Llegó al América en 1983. con 19 años, sin nombre, sin historia, sin que nadie lo esperara. Hay algo que muy pocos saben sobre cómo llegó ese muchacho al América. Carlos Hermosillo no llegó por un scout que lo buscó. No llegó porque alguien viajó a Veracruz a descubrirlo. Llegó porque insistió, porque hubo una prueba.
Y en esa prueba se presentó y convenció. Eso es lo que define a este hombre desde el principio. No la suerte, no el contacto, no el apellido famoso, la insistencia. El muchacho de Cerro Azul que llegó al estadio más grande de México con la convicción de que pertenecía ahí y cuando le dieron la oportunidad de demostrarlo, la aprovechó.
Solo un muchacho de Cerro Azul con una fortaleza física que el América necesitaba. y con un olfato de gol que los entrenadores notaron desde el primer entrenamiento. El América de los años 80 era el equipo de México, el más poderoso, el más polémico, el más odiado y amado. Cinco títulos de liga en esa época.
El equipo que ganaba cuando quería, el que tenía a los mejores jugadores del país y a varios que venían de fuera. Y Carlos Hermosillo llegó para ser parte de ese equipo junto a Luis Roberto Alvez el Saguiño. Esa dupla Hermosillo y Saguiño, el grandote de Cerro Azul y el brasileño que bailaba antes de disparar.
Dos jugadores completamente diferentes que formaron la delantera más temida del fútbol mexicano en la primera mitad de los años 80. Hermosillo ponía el cuerpo, el músculo, el cabezazo. Saguiño ponía la técnica, el disparo, el espectáculo y México los vio ganar. El sagiño hacía las cosas que hacen los técnicos, los fintos, el regate, el disparo de fuera del área, los goles que aparecen en los compilados de YouTube.
Hermosillo hacía las cosas que hacen los goleadores de verdad. Llegar al segundo palo antes de que nadie más llegara. Empujar la pelota a la red desde 50 cm. Ganar el duelo aéreo en el área pequeña contra dos defensas que lo estaban marcando. Los goles de Hermosillo no siempre eran espectaculares. Muchos eran simples.
Un cabezazo al ángulo, una pelota empujada desde dentro del área, un remate con el pecho que sorprende al portero. Pero eso es lo que define a un nueve verdadero. Los goles bonitos, los goles necesarios. Con el América, Carlos Hermosillo ganó cinco títulos de liga, más una Copa de Campeones de la Concacaf, más una Copa Interamericana, cinco títulos de liga con el América en los años más gloriosos del equipo Azul Crema, en la época donde el América era tan dominante que sus rivales
lo odiaban con una intensidad que todavía hoy puede sentir en cualquier clásico. Y Hermosillo era parte de eso. Era el nueve que la afición quería ver en el área, el que llegaba al segundo palo cuando nadie más llegaba, el que convertía los centros en goles con una efectividad que los guardametas de esa época todavía recuerdan con respeto.
78 goles en su carrera con el América, 78 goles con el equipo donde debutó. Pero hay algo que este hombre vivió en los años del América que muy pocos conocen, algo que él mismo reveló décadas después y que explica una parte de quién era. Laura Flores, la actriz y cantante que en los años 80 y 90 era una de las figuras más reconocidas de la televisión mexicana.
Carlos Hermosillo se enamoró perdidamente de ella. Mi carrera empezó a caer porque estaba perdidamente enamorado y estaba muy distraído”, confesó años después, perdidamente enamorado. Un delantero de 19, 20 años en el mejor equipo del país con el mundo por delante, perdidamente enamorado de una actriz famosa que hacía que el fútbol se volviera secundario.
¿Y quién puede culparlo? Tiene 20 años. juega para el América. Toda México lo ve y la mujer más guapa de la televisión mexicana lo voltea a ver. Eso no le pasa a todo el mundo y cuando le pasa cambia todo. El fútbol se vuelve el trabajo, el amor se vuelve la vida. Y Hermosillo era demasiado joven para saber que el trabajo y la vida a veces se tienen que voltear si quieres llegar a donde prometes.
