no pueden evitar correr aunque no haya prisa.
Llevaba el delantal del día anterior todavía, lo cual sugería que era el único que tenía, y el pelo recogido con un listón rojo que era lo más alegre de todo el tercer patio. “Buenos días, señor Moreno”, dijo con una formalidad que Mario sospechó que había practicado. “Buenos días, Carmela.
¿Está tu abuelo? Está adentro. está tocando y efectivamente desde detrás de la puerta de madera del cuarto número ocho llegaba el sonido del violín claro y limpio, a pesar de las paredes delgadas y del ruido del patio. Tocaba algo que Mario tardó un momento en reconocer. Era una pieza de Brams, una de las danzas húngaras, pero tocada con una cadencia ligeramente distinta, ligeramente más lenta en ciertos compases, que la hacía sonar como si Broms hubiera compuesto pensando en las calles del centro de México en lugar de en los salones de Viena. El licenciado
Fuentes y Gabin se miraron. Mario tocó la puerta. Adelante”, dijo la voz de refugio. “El cuarto era pequeño y estaba limpio con esa limpieza que requiere esfuerzo constante cuando el espacio es reducido y los recursos son escasos. Había una cama de latón con colcha bordada, una mesa de madera con dos sillas, un hornillo de gas con una olla encima y en la pared colgado con un clavo.
Un calendario de 1946 con la imagen de la Virgen de Guadalupe que alguien había decidido que era demasiado sagrada para tirarse. Aunque el año hubiera pasado hace tiempo, no había más. Era todo, era suficiente para vivir, aunque apenas refugio estaba sentado en una de las sillas con el violín en el hombro y el arco en la mano.

Cuando escuchó entrar a Mario, bajó el arco y giró la cabeza hacia el sonido de los pasos con esa exactitud de los ciegos que han aprendido a construir el mundo con el oído. “¿Cuántos vienen con usted?”, preguntó. Dos, dijo Mario. Un abogado y mi asistente. Abogado, dijo refugio. Y en su voz había algo que podría haber sido alarma o podría haber sido esperanza, porque a veces la alarma y la esperanza suenan igual.
Para lo del desalojo”, dijo Mario. “Sabemos lo que presentó el casero ayer y el licenciado Fuentes cree que hay manera de detenerlo.” Lo que siguió en los minutos siguientes fue una de esas conversaciones que parecen prácticas y técnicas por fuera, pero que por dentro son completamente distintas porque tratan de algo que va mucho más allá de los artículos del reglamento de construcciones y los plazos de notificación.
El licenciado Fuentes explicó la situación con claridad y sin adornos, que es la manera correcta de explicar las cosas cuando la persona que escucha tiene la inteligencia suficiente para no necesitar adornos. le dijo a refugio que el proceso de desalojo tenía un vicio de origen si el casero no había entregado notificación escrita con 15 días de anticipación, que eso era lo que había que verificar primero y que si efectivamente no había esa notificación, él podía presentar un recurso ante el Departamento del Distrito Federal ese mismo día que detendría el proceso
mientras se resolvía el recurso, lo cual tomaba al menos tres semanas y daba tiempo suficiente para explorar otras opciones. ¿Tiene usted algún papel que el casero le haya entregado?”, preguntó el licenciado. Refugio sacudió la cabeza. Solo me dijo de palabra que tenía hasta el viernes. “¿Hay testigos de eso? Vecinos que hayan escuchado.
” Refugio pensó un momento. La señora Consuelo del cuarto se estaba en el corredor cuando el casero me dijo eso. El licenciado Fuentes anotó en su cuaderno de páginas amarillas. Con el testimonio de esa señora es suficiente para el recurso. Voy a necesitar que usted firme unos documentos. Puedo guiarle la mano si es necesario.
Sé escribir mi nombre, dijo refugio con esa dignidad tranquila que Mario había reconocido desde el primer momento en que lo vio en la esquina de Madero con Bolívar. Mario dejó al licenciado trabajando con refugio y salió al corredor con Carmela, que lo siguió con esa determinación silenciosa con que los niños siguen a los adultos cuando quieren saber algo, pero no saben cómo preguntar.
“¿Nos van a sacar?”, preguntó la niña al fin, mirando los geranios de las macetas. “No”, dijo Mario. “No, si yo puedo evitarlo.” “¿Y puede evitarlo?” Mario la miró. tenía esos ojos de 9 años que contienen todo lo que los ojos de 9 años contienen cuando la vida ya ha empezado a mostrarles su cara más difícil.
Una mezcla de miedo real y de esperanza real y de esa sabiduría prematura que en los niños es siempre un poco triste porque indica que aprendieron demasiado pronto cosas que debían haber aprendido más tarde. “Voy a intentarlo con todo lo que tengo”, dijo Mario. ¿Te parece bien eso? Carmela lo pensó con una seriedad que no era de niña. Sí, dijo al fin, eso está bien.
