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Lluvia en Sevilla y la Promesa que Nunca se Desvanece

Prólogo: Sangre en el Barrio de Santa Cruz

El cielo sobre Sevilla no lloraba; gritaba. Era una furia desatada, una tormenta de proporciones bíblicas que no se había visto en la capital andaluza en más de un siglo. El río Guadalquivir, normalmente una arteria de plata pacífica que dividía la ciudad, se había convertido en un monstruo de aguas turbias y violentas, amenazando con devorar los puentes y tragar las calles de Triana. La lluvia caía en cortinas impenetrables, transformando los estrechos y serpenteantes callejones del Barrio de Santa Cruz en ríos caudalosos. Las farolas parpadeaban, arrojando sombras fantasmagóricas sobre los adoquines centenarios, ahora resbaladizos y traicioneros.

El Inspector Mateo Vargas estaba empapado hasta los huesos. El agua helada le resbalaba por el cuello de su gabardina oscura, pero apenas lo notaba. Sus ojos, endurecidos por años de lidiar con la escoria de la ciudad, estaban fijos en la escena que tenía ante sí. En la Plazuela de Doña Elvira, bajo la sombra imponente de los naranjos que ahora se retorcían bajo la furia del viento, yacía un cuerpo.

No era un simple asesinato. Era una carnicería.

El cadáver pertenecía a un hombre, o al menos a lo que quedaba de él. Su pecho había sido abierto con una precisión quirúrgica y brutal, y la lluvia incesante lavaba la sangre, creando un charco escarlata que se extendía y se diluía hacia las alcantarillas atascadas. El olor a hierro y muerte se mezclaba con el aroma a tierra mojada y azahar podrido, creando una fragancia nauseabunda que se adhería a la garganta. Mateo se arrodilló, ignorando el fango que manchaba sus pantalones, y examinó el rostro de la víctima. Ojos abiertos, fijos en la nada, congelados en una expresión de terror absoluto. Le habían arrancado la lengua. Un mensaje. Un castigo.

—Inspector —la voz del agente Ruiz temblaba, apenas audible por encima del rugido de los truenos—. Hemos encontrado a alguien. Un testigo.

Mateo se levantó despacio. Sus músculos estaban tensos como cuerdas de guitarra a punto de romperse.

—¿Dónde? —gruñó, su voz rasposa compitiendo con la tormenta.

—Allí. En el callejón del Agua. Estaba escondida detrás de unos contenedores. Está en estado de shock.

Mateo siguió a Ruiz a través del diluvio. Apenas podía ver a tres metros de distancia. El Callejón del Agua, flanqueado por los altos muros de los Reales Alcázares, parecía un túnel hacia el inframundo. Al fondo, iluminada intermitentemente por los relámpagos que desgarraban el cielo negro, había una figura acurrucada, envuelta en una manta térmica de la policía que destellaba como oro falso en la oscuridad.

Se acercó con cautela, como quien se aproxima a un animal herido. La mujer temblaba violentamente. Tenía la cabeza gacha, el pelo oscuro y empapado pegado al rostro y a los hombros. Sus manos pálidas se aferraban a la manta con una fuerza desesperada, los nudillos blancos.

—Señorita —dijo Mateo, adoptando un tono suave y profesional, el tono que reservaba para las víctimas a punto de quebrarse—. Soy el Inspector Vargas de la Policía Nacional. Está usted a salvo. Nadie le hará daño.

La mujer no respondió. Su respiración era errática, entrecortada. Un sollozo sordo escapó de sus labios temblorosos.

—Necesito que me mire —insistió Mateo, arrodillándose frente a ella. El agua le subía por los tobillos. Levantó una mano enguantada y le apartó un mechón de pelo de la cara.

Un relámpago iluminó el callejón con una luz blanca y cegadora.

El corazón de Mateo se detuvo. Literalmente, sintió que el músculo en su pecho dejaba de latir por un segundo eterno. El oxígeno abandonó sus pulmones. El ruido de la lluvia, los truenos, las voces de los forenses a lo lejos… todo desapareció, succionado por un vacío ensordecedor.

Esos ojos. Esos inmensos y profundos ojos de color miel, ahora dilatados por el pánico y enmarcados por ojeras oscuras. Esa pequeña cicatriz en la comisura del labio inferior. Ese rostro que había intentado borrar de su memoria durante una década con alcohol, trabajo obsesivo y mujeres sin rostro.

Era ella.

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