Y luego llegó el momento que lo cambió. Previa al Mundial de México 86, la selección concentrada en Tlaxcala. Carlos Hermosillo tenía 21 años, era parte de la preselección. El mundial se iba a jugar en su propio país, Hermosillo en Tlaxcala, preparándose para el mundial de México, con la posibilidad real de estar en la cancha más grande del fútbol frente a su propio país.
Y en el hotel de concentración recibió una carta. Laura Flores lo terminaba no en persona, en carta y le pedía que la abriera en su cuarto. Yo lloraba y Luis Flores me muestra un periódico donde ella estaba con otro. Carlos Hermosillo, 21 años en la concentración del mundial llorando en su cuarto de hotel con un periódico que le mostraba a la mujer que amaba con otro hombre.
¿Qué hace un padre con eso? El padre de Hermosillo lo vio, lo llamó, lo sentó y le dijo una cosa que Hermosillo recuerda hasta hoy. A ver, me pediste que querías jugar profesional, te di la oportunidad, dejaste la escuela, llegaste al fútbol profesional y vas a tirar todo por una mujer. Esas palabras no fueron un sermón, fueron la realidad, diciéndole en voz alta lo que él ya sabía, pero no quería escuchar.
Y Carlos Hermosillo eligió el fútbol, no porque Laura Flores no le importara, porque su padre le había dado la fuerza para elegir. Y esa elección lo llevó a lugares que en 1986, mientras lloraba en ese hotel de Txcala, todavía no podía imaginar. Para entender lo que Carlos Hermosillo llegó a hacer, hay que entender lo que pasó después del América.
Porque la historia de Hermosillo no es lineal. No fue debutar en el América, brillar, irse a Cruz Azul y ganar. fue debutar en el América, brillar, irse a Europa y fracasar, volver a México, llegar a Cruz Azul en polémica y entonces sí construir la carrera más importante de un delantero mexicano en la historia del fútbol profesional.
En 1989, el estándar de Lieja de Bélgica lo contrató para jugar en Europa. Un paso adelante que en ese momento tenía sentido. El fútbol europeo era el mejor del mundo. Cualquier jugador mexicano que tuviera la oportunidad de ir tenía que tomarla. Y Carlos Hermosillo la tomó. Resultó mal. Jugó poco.
Marcó un solo gol. Un año complicado en un país extraño con un idioma que no hablaba y un estilo de juego diferente al que había aprendido en México. Hay algo que vale la pena decir sobre ese año en Bélgica. No fue un fracaso de talento, fue un fracaso de sistema. El Carlos Hermosillo, que fue al estándar de Lieja, era un delantero formado para el fútbol mexicano, para los espacios del fútbol mexicano, para el ritmo del fútbol mexicano, para el tipo de centros y combinaciones que los jugadores mexicanos del América
habían aprendido a hacer. En Bélgica todo era diferente, el ritmo más rápido, los espacios más pequeños, los defensas más físicos y más preparados tácticamente. Y Hermosillo llegó ahí sin que nadie lo preparara bien para ese cambio, sin adaptación real, sin apoyo del club para integrarse, sin nadie que le explicara que era diferente y cómo debía ajustar su juego.
Eso no es una excusa. Es la realidad de lo que fue el fútbol mexicano en los años 80 cuando mandaba a sus jugadores a Europa. Los mandaba sin preparación, sin estructura, con la expectativa de que el talento solo era suficiente. A veces lo era. En el caso de Hermosillo en Lieja, no.
regresó sin la gloria que esperaba de Europa, con la humildad del que probó algo grande y descubrió que no todo lo que brilla es para todos. Volvió al Monterrey y en Monterrey volvió a ser Hermosillo. Los goles regresaron, el olfato regresó, la confianza regresó y en 1991 Cruz Azul se interesó en él. Aquí hay que detenerse porque Cruz Azul queriéndole contratar a un hombre que había jugado con el América no era algo sencillo.
El América y el Cruz Azul son rivales históricos, no como el clásico nacional América Chivas, donde el odio viene de dos identidades culturales distintas. El clásico América Cruz Azul es el clásico capitalino, el de los dos equipos grandes de la Ciudad de México, el que se juega en el mismo estadio frente al mismo público dividido.