Pero lo que ni Mario ni Carmela sabían todavía es que el problema del desalojo era solo la superficie de algo mucho más profundo y que lo que iba a ocurrir en los días siguientes no tenía nada que ver con artículos de reglamento, ni con licenciados, ni con notificaciones escritas.
Lo que iba a ocurrir tenía que ver con el violín y con lo que el violín guardaba adentro. El recurso del licenciado Fuentes detuvo el proceso de desalojo ese mismo jueves. La señora Consuelo del cuarto se declaró con una firmeza admirable que el casero jamás había entregado ningún papel escrito a don Refugio, que solo le había dicho de palabra delante de ella que si no pagaba el viernes lo sacaba, lo cual era exactamente lo que el licenciado necesitaba para el recurso.
El departamento del Distrito Federal, ante la documentación presentada por el licenciado, emitió una suspensión provisional del proceso de desalojo mientras se resolvía el recurso. el casero. Un hombre de nombre Leopoldo Garza, que tenía la costumbre de los caseros abusivos de creer que las leyes son para los que tienen abogados y no para los que no los tienen.
Recibió la notificación el viernes por la mañana con una expresión que según el mensajero que la entregó era mezcla de sorpresa y cólera mal disimulada. Esa misma tarde del viernes, Mario Moreno llamó a Salvador Novo y le dijo que todo estaba listo para lo que habían hablado. Novo llamó al maestro Eduardo Hernández Moncada.
director del Conservatorio Nacional de Música ubicado en la calle de Moneda en el centro histórico, a dos cuadras de donde Refugio tocaba todos los días. Hernández Moncada, que era un hombre de oído extraordinario y de curiosidad musical sin límites, escuchó la descripción que Nobo hizo de Refugio Castillo y dijo lo que dicen los hombres verdaderamente apasionados por su oficio.
Cuando alguien les describe algo que podría ser interesante, ¿cuándo puedo escucharlo? El lunes, dijo Nobo. El lunes, confirmó Hernández Moncada. Mario fue a ver a refugio el sábado y le contó lo del conservatorio. No le dijo todo de una vez porque había aprendido que las noticias grandes deben entregarse en porciones razonables para que el receptor tenga tiempo de absorberlas.
le dijo que un músico importante quería escucharlo tocar el lunes, que era una oportunidad que podría llevar a algo que no prometía nada, pero que valía la pena intentarlo. Refugio estuvo en silencio durante un momento largo que Mario respetó sin intentar llenarlo con palabras. Luego dijo, “¿Para qué quiere escucharme un músico importante? Porque Salvador Novo le dijo que usted toca bien. Dijo Mario.
Bien o muy bien. Muy bien. Otro silencio. ¿Y usted qué cree? Yo creo que usted toca con algo que la mayoría de los músicos que yo he conocido no tienen dijo Mario. Yo creo que usted toca con esa cosa que hace que la música sea verdadera en lugar de solo correcta. Y eso, don refugio, es lo que no se aprende en ninguna escuela.
El viejo no respondió de inmediato y Mario entendió que ese silencio no era duda, era algo completamente diferente. Era el silencio de un hombre que ha esperado mucho tiempo escuchar algo y cuando por fin lo escucha, necesita un momento para creer que no lo está imaginando. El domingo, Carmela le contó a Mario por teléfono, porque el tendajón de la esquina tenía teléfono que la gente del barrio usaba mediante el pago de 5 centavos por minuto que su abuelo había estado tocando toda la mañana, que había sacado el violín desde las 7 y que todavía
estaba tocando a las 2 de la tarde y que el sonido había atraído a varios vecinos del patio que se habían sentado en las escaleras a escuchar sin que nadie los invitara Porque ese es el poder de la música que viene de adentro de verdad, que convoca aunque no llame. ¿Tocaba bien?, preguntó Mario.
Tocaba diferente, dijo Carmela con esa precisión de los niños que observan sin filtros, como cuando alguien está contento, pero también un poco nervioso. Como esa mezcla. Mario sonríó. Eso suena bien, Carmela. El lunes por la mañana, Mario fue personalmente a recoger a Refugio y a Carmela en la vecindad de Moctezuma 12.
El viejo salió del cuarto con el violín bajo el brazo y la ropa que tenía más nueva, que era una camisa de manta blanca planchada con esmero y un pantalón de lana oscura que debía haber sido elegante en algún punto de la historia y que todavía conservaba algo de esa elegancia en la manera en que caía.
Carmela llevaba el listón rojo de siempre y los zapatos lustrados con una diligencia que indicaba que alguien había pasado tiempo haciéndolo. Caminaron los tres por la calle de Moctezuma hasta la de Moneda con Carmela guiando a su abuelo por el brazo y Mario caminando a su lado con las manos en los bolsillos.
