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El multimillonario extranjero habló en un idioma desconocido y la única en responder fue la hija de la señora del aseo.

El multimillonario extranjero habló en un idioma desconocido y la única en responder fue la hija de la señora del aseo.

[PARTE 1]

El aire acondicionado central del piso cuarenta y dos siseaba con un frío antinatural, pero los ejecutivos sudaban a mares.

El silencio en la imponente sala de juntas, ubicada en el corazón corporativo de San Pedro Garza García, era tan denso que ahogaba.

Tariq Al-Fayed, el magnate extranjero cuya firma estaba destinada a inyectar tres mil millones de pesos en la economía local, acababa de apartar bruscamente el contrato.

Sus ojos, oscuros e indescifrables, barrieron la mesa de caoba mientras pronunciaba una serie de frases ásperas y guturales.

No era inglés, no era francés, ni siquiera era el árabe estándar que los traductores oficiales de la Ciudad de México habían estudiado.

Era un dialecto antiguo, cerrado, propio de las tribus beduinas del desierto más profundo.

El traductor principal, un joven con maestría en el extranjero, tragó saliva sonoramente y bajó la mirada, incapaz de articular una sola palabra.

El Licenciado Roberto Valdés, director de la firma y anfitrión de la reunión, sintió que el nudo de su corbata de seda italiana amenazaba con asfixiarlo.

Si esa negociación fracasaba, su carrera entera se desplomaría en cuestión de horas.

A escasos metros de la mesa de cristal, ajena a la tensión de los poderosos, Carmen frotaba el piso de mármol con movimientos mecánicos.

Sus rodillas crujían bajo la delgada tela de su uniforme gris, y sus manos, agrietadas por años de cloro y detergente industrial, apretaban el trapeador con la fuerza de la desesperación.

La mente de Carmen no estaba en los millones que se discutían en esa sala.

Estaba en el aviso de embargo de la tienda de electrodomésticos que había dejado sobre la mesa de su casa en Santa Catarina.

Estaba en los tres transbordos de camión que debía tomar cada madrugada, rogando a Dios no ser asaltada en la oscuridad.

Sentada en un pequeño banco de madera cerca de la puerta de servicio, se encontraba Lucía.

La niña de diez años llevaba unos zapatos escolares gastados en las puntas y una falda que ya le quedaba corta.

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