Y Cruz Azul quería contratar al goleador del América. La afición cementera no estaba segura. Había desconfianza, había resistencia. ¿Puede este hombre ponerse la camiseta celeste después de haber vestido la azul crema durante años? Carlos Hermosillo no contestó con palabras, contestó con goles. Y los goles son el idioma que todos los fanáticos del fútbol entienden sin necesidad de traducción.
Pero la adaptación no fue inmediata. Los primeros meses en Cruz Azul no fueron fáciles. La desconfianza de la afición era real. Los compañeros lo estaban midiendo y los rivales sabían que era el hombre a neutralizar. Hermosillo tardó en encontrar su lugar, pero cuando lo encontró no lo soltó. Temporada 1993 a 94 con Cruz Azul. 27 goles.
Temporada 1994 a 95, 35 goles. Temporada 1995 a 96, 26 goles. Tres temporadas seguidas siendo el goleador más prolífico de México. El máximo anotador de la liga en las tres temporadas. Un nivel de consistencia que en la historia del fútbol mexicano solo se puede comparar con Cabiño, el brasileño de los Pumas que marcó 312 goles en total, 35 goles en una temporada.
Para ponerlo en perspectiva, en el fútbol moderno, con torneos cortos de 17 partidos, el campeón de goleo suele terminar con 12 o 13 goles. Hermosillo metió 35 en una temporada larga, casi tres goles por cada dos partidos. Y aquí hay un dato que dice más que cualquier estadística. Cuando Hermosillo se retiró en 2001, llevaba 294 goles en la liga.
El récord histórico absoluto de Caviño era 312. Le faltaban 18 goles. 18 goles para ser el máximo goleador en la historia del fútbol mexicano. Y muchos le pedían que siguiera, que un año más, tal vez dos. 18 goles en un año o dos era perfectamente posible para un delantero que había metido 35 en una sola temporada.
Carlos Hermosillo dijo que no. Las lesiones y mi veteranía me impidieron seguir jugando para alcanzar el récord. Ese es el hombre que era, no el que sigue cuando el cuerpo ya no da para tratar de alcanzar un número. El que reconoce cuando terminó su tiempo y termina. 18 goles menos que Cabiño.

El récord que no alcanzó. Algunos lo ven como una frustración. Hermosillo no lo vio así. Lo que sí alcanzó fue algo que ningún número puede capturar. La afición del Cruz Azul, que no lo había querido cuando llegó, que lo había mirado con desconfianza porque venía del América, terminó queriéndolo más que a cualquier delantero en la historia del club.
169 goles con la camiseta celeste. El máximo goleador histórico del Cruz Azul. El número que usó en Cruz Azul era el 27. El 27. Ese número se convirtió en una abreviatura. No necesitabas decir Hermosillo en la tribuna del estadio Azteca cuando Cruz Azul jugaba de local. Bastaba con decir el 27. Todos sabían a quién te referías.
Todos sabían lo que ese número podía hacer en los últimos 20 minutos de un partido cuando Cruz Azul necesitaba un gol. Y en diciembre de 1997 llegó la prueba definitiva de lo que ese número y ese hombre eran capaces de hacer. Esta es la segunda cosa que te prometí al inicio y esta es la que México no olvida.
Final del invierno 1997. Cruz Azul contra el León. Cruz Azul llevaba años siendo el equipo que llenaba estadios, que metía goles, que hacía vibrar a México, pero que en los momentos decisivos se quedaba sin el título. La maldición del Cruz Azul. Esa frase que los aficionados cementeros conocen y que los rivales repiten con crueldad.
El equipo que siempre llega y nunca levanta. No era una exageración. Cruz Azul había llegado a finales. Había estado cerca, había tenido los equipos, los goleadores, la afición, pero el título no llegaba y cada año que pasaba sin llegar, la maldición se hacía más pesada. No por los jugadores, por los aficionados que la cargaban, los que habían visto a sus padres perder una final, los que luego la perdieron ellos mismos, los que le enseñaron a sus hijos que con el Cruz Azul hay que esperar lo peor en el momento clave.
