Posted in

EDITH GONZÁLEZ REVELÓ antes de morir EL ASQUEROSO ENCUBRIMIENTO entre ERNESTO ALONSO y TELEVISA

No sabía lo que estaba pasando, pero las cámaras sí. Guarda esta imagen. Una niña de 5 años sin entrenamiento, sin contactos, sin nada más que una madre que la llevó de la mano a un foro de televisión porque una vecina le dijo que su hija tenía algo. Esa niña en ese foro, ese día, entró a un sistema que la iba a elevar hasta la cima y después la iba a escupir cuando dejara de ser útil.

Piensa en eso un momento. Televisa no descubrió a Edit González. La encontré como se encuentra una pieza que falta en una maquinaria. Y desde el momento en que esa niña pisó el foro de Siempre en domingo, su destino quedó atado a una empresa que decidió todo. ¿Qué papeles hacías? ¿Cuánto cobrabas? ¿Con quién trabajabas? ¿Cuándo subías y cuándo caías? Esa empresa era Televisa.

Y el hombre que había diseñado el modelo de producción de telenovelas que Televisa usaba como columna vertebral era uno solo. Ernesto Alonso. Ernesto Ramírez Alonso. Nacido el 28 de febrero de 1917 en Aguascalientes. Actor, director, productor. El hombre que inventó la telenovela mexicana tal como el mundo la conoce. Desde 1960, cuando produjo el otro, su primera telenovela.

Hasta su muerte el 7 de agosto de 2007, Ernesto Alonso produjo 157 telenovelas para Televisa. 157. Trabajó 52 años para la misma empresa. Fue quien desarrolló las reglas del juego, cómo se escribían las historias, cómo se seleccionaban los actores, cómo se manejaban los contratos. Y las reglas eran claras. El productor era Dios.

El actor era arcilla y la empresa era el templo donde todo ocurría. Pero lo que se descubriría décadas después revelaría que Ernesto Alonso, el hombre que construyó ese sistema, fue también una de sus víctimas y que lo que Edit González denunció antes de morir no era un problema de una actriz contra un productor.

Era el síntoma de una enfermedad que llevaba medio siglo pudriéndose en el corazón de la televisión mexicana. Edith González entró a ese sistema a los 5 años y nunca salió. Después de Siempre en domingo se convirtió en actriz infantil de Televiteatros. Su primer crédito fue en Cosa Juzgada en 1970. Después vinieron Lucía Sombra, El amor tiene cara de mujer, mi primer amor, los miserables.

En 1974, a los 9 años, ganó un premio Heraldo como artista de revelación. En 1977 debutó en el cine con Alucarda, la hija de las tinieblas. Y en 1979, a los 15 años apareció en Los ricos también lloran, la telenovela que la hizo conocida en todo el continente. A los 15 años ya era una veterana. A los 18 ya era protagonista de su propia telenovela, Bianca Vidal.

A los 22 ya tenía una carrera más larga que la de actores que le doblaban la edad. Y todo eso ocurrió bajo el paraguas de Televisa, bajo las reglas de Ernesto Alonso, bajo un sistema donde un presionado de manos valía más que un contrato firmado, donde una actriz podía trabajar un año entero por la palabra de un productor y descubrir al final que esa palabra no valía nada.

Y nadie en ese momento, ni Edith, ni su madre, ni el público que la adoraba, podía imaginar lo que ese sistema le iba a cobrar, ni el precio exacto que tendría atreverse a decirlo en voz alta. Edit González hizo algo que casi ningún actor de Televisa se atrevía a hacer en los años 80. Se fue. No se fue por pelea, no se fue por escándalo, se fue a estudiar.

A los veintitantos años, con una carrera que cualquier actriz habría matado por tener, Edith tomó sus maletas y se fue a Nueva York, a Londres, a París. Estudió en la academia de Lee Strasburg, el templo del método actoral que había formado a Marlon Brando y al Pacino. Estudió en el Neighborhood Playhouse. Estudió en el Actors Institute.

Mientras sus compañeras de generación en Televisa peleaban por el protagonista de la siguiente telenovela, Edith González, estaba en un salón de clases en Manhattan aprendiendo hasta a actuar de verdad. ¿Por qué se fue? Porque entendió algo que pocos actores de Televisa entendían, que el sistema te enseña a obedecer, no a actuar.

Que las telenovelas mexicanas de esa época pedían un tipo de interpretación que no tenía nada que ver con el oficio real. Sobre actuación. Gritos, lágrimas de glicerina, caras al primer plano sostenido 5 segundos de más. Ernesto Alonso había creado un lenguaje de telenovela que funcionaba para el rating, pero que destruía al actor por dentro.

Y Edit, que llevaba actuando desde los 5 años, sintió que si no salía a respirar otro aire, se iba a convertir en una máquina de repetir gestos sin saber por qué los hacía. guarda esta decisión. Porque cuando Edith regresó a México, regresó diferente. Regresó con herramientas que nadie más tenía. Regresó sabiendo lo que era un subtexto, lo que era construir un personaje desde adentro, lo que significaba actuar sin que se notara que estabas actuando.

Y regresó a un sistema que no le perdonó haber ido, porque eso es lo que hacía Televisa con los que se iban. los dejaba volver, pero les recordaba quién mandaba y la forma de recordárselo era sutil, casi imperceptible, pero demoledora. Los contratos. En la Televisa de los años 80 y 90, los contratos de muchos actores no existían en papel, eran verbales.

Un productor te llamaba, te decía, “Te quiero para esta novela.” Te daba un número aproximado y empezabas a grabar. No había firma, no había documento, no había protección. Si el productor cumpliera su palabra, cobrabas. Si no la cumplía, no tenías nada que reclamar. Y esto es exactamente lo que le pasó a Edit González.

En una entrevista con Gustavo Adolfo Infante, grabada antes de su muerte y publicada después, Edit reveló lo que había guardado durante años. Ahí quedó un contrato pendiente que no se pagó. Tuve una telenovela que nunca se me pagó. Completita, toda una novela completita. Un año entero de trabajo, grabaciones diarias, escenas de madrugada, ensayos, vestuario, maquillaje, promoción, todo un año de su vida.

Y cuando terminó, nada, cero pesos. La actriz fue a reclamar directamente a Emilio Azcárraga, el dueño de Televisa. Señor, no me pagaron la novela. La respuesta de Azcárraga fue una sola pregunta. ¿La tienes firmada? Edit contestó, “No, señor, era un contrato verbal.” Y Azcárraga, con la frialdad de quien sabe que tiene todas las cartas, le respondió con dos palabras que Edith repitió entre risas amargas. Ya tejó.

Piensa en eso un momento. La estrella de una telenovela completa, una actriz que le daba rating a la empresa, que llenaba el horario estelar, que ponía su cara en las portadas de las revistas para promocionar el producto de Televisa, trabajó un año entero gratis. Y cuando fue a reclamar, el dueño de la empresa le dijo literalmente que la habían engañado.

Read More