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El Tren Nocturno de Barcelona a Granada

La sangre tiene un olor peculiar. No es a óxido, como dicen los escritores de novelas baratas, ni a cobre puro. Huele a final. Huele a la fracción de segundo exacta en la que un ser humano deja de serlo para convertirse en un objeto inerte, en un recuerdo, en un fantasma. Mateo conocía ese olor demasiado bien. Lo llevaba impregnado en las yemas de los dedos, incrustado en los poros de su piel, alojado en la base de su cráneo desde hacía exactamente siete años, tres meses y catorce días.

El andén de la estación de Barcelona Sants estaba sumido en esa quietud asfixiante que precede a las tormentas de otoño. Las luces fluorescentes parpadeaban, arrojando sombras alargadas y cadavéricas sobre los pocos viajeros que aguardaban el tren nocturno hacia Granada. Mateo ajustó el cuello de su abrigo oscuro, intentando protegerse no del frío, sino de la mirada del mundo. Su billete crujía en el bolsillo de su pantalón, un papel arrugado que representaba su última huida. Huía de los fantasmas de Barcelona, de los callejones del Barrio Gótico donde creía ver sombras con cuchillos, de los ecos de un pasado que se negaba a permanecer enterrado bajo las cenizas de aquella cabaña en los Pirineos.

El tren siseó al detenerse, como una bestia de acero exhalando su último aliento. Vagón 7, Compartimento B. Mateo subió los escalones metálicos con la pesadez de un condenado al patíbulo. El pasillo era estrecho, alfombrado de un rojo burdeos que a Mateo le provocó una náusea instantánea. Todo le recordaba a aquello. Todo le recordaba a la noche en que el mundo se tiñó de rojo, la noche en que la mafia rusa irrumpió en su refugio, la noche en que tuvo que dejar a Elena atrás, consumida por las llamas y el plomo, para poder sobrevivir y proteger el secreto por el que ella había dado la vida.

Entró en el compartimento B. Estaba vacío. Dos literas, una ventana que enmarcaba la oscuridad de la ciudad, y el silencio. Dejó su maleta de cuero gastado en el maletero superior y se dejó caer en el asiento junto a la ventana. Cerró los ojos, preparándose para el viaje de diez horas hacia el sur, hacia Andalucía, donde esperaba que el sol y la lejanía quemaran por fin sus recuerdos.

El tren dio una fuerte sacudida, anunciando su inminente partida. Fue entonces cuando la puerta del compartimento se deslizó con un chasquido metálico.

Mateo abrió los ojos, fastidiado por la interrupción de su frágil soledad.

Y entonces, el corazón se le detuvo. No fue una metáfora. Mateo sintió físicamente cómo el músculo de su pecho dejaba de latir, cómo la sangre se congelaba en sus venas, cómo el aire abandonaba sus pulmones en un vacío absoluto.

Allí, de pie en el umbral del compartimento, luchando con una maleta de ruedas, estaba ella.

Era imposible. Era biológicamente, lógicamente, humanamente imposible. Mateo había visto la cabaña arder. Había visto la sangre de ella manchando la nieve. Había leído el informe forense falsificado, había llorado ante una tumba vacía, había bebido hasta intentar borrar el color de sus ojos de su memoria.

Pero allí estaba. Elena.

Llevaba el cabello más corto, cortado a la altura de la mandíbula, y había abandonado su castaño natural por un rubio ceniza. Su rostro estaba más afilado, marcado por una madurez que no tenía a los veintiséis años. Pero eran sus ojos. Esos inconfundibles ojos de un verde grisáceo, como el mar en un día de tormenta, con esa pequeña mota dorada en el iris izquierdo. Era la curva de sus labios, la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza cuando algo le costaba esfuerzo, la pequeña cicatriz en forma de media luna sobre su ceja derecha, un recuerdo de una caída en bicicleta cuando era niña.

El cerebro de Mateo gritaba, fracturándose bajo el peso de la realidad. Es un fantasma, pensó. Me he vuelto loco por fin. La culpa ha devorado la última célula sana de mi cordura.

La mujer logró meter la maleta en el compartimento y suspiró, frotándose las manos frías. Finalmente, levantó la mirada y se encontró con los ojos desorbitados, pálidos y aterrorizados de Mateo.

—Hola —dijo ella.

La voz. Dios mío, la voz. Era un poco más ronca, quizás por el tabaco o por el frío, pero era su voz. Esa voz que le había susurrado “te amo” en la oscuridad, esa voz que había gritado de agonía aquella noche maldita.

Mateo intentó hablar, pero sus cuerdas vocales estaban paralizadas. Emitió un sonido ahogado, un estertor patético.

La mujer le dedicó una sonrisa educada, pero distante. Una sonrisa que se le da a un extraño en un tren. No había reconocimiento en sus ojos. No había amor, ni odio, ni terror. Nada. Solo la cortesía de una viajera.

—Perdona —continuó ella, en un español perfecto pero con un levísimo acento andaluz que Elena jamás tuvo—. ¿Este es el asiento 12? El revisor me ha dicho que mi litera es la de abajo.

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