PARTE 1: El preludio de la tormenta dominical
El domingo en el barrio no amanece con el sol.
El domingo amanece con el sonido del camión de la basura y el olor a sofrito que empieza a filtrarse por los patios interiores.
Lucía se despertó con una presión en el pecho que no era acidez, aunque se le parecía mucho.
Era la certeza de que, antes de las dos de la tarde, su salón dejaría de ser suyo.
Se quedó mirando el gotelé del techo, contando las pequeñas protuberancias como si fueran estrellas en un firmamento de yeso y desidia.
A su lado, David roncaba con la paz de quien no tiene una madre que analiza el nivel de polvo sobre el rodapié.
—David —susurró ella, dándole un codazo que habría tumbado a un defensa central.
—¿Mmm? ¿Ya ha pasado algo? —balbuceó él, sin abrir los ojos.
—Todavía no, pero va a pasar.
—Son las diez, Lucía. Deja que el mundo gire un poco más.
—Tu madre me envió un WhatsApp anoche a las doce y media.
David se incorporó lentamente, pasándose la mano por la cara, despeinado y confuso.
—¿Y qué decía? —preguntó con el miedo reflejado en las pupilas.
—”Mañana os llevo una cosita. Nos vemos para el aperitivo”.
Lucía pronunció la palabra “cosita” como si estuviera describiendo un artefacto explosivo de la Guerra Fría.
En el léxico de Encarna, una “cosita” nunca era solo una “cosita”.
Podía ser un juego de sábanas de poliéster que pinchaban solo de mirarlas.
Podía ser una figura de porcelana de un niño llorando con un perro cojo.
O podía ser, simplemente, un juicio final disfrazado de detalle.
Lucía se levantó y empezó a recoger la casa con una furia silenciosa.
No es que la casa estuviera sucia, es que no estaba “estilo Encarna”.
Pasó la bayeta por la encimera de la cocina hasta que el granito empezó a pedir clemencia.
—No te obsesiones, de verdad —dijo David, apareciendo en la cocina con una camiseta de publicidad de una ferretería.
—No es obsesión, David, es supervivencia —respondió ella, sin mirarlo—.
—Si ve una mancha de café en la mesa, me dedica una mirada de lástima durante tres horas.
—Mi madre te quiere, mujer.
—Tu madre me tolera porque te parió a ti y no le queda otra que aguantar a la que te hace los filetes.
Lucía sabía que esa frase era injusta, pero el domingo por la mañana la justicia es un lujo que no se puede permitir.
Abrió la nevera y comprobó que había cervezas frías y aceitunas de las buenas, de las que tienen nombre y apellidos.
El aperitivo era el terreno neutral donde se libraban las primeras escaramuzas.
A las doce y cuarto, sonó el timbre.
No fue un “ding-dong” normal.
Fue un repique rítmico, autoritario, el código morse de la matriarca que reclama su territorio.
—¡Ya están aquí! —gritó David, como si anunciara el desembarco de Normandía.
Lucía se quitó el delantal, se atusó el pelo y puso su mejor sonrisa de “aquí no pasa nada”.
Abrió la puerta y allí estaba ella.
Encarna, con su pelo recién cardado en la peluquería de la esquina, su bolso de piel colgado del antebrazo y una bolsa de plástico de una tienda de saldos que brillaba bajo el halógeno del rellano.
A su lado, el padre de David, Paco, que ya tenía cara de estar pensando en la siesta de después.
—¡Hola, familia! —exclamó Encarna, entrando sin esperar invitación, como si fuera la dueña de la hipoteca.
Le dio dos besos a Lucía, dejando un rastro de perfume floral y polvos de talco.
—Hija, qué pálida estás —dijo, antes siquiera de soltar el bolso—.
—¿No comes bien? Te veo como desmejorada.
—Es el estrés del trabajo, Encarna. Hola, Paco.
—Hola, maja —dijo Paco, dándole un abrazo rápido mientras buscaba con la mirada el televisor.
Encarna dejó la bolsa de plástico sobre el sofá, justo encima de un cojín que Lucía acababa de ahuecar.
—Traigo unas cositas de la carnicería de abajo, de la de siempre —anunció Encarna, dirigiéndose a la cocina.
—No hacía falta, de verdad, ya tenía yo preparado… —empezó Lucía.
—Ay, hija, si ya lo sé, pero es que como allí no hay nada igual…
Ese “allí” se refería al supermercado donde Lucía compraba, un lugar que para Encarna era poco menos que un vertedero municipal.
