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LOLA BELTRÁN: Por ESTO se PELEARON su HERENCIA mientras ella MORÍA SOLA

Una guerra que, según se ha contado, mantuvo a uno de ellos sin ser reconocido legalmente como su hijo durante unos 11 años después de muerta. Te voy a avisar al llegar a cada parte y guárdate ya un hombre porque vamos a necesitarlo y te va a doler cuando entiendas por qué. José Quintín, recuérdalo bien y hazme un favor antes de empezar, porque esto es importante de verdad.

Si te gustan las historias de las grandes leyendas de México contadas con respeto y con la verdad por delante, deja ya un me gusta. y escríbeme en los comentarios el nombre de Lola, solo su nombre, Lola, para que yo sepa que estás aquí desde el principio y para que YouTube entienda que esta historia merece llegar a miles de personas más.

Ese pequeño gesto tuyo, ese me gusta y ese comentario es lo único que hace crecer a este canal y es gratis. Hecho esto, vamos al principio, cuando todavía no había reina, solo una muchacha y un pueblo perdido en Sinaloa. Para entender por qué la mujer más aclamada de la canción mexicana murió con un vacío en el alma, hay que volver al principio.

Hay que volver a un pueblo pequeño en el estado de Sinaloa, a una familia humilde, a una niña que cantaba sin imaginar lo que esa voz le iba a dar y sobre todo lo que le iba a quitar, porque toda gran historia tiene un precio y la de Lola no fue la excepción. La voz que la hizo inmortal fue también de algún modo la que la condenó a una vida entregada por completo al público y muy poco a sí misma.

María Lucila Beltrán Ruiz nació el 7 de marzo de 1932 en el Rosario, un pueblo del estado de Sinaloa, en el noroeste de México. Su padre administraba una mina y su madre disfrutaba del canto. No era una familia rica, pero tampoco de la miseria absoluta. Era una familia de pueblo trabajadora, de las que sueñan con que sus hijos tengan un oficio seguro.

La pequeña Lucila fue educada por monjas carmelitas en su pueblo y como tantas muchachas de su generación, el camino que se esperaba para ella no era el de los escenarios, sino el de un trabajo respetable y discreto. Quiero que te imagines ese mundo por un momento, porque es la raíz de todo lo que vino después. El México de los años 30 y 40 en un pueblo de provincia en Sinaloa, una época en la que el destino de una mujer estaba casi escrito desde que nacía.

Casarse, formar una familia y con suerte un oficio decente como el de secretaria o maestra. Soñar con ser artista, con cantar ante multitudes, con viajar por el mundo, era poco menos que una fantasía imposible para una muchacha de pueblo. No había caminos trazados para eso.

No había escuelas de fama, no había contactos, no había manera evidente de que una joven del Rosario llegara jamás a ser alguien fuera de los límites de su estado. Y sin embargo, de ese pueblo, de esa familia humilde, salió la voz que iba a representar a México ante el mundo entero. Cuando entiendes de dónde venía, la altura a la que llegó se vuelve todavía más asombrosa.

Lucila estudiaba comercio para ser secretaria. Ese era el plan. Una vida ordenada, mecanografía, taquigrafía, un empleo de oficina, quizá en alguna dependencia del pueblo o de la ciudad cercana. Nadie en aquel pueblo de Sinaloa imaginaba que aquella muchacha que estudiaba para secretaria llevaba en la garganta la voz que iba a hacer llorar a millones de personas, la voz que iba a sonar en los palacios de Europa y en las casas más humildes de México, por igual la llevaba dentro escondida esperando.

Su madre cantaba, le gustaba la música y quizá de ahí, de esos cantos en casa, fue de donde la pequeña Lucila heredó ese don. Pero un don, por más grande que sea, no sirve de nada si no encuentra su oportunidad. Y las oportunidades en aquel México y para una muchacha de pueblo no abundaban. Había que ir a buscarlas.

Y eso fue exactamente lo que hizo. Pero el destino, ya lo sabes, no suele seguir los planes que hacemos. Y el de Lucila cambió por un viaje. Según cuentan las versiones de su vida, viajó a la Ciudad de México acompañada de su madre en buena parte para visitar la Basílica de Guadalupe un viaje de fe de esos que hacían las familias mexicanas para darle gracias a la Virgen o pedirle un favor.

se hospedaron en un hotel cercano a los estudios de la XEW, que en aquellos años era la estación de radio más importante de México y de toda Latinoamérica, la llamada La voz de América Latina desde México. Por aquellos micrófonos pasaban los artistas más grandes del continente. Era el sueño máximo de cualquiera que quisiera dedicarse a la música.

Y la joven Lucila, sin proponérselo, se hospedó a unos pasos de ese sueño. Y aquí está el momento que lo cambió todo. La muchacha de Sinaloa, en lugar de quedarse en el papel de turista de visitante de paso, hizo algo que requería un valor enorme. Se acercó a esos estudios a buscar una oportunidad, a pedir simplemente que la escucharan.

a decir con toda la humildad y todo el atrevimiento del mundo que ella sabía cantar. Imagínate el valor que hizo falta. Una muchacha de provincia sin contactos, sin nombre, sin nadie que la respaldara, sin un peso en el bolsillo más allá de lo justo para el viaje, presentándose en la catedral de la radio mexicana a decir que ella merecía una oportunidad.

Pudieron haberla echado, pudieron haberse reído de ella, pudieron haberle cerrado la puerta en la cara, como seguramente le cerraban la puerta a decenas de soñadores que llegaban cada semana con la misma ilusión. Pero su voz no era una voz cualquiera. Allí, según las versiones de su historia, fue escuchada y recomendada por gente del medio y empezó a dar sus primeros pasos.

Cuentan que en aquellos primeros tiempos hasta llegó a trabajar en labores sencillas, cerca del mundo que soñaba, ganándose la vida como podía mientras esperaba su oportunidad de cantar. Pero esa voz no se podía esconder mucho tiempo. Era demasiado grande, demasiado poderosa, demasiado verdadera. Y tarde o temprano, una voz así encuentra su micrófono.

La lección no estaba en la suerte de aquel viaje. La lección estaba en lo que la muchacha hizo con él, porque miles de personas pasaban frente a aquellos estudios todos los días, miraban el edificio, soñaban un segundo y seguían su camino. Solo unos pocos se atrevían a entrar y de esos pocos casi ninguno tenía lo que Lucila tenía en la garganta.

Ella juntó las dos cosas, el atrevimiento de entrar y el talento para quedarse. Esa combinación, el valor más el don, es la que convierte a una muchacha de pueblo en una leyenda. La suerte solo abre la puerta. Lo que te mantiene dentro es lo que llevas dentro. Y Lola por dentro llevaba un océano. Si te está gustando, dale me gusta al video ahora mismo.

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