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Le dijo a Javier Solís “Si sabes cantar Sombras, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

La peña no tenía cartel en la entrada. Había tenido uno,  según doña Consuelo, la mujer que cobraba en la puerta y que llevaba ahí desde antes de que el lugar tuviera nombre propio. Pero el cartel se cayó  una noche de viento del 51 y nadie lo repuso porque doña Consuelo decía que los lugares que necesitan anunciarse todavía no han entendido que son.

 Estaba en la colonia Guerrero,  a tres calles del mercado de Tepito, en una de esas vecindades que huelen a canela y a ropa recién  lavada y que solo encuentra quién sabe que existe o quien alguien de adentro mandó buscar. Adentro había 15 sillas de madera, una guitarra colgada en  la pared, el fondo que nunca nadie tocaba, pero que tampoco nadie descolgaba y una lámpara de petróleo sobre una  repisa que los viernes por la noche se encendía antes que las demás. Era la señal.

 Quien quisiera cantar podía hacerlo. No había  tarima, ni telón ni presentador, solo la lámpara, el piso de ladrillo rojo  con una grieta larga que cruzaba el cuarto de lado a lado y el silencio particular de la gente que lleva toda la semana cargando algo y que los viernes necesita un lugar donde  ponerlo un momento sin que nadie le pregunte qué es.

 Era marzo de 1957  y la ciudad ya empezaba a ser otra ciudad. El Distrito Federal crecía  hacia los cerros y hacia los lagos secos y hacia todos los lugares donde no debería crecer. Y lo hacía de todas formas  porque así crecen las ciudades cuando tienen hambre. Llegaba gente de Oaxaca, de Veracruz, de Michoacán.

 Gente que traía consigo el peso de sus pueblos  y la música de sus madres y la certeza frágil de que en la capital algo tenía que ser distinto. Algunos encontraban eso distinto. La mayoría encontraba una versión más ruidosa del mismo problema.  Pero los viernes por la noche todos terminaban en algún lugar parecido a este, con una taza de café negro y la semana entera encima y las ganas profundas  de escuchar algo que sonara a verdad.

 En la silla más cercana a la pared del fondo había un hombre de 28 años con un saco gris que le quedaba ligeramente grande en los hombros y los zapatos lustrados con  esa meticulosidad de quien aprendió de chico que la ropa. Dice cosas antes de que uno abra la boca.  Tenía el café sin tocar y los ojos puestos en la lámpara con una expresión que no era tristeza exactamente, sino algo anterior a la  tristeza.

 Algo que todavía no ha decidido en qué va a convertirse. Se llamaba Javier Solís y  había nacido en la ciudad de México y había crecido en el barrio de Tepito y había aprendido a cantar en las vecindades y en  las esquinas y en los lugares donde la música no es una carrera, sino una necesidad, como comer o como dormir, como una manera de seguir estando cuando todo  lo demás dice que uno debería haberse ido.

 Ya llevaba dos años grabando discos  con una constancia que asustaba un poco a los productores que no estaban acostumbrados a ese tipo de entrega. No  era la entrega del ambicioso que quiere llegar pronto. Era la entrega del hombre que tiene miedo de que si para un momento algo se rompa y no sepa cómo volver a armarlo.

 Había canciones que  ya circulaban en la radio, había voces que decían su nombre en los programas del mediodía. Había gente en la calle que a veces lo reconocía y  se detenía un momento con esa expresión particular de quien acaba de ver en persona algo que solo había existido en una bocina. Pero Javier Solís  llegaba de todas formas los viernes a la peña de Doña Consuelo porque había aprendido que los lugares grandes te dicen quién eres para los demás y los lugares  pequeños te recuerdan quién eres para ti mismo. Y él

necesitaba los dos, pero los viernes necesitaba este. La primera en cantar esa noche  fue una mujer de unos 50 años con un reboso azul y una voz que había vivido mucho más que su cuerpo. cantó un bolero de Gonzalo Curiel con esa manera particular de las voces que no han pasado por ningún estudio y que por eso mismo llegan a  lugares que los estudios no conocen.

 La peña la escuchó con el silencio que se le da a las cosas honestas. Los aplausos fueron cortos y verdaderos del  tipo que no necesita durar para decir lo que dice. Después cantó un muchacho joven que no tendría más de 16 años y que cantó con una voz que todavía  estaba decidiendo que quería ser.

 Cantó con miedo visible y con ganas todavía más visibles. Y la peña  lo escuchó con esa generosidad particular que tienen los lugares pequeños con los que empiezan, porque los lugares pequeños recuerdan  que todos empezaron alguna vez. Javier los escuchó a los dos desde su silla con ese café sin tocar, enfriándose delante.

Escuchaba con una atención que no  era crítica, sino receptiva, la de alguien que aprende todo el tiempo sin que nadie se lo haya pedido y sin que nadie sepa que lo está haciendo. Fue entonces  cuando se levantó Armando Dueñas. Armando tenía 42 años y una reputación que él mismo había construido  ladrillo por ladrillo durante 20 años de trabajo continuo y de apariciones en los lugares correctos y de conversaciones con las personas correctas en los momentos correctos. Había grabado siete discos.

Había cantado en el Teatro Blanquita  en el XCW en programas que llegaban a los radios de medio país los domingos por la mañana. No  era una estrella en el sentido en que la ciudad usaba esa palabra, pero era algo que en ciertos círculos valía más que una estrella. Era alguien que duraba, alguien que seguía  ahí cuando los demás ya no estaban.

 Tenía una voz de barito no trabajada con años de disciplina, una presencia física que llenaba los espacios sin necesitar moverse demasiado. Y esa manera particular de pararse frente a cualquier  público que solo se consigue cuando uno ha estado frente a muchos públicos y ha aprendido que el público no te da lo que busca si primero no le das tú lo que necesita.

 Cantó tres  canciones. Las cantó bien, con la solidez de quien conoce exactamente lo que hace y por qué lo hace. Los aplausos fueron amplios, generosos, del tipo que reconoce un oficio bien ejecutado. Armando los recibió  con la naturalidad de quien está acostumbrado a recibirlos y sabe que hay una diferencia entre merecer los aplausos y necesitarlos  y que él llevaba suficientes años en esto como para no necesitarlos, aunque siempre los mereciera.

 Luego se quedó de  pie con los ojos sobre la peña y una sonrisa que era amable en la superficie y tenía otra arquitectura debajo. Dijo que quería intentar algo. Dijo que había una canción  que últimamente estaba en todos lados, en la radio, en las fiestas, en los labios de la gente que taradeaba sin darse cuenta  mientras esperaba el camión.

 Una canción que algunos decían que era lo mejor que había salido en años y otros decían que era demasiado fácil, demasiado directa, demasiado  construida sobre el sentimiento puro, sin suficiente estructura debajo para que durara. dijo que él iba a cantarla y que la gente juzgara. La canción se llamaba Sombras.

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