Se instalaron en el salón.
David servía las cañas con una precisión quirúrgica, intentando que no hubiera demasiada espuma.
Encarna inspeccionaba la habitación con la mirada de un perito judicial.
—¿Habéis cambiado la alfombra? —preguntó de repente.
—No, Encarna, es la misma de hace tres años —respondió Lucía, apretando los dientes.
—Ah, será que le da la luz de otra manera. Parece… más sufrida.
“Sufrida” era el adjetivo que Encarna usaba para decir que algo era feo o barato.
Paco ya se había apoderado del mando a distancia, pero lo mantenía en silencio por respeto a la jerarquía.
Lucía servía las patatas fritas en un cuenco de cerámica que le habían regalado por su boda.
—Qué cuenco más moderno —comentó Encarna, cogiendo una patata—.
—A mí me gustan más los de toda la vida, los de barro, que mantienen el sabor.
—Es que este es de diseño, mamá —intervino David, tratando de apaciguar las aguas.
—Diseño, diseño… Todo es diseño ahora y luego se rompe con mirarlo.
Encarna se bebió un sorbo de cerveza y miró de reojo la bolsa de plástico que había dejado en el sofá.
Lucía también la miró.
La bolsa era el elefante en la habitación.
Sabía que dentro estaba el “regalo”, esa ofrenda que Encarna traía siempre para marcar su presencia.
—Bueno, Lucía —dijo Encarna, dejando el vaso sobre un posavasos que ella misma había traído de su casa el mes pasado—.
—No sabes lo que me ha pasado esta semana.
—Cuéntame, Encarna.
—Fui a las rebajas del centro, ya sabes, por dar una vuelta con la Sole.
La Sole era la vecina de Encarna, una mujer que compartía su afición por criticar el precio del kilo de merluza.
—Y nada, que entramos en esa tienda tan buena, la que está cerca de la plaza.
Lucía asintió, sintiendo que el nudo en el estómago se apretaba un poco más.
—Había un montón de gente, una locura, hija, que parece que regalan las cosas.
—Me lo imagino —dijo Lucía, intentando parecer interesada.
—Y de repente, entre todo aquel jaleo, vi una cosa y dije: “Esto es para Lucía”.
Encarna hizo una pausa dramática, buscando la reacción de su nuera.
Lucía forzó una sonrisa, esa que se pone cuando te dicen que te ha tocado ser mesa electoral.
—¿Ah, sí? Qué detalle.
—Sí, hija, me acordé de ti al momento.
Encarna alargó el brazo y cogió la bolsa de plástico.
El crujido del plástico resonó en el silencio del salón como una descarga eléctrica.
—Es que me dije: “A ella, que es tan… especial para sus cosas, esto le va a encantar”.
David miró a Lucía con una expresión que decía: “Ten paciencia, por lo que más quieras”.
Paco, por su parte, aprovechó el momento para subir un punto el volumen de la tele, donde un programa de chismes hablaba de la vida de un torero.
Encarna metió la mano en la bolsa con la parsimonia de un mago que va a sacar un conejo de la chistera.
Pero no era un conejo.
Era un envoltorio de papel de seda algo arrugado, como si hubiera sido abierto y cerrado varias veces.
O como si hubiera estado en el fondo de un armario durante un tiempo indeterminado.
—He visto este pañuelo en las rebajas y me he acordado de ti —dijo Encarna, extendiendo el paquete.
Lucía lo tomó con las puntas de los dedos, como si fuera un material radiactivo.
—Es sencillo, como tu estilo —remató la suegra con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Lucía sintió que el aire se volvía más denso.
“Sencillo”. “Como tu estilo”.
En el código de Encarna, eso significaba: “Esto es tan básico y carente de personalidad que solo tú podrías ponértelo”.
—A ver, ábrelo, no te quedes ahí mirándolo —la instó la suegra.
Lucía empezó a retirar el papel de seda.
Apareció un color ocre, un tono que recordaba sospechosamente a la tapicería de un autobús interurbano de los años ochenta.
Era un pañuelo de seda, o de algo que pretendía serlo pero que crujía de forma sintética.
Tenía un estampado de cadenas doradas y flores marchitas que no pegaban ni con cola.
—¿Te gusta? —preguntó Encarna, con una expectación casi infantil.
Lucía miró el pañuelo.
Luego miró a David, que se había quedado congelado con la cerveza en la mano.
Luego volvió a mirar el pañuelo.
