Posted in

El eco de un “Diga”

Parte 1: El eco de un “Diga”

La tarde en Madrid tenía ese color ocre y pesado, como de siesta mal dormida. Paco estaba hundido en el sofá, un mueble que ya había perdido la batalla contra la gravedad y la ergonomía hacía al menos tres mudanzas. Tenía una bolsa de patatas fritas a medio terminar en el regazo y el mando a distancia en la mano derecha, practicando ese deporte nacional que es el zapping frenético sin ver absolutamente nada. La televisión escupía anuncios de detergentes y tertulias de gritos, pero el verdadero protagonista de su atención era el silencio de la casa, solo roto por el zumbido de un frigorífico que pedía la jubilación a gritos.

Elena entró en el salón con el paso firme de quien tiene una misión, o al menos, de quien no soporta ver a alguien tan sumamente estático. Se detuvo justo delante de la pantalla, obligando a Paco a mirarla a ella en lugar de al presentador de turno. Llevaba el ceño fruncido, una expresión que en Elena solía preceder a una tormenta de preguntas de esas que no tienen una respuesta sencilla.

—Paco —dijo ella, cruzándose de brazos.

—Dime, tesoro. ¿Ha pasado algo? ¿Se ha vuelto a romper la caldera? Porque ya te dije que el técnico de la semana pasada tenía cara de haber aprendido el oficio viendo tutoriales de tres minutos.

—No es la caldera. Es el móvil. El tuyo.

Paco dejó el mando sobre la mesa ratona, con un ruido seco de plástico contra madera. Se palpó los bolsillos con esa torpeza típica de quien acaba de ser pillado en falta, aunque no supiera exactamente en qué.

—¿Mi móvil? ¿Qué pasa con él? Está ahí, cargando. O agonizando, según se mire.

—He pasado por el pasillo y ha vibrado. No he podido evitar ver la pantalla —mintió Elena con una naturalidad pasmosa, porque en realidad llevaba tres minutos vigilando el aparato desde el marco de la puerta—. Contestaste. Te vi descolgar desde el reflejo del espejo del recibidor. Y colgaste tan rápido que parecía que el teléfono quemaba. ¿Quién era?

Paco soltó un suspiro largo, de esos que arrastran todas las migas de las patatas fritas por su camiseta. Se rascó la nuca, buscando una explicación que fuera lo suficientemente aburrida como para que Elena perdiera el interés.

—Ah, eso. Nada, mujer. Una tontería. Era spam. Ya sabes cómo están últimamente, que no respetan ni la hora del café ni la de la dignidad. Son unos pesados. Que si la fibra óptica, que si una oferta para cambiarme de compañía de gas… Lo de siempre.

Elena no se movió ni un milímetro. Sus ojos, dos faros de sospecha castellana, se clavaron en los de su marido.

—Era spam, ¿eh? —repitió ella, arrastrando las sílabas como quien saborea un caramelo amargo—. Qué curioso. Porque yo estaba lo bastante cerca como para oír algo. Y mira, Paco, que yo sepa, las máquinas de telemarketing no tienen esa voz. Ni esa urgencia. El spam no susurra tu nombre como si estuviera escondido en tu propio armario.

El ambiente en el salón cambió de golpe. La luz de la tarde pareció volverse más fría, y el zumbido del frigorífico, por un momento, se detuvo, dejando un vacío sonoro que resultaba casi violento. Paco intentó reírse, pero le salió un ruido seco, un graznido que no engañaría ni a un niño de cinco años.

—¿Susurrar mi nombre? Venga ya, Elena. Estás viendo demasiadas series de esas de asesinatos en Escandinavia. Te habrás confundido con el ruido de la estática o con el propio comercial intentando pronunciar mi apellido, que ya sabes que parece un trabalenguas para los que no son de aquí. “Señor Pa-co”, habrán dicho. Y yo, pues he colgado. No les doy ni un segundo de gloria.

—No, Paco. No ha sido un “Señor Paco”. Ha sido un “Paco…” así, con aire, con una pausa larga antes y después. Una voz que parecía que te conocía de antes de que nacieras. Y tú, en lugar de decir “no me interesa” o “métase la oferta por donde le quepa”, te has quedado blanco y has cortado la comunicación como si hubieras visto al mismísimo diablo por el auricular.

Elena se acercó un paso más. El sofá ya no parecía tan cómodo para Paco; ahora se sentía como un banquillo de los acusados.

—¿Me vas a decir la verdad o vamos a seguir con este teatro de los de barrio? —insistió ella—. Porque si era spam, ¿por qué tienes las manos temblando ahora mismo?

Paco miró sus manos. Efectivamente, un leve temblor recorría sus dedos, los mismos que hace un momento sostenían el mando con la seguridad de un veterano. Trató de esconderlas bajo los muslos, pero el gesto solo sirvió para confirmar la sospecha de Elena.

Read More