Y la gente que los veía pasar los miraba con esa curiosidad discreta de los habitantes de los centros históricos que han aprendido a reconocer cuando algo importante está ocurriendo, aunque no sepan exactamente qué. El Conservatorio Nacional de Música era un edificio colonial de dos pisos con un patio central de arcos de cantera por el que a esa hora de la mañana circulaban estudiantes jóvenes con instrumentos bajo el brazo y ese aire de concentración en sí mismada que tienen los músicos en formación como si llevaran siempre adentro la música que
están aprendiendo y no pudieran estar completamente en ningún lugar porque siempre había una parte de ellos adentro de esa música. El maestro Hernández Moncada los recibió en su despacho, que olía a partitura vieja y a café negro, y a ese polvo específico que se acumula en los lugares donde la música ha sucedido durante mucho tiempo.
Era un hombre delgado y de pelo blanco que tenía en los ojos esa expresión permanente de escucha que desarrollan los músicos verdaderos, como si estuvieran oyendo algo que los demás no oyen. No porque sean superiores, sino porque han entrenado el oído durante décadas para captar lo que está debajo de la superficie del sonido.
Saludó a Mario con el afecto de los viejos conocidos y saludó a refugio con la cortesía de los que han aprendido que la cortesía es una forma de reconocer la dignidad del otro. Luego miró el estuche de cartón con cinta adhesiva café y no dijo nada al respecto, que era la manera más elegante de no decir nada.
Don refugio, dijo el maestro, ¿me haría usted el favor de tocar algo? Refugio sacó el violín del estuche con esa economía de movimientos de quien lo ha hecho miles de veces. Afinó las cuerdas de memoria con esa exactitud que ya hemos mencionado, esa precisión que no necesita los ojos porque vive en las yemas de los dedos. Luego apoyó el violín en el hombro, levantó el arco y tocó.
Lo que ocurrió en los siguientes 20 minutos. En ese despacho del Conservatorio Nacional fue algo que el maestro Hernández Moncada describiría años después en una entrevista con la revista Proceso como uno de los momentos más inesperados de su larga carrera musical. Refugio Castillo tocó durante 20 minutos sin parar, sin que nadie le pidiera que siguiera ni que parara.
Tocó la paloma, que era lo que Mario había escuchado en la esquina de Madero con Bolívar. tocó una danza de Brams que en su versión tenía algo de los sones michoacanos de su infancia. Tocó una pieza que nadie reconoció y que resultó ser una composición suya, algo que había construido nota a nota durante los 3 años de ceguera en el cuarto de Moctezuma XI.
Una pieza que no tenía título, pero que tenía lo que todas las obras verdaderas tienen, la huella inconfundible de una vida vivida con intensidad. Cuando terminó, el maestro Hernández Moncada no aplaudió de inmediato. Se quedó en silencio durante un momento que duró lo suficiente para que todos en el cuarto sintieran su peso.
Luego dijo, “Con la tranquilidad de los que no necesitan exagerar para decir la verdad, don refugio, lleva usted 50 años tocando.” 46, dijo refugio. Empecé a los 10. Se nota, dijo el maestro. Se nota cada uno de esos años. No como vejez, sino como profundidad. Usted toca con una profundidad que mis estudiantes de tercer año no han alcanzado todavía y algunos no van a alcanzar nunca.
Eso no se enseña, pero sí se puede transmitir. Refugio Castillo no dijo nada, pero sus manos, que seguían sosteniendo el violín y el arco, se tensaron ligeramente y luego se relajaron. Un movimiento mínimo que Mario vio y que Carmela seguramente también vio porque Carmela era una niña que veía todo.
“Tenemos una posición aquí en el conservatorio”, dijo el maestro Hernández Moncada, instructor de técnica de cuerdas para los alumnos de primero y segundo año. No es la posición más visible, pero es una posición honesta, con un sueldo justo y con la seguridad que da pertenecer a una institución del Estado. Si usted está dispuesto, me gustaría que la considerara.
Y Refugio Castillo, que había llegado a ese despacho sin saber exactamente a qué había llegado y que ahora tenía frente a él una puerta que no esperaba encontrar, dijo algo que nadie en ese cuarto esperaba que dijera. ¿Puedo preguntarle algo primero, maestro? Claro que sí. ¿Puedo enseñar de la misma manera en que yo aprendí? De oído, de memoria, de esa transmisión directa que va de las manos a las manos sin pasar necesariamente por las partituras.
El maestro Hernández Moncada lo miró durante un momento. Luego sonrió con la sonrisa de quien acaba de confirmar algo que ya sospechaba. Don Refugio dijo, esa pregunta me dice que usted ya sabe cómo enseñar y sí puede hacerlo de la manera que mejor se le dé. Lo que me importa es lo que sus alumnos van a aprender, no el método con que lo van a aprender.