Esa es la herida verdadera de una maldición futbolera. No está en el marcador, está en la cabeza de la gente que sigue al equipo. Y en diciembre de 1997, Cruz Azul llegó a la final contra el León. Carlos Hermosillo era el número 27 cementero, el hombre que durante seis temporadas había sido el motivo principal por el que ese equipo ganaba y no estaba bien.
Tenía dos costillas rotas, dos costillas fracturadas. Los médicos del equipo lo sabían. El cuerpo técnico lo sabía, su cuerpo lo sabía con cada respiración. Cada vez que respiraba profundo, el dolor era un recordatorio de que el cuerpo tiene límites. Pero las costillas no son las piernas. Con dos costillas rotas puedes correr, puedes rematar, puedes jugar con mucho dolor, pero puedes.
Hermosillo llevaba un chaleco protector debajo de la camiseta celeste. Un chaleco diseñado para proteger las costillas fracturadas. y permitirle jugar de todas formas, porque eso es lo que hacen los delanteros cuando hay una final y pueden pararse. Juegan, no hubo debate interno que valga la pena mencionar.
Hermosillo no dudó, no llamó a su agente para preguntar si debía jugar. No consultó con un psicólogo deportivo. Había una final. Él podía pararse. Jugaba así de simple, así de complicado. El partido fue tenso desde el primer minuto. Cruz Azul sabía que tenía que ganar. El león sabía que tenía que evitar que Cruz Azul ganara.
Y llegaron los 90 minutos empatados. Tiempo extra. Y en tiempo extra el cuerpo técnico tomó una decisión. Hermosillo entró al campo, no como titular, como cambio de tiempo extra, infiltrado, con las costillas rotas, con el chaleco. La afición cementera en el Azteca supo exactamente lo que significaba verlo salir al campo.
No solo que iba a luchar con dolor, que iba a decidir el partido, eso era lo que había hecho durante seis temporadas, eso era lo que significaba el número 27. Y entonces llegó el momento. En el área lo esperaba Ángel David Comitzo, el arquero del león, argentino, duro, conocido por jugar al límite. En el fútbol hay porteros que miden su valentía por los balones que atrapan y hay porteros que la miden por lo que hacen cuando el delantero llega al área.
Comitzo era del segundo tipo. Cuando Hermosillo llegó al área buscando el balón, Comitó una decisión que cambió la final. Le pateó la cara, una patada flagrante, directa, sin posibilidad de interpretar, sin que ninguna cámara pudiera leerlo de otra manera. El árbitro no dudó. Penal para Cruz Azul. El estadio Azteca estaba en silencio, no de miedo, de expectativa.
Ese silencio que se hace cuando sabes que el siguiente minuto puede cambiar todo. 80,000 personas conteniendo la respiración. Carlos Hermosillo tomó el balón con dos costillas rotas, con un chaleco debajo de la camiseta, con la cara donde lo había pateado Comito. Se paró en el punto de penalti, no miró al portero, no miró a sus compañeros, no miró a la tribuna, miró la portería y metió el gol.
Cruz Azul Campeón, el octavo título en la historia del club, el primero en 12 años, el que terminó con años de finales perdidas y de aficionados que habían aprendido a esperar lo peor. El Azteca explotó. 80,000 personas que habían aprendido a esperar lo peor gritando lo mejor. Y Carlos Hermosillo en el centro del campo con las costillas rotas y la cara pateada celebrando de la manera en que solo se puede celebrar cuando el dolor físico y la alegría emocional coexisten en el mismo cuerpo al mismo tiempo.
Fue el gol más lindo que hice en el club, por lo que significó, dijo Hermosillo años después, el gol más lindo, ¿no? 35 de la temporada 94 a 95. No los que metió con el América en sus años de gloria, no los que marcó con la selección el penal de diciembre de 1997, con las costillas rotas, con el chaleco, con la cara pateada por Comito.