Había algo en ese estampado, en esa mancha casi imperceptible en una de las esquinas, que le resultaba familiar.
Muy familiar.
Una chispa de memoria se encendió en el cerebro de Lucía.
Un recuerdo de la cena de Navidad del año pasado.
Un recuerdo de su cuñada, Mari Carmen, abriendo un paquete muy parecido bajo el árbol.
—Es… muy interesante, Encarna —dijo Lucía, intentando que la voz no le temblara.
—Interesante, dice… —rió Encarna—. Es elegante, hija, que hoy en día vais todas hechas unas adosadas.
—¿Adosadas? —preguntó David, confundido.
—Hechas un cuadro, David, con esos vaqueros rotos que parecen de un náufrago.
Lucía acarició la tela del pañuelo.
Estaba segura.
No era solo un pañuelo parecido.
Era EL pañuelo.
Aquel que Mari Carmen había mirado con una mezcla de horror y cortesía antes de guardarlo rápidamente en su bolso.
Aquel que Mari Carmen juró que iba a devolver al día siguiente porque “no era de su talla”, aunque un pañuelo no tiene tallas.
La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Lucía respiró hondo.
Sabía que estaba entrando en terreno pantanoso, pero no podía evitarlo.
Había algo en la cara de satisfacción de Encarna que le pedía guerra.
—Gracias, suegra —dijo Lucía, manteniendo el contacto visual—.
—De nada, mujer, si es un detalle de nada.
—Aunque creo que se lo regaló a mi cuñada el año pasado y ella lo devolvió.
El silencio que siguió a esa frase fue tan absoluto que se pudo oír el zumbido de la nevera en la cocina.
David tragó saliva con un sonido que pareció un trueno.
Paco se quedó con el mando a distancia suspendido en el aire.
Encarna parpadeó dos veces, muy rápido.
Sus labios se apretaron hasta convertirse en una línea fina y casi invisible.
—¡Qué cosas tienes! —exclamó finalmente, soltando una carcajada forzada que sonó como un motor gripado.
—Es que tenéis el mismo gusto, hija.
PARTE 2: El baile de las apariencias
La carcajada de Encarna todavía rebotaba en las paredes del salón cuando Lucía se dio cuenta de que acababa de lanzar un guante de desafío.
En el mundo de las suegras, llamar “reciclado” a un regalo es como acusar a alguien de alta traición en la corte de Versalles.
—¿El mismo gusto? —repitió Lucía, extendiendo el pañuelo sobre sus rodillas—.
—Vaya, no sabía yo que a Mari Carmen también le gustaban los motivos ecuestres con un toque de… ¿esto es mostaza o es ocre envejecido?
Encarna no se inmutó, aunque un ligero tic en su ojo izquierdo delataba que la batalla interna estaba en marcha.
—Es color “tierra de Siena”, Lucía. Es un clásico. Los clásicos nunca mueren.
—Como las malas ideas —murmuró Lucía para sí misma, pero lo suficientemente bajo para que David no pudiera usarlo en su contra después.
David, que sentía que el sofá se estaba convirtiendo en una silla eléctrica, decidió que era el momento de intervenir con la torpeza habitual de los hijos que quieren evitar el conflicto.
—Oye, pues está muy bien, ¿no? —dijo, cogiendo una punta del pañuelo—.
—Abriga. Y ahora que refresca por las noches…
—David, es de seda sintética, si refresca me voy a quedar igual, y si hace calor me voy a asfixiar —dijo Lucía sin quitarle la vista de encima a su suegra.
—Bueno, bueno, la cuestión es el detalle —insistió David, lanzándole a su mujer una mirada de súplica que decía claramente: “Cállate ya o no habrá paz en este siglo”.
Encarna se cruzó de brazos, acomodándose en el sofá como una reina que espera la siguiente audiencia.
—Yo solo digo que lo vi y me pareció que te pegaba mucho —continuó la suegra—.
—Porque tú eres muy de colores… neutros. De esos que no dicen ni fu ni fa.
—Sencillo, me has dicho antes —recordó Lucía.
—Sencillo, sí. Sin complicaciones. Como tú.
La frase quedó flotando en el aire, cargada de esa pasivo-agresividad que Encarna dominaba mejor que el punto de cruz.
Paco, ajeno o fingiendo estarlo, soltó un bufido mientras miraba la tele.
—Mira ese, el de la tele, se ha puesto bótox y parece un muñeco de feria —comentó Paco, intentando desviar la atención.
Nadie le hizo caso.