Refugio asintió con la cabeza. Entonces acepto. Mario Moreno, que había estado sentado en una silla junto a la ventana durante toda esa conversación sin decir una sola palabra. que había observado y escuchado con esa atención total, que era una de sus capacidades más genuinas, sintió en ese momento algo que no era exactamente alegría, sino algo más complejo, la satisfacción específica de quien ha colocado una pieza en el lugar correcto de un rompecabezas que todavía no está terminado, pero que ya muestra lo que va a hacer. Carmela, sentada junto a su
abuelo, miraba la ventana del despacho que daba al patio de arcos del conservatorio. Afuera, un estudiante joven practicaba escalas con un chelo. El sonido llegaba limpio y repetido, la misma secuencia de notas una y otra vez, ese ejercicio de paciencia que es el fundamento de toda destreza musical. Carmela lo escuchó durante un momento.
Luego giró la cabeza hacia Mario con esa mirada directa suya. Aquí estudian los niños también, preguntó Mario. Miró al maestro Hernández Moncada. El maestro miró a Carmela con una expresión que los músicos viejos tienen cuando identifican algo en un niño que los no músicos tardan mucho más tiempo en ver.
¿Le gustaría a usted estudiar música, joven?, preguntó el maestro. Me gustaría estudiar lo que sea dijo Carmela con una honestidad que era la respuesta más precisa que podría haber dado. Me gustaría ir a la escuela. Y fue en ese preciso momento cuando Mario Moreno entendió que lo que había empezado con una moneda en un sombrero de palma en la esquina de Madero con Bolívar no había terminado todavía, que la historia real no era la del violinista, era la de la niña.
Las semanas siguientes fueron semanas de movimiento. El licenciado Fuentes resolvió el problema del desalojo a favor de refugio mediante el recurso administrativo, estableciendo además que el casero Leopoldo Garza había actuado fuera de los plazos legales y que debía pagar una multa al departamento del Distrito Federal.
Garsa pagó la multa con la cara de quien paga algo que lo duele, no porque sea mucho dinero, sino porque el solo hecho de tener que pagarlo es una derrota. Refugio firmó un nuevo contrato de arrendamiento con condiciones claramente estipuladas, con notificación escrita de 15 días para cualquier proceso futuro, con testigos y con copia para cada parte.
Y el licenciado Fuentes lo guardó en una carpeta de cartón que entregó a Carmela con la instrucción precisa de que esa carpeta no debía perderse nunca. El Conservatorio Nacional procesó el nombramiento de Refugio Castillo como instructor de técnica de cuerdas en un tiempo razonablemente breve para ser una institución del Estado mexicano, lo cual indicaba que alguien había empujado el proceso desde adentro, aunque nadie confirmó nunca exactamente quién había sido ese alguien.
El primer día que refugio entró al conservatorio como instructor, con el violín bajo el brazo y Carmela guiándolo por el patio de arcos, tres estudiantes que estaban ahí lo miraron con esa curiosidad ligeramente defensiva de los jóvenes que no saben todavía si la persona que se acerca es aliada o amenaza. Para el final de la primera semana, esos mismos tres estudiantes se quedaban después de clase para escucharlo tocar.
Carmela fue inscrita en la escuela primaria Benito Juárez de la calle de República del Salvador a cuatro cuadras de la vecindad de Moctezuma XI con útiles escolares nuevos que llegaron en una caja de cartón un martes por la mañana sin remitente ni nota explicativa, aunque Carmela tenía sus propias ideas sobre quién los había enviado y no las guardaba para sí misma.
El primer día de escuela llegó con el listón rojo de siempre y con una mochila verde que era la única mochila verde en todo el salón, lo cual la convirtió de inmediato en alguien identificable, que no es lo mismo que popular, pero es el primer paso. Mario supo de todo esto a través de Gabino, que mantenía una comunicación discreta con la vecindad de Moctezuma X y a través de Salvador Novo, que tenía la costumbre de enterarse de todo lo que ocurría en el centro histórico de la Ciudad de México, porque tenía ojos y oídos en cada esquina y en cada
cafetería y en cada patio de vecindad que valiera la pena tener bajo observación. Pero lo que Mario no supo hasta mucho después, lo que no supo hasta que una tarde de noviembre Carmela se lo contó por teléfono desde el tendajón de la esquina, era lo que Refugio Castillo hacía todas las noches antes de dormir. “Toca”, dijo Carmela.
“¿Qué toca?”, preguntó Mario. La pieza que no tiene nombre, la que compuso él, pero ahora la está cambiando. Dice que está aprendiendo a tocarla diferente, que antes la tocaba como si fuera el final de algo y ahora la está aprendiendo a tocar como si fuera el principio. Mario no respondió de inmediato.
Escuchó el sonido del tendajón a través del teléfono, el ruido de la calle, voces de vecinos, el radio encendido en algún cuarto cercano con una canción de Jorge Negrete que decía algo sobre México lindo y querido. ¿Y cómo suena ahora?, preguntó Mario. Más bonita, dijo Carmela. Suena más bonita cuando uno no sabe que está terminando.
Mario colgó el teléfono y se quedó un momento parado junto al aparato con la mano todavía sobre el auricular negro. Afuera, en el jardín de su casa de las lomas, había un naranjo que su esposa Valentina había plantado en 1942 y que había crecido hasta tocar casi el techo del porche. Era un árbol que no debería haber sobrevivido en ese suelo y a esa altura, pero que sobrevivía porque Valentina lo regaba con una constancia que no admitía las condiciones adversas como argumento.
