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El día que Pedro Infante vio a un MARIACHI llorando, hizo algo que cambió su vida

Esa noche en Ciudad de México la lluvia había mojado las piedras del centro hasta volverlas negras y brillantes como espejos rotos. Eran pasadas las 11. La mayoría de la gente ya había corrido a refugiarse en sus casas, en sus cuartos de vecindad, bajo los saleros de las cantinas. Las calles casi desiertas solían a tierra mojada y a fritanga fría.

 Y fue exactamente en ese momento, en esa noche que parecía sacada de una de sus películas, cuando Pedro Infante vio algo que lo hizo clavar los pies en el suelo y no poder moverse. Ahí, recargado contra la pared de un edificio en la calle de Mesones, había un mariachi, un hombre ya entrado en años con el traje plateado empapado, el sombrero charro caído sobre las rodillas y la cabeza inclinada hacia abajo.

 No estaba dormido, estaba llorando. Voy llorando de esa manera que los hombres lloran cuando creen que nadie los ve. con el cuerpo encogido, con los hombros temblando, con la mano apretada sobre el pecho, como si quisiera tapar un hoyo que le hubieran hecho con algo afilado. Pedro lo vio y en lugar de seguir caminando, en lugar de cruzar la calle o de hacer lo que hace la mayoría de la gente, cuando ve el dolor ajeno, que es voltear para otro lado y convencerse de que no es asunto suyo, Pedro Infante se detuvo. se quedó parado bajo la lluvia

mirando a ese hombre y algo en su interior, algo que no era lástima, sino otra cosa más profunda, más verdadera, lo jaló hacia él. Lo que pasó después de esa noche cambió la vida de ese mariachi para siempre. Y te lo voy a contar completo, pero lo que me parece todavía más increíble no es lo que Pedro hizo esa noche, bueno, sino lo que salió a la luz años después cuando ese mariachi habló por primera vez de lo que vivió.

Porque hay una parte de esta historia que Pedro Infante nunca contó públicamente, que guardó para él solo y que dice más de él como ser humano que cualquier película que haya filmado. Quédate hasta el final. Te lo juro que vale la pena. Y si eres de las personas que aman a Pedro Infante de verdad, que crecieron escuchando su voz en la radio o viéndolo en la pantalla grande con la familia, suscríbete al canal y activa la campanita.

 Aquí contamos a Pedro como era de verdad, no como el ídolo de bronce que ponen en los pedestales, sino como el hombre de Guamuchil que nunca olvidó de dónde venía. Bienvenido. Para entender por qué Pedro reaccionó como reaccionó esa noche, hay que entender quién era Pedro Infante en ese momento de su vida.

 E no el Pedro infante de los carteles, no el que aparecía en las revistas de espectáculos con el traje bien planchado y la sonrisa perfecta, sino el pedro de carne y hueso que cargaba sobre los hombros el peso enorme de ser el hombre más querido de México, con todo lo que eso significaba. la fama, el dinero, pero también la soledad, las obligaciones, las personas que nunca te dejan en paz y una nostalgia constante por una vida más sencilla que ya no podía tener.

 Estamos hablando de principios de los años 50. Pedro ya era una estrella consolidada. Las películas con Jorge Negrete lo habían puesto en boca de todo México. Las canciones de los compadres con Jorge Negrete llenaban las cantinas y las cocinas y los patios de las vecindades desde el norte hasta el sur del país. Pero Pedro tenía algo que muy pocos artistas de su tamaño tenían, una memoria perfecta de lo que era no tener nada, porque Pedro Infante no nació siendo Pedro Infante, nació siendo un chamaco de Mazatlán, hijo de un músico

que tocaba en bandas del pueblo, que creció viendo a su padre pararse en tarimas de madera bajo el sol para ganarse unos pesos que nunca alcanzaban. Conoció desde niño el sabor del esfuerzo sin recompensa. Sabía lo que era trabajar todo el día y llegar a casa con las manos vacías y tener que mirar los ojos de la familia sin poder explicar por qué el mundo a veces es tan injusto con la gente buena. Eso no se olvida.

Aunque te vuelvas famoso, aunque te llenen de aplausos, aunque te pongan tu nombre en letras de neón afuera del cine palacio chino, eh eso se queda grabado en algún lugar del pecho y te hace ver el mundo de una manera diferente. Te hace ver a la gente que sufre con unos ojos distintos a los de quien nunca conoció el hambre.

 Y esa noche bajo la lluvia Pedro tenía exactamente esos ojos cuando vio al mariachi llorando. El hombre se llamaba Refugio. Refugio Castillo. Tenía 53 años, aunque esa noche parecía tener 70. Era de Jalisco, del municipio de Atotonilco, el Alto, de esos pueblos donde la tradición del mariachi no es un  trabajo, sino una herencia de sangre.

 Su padre había tocado el violín en el Mariachi Vargas antes de que ese conjunto fuera famoso. Su abuelo había sido guitarrón en bodas y fiestas del pueblo  desde antes de la revolución. Refugio creció pensando que la música era lo único que existía en el mundo, que si uno tocaba con el corazón, el mundo te respondía con el corazón.

Había llegado a la ciudad de México 15 años atrás con su traje recién mandado a tecer, su violín envuelto en una tela de manta y la cabeza llena de sueños que en Atotonilco le habían parecido perfectamente razonables. En la capital se dio cuenta muy rápido de que los sueños razonables de los pueblos se vuelven cosa muy difícil en el pavimento de la ciudad.

 No es que refugio fuera mal músico, al contrario, los que lo conocieron en esa época dicen que tenía un arco para el violín que hacía llorar a las piedras, que cuando tocaba la malagueña en un salón, la gente dejaba de hablar, que había algo en su manera de sacar el sonido que llegaba directo a un lugar del cuerpo que uno no sabe nombrarlo, pero lo siente perfectamente bien.

 El problema de refugio no era el talento, era la vida. Llegó a México con su mujer, Consuelo y con tres hijos pequeños. Encontró trabajo en diferentes conjuntos mariachis del centro, en la plaza Garibaldi principalmente tocando hasta las 4 de la mañana para clientes borrachos que a veces pagaban y a veces prometían pagar y se iban sin pagar.

Tuvo épocas buenas, temporadas en que el dinero alcanzaba y con suelo podía comprarle zapatos nuevos a los niños y hacer un caldo de res que olía  tan bien que los vecinos del cuarto de junto asomaban la cabeza preguntando si sobraba algo. Pero la vida de los mariachis en esa época era muy inestable.

 Dependía de las temporadas, de las fiestas, de si había bodas ese fin de semana, de si el dueño de la cantina donde tocabas habitualmente decidía cambiar de gusto y contratar un conjunto de boleros. refugio pasó por todo eso y lo fue aguantando. Lo que no pudo aguantar fue la enfermedad. Un año antes de esa noche lluviosa en que Pedro lo encontró llorando, a Consuelo le habían diagnosticado una enfermedad en los riñones, una enfermedad  que en ese entonces con los tratamientos que había disponibles era prácticamente una sentencia. Los médicos del Hospital

General le habían dicho a refugio lo que había que hacer, los medicamentos que había que conseguir, los cuidados que Consuelo necesitaba. Le habían dado una lista. y refugio miró esa lista y luego miró su bolsillo y sintió que el piso se abría bajo sus pies. Los gastos de consuelo habían consumido todo lo que habían ahorrado en 15 años.

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