Lucía se levantó y fue hacia el espejo del pasillo con el pañuelo en la mano.
—A ver cómo me queda —dijo, con un tono que pretendía ser juguetón pero que ocultaba una intención de hierro.
Se lo anudó al cuello.
El estampado de cadenas y flores marchitas resaltaba contra su camiseta blanca, dándole el aspecto de una heredera de una fortuna de aceitunas venida a menos.
—Te hace la cara más redondita —apuntó Encarna desde el sofá.
—¿Redondita? —Lucía se miró en el espejo—. ¿Quieres decir que me hace gorda?
—No, hija, no te pongas así. Quiero decir que te da prestancia. Te da… edad.
—Exacto. Unos veinte años más, por lo menos —asintió Lucía—. Es perfecto para cuando quiera ir a pedir el descuento de jubilada en el autobús.
David se tapó la cara con las manos.
Encarna soltó un suspiro de santa mártir.
—Hay que ver, Paco, qué difícil es hoy en día hacer un regalo. Con lo que me costó encontrarlo.
—Pero si estaba en las rebajas, Encarna —dijo Lucía, volviendo al salón—. Me lo has dicho tú misma.
—¡Bueno! En las rebajas también se busca. Que parece que las cosas se regalan.
—No, si lo que yo digo es que me suena mucho —insistió Lucía, sentándose de nuevo—.
—De verdad, Encarna, juraría que Mari Carmen tenía uno igualito en su cumpleaños.
—¿Mari Carmen? —Encarna fingió hacer memoria—. No sé yo… Ella es más de rojos.
—No, no. Tenía este mismo estampado. Lo recuerdo porque David comentó que parecía el mantel de su abuela.
David levantó la cabeza de golpe, como un ciervo sorprendido por los faros de un coche.
—¿Yo? Yo no dije eso… ¿O sí?
—Lo dijiste, David. Entre la segunda y la tercera copa de vino.
—Bueno —intervino Encarna, recuperando el control de la narrativa—. Si Mari Carmen tenía uno igual, sería porque se lo compraría ella.
—O porque tú se lo regalaste —pinchó Lucía.
—Mira, Lucía, yo no sé qué quieres decir con eso —dijo Encarna, poniéndose digna—.
—Si no te gusta el regalo, me lo dices y lo devuelvo.
—¿Tienes el ticket? —preguntó Lucía con una rapidez letal.
Encarna se quedó en silencio un segundo.
Un segundo que duró una eternidad.
—Pues… pues no sé dónde lo he puesto. Con tanto lío de bolsas…
—Vaya. Qué mala suerte.
—Pero vamos, que si lo quieres devolver, vas a la tienda y les dices que vas de mi parte.
—Seguro que me reciben con una alfombra roja —ironizó Lucía.
David decidió que era el momento de pasar a la siguiente fase de la visita dominical: la comida.
Si había comida de por medio, las bocas estarían ocupadas masticando y no lanzándose dardos envenenados.
—¿Qué tal si vamos poniendo la mesa? —sugirió—. Que huele que alimenta.
—Huele a ajo —sentenció Encarna, levantándose—. ¿Has echado mucho ajo al asado, Lucía?
—El normal, Encarna. El que nos gusta a nosotros.
—A David no le sienta bien el ajo, hija. Ya deberías saberlo. Se le repite.
—A mí no se me repite, mamá —protestó David desde la cocina.
—Se te repite, hijo, lo que pasa es que eres muy sufrido y no dices nada.
Encarna entró en la cocina como si fuera un inspector de sanidad.
Empezó a abrir cajones, buscando los cubiertos “buenos”.
—¿Dónde tienes los manteles de hilo que te regalé por la mudanza? —preguntó.
—Guardados, Encarna. Son para ocasiones especiales.
—¿Y hoy no es una ocasión especial? Venimos tu suegro y yo…
—Hoy es un domingo normal de asado y pañuelo reciclado —dijo Lucía, entrando detrás de ella.
Encarna se dio la vuelta, con un tenedor en la mano.
—Sigues con eso, ¿eh? Qué rencorosa eres, hija.
—No es rencor, es observación. Solo digo que es curioso que me regales algo que ya he visto antes en otra persona de la familia.
—¿Y qué pasa si es el mismo? —saltó Encarna, perdiendo un poco la compostura—.
—Si yo veo una cosa bonita y creo que a las dos os va a gustar, ¿por qué no voy a comprar dos?
—Porque el de Mari Carmen desapareció misteriosamente después de Navidad —dijo Lucía—. Ella dijo que lo había perdido, pero yo sé que lo devolvió porque no le pegaba ni con cola.