Mario pensó en la oferta de Hollywood, en el productor Feldman y sus contratos millonarios y sus marquesinas de Nueva York y Los Ángeles. Pensó en el personaje que le pedían que construyera, ese personaje sin barrio y sin lenguaje enredado y sin la raíz popular, que era la única raíz que él conocía de verdad. pensó en lo que había dicho refugio sobre las manos, que las manos no se olvidan de lo que aprendieron, que las manos son más fieles que los ojos.
y comprendió algo que llevaba semanas intentando comprender sin lograrlo, que la decisión que lo tenía sin dormir no era una decisión sobre dinero ni sobre fama, era una decisión sobre quién era él y sobre quién quería seguir siendo. Al día siguiente, Mario Moreno llamó al productor Feldman y le dijo que no, que agradecía la oferta, pero que no podía aceptarla, que el personaje que él había construido durante 20 años era inseparable del lugar donde había nacido y del idioma con que ese lugar pensaba y sentía, y que convertirlo en otra cosa
sería como pedirle a un violinista que tocara con los ojos en lugar de con las manos, que técnicamente podría aprenderse, pero que no sería lo mismo y que lo diferente No valdría la pena. Feldman intentó negociar, luego intentó aumentar la oferta económica, luego intentó convencer. Mario escuchó todo con paciencia y dijo que no a todo con la misma tranquilidad con que Refugio Castillo había rechazado inicialmente el dinero en el papagayo.
Esa tranquilidad de los que saben exactamente qué es lo que valen y no necesitan que nadie más se los confirme. La llamada terminó. Mario colgó y fue a desayunar. Esa misma semana comenzó la preproducción de El portero, la película que filmaría en 1949 y que sería uno de sus mayores éxitos en México y América Latina.
Una película completamente mexicana, completamente del peladito, completamente del barrio y del lenguaje enredado y del humor que viene de entender la condición humana desde abajo en lugar de desde arriba. Una película que millones de mexicanos verían y reconocerían como propia porque lo era, porque venía de un lugar real y no de una negociación con un productor norteamericano. Los meses pasaron.
El conservatorio confirmó el nombramiento permanente de Refugio Castillo. Carmela terminó el primer año de primaria con calificaciones que la maestra describió en el boletín como excelentes, lo cual Carmela recibió con la misma seriedad práctica con que recibía todas las cosas. El casero Leopoldo Garza vendió el edificio de Moctezuma 12 a otro propietario a principios de 1949, lo cual generó cierta inquietud en la vecindad hasta que el licenciado Fuentes confirmó que los contratos de arrendamiento eran válidos,
independientemente de quien fuera el propietario y que ningún inquilino podía ser desalojado simplemente porque el edificio cambiara de manos. Y entonces ocurrió algo que nadie había previsto, algo que cambió la historia de una manera que ninguno de los involucrados, ni Mario, ni Refugio, ni Carmela, ni el maestro Hernández Moncada, ni Salvador Novo, habría podido anticipar, aunque hubiera intentado hacerlo.
En la primavera de 1950, el maestro Hernández Moncada organizó un concierto en el Palacio de Bellas Artes, en el que participarían alumnos del conservatorio junto con algunos de sus instructores. Era un concierto de fin de ciclo escolar, algo que el conservatorio hacía cada año, pero ese año Hernández Moncada quería hacerlo diferente.
quería que fuera un evento que mostrara no solo la técnica de los estudiantes, sino el espíritu del conservatorio como institución viva y en evolución. le pidió a Refugio Castillo que preparara algo para el concierto. Refugio le dijo que sí con esa tranquilidad suya, que ya no sorprendía a nadie en el conservatorio, porque todos habían aprendido que esa tranquilidad era solo la superficie de algo mucho más activo y mucho más intenso que ocurría por T bajo.
Lo que Refugio preparó para el concierto de bellas artes era la pieza sin nombre que había compuesto durante sus años de ceguera en el cuarto de Moctezuma 12, la que Carmela había descrito como más bonita cuando uno no sabe que está terminando. Pero la versión que preparó para bellas artes no era la misma que tocaba a solas por las noches.
Era una versión que había reescrito nota a nota, en un proceso que los estudiantes del conservatorio, que lo veían trabajar describían como algo entre la composición y la excavación, como si la música ya estuviera ahí adentro del violín y él solo tuviera que encontrar el camino para sacarla. La noche del concierto, el palacio de bellas artes estaba lleno, no completamente porque era un evento del conservatorio y no una función de gala, pero lleno de la gente que llena ese tipo de eventos.
familias de los estudiantes, maestros, críticos musicales, gente del ambiente cultural de la Ciudad de México que seguía la vida del conservatorio con la atención de quién sabe que ahí ocurren cosas que valen la pena. Mario Moreno estaba en la fila 14. Solo sin gabino, sin asistentes, sin el Lincoln continental negro que lo traía a los eventos importantes.
