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Cristina Saralegui: Lo que Ocultó 20 Años sobre el Intento de Suicidio de su Hijo

y la convirtió en combustible. Se metió al mundo de las revistas antes de que nadie le dijera que podía. Entró a Vanidades, la publicación de moda y estilo más importante del mundo hispano, y fue subiendo primero en los escalones de abajo, haciendo lo que hacen todos los que quieren llegar a algo, trabajar más que nadie, aprender de todo, no decir nunca que algo está fuera de sus responsabilidades.

Luego más arriba. Luego más arriba todavía. A los 29 años era editora, una de las más jóvenes en la historia de esa revista, una mujer cubana sin apellido famoso en el mundo editorial americano que había llegado sin inglés y que ahora dirigía una de las publicaciones más leídas del continente. Pero las revistas no le alcanzaban y lo que vino después de las revistas construyó algo tan grande y tan brillante que nadie pudo ver lo que se estaba rompiendo por dentro, ni ella misma. Había algo que la pantalla podía

hacer que el papel no podía. La pantalla te mira. La pantalla hace que una mujer sola en su casa a las 10 de la noche sintiéndose invisible. de repente sienta que alguien la está viendo de verdad. El papel informa, la pantalla conecta. Eso era lo que Cristina quería dar. La oportunidad llegó de donde menos esperaba.

 Joaquín Blaya era el presidente de Univisión, un chileno con visión que estaba construyendo algo enorme, la cadena de televisión en español más importante de los Estados Unidos. tenía un proyecto nuevo, un programa de entrevistas que pudiera hacer en español lo que Opera Winfrey hacía en inglés en A B C. Ah, necesitaba alguien especial para eso, a alguien que no solo supiera hablar, que supiera escuchar.

Don Francisco fue quien dijo el nombre, Cristina Saralegui. En 1989 con 41 años Cristina se sentó frente a una cámara por primera vez como conductora y productora ejecutiva de su propio show con su nombre en el título, con esa melena rubia que se iba a convertir en la imagen más reconocible de la televisión hispana durante dos décadas.

Lo que vino después fue algo que nadie predijo, ni ella misma, 100 millones de personas cada semana en 12 países. Eso no es un número. Eso es una ciudad entera decidiendo todos los viernes por la noche quedarse en casa a ver a una mujer cubana hablar de lo que nadie más hablaba. 12 premios Emy, una estrella en el paseo de la fama de Hollywood.

 Hay la revista Time, eligiéndola entre los 25 hispanos más influyentes de los Estados Unidos en una época en que los hispanos casi no aparecían en esas listas. La opera latina la llamaron. Pero lo que Cristina hizo fue diferente a lo que hacía Opra, más difícil en cierta manera. Porque Opera hablaba para una audiencia que ya tenía ciertos vocabularios para hablar de los problemas.

Cristina Saralegui | Show, Biography, & Facts | Britannica

Cristina hablaba para una audiencia que había aprendido durante generaciones que los problemas de la casa se quedan en la casa, que el dolor no se nombra, que aguantar es virtud y quejarse es debilidad. Antes de el show de Cristina en la televisión hispana no se nombraba la violencia dentro de los hogares.

 No se hablaba del abuso como algo concreto, como algo que le pasaba a gente real con nombres y apellidos. O no se decía salud mental sin bajar la voz y cambiar el tema. No se le daba micrófono a la mujer que había aguantado 40 años en silencio, porque no había dónde más poner ese silencio. Cristina cambió eso.

 le puso cámara a las cosas que las familias escondían debajo de la alfombra, sin sensacionalismo barato, sin humillar a nadie, con esa mezcla poco común de firmeza y compasión que hace que la gente se abra frente a alguien que no conoce. Shakira pasó por ese set cuando todavía era una adolescente con el pelo negro. Selena Quintanilla estuvo en esa silla en mayo de 1994 con 23 años y esa sonrisa que iluminaba todo el estudio.

Cristina le preguntó cómo se describía a sí misma y Selena respondió algo que a nadie le esperaba, fuerte de carácter, dominante y agresiva. 10 meses después, Selena estaba muerta. Y esa entrevista quedó como uno de los últimos retratos en movimiento de la mujer que era antes de que todo terminara. Cristina lo sabía, que su estudio era ese tipo de lugar, el lugar donde las personas mostraban algo real antes de que el tiempo se acabara.

Celia Cruz estuvo ahí cuando ya pocos la ponían en la radio. Ricky Martin estuvo ahí cargando un secreto que no podía decir, que le estaba comiendo por dentro en una época en que decirlo podía destruir una carrera en una noche. Los Stefan estuvieron ahí cuando Gloria todavía tenía los huesos rotos del accidente y tuvo que aprender a caminar de nuevo.

Jennifer López estuvo ahí cuando todavía nadie sabía exactamente en qué se iba a convertir. Cristina los recibía a todos y les hacía las preguntas que nadie más se atrevía. Pero hay algo más que Cristina hizo que muy pocos recuerdan hoy. En los años 90, el sida era el tema que ninguna televisión hispana quería tocar.

 Era una enfermedad que se asociaba con la homosexualidad, con las drogas, con todo lo que las familias latinas preferían no nombrar. En los hogares donde la audiencia de Cristina vivía, el sida no existía como tema de conversación, existía como miedo, como rumor, como algo que les pasaba a otros. Cristina lo nombró.

 En su programa se habló del VI cuando nadie más lo hacía. Se sentaron personas que vivían con la enfermedad, se les dio cara, se les dio voz y Cristina junto con Marcos fundó en 1996 la fundación Arriba la vida dedicada a educar a la comunidad hispana sobre el sida. Llegó a hablar ante las Naciones Unidas sobre eso.

 Una mujer que había llegado sin inglés a los 12 años fue a pararse frente a las Naciones Unidas. para hablar de una enfermedad que mataba a personas que su audiencia prefería ignorar. Eso también fue Cristina Saralegui. Pero lo que hacía que la gente volviera semana tras semana no eran los famosos ni las Naciones Unidas, era la otra gente.

 La mujer que había perdonado al marido, que la había traicionado 20 años y no sabía si había hecho bien o si el perdón la había destruido sin que ella lo notara. El hijo que había roto con su familia por algo que no podía perdonar. La madre que tenía un secreto que nunca le había contado a nadie, ni siquiera a sus hijos, y que llegaba al estudio de Cristina porque necesitaba decirlo una sola vez en voz alta antes de morirse.

Esa gente cuando Cristina los miraba a los ojos y les hacía las preguntas que nadie más se atrevía a hacer. Y ellos respondían, “Porque había algo en esa mujer que hacía que la gente abriera, lo que llevaba cerrado años, décadas, toda una vida. Quizás porque ella sabía desde los 12 años lo que era perder algo sin poder despedirse.

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