Encarna guardó silencio.
Ese silencio de “me habéis pillado pero no lo voy a reconocer ni bajo tortura”.
—Bueno —dijo finalmente—. Mari Carmen siempre ha sido muy especialita para la ropa.
—Ya. Y yo soy “sencilla”.
—Exacto. Tú te pones cualquier cosa y te queda… bueno, te queda puesta.
Lucía sintió que la vena de la sien le empezaba a latir con fuerza.
Era ese momento del domingo en el que te planteas si el divorcio es una opción viable solo por no tener que aguantar la sobremesa.
Pero entonces, vio la bolsa de plástico otra vez.
Había algo más dentro.
Algo que Encarna no había sacado todavía.
—¿Y qué más traes ahí, Encarna? —preguntó Lucía, señalando la bolsa.
—Nada, unas cremitas que me han dado de muestra en la farmacia.
—A ver, déjame ver.
Lucía se acercó a la bolsa antes de que Encarna pudiera reaccionar.
Sacó un bote pequeño de crema hidratante.
Y debajo de la crema, había un sobre.
Un sobre que ponía: “Para Mari Carmen, con todo mi cariño”.
Lucía levantó el sobre como si fuera la prueba definitiva en un juicio por asesinato.
—¿”Para Mari Carmen”? —leyó en voz alta.
David, que acababa de entrar con los vasos, se quedó petrificado.
Paco, desde el salón, gritó:
—¡Encarna, que el del Madrid acaba de fallar un penalti!
Pero Encarna no escuchaba a Paco.
Encarna miraba el sobre con la cara de quien acaba de ser sorprendido robando en el cepillo de la iglesia.
—Eso… eso es de otra cosa —balbuceó la suegra.
—¿De otra cosa? —Lucía abrió el sobre—.
—Aquí hay una tarjeta que dice: “Espero que este pañuelo te alegre los días de invierno”.
El silencio volvió a caer sobre la casa.
Esta vez, ni el zumbido de la nevera se atrevió a sonar.
Lucía miró a su suegra con una mezcla de triunfo y horror.
—Encarna… Me has dado el regalo que Mari Carmen te devolvió y ni siquiera te has molestado en quitar la tarjeta.
PARTE 3: La revelación y el contraataque
Si el salón de Lucía hubiera sido un escenario de teatro, este sería el momento en el que el foco se centra en la protagonista mientras la música de tensión sube de volumen.
Encarna se quedó inmóvil, con la mano aún sujetando el borde de la encimera.
Fue un segundo, quizás dos, pero en la mente de Lucía fue una película entera de suspense.
David, por su parte, intentaba fundirse con la pared, deseando tener el superpoder de la invisibilidad.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó de pronto Encarna, llevándose la mano al pecho con un dramatismo que habría envidiado la mismísima Sara Montiel.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Paco desde el salón, ajeno al drama nuclear que se desarrollaba a tres metros de él.
—¡El azúcar! —gritó Encarna—. ¡Que me ha dado un bajón de azúcar con este susto que me ha dado Lucía!
—¿Qué susto ni qué ocho cuartos, Encarna? —dijo Lucía, sin soltar la tarjeta incriminatoria—.
—Lo que te ha dado es un bajón de excusas.
—¡David, hijo, tráeme un vaso de agua con mucha azúcar! —pidió la suegra, dejándose caer en una silla de la cocina—.
—Que se me nubla la vista, te lo digo de verdad.
David corrió a por el agua, tropezando con la alfombra “sufrida”.
Lucía no se movió.
Sabía que estaba ante una maniobra de distracción clásica.
La “tarjeta de la salud” era el último recurso de Encarna cuando se veía acorralada por la lógica.
—Toma, mamá, bebe —dijo David, entregándole el vaso.
Encarna bebió un sorbo pequeño, suspirando como si acabara de cruzar el desierto del Sáhara a pie.
—Qué mal rato, de verdad —dijo, abanicándose con la mano—.
—Es que una ya tiene una edad y que te acusen así, en tu propia familia…
—Yo no te acuso de nada, Encarna —dijo Lucía, con una calma que daba miedo—.
—Solo estoy leyendo una tarjeta que tú misma has traído en la bolsa.
—Esa tarjeta… esa tarjeta no sé qué hace ahí —insistió la suegra—.
—Igual se la puso la dependienta por error.
—¿La dependienta sabía que tu hija se llama Mari Carmen? —preguntó Lucía, arqueando una ceja—.