Había llegado en taxi y había entrado por la puerta lateral para evitar que alguien lo reconociera y el concierto se convirtiera en otra cosa. Llevaba el sombrero ladeado sobre la frente, como siempre, ese sombrero que era su manera de ser él mismo en público sin ser completamente cantinflas. Carmela estaba en la fila 3 con una maestra de la escuela primaria, Benito Juárez, que había aceptado acompañarla porque el maestro Hernández Moncada había enviado personalmente la invitación a la escuela con una nota que decía que la alumna Carmela era nieta
del Señor, refugio Castillo y que su presencia era importante para el artista, la maestra, cuyo nombre era Elena Sánchez y que era una de esas maestras de escuela pública mexicana que llevan 30 años en las aulas y siguen teniendo la misma vocación que el primer día, aunque el sistema no siempre lo haga fácil, había aceptado sin dudarlo.
El concierto comenzó con los estudiantes que tocaron bien, aunque con esa tensión visible de los jóvenes que saben que están siendo evaluados y que esa conciencia misma les quita un poco de la libertad que necesitan para tocar realmente bien. Luego tocaron algunos de los instructores en piezas cortas, luego hubo un intermedio y luego salió Refugio Castillo.
Lo que ocurrió en los siguientes 17 minutos es algo que los que estuvieron presentes esa noche describieron durante años de maneras ligeramente diferentes, porque cuando algo verdaderamente excepcional ocurre, la gente lo recuerda desde el lugar desde donde lo experimentó. Y esos lugares son siempre distintos. Pero en una cosa todos coincidieron, el silencio.
Cuando Refugio Castillo entró al escenario del Palacio de Bellas Artes con su traje oscuro y su violín y su estuche de cartón que alguien había intentado disimular envolviéndolo en tela negra, aunque el cartón seguía siendo cartón. Debajo, el público no supo exactamente qué esperar. veían a un hombre viejo con una venda sobre los ojos, guiado hasta el centro del escenario por una estudiante joven.
Y algunos quizás pensaron que eso era un gesto simbólico, que la venda era un recurso teatral y que en algún momento el hombre la quitaría. Pero el hombre no quitó nada. se plantó en el centro del escenario, saludó hacia el público con una inclinación breve de cabeza en la dirección correcta, porque sus oídos le habían dicho exactamente dónde estaba el público, y comenzó a tocar.
Tocó la pieza sin nombre. 17 minutos de música que comenzaba en un lugar muy parecido al dolor, a ese dolor específico de perder algo que uno amaba y que iba transitando nota a nota hacia algo que no era exactamente alegría, pero que tampoco era resignación. algo que si tuviera que llamarse de alguna manera tendría que llamarse entendimiento.
El entendimiento de que las pérdidas son reales y el entendimiento de que la vida continúa después de ellas no como consuelo, sino como hecho. En la fila 14, Mario Moreno escuchó esos 17 minutos con los ojos cerrados, no porque se los hubiera propuesto, sino porque así se le cerraron solos.
con esa voluntad propia que tienen los ojos cuando el oído está absorbiendo algo que requiere toda la atención disponible. En la fila tres, Carmela escuchó con los ojos abiertos y muy quieta, con esa quietud que ya no era la quietud cautelosa de la niña de 9 años en la esquina de Madero con Bolívar, sino una quietud diferente, más amplia, la quietud de quien está exactamente donde debe estar y lo sabe.
Cuando el Refugio Castillo terminó y bajó el arco, el Palacio de Bellas Artes tardó exactamente 4 segundos en reaccionar. 4 segundos de silencio completo que los que estaban ahí describieron después como uno de los silencios más densos que habían experimentado en ese teatro. Y ese era un teatro que había experimentado muchos silencios a lo largo de sus décadas de historia.
Y luego el aplauso comenzó y cuando comenzó no paró durante un tiempo que fue más largo de lo habitual para ese tipo de evento. Más largo de lo que los aplausos de cortesía duran. más largo incluso de lo que los aplausos de apreciación duran. Ese tipo de aplauso que tiene su propio ritmo interno y que la gente no controla, sino que simplemente ocurre porque no hay manera de no aplaudir.
Lo que nadie supo esa noche porque refugio no lo dijo entonces, aunque lo dijo después. Mucho después, en una conversación con un periodista de la revista Tiempo que escribió sobre él en 1958, es que mientras tocaba había pensado en algo muy específico. Había pensado en el chamaco flaco de la carpa Ofelia de 1927. Ese muchacho que hacía de todo porque todavía no sabía qué era lo suyo y había pensado en lo que le había dicho entre bastidores ese invierno sobre las palabras y el violín, sobre enredar y desenredar de una manera que la gente
entiende sin saber que está entendiendo. Esa noche en Bellas Artes, dijo Refugio Castillo al periodista de tiempo, yo no estaba tocando solo, estaba tocando con todo lo que la vida me había dado y con todo lo que me había quitado, que son las mismas cosas vistas desde lados diferentes.
y estaba tocando porque alguien se había detenido en una esquina y había escuchado. Eso es todo. El resto vino solo. El periodista le preguntó si sabía que ese alguien era Cantinflas. Refugio sonrió con esa sonrisa tranquila, sin ironía, de las que solo pueden hacer los que ya no tienen nada que demostrar.
