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El preludio de la tormenta dominical

PARTE 1: El preludio de la tormenta dominical

El domingo en el barrio no amanece con el sol.

El domingo amanece con el sonido del camión de la basura y el olor a sofrito que empieza a filtrarse por los patios interiores.

Lucía se despertó con una presión en el pecho que no era acidez, aunque se le parecía mucho.

Era la certeza de que, antes de las dos de la tarde, su salón dejaría de ser suyo.

Se quedó mirando el gotelé del techo, contando las pequeñas protuberancias como si fueran estrellas en un firmamento de yeso y desidia.

A su lado, David roncaba con la paz de quien no tiene una madre que analiza el nivel de polvo sobre el rodapié.

—David —susurró ella, dándole un codazo que habría tumbado a un defensa central.

—¿Mmm? ¿Ya ha pasado algo? —balbuceó él, sin abrir los ojos.

—Todavía no, pero va a pasar.

—Son las diez, Lucía. Deja que el mundo gire un poco más.

—Tu madre me envió un WhatsApp anoche a las doce y media.

David se incorporó lentamente, pasándose la mano por la cara, despeinado y confuso.

—¿Y qué decía? —preguntó con el miedo reflejado en las pupilas.

—”Mañana os llevo una cosita. Nos vemos para el aperitivo”.

Lucía pronunció la palabra “cosita” como si estuviera describiendo un artefacto explosivo de la Guerra Fría.

En el léxico de Encarna, una “cosita” nunca era solo una “cosita”.

Podía ser un juego de sábanas de poliéster que pinchaban solo de mirarlas.

Podía ser una figura de porcelana de un niño llorando con un perro cojo.

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