—Porque la letra se parece sospechosamente a la tuya. Esa forma de hacer las “m” es inconfundible.
Encarna miró la tarjeta como si fuera un bicho raro.
—Pues… pues igual la escribí yo para otra cosa y se mezcló.
—¿Se mezcló con el pañuelo que Mari Carmen te devolvió el año pasado?
—¡Que no me lo devolvió! —estalló finalmente Encarna, recuperando milagrosamente la energía—.
—Me dijo que le daba pena usarlo porque era muy fino y que prefería que lo tuviera yo a buen recaudo.
—A buen recaudo en una bolsa de plástico para encasquetármelo a mí en las primeras rebajas que pillaras —concluyó Lucía.
David miró a su madre y luego a su mujer.
—A ver, tampoco es para tanto —intentó mediar—. Es un pañuelo. Está nuevo. ¿Qué más da de dónde venga?
Lucía se giró hacia él con una mirada que habría congelado el infierno.
—Da igual que me mienta en la cara, David. Eso es lo que da.
—¡No te miento! —protestó Encarna—. Te digo que me acordé de ti.
—Te acordaste de que tenías un bulto en el armario que te ocupaba sitio y pensaste: “Mira, a la sosa de mi nuera esto le sirve”.
—¡Yo no te he llamado sosa! He dicho “sencilla”.
—Es lo mismo, Encarna. Es el eufemismo que usas para no decir que me ves aburrida.
Paco apareció en la puerta de la cocina, con el palillo en la boca.
—¿Hay comida o no hay comida? Que el programa de los chismes ya se ha acabado y me está entrando un hambre canina.
—¡Paco, por Dios, que estoy sufriendo un ataque! —le gritó Encarna.
—¿Otro? —Paco suspiró—. Pues tómate la pastilla esa de debajo de la lengua y vamos a comer, que el asado se va a quedar como una alpargata.
Lucía respiró hondo.
Podía seguir presionando hasta que Encarna confesara, pero sabía que eso no pasaría nunca.
Las suegras de esa generación preferirían confesar un crimen de estado antes que admitir que han reciclado un regalo.
—Está bien —dijo Lucía, dejando la tarjeta sobre la mesa—.
—Vamos a comer. Pero el pañuelo me lo voy a poner.
—¿Ves? Si en el fondo te gusta —dijo Encarna, tratando de salvar los muebles.
—No, no me gusta —aclaró Lucía—. Pero me lo voy a poner cada vez que venga Mari Carmen a casa.
Encarna palideció de nuevo, esta vez de verdad.
—Hija, no seas así… que Mari Carmen es muy sensible.
—¿Ah, sí? Pues que se sensibilice viendo cómo luce su pañuelo “perdido” en mi cuello.
La comida transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el ruido de los cubiertos contra los platos y los comentarios de Paco sobre lo cara que estaba la gasolina.
David comía a toda velocidad, queriendo terminar cuanto antes.
Encarna, por su parte, examinaba cada trozo de carne como si buscara una prueba de que Lucía la quería envenenar.
—Está un poco… al dente, ¿no? —comentó la suegra, pinchando un trozo de patata.
—Está en su punto, mamá —dijo David con la boca llena.
—Para tu padre igual está un poco duro. Paco, ¿está duro?
—A mí me gusta todo, Encarna. Hasta las piedras si tienen sal —respondió Paco sin levantar la vista.
Lucía no decía nada.
Simplemente masticaba, mirando de reojo el pañuelo que había dejado colgado en el respaldo de su silla.
Estaba planeando su próximo movimiento.
No iba a dejar que esto quedara así.
—Por cierto —dijo Lucía de repente, rompiendo el silencio—. El otro día estuve hablando con Mari Carmen.
Encarna se atragantó con un trozo de pan.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo?
—Nada, me contó que está redecorando el salón. Que quiere poner cosas… modernas.
—Ya, ya sé yo sus modernidades —refunfuñó Encarna—. Todo blanco, que parece un hospital.
—Pues me dijo que le vendría muy bien una lámpara de esas que tenemos nosotros en el trastero. ¿Te acuerdas, David?
—¿La de los angelitos con las trompetas? —preguntó David.
—Esa misma. La que nos regaló tu madre cuando nos mudamos.
Encarna dejó el tenedor en el plato con un ruido seco.
—Esa lámpara es una antigüedad, Lucía. Me costó una fortuna en el rastro.