Lo reconocí por los pasos dijo. Siempre lo reconocí por los pasos. Mario Moreno no supo de esa entrevista hasta que Salvador Novo se la leyó por teléfono una tarde de octubre de 1958, que era exactamente 10 años después de la tarde en que había escuchado un violín en la esquina de Madero con Bolívar y sus pies se habían negado a seguir caminando.
¿Qué vas a hacer? Preguntó Novo cuando terminó de leer. Nada, dijo Mario. Nada. El hombre dijo lo que tenía que decir. Yo no tengo nada que agregar. Hubo una pausa. ¿Y tú qué piensas de lo que dijo Mario? Tardó un momento en responder. Afuera de su oficina en los estudios, alguien estaba filmando una escena con música de fondo, una de esas piezas de mariachi que sonaban en las comedias rancheras de la época.
alegre y rotunda y completamente ajena a lo que Mario estaba pensando en ese momento. “Pienso que tenía razón”, dijo al fin, que el resto viene solo, que lo único que uno puede hacer es detenerse cuando hay que detenerse. Lo demás se resuelve. Carmela Castillo, que para 1958 tenía 19 años y cursaba el tercer año del Conservatorio Nacional con una beca del Estado mexicano que el maestro Hernández Moncada había gestionado personalmente en 1952, cuando quedó claro que la niña tenía un oído que no podía desperdiciar.
No leyó la entrevista de la revista Tiempo cuando salió. La leyó tres semanas después, cuando su abuelo refugio se la dio doblada en cuatro dentro de un sobre de papel café con una nota escrita en Bry que decía simplemente, “Guarda esto.” Carmela guardó el recorte en la misma carpeta de cartón donde el licenciado Fuentes había guardado el contrato de arrendamiento en 1948.
La carpeta seguía en el cuarto de Moctezuma 12, aunque para entonces el cuarto era considerablemente más habitado que antes. Había estantes con partituras, había un escritorio donde Carmela estudiaba, había una planta de albaca en la ventana que olía tan fuerte que se metía por todas las grietas del cuarto como si la planta estuviera intentando llenarlo de algo verde.
El violín de refugio Castillo seguía en su estuche de cartón con cinta adhesiva. Nadie había propuesto cambiarlo por un estuche de verdad y refugio no habría aceptado aunque se lo hubieran propuesto. Porque hay cosas que uno no cambia, no porque no pueda, sino porque cambiarlas significaría perder algo que no puede verse pero que existe.
Y hay una última cosa que conviene saber sobre esta historia, algo que ocurrió en diciembre de 1960 y que es al mismo tiempo el final de un capítulo y el principio de algo completamente nuevo. Refugio Castillo murió en diciembre de 1960 en el cuarto número 8 del tercer patio de la vecindad de Moctezuma 12 con 79 años y con el violín sobre la cama a su lado porque Carmela lo había puesto ahí cuando el médico le dijo que ya era cuestión de horas y ella pensó que si su abuelo iba a irse quería que lo último que sus manos tocaran fuera lo que sus
manos habían amado toda la vida. Los vecinos del tercer patio se reunieron en el corredor esa noche, no porque alguien los llamara, sino porque así son las vecindades de la Ciudad de México, que tienen esa memoria colectiva que hace que la gente sepa cuándo hay que estar. La señora Consuelo del cuarto se que para entonces tenía 70 y tantos años y caminaba con bastón, llegó la primera y se sentó en las escaleras y no dijo nada durante un rato largo porque hay cosas que no necesitan decse.
Mario Moreno supo de la muerte de refugio por Carmela, que lo llamó al día siguiente al teléfono de los estudios. La voz de Carmela era la voz de una joven de 21 años que ha aprendido a contener lo que siente, no por represión, sino por disciplina. esa disciplina específica que dan los años de práctica musical, el entendimiento de que las emociones grandes necesitan estructura para no dispersarse.
Se fue esta noche, dijo Carmela. ¿Estabas con él? Preguntó Mario. Sí, tocaste para él una pausa pequeña. Sí, toqué la pieza sin nombre, la que él compuso. ¿Y cómo la tocaste? Carmela tardó un momento en responder, como él me enseñó, como si fuera el principio de algo. Mario no dijo nada por un momento, luego dijo, “Eso está bien, Carmela. Eso está muy bien.
