Posted in

Sita Devi: La Maharaní que Gasto el Tesoro de un Reino… y Murió Sola y Olvidada

Ese fue el mundo en el que Citadevi abrió los ojos por primera vez, un universo de contrastes extremos donde la opulencia de unos pocos convivía sin apenas rozarse con la pobreza estructural de millones de personas. Un mundo que aunque nadie lo supiera todavía con certeza en el momento de su nacimiento, tenía los días contados.

La Segunda Guerra Mundial y el Movimiento Independentista Indio terminarían por desmantelar aquel sistema centenario en apenas un par de décadas, arrastrando con él a cientos de familias que, como la de Cita Devy, habían construido toda su identidad sobre la existencia de un trono que pronto dejaría de tener sentido político.

Una niña que nunca aprendió a pedir permiso. Cita Devi nació en mayo de 1917 en el seno de la familia gobernante de Pitapuram, un pequeño estado principesco en la región de Madras, al sur de la India. No era un reino enorme comparado con las grandes potencias principescas del subcontinente, pero era suficiente para que una niña creciera rodeada de sirvientes, de patios interiores frescos, de rituales religiosos diarios y de la certeza absoluta inculcada desde la cuna de que el mundo giraba de un modo distinto para las personas como

ella. La India en la que nació era un país partido en dos por una línea invisible, pero brutal. Por un lado, cientos de millones de campesinos que sobrevivían con lo mínimo, sometidos a la sequía, a las cosechas fallidas, al hambre estacional. Por el otro, un puñado de familias principescas, más de 500 en todo el subcontinente bajo el dominio británico, que vivían en una dimensión completamente distinta, casi irreal, hecha de palacios, elefantes ceremoniales, joyas heredadas durante generaciones y un protocolo que imitaba

a menor escala el de las grandes cortes europeas. Ese fue el mundo en el que Cita Devi abrió los ojos por primera vez, un universo de contrastes extremos. donde la opulencia de unos pocos convivía sin apenas rozarse con la pobreza estructural de millones de personas. Un mundo que, aunque nadie lo supiera todavía con certeza en el momento de su nacimiento, tenía los días contados.

La Segunda Guerra Mundial y el Movimiento Independentista Indio terminarían por desmantelar aquel sistema centenario en apenas un par de décadas, arrastrando con él a cientos de familias que, como la de Cita Devi, habían construido toda su identidad sobre la existencia de un trono que pronto dejaría de tener sentido político.

En Pitapuram, las jornadas de una niña de su rango transcurrían entre lecciones de música, clases de idiomas, rituales religiosos diarios y una supervisión constante por parte de institutrices y sirvientas que anticipaban cada uno de sus deseos antes incluso de que ella los formulara en voz alta. No conoció la espera, no conoció la negativa.

Cada capricho, por pequeño que fuera, encontraba siempre una mano dispuesta a satisfacerlo. Y ese aprendizaje temprano, el de no escuchar jamás la palabra no, terminaría moldeando el carácter de una mujer que décadas después se enfrentaría sin pestañar a gobiernos enteros, con la misma seguridad con la que de niña exigía que le trajeran un dulce en mitad de la tarde.

Al mismo tiempo, más allá de los muros del palacio familiar, la India colonial vivía una realidad completamente distinta. hambruras periódicas, epidemias, un sistema de castas que determinaba el destino de millones de personas antes de que pudieran caminar. Cita creció rodeada de esa contradicción sin que jamás llegara a rozarla directamente.

Para ella, la pobreza era un concepto abstracto, algo que ocurría en otro planeta mientras su mundo giraba en torno a sedas importadas, perfumes traídos de Europa y conversaciones sobre qué joyero de bombai o de madras fabricaría el próximo encargo familiar. Las niñas de su posición social tenían además un manual no escrito de comportamiento que debían seguir al pie de la letra, aprender a administrar una casa grande, lucir impecables en cada aparición pública, hablar poco y sonreír en el momento adecuado, y sobre todo aceptar sin cuestionamientos el

matrimonio que la familia dispusiera para ellas. Citaevi cumplió en apariencia con cada uno de esos puntos, pero quienes la observaban de cerca notaban que por dentro algo no encajaba del todo, que aquella niña obediente escondía una determinación que tarde o temprano iba a desbordar los límites que le habían sido asignados.

Sus tutores religiosos, encargados de instruirla en los rituales y las escrituras hindúes que marcarían el resto de su educación formal, solían comentar entre ellos que la niña memorizaba los textos sagrados con una facilidad notable, pero que rara vez parecía conmoverse verdaderamente por su contenido espiritual.

recitaba con precisión, cumplía cada gesto ritual con la exactitud esperada y, sin embargo, daba la impresión de estar siempre observando aquellas ceremonias desde una distancia curiosa, casi analítica, como quien estudia las reglas de un juego que algún día podría resultarle útil dominar a la perfección.

Como correspondía a una joven de su rango, su destino estaba prácticamente escrito antes de que ella pudiera opinar sobre él. A los 18 años fue casada con un terrateniente adinerado del sur de la India, el samindar de Buyuru. Un hombre respetable, dueño de extensas propiedades agrícolas. Sobre el papel era un matrimonio impecable, riqueza, estabilidad, una posición social sólida.

En la práctica, para una mujer con la ambición de Cita Devy, aquella vida cómoda tenía el sabor de una jaula bien decorada. No le faltaba nada material. Tenía sirvientes, tenía joyas, tenía una casa amplia y una posición respetada en la sociedad provincial. Pero se aburría y se aburría de una manera profunda, casi física, porque sentía que su existencia transcurría en un escenario demasiado pequeño para lo que ella intuía que merecía.

Ser la mujer más admirada de un círculo social reducido no le bastaba. quería algo más grande, aunque todavía no supiera darle forma ni nombre a esa ambición. Pasó los primeros años de su matrimonio con esa inquietud latente, esa sensación de estar destinada a algo que aún no había llegado. Las tardes en la propiedad de su marido transcurrían con una lentitud que a ella le resultaba insoportable.

Recibía visitas de otras esposas de terratenientes, participaba en ceremonias religiosas, supervisaba al servicio doméstico y una y otra vez se encontraba a sí misma frente a un espejo, preguntándose si aquello era, en efecto, todo lo que la vida tenía reservado para ella. Tuvo al menos un hijo de esa primera unión.

Y aunque cumplió con cada uno de los deberes que se esperaban de una esposa de su rango, jamás llegó a sentir que aquella vida le pertenecía por completo. ¿Quiénes trataron a Cita en esos años? Recordaban después una frase que ella repetía medio en broma, medio en serio, cuando alguna amiga le preguntaba si era feliz.

Read More