—Ya, pero es que a nosotros no nos pega nada, Encarna. Es demasiado… “compleja” para nuestro estilo sencillo.
Encarna entrecerró los ojos.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
—He pensado que se la voy a regalar a Mari Carmen por su cumpleaños.
—¡Pero si ya se la regalé yo a ella hace años y me la devolvió porque decía que le daba miedo el ángel que miraba de reojo! —exclamó Encarna sin pensar.
El silencio volvió a hacerse dueño del comedor.
Lucía sonrió. Una sonrisa lenta, de satisfacción absoluta.
—Vaya, Encarna. Así que Mari Carmen también te devuelve los regalos.
Encarna se dio cuenta de su error demasiado tarde.
Se puso roja como un tomate maduro.
—Es que… es que esa lámpara es muy especial —intentó arreglarlo—.
—Tan especial que lleva cinco años dando vueltas por la familia sin que nadie la quiera —apuntó Lucía.
—¡No es verdad! Estaba… guardada.
—Como el pañuelo.
—¡Lucía, ya está bien! —intervino David, aunque sin mucha convicción—.
—No —dijo Lucía—. Si ahora resulta que tenemos un sistema de intercambio de objetos no deseados y yo no lo sabía.
Se levantó de la mesa y fue hacia el aparador.
Sacó una botella de licor de hierbas.
—¿Queréis un chupito? —preguntó—. Para digerir el asado y las verdades.
Paco levantó la mano.
—A mí ponme uno doble, hija. Que esto está más interesante que la novela de la tarde.
Encarna no dijo nada. Se limitó a mirar su plato vacío con una expresión de derrota temporal.
Pero Lucía sabía que la batalla no había terminado.
Una suegra nunca se rinde. Solo se repliega para estudiar el terreno y volver con más fuerza.
—Mañana voy a llamar a Mari Carmen —añadió Lucía mientras servía el licor—.
—Le voy a decir que he encontrado el pañuelo que perdió. Que se lo ha encontrado su madre “por casualidad” en una tienda de rebajas.
Encarna levantó la cabeza, con un brillo de alarma en los ojos.
—No harás eso, Lucía.
—¿Por qué no, Encarna? Si somos familia. Y a la familia hay que decirle siempre la verdad. ¿No es eso lo que tú siempre dices?
Encarna bebió su licor de un trago, haciendo una mueca.
—Hija, qué fuerte está esto. ¿Es del barato?
—Es sencillo, Encarna. Como mi estilo.
PARTE 4: El cierre del círculo y la paz armada
La tarde avanzaba y el sol de mayo empezaba a declinar, proyectando sombras largas sobre el salón de Lucía.
Encarna y Paco se preparaban para la retirada, ese ritual de diez minutos que incluye buscar las llaves, ponerse la chaqueta y dar tres o cuatro consejos no solicitados sobre el mantenimiento del hogar.
—Bueno —dijo Paco, dándose una palmadita en la barriga—. Me voy a echar una siesta que va a hacer historia.
—Espérate, Paco, que no he terminado de explicarle a Lucía lo de las plantas —le cortó Encarna.
Se acercó al macetero del rincón, el que tenía una costilla de Adán que luchaba por su vida.
—Hija, a esta planta le falta hierro. Ponle un clavo oxidado en la tierra, ya verás qué cambio.
—Lo tendré en cuenta, Encarna —respondió Lucía, que ya tenía el clavo mentalmente en la basura.
Encarna se giró hacia ella, con una expresión más calmada, casi reflexiva.
Se produjo un momento de esos extraños en los que la tensión parece dar paso a una tregua tácita.
—Oye, Lucía —dijo la suegra en voz baja, mientras David ayudaba a su padre con el abrigo en el pasillo.
—Dime, Encarna.
—Lo del pañuelo… no te lo tomes a mal.
Lucía se sorprendió por el tono. No había rastro de la ironía habitual.
—Es que a veces… una quiere tener un detalle y no tiene tiempo, o se lía —continuó Encarna, jugueteando con el cierre de su bolso—.
—Y vi el pañuelo allí, en la caja donde Mari Carmen lo había dejado, y pensé que era una pena que se desperdiciara.
Lucía suavizó el gesto.
—Si el problema no es el pañuelo, Encarna. Es que me trates como si fuera tonta.
Encarna soltó una pequeña risa, casi una confesión.
—Tonta no eres, hija. Eso ya lo sé yo desde el primer día que David te trajo a casa.
—¿Ah, sí?