El funeral de Refugio Castillo fue sencillo, como había sido su vida, sin grandes ceremonias ni discursos larguísimos, con la gente del barrio y los compañeros del conservatorio y algunos de los estudiantes que habían pasado por sus clases en los 12 años que había enseñado ahí. El maestro Hernández Moncada llegó con un ramo de flores que puso junto al féretro, sin decir gran cosa, porque era un hombre que expresaba lo que sentía con la música y no tenía el hábito de expresarlo de otra manera.
Mario Moreno llegó al final cuando la capilla ya estaba casi vacía. se quedó un momento junto al féretro con las manos en los bolsillos del saco, con el sombrero en la mano por primera vez en la tarde, porque había algo en ese cuarto que pedía que uno se quitara el sombrero, aunque uno no fuera especialmente religioso.
Miró el rostro de Refugio Castillo, que ya no era el rostro del violinista de la esquina ni el del instructor del conservatorio, sino el rostro tranquilo de alguien que ya terminó lo que tenía que hacer y lo sabe. Luego se dirigió a donde estaba Carmela y le dio un abrazo breve que ella recibió con esa firmeza suya de siempre y le dijo en voz baja algo que ella guardó durante años sin contárselo a nadie y que solo salió años después en una conversación entre personas de confianza, algo que no fue exactamente un discurso, sino más bien
una observación de las que vienen sin buscarse y que por eso pesan más. Le dijo, “Su abuelo me salvó dos veces. La primera en 1927 en la carpa Ofelia, cuando me dijo que lo que yo hacía tenía sentido, aunque nadie más lo viera todavía. Y la segunda, en 1948 en la calle de Madero, cuando me recordó que hay que detenerse cuando hay que detenerse, que lo demás viene solo si uno tiene el valor de pararse.
Carmela lo escuchó. Luego asintió con la cabeza como confirmando algo que ya sabía. ¿Y ahora? preguntó ella. Mario la miró. Tenía 21 años y ojos de quien ha visto mucho y aprendido más. Ojos que ya no eran los ojos cautelosos de la niña de la esquina de Madero con Bolívar, sino los ojos de alguien que está parada sobre un lugar que conoce y que desde ese lugar puede ver lejos.
Ahora usted toca, dijo Mario. El resto viene solo. Carmela Castillo terminó el Conservatorio Nacional en 1962. Fue maestra de música en escuelas públicas del Distrito Federal durante 30 años. Nunca tuvo una carrera de concertista, no porque no tuviera el talento, sino porque el talento la llevó hacia otro lado, hacia ese otro camino que los músicos que fueron bien enseñados a veces eligen camino de enseñar a otros lo que saben, porque saben que lo que no se transmite se pierde.
El estuche de cartón con cinta adhesiva de su abuelo estuvo en su casa durante toda su vida. El violín también. Y en algún cajón de esa casa había una carpeta de cartón con dos documentos, un contrato de arrendamiento de 1948 firmado ante testigos y el recorte de una entrevista de la revista Tiempo de 1958 en que un viejo músico ciego decía que el resto viene solo cuando alguien se detiene.
Eso es todo lo que queda de esta historia. Eso y la música que es lo mismo que decir que queda todo. Hay personas que pasan por la vida como la gente pasaba por la esquina de Madero con Bolívar esa tarde de octubre de 1948 con prisa, con los ojos al frente, sin aflojar el paso ni un segundo, porque la ciudad siempre tiene prisa y uno aprende a tenerla también.
Y hay otras personas que se detienen, no siempre saben por qué se detienen. A veces es un sonido, a veces es una cara, a veces es algo que ni siquiera tiene nombre, pero que en algún lugar debajo del ruido de la ciudad hace que los pies se nieguen a seguir caminando. Mario Moreno era de los que se detenían, no siempre, no en cada esquina, no de manera sistemática o calculada, pero cuando algo le pedía que se detuviera, se detenía.
Y esa capacidad de detenerse, que parece pequeña cuando uno la ve desde lejos, es quizás la cosa más grande que un ser humano puede tener, porque todas las historias que valen la pena comienzan con alguien que se para, que escucha, que mira a los ojos a quien tiene enfrente y decide que ese momento importa, aunque el mundo entero esté pasando de largo.
La ciudad de México de 1948 era una ciudad que tenía prisa y en una esquina de esa ciudad, un hombre que el mundo conocía como Cantinflas y que él mismo conocía como Mario se detuvo ante un violín que tocaba la paloma y lo que siguió cambió cuatro vidas de maneras que ninguno de ellos habría podido predecir, que es exactamente la manera en que las cosas más importantes siempre ocurren.
No hay grand moraleja en esto. No hay lección empaquetada. Solo hay un hombre que se detuvo y escuchó, y un viejo que tocaba con las manos, porque las manos son más fieles que los ojos. Y una niña que miraba pasar al mundo con unos ojos que ya sabían demasiado para su edad, y una ciudad de México que seguía teniendo prisa mientras todo eso ocurría, indiferente como siempre a los pequeños milagros que produce sin querer en sus esquinas.
Así fue, así lo cuentan los que lo saben y hay razones para creerles. Yes.