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El sol de las diez de la mañana entraba en el salón con una crueldad impropia de un martes.

PARTE 1

El sol de las diez de la mañana entraba en el salón con una crueldad impropia de un martes.

No era una luz acogedora, de esas que invitan a leer un libro con una manta.

Era una luz acusadora, casi policial.

Elena entrecerró los ojos mientras sostenía la taza de café, todavía humeante.

Allí estaban.

Las huellas dactilares de los niños, marcadas como pruebas forenses en el ventanal de la terraza.

Un lamparón de procedencia desconocida, probablemente yogur de fresa, decoraba la esquina inferior derecha.

Y, por supuesto, esa pátina grisácea que el tráfico de la ciudad regala generosamente a quienes viven cerca de una avenida.

Elena suspiró, dejando la taza sobre la mesa de centro con un golpe seco.

—Hoy es el día —susurró para sí misma, con el tono de quien declara una guerra santa.

Se dirigió al armario de la limpieza con paso firme.

Apartó la aspiradora, que siempre parecía estar poniendo la zancadilla a propósito.

Localizó el cubo azul, el de las ocasiones especiales.

Sacó el frasco de limpiacristales, ese líquido de un azul radioactivo que prometía milagros de transparencia.

Y, lo más importante, su arsenal de bayetas de microfibra, perfectamente dobladas.

En ese preciso instante, el sonido de una llave girando en la cerradura interrumpió su liturgia.

Elena tensó los hombros.

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