—Sí. Aquel día me dijiste que el arroz me había salido un poco pasado y pensé: “Esta chica tiene carácter, me va a dar guerra”.
Lucía no pudo evitar sonreír.
—Y no me equivoqué —añadió la suegra—.
—Bueno, me llevo la tarjeta esa. No sea que Mari Carmen la vea cuando venga a verte y se líe la de San Quintín.
Encarna cogió el sobre de la mesa y lo metió en su bolso con una agilidad sorprendente.
—¿Entonces no se lo vas a decir? —preguntó la suegra con un punto de esperanza.
—Depende —dijo Lucía—.
—¿De qué?
—De si el próximo regalo es la lámpara de los angelitos. Si aparece la lámpara por aquí, llamo a la prensa.
Encarna soltó una carcajada de verdad, de las que hacen que se le salten las lágrimas.
—¡Qué bruja eres! —dijo, dándole un cachete cariñoso en el brazo—.
—Venga, dame un beso, que nos vamos.
Se despidieron con los rituales habituales.
Besos, abrazos, promesas de llamarse durante la semana y el recordatorio de Paco de que el próximo domingo les tocaba a ellos ir a su casa.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a reinar en el piso.
Lucía se quedó apoyada en la puerta, suspirando de alivio.
David apareció desde el pasillo, ya quitándose los zapatos.
—Sobrevivimos —dijo él, estirándose—.
—Por los pelos, David. Por los pelos.
—Oye, ¿y qué vas a hacer con el pañuelo de verdad?
Lucía miró la prenda que seguía colgada en la silla.
Bajo la luz del atardecer, el ocre parecía un poco menos feo, y las cadenas doradas tenían un brillo casi nostálgico.
—Pues me lo voy a quedar —dijo Lucía—.
—¿En serio? Pensaba que lo ibas a tirar.
—No. Lo voy a guardar para el próximo amigo invisible en el trabajo.
David la miró con una mezcla de admiración y miedo.
—Eres igual que ella —dijo, negando con la cabeza.
—No, David. Soy mejor. Yo le quitaré la tarjeta.
Lucía cogió el pañuelo y lo dobló con cuidado.
Al hacerlo, notó que en el reverso de la tela, cosida de forma casi invisible, había una pequeña etiqueta que no había visto antes.
Era de una marca de lujo francesa, de esas que cuestan más que un mes de alquiler.
Se quedó paralizada.
—¿David?
—¿Qué?
—Tu madre dijo que lo compró en las rebajas del centro, ¿no?
—Eso dijo.
Lucía examinó la etiqueta. No era una imitación. Conocía la marca.
Aquel pañuelo no valía los diez euros que Encarna pretendía haber gastado.
Valía cientos.
De repente, todo cobró sentido.
Mari Carmen no lo había devuelto porque fuera feo.
Mari Carmen lo había “perdido” porque probablemente Encarna se lo había quitado de vuelta al darse cuenta de lo que le había regalado por error en un momento de generosidad mal calculada.
Y ahora, Encarna se lo había dado a ella pensando que, como era “sencilla”, no se daría cuenta del valor de la prenda.
O quizás, solo quizás, era la forma que tenía Encarna de pedir perdón por adelantado por todas las críticas que pensaba soltar durante la comida.
Lucía se llevó el pañuelo a la cara. Olía a Encarna.
A ese perfume de flores y a esa mezcla de terquedad y cariño mal entendido que define a tantas madres.
—¿Pasa algo? —preguntó David desde el sofá.
—Nada —respondió Lucía, guardando el pañuelo en el cajón—.
—Que creo que el próximo domingo le voy a llevar a tu madre una caja de esos bombones caros que tanto le gustan.
—¿Los que vienen con el envoltorio dorado?
—Esos mismos.
—Vaya cambio de humor.
Lucía sonrió para sus adentros mientras empezaba a recoger los platos.
El domingo había terminado.
La guerra de los regalos reciclados había quedado en tablas.
Y en algún lugar del barrio, Encarna probablemente estaría contándole a Paco que su nuera era “muy especial”, pero que, al final, tenía buen fondo.
Porque así son las familias.
Un pañuelo que va y viene.
Una tarjeta que se pierde.
Y un asado que, aunque esté un poco duro, siempre sabe mejor cuando se comparte con alguien a quien puedes criticar con total confianza.
Lucía apagó la luz de la cocina, satisfecha.
Mañana sería lunes, pero el pañuelo de seda auténtica ya estaba a buen recaudo.
Y eso, en el fondo, era una victoria absoluta.