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TESTIMONIO CATÓLICO: Los católicos adoran estatuas: el error que me costó 15 años entender

 Y la Iglesia Católica, con sus vírgenes en cada esquina y sus Cristos en cada altar y sus santos en cada nicho, era el ejemplo más visible de una iglesia que había cambiado la gloria de Dios por imágenes talladas. Lo pensaba, lo enseñaba y nunca había encontrado una respuesta que me hiciera dudar. Hasta doña Esperanza. Valeria, mi hija, tenía 14 años cuando la internaron en octubre de 2022 con una neumonía bacteriana severa que en los primeros días nos tuvo muy asustadas a su papá y a mí.

 No voy a entrar en el detalle médico porque lo importante no es eso. Lo importante es que me pasé los primeros dos días en esa sala de espera del tercer piso sin poder hacer casi nada más que esperar [música] y orar. El segundo día por la tarde llegó a la sala de espera una señora mayor que luego supe que se llamaba Esperanza Villanueva, aunque todos en el hospital la llamaban doña Espe.

 Tenía 82 años, pelo blanco perfectamente recogido, un rosario de madera colgado en la muñeca derecha y una presencia que llenaba el espacio de una manera que no era ruidosa, sino simplemente real. Su nieto estaba hospitalizado en el mismo piso que Valeria. Cuando llegó a la sala de espera, saludó a todos los que estábamos ahí con una naturalidad que no distinguía entre conocidos y extraños, como si la circunstancia compartida del hospital nos hiciera automáticamente familia.

Me saludó a mí, también me preguntó por quién estaba esperando y cuando le dije que por mi hija de 14 años, me tomó la mano un momento y me dijo con una calma que no era indiferencia, sino algo más profundo. Dios la tiene, aunque no lo sintamos, la tiene. Me quedé mirándola un momento, no supe qué responder.

 Media hora después, doña Espe se levantó de su silla, caminó hasta el nicho de la pared donde estaba la imagen del sagrado corazón. Se arrodilló con una lentitud que le costaba las rodillas, pero que no la detuvo. Juntó las manos y empezó a orar en voz baja. Estuvo así unos 10 minutos. Luego se persignó, se levantó con el mismo esfuerzo con que se había arrodillado y volvió a su silla.

 Y ahí fue cuando yo tuve el versículo de Deuteronomio en la punta de la lengua y no pude decirlo. No pude porque lo que había visto no calzaba con la categoría que yo tenía preparada. Yo había visto idolatría cientos de veces en mi imaginación. Alguien postrándose ante una estatua como si la estatua fuera Dios. pidiéndole a la piedra que le concediera cosas, creyendo que el poder estaba en el objeto.

 Pero lo que había visto era a una anciana de 80 años con las rodillas en el suelo, que claramente estaba hablando con alguien que no estaba en ese nicho de yeso. Estaba hablando hacia arriba, estaba hablando con los ojos cerrados. La imagen era el punto donde ella había puesto los ojos para concentrarse, [música] no en destinatario de su oración.

 Esa distinción me inquietó de una manera que traté de ignorar. Me dije que era una distinción superficial, que la intención no cambiaba el mandamiento, que Dios había prohibido las imágenes precisamente porque la intención siempre termina confundiéndose con el objeto. Me lo dije varias veces mientras esperaba en esa silla, pero doña Espe volvió a su asiento y me sonró.

 Y yo, sin haberlo planeado, le pregunté, “¿Por qué reza frente a la imagen? ¿No le parece que es mejor rezar sin imágenes directamente a Dios?” Lo dije con más suavidad de la que hubiera usado en otras circunstancias. Supongo que el hospital y mi hija al otro lado de esa puerta me habían quitado el filo apologético. Doña Espejó con algo que no esperaba.

No me dio un argumento teológico. Me preguntó, “¿Trae foto de su hija en la bolsa?” La pregunta me desconcertó. Le dije que sí. ¿Me la puede mostrar? Saqué celular y le mostré la foto de Valeria que tengo de fondo de pantalla, que es una de ellas sonriendo en su fiesta de cumpleaños de 13 años con el pelo recogido y ese vestido azul que le encanta.

Doña Espeura genuina. Luego me dijo, “Usted no habla con esta foto, ¿verdad? Esta foto no es su hija, pero cuando la mira, piensa en ella. La siente cerca. El amor que le tiene se activa. La foto es un puente para su corazón, no el destino de su amor. Me quedé callada. Las imágenes para nosotros son lo mismo.

Me dijo con la misma calma de antes. No le rezo a la estatua, le rezo a Dios, a la Virgen, a los santos. La imagen me ayuda a concentrar el corazón como su foto de Valeria. No respondí nada en ese momento, pero esa analogía se me quedó pegada en la cabeza de una manera que no pude sacudir.

 Valeria mejoró en los días siguientes [música] y nos dieron de alta a la semana de haber ingresado. Doña Espe y yo compartimos esa sala de espera 4 días más. Hablamos de nuestros hijos, de nuestros miedos, de lo que uno aprende cuando espera en un hospital. No volvimos al tema de las imágenes directamente, pero no se fue de mi cabeza ni un solo día de esos cuatro.

Cuando llegué a casa después del Alta de Valeria, lo primero que hice fue abrir la Biblia en Éxodo 25. Lo que encontré ahí me llevó varias horas digerir. En el capítulo 25, Dios le da a Moisés instrucciones precisas y detalladas para construir el arca de la alianza. Y entre esas instrucciones, Dios le ordena específicamente que ponga sobre el propiciatorio dos querubines de oro con las alas extendidas.

 [música] Querubines, figuras esculpidas de criaturas angélicas, imágenes de seres celestiales hechas por mano humana, colocadas sobre el objeto más sagrado de toda la religión de Israel por orden expresa de Dios. El mismo Dios que en Deuteronomio 4 prohíbe hacerse imágenes talladas, en Éxodo 25 ordena hacer imágenes talladas para el lugar más sagrado de su culto.

 Busqué comentarios evangélicos que explicara la diferencia. Los encontré y decían más o menos lo mismo, [música] que el mandamiento prohibía las imágenes usadas como objetos de culto, no cualquier imagen en cualquier contexto, que lo que Dios condenaba era la adoración de la imagen, no la imagen en sí misma. Me quedé mirando esa explicación durante un largo momento, porque eso era exactamente lo que doña Espea del hospital, que ella no adoraba la imagen, [música] que la imagen era un punto de concentración para el corazón, no el destinatario de su oración.

Seguí leyendo. Fui a Números 21, donde el pueblo de Israel en el desierto es atacado por serpientes y muchos de ellos perecen. Y Dios le ordena a Moisés que haga una serpiente de bronce y la ponga en un asta y que todo el que haya sido mordido la mire y vivirá. Una serpiente de bronce, una imagen de metal puesta en alto para que la gente la mirara como acto de fe. Ordenada por Dios.

Llevaba 15 años citando el segundo mandamiento contra los católicos, sin haber leído completo el mismo libro donde ese mandamiento aparece. Eso fue un golpe de honestidad que me costó una semana de sueño mal. En noviembre de 2022 busqué en internet una explicación de por qué la Iglesia Católica usaba imágenes.

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