Ese, porque ese gol no fue de técnica, no fue de olfato de gol ni de posicionamiento, fue de carácter. de pararte en el punto de penalti cuando el dolor es real y la presión es enorme y decidir que ninguna de las dos cosas va a impedirte hacer lo que viniste a hacer. Ese es el Carlos Hermosillo que México recuerda, el del número 27, el de las costillas rotas, el del penal que le quitó la maldición al Cruz Azul.
Pero hay otro Carlos Hermosillo, el que nadie quería ver, el que llegó después. Y esa historia todavía le cuesta trabajo contar. Para entenderla hay que ver primero la gloria completa, porque sin la gloria lo que vino después no tiene el peso que merece. Hay que hablar de lo que fue Carlos Hermosillo en su mejor momento.
No solo los números, lo que era para la gente, tú lo sabes. Si viviste el fútbol mexicano en los años 80 y 90, sabes exactamente lo que era ver al número 27 de Cruz Azul en el área rival en los últimos minutos. una certeza, no la esperanza de que pudiera pasar algo, la certeza de que iba a pasar algo, porque Hermosillo en el área no era un jugador más, era una presencia físicamente imponente, 185 de estatura, 90 kg de músculo que sabía exactamente cómo usar su cuerpo para ganar posición.
Los defensas del fútbol mexicano. En esa época te dirán que marcar a Hermosillo era diferente a marcar a cualquier otro. No porque fuera el más rápido, no porque tuviera el mejor regate, porque nunca parecía cansado, porque llegaba al minuto 90 con la misma intensidad que había llegado al minuto un. Porque cuando dabas el partido por terminado, aparecía en el segundo palo a rematar de cabeza una pelota que nadie más había anticipado.
Y era tarde para hacer algo al respecto. Hay una imagen que define a Hermosillo mejor que cualquier otra. No es un gol espectacular, no es un remate desde fuera del área, es la imagen del defensa central que lleva 90 minutos marcándolo, que lo ha seguido a todas partes dentro del área, que ha ganado todos los duelos aéreos del partido y que en el minuto 88 voltea a ver al segundo palo y encuentra a Hermosillo ahí, exactamente donde no debería estar.
exactamente donde él pensó que no podría llegar. Y la pelota llega y Hermosillo remata y el marcador cambia. Ese es el momento que define a un goleador de verdad. No el gol fácil, el gol imposible que se hace posible porque el delantero tiene algo que el defensa no puede comprar. Memoria de campo. La capacidad de saber.
Después de 88 minutos de partido, exactamente donde va a caer cada centro, dependiendo de quién lo tira. Hermosillo tenía eso. Lo construyó durante 18 años y lo usó cada vez que el partido necesitaba que lo usara. La selección mexicana también lo vio. 90 partidos con el tricolor, 35 goles. El quinto mayor anotador en la historia del seleccionado mexicano.
Solo detrás de Chicharito, Borgetti, Raúl Jiménez y Cuautemoc Blanco. Pero Hermosillo jugó antes que todos ellos en una selección que no tenía la infraestructura ni los recursos que México tiene hoy. En una época donde el fútbol mexicano todavía buscaba su identidad en el escenario internacional y marcó 35 veces con esa camiseta, el mundial de 1994 en Estados Unidos.
México llegó a octavos de final. Hermosillo jugó. Fue ahí donde México vio algo de este hombre que no siempre se nombraba en voz alta, que el goleador más prolífico de la liga no siempre tenía el mismo impacto en la selección. En Cruz Azul, Hermosillo jugaba en un sistema hecho para él. Los compañeros sabían cómo moverse para generarle espacios.
Los entrenadores construían el ataque pensando en sus características. En la selección el sistema era diferente, los compañeros eran otros y los rivales eran equipos europeos y sudamericanos que no habían visto a Hermosillo jugar y que lo marcaban con frescura. Ese contraste entre el Hermosillo de Cruz Azul y el de la selección es parte de la historia completa de este hombre.
No fue el goleador del tricolor que pudo haber sido. Fue algo distinto, importante, valioso, pero distinto. Y sin embargo, cuando terminó su carrera con 90 partidos internacionales y 35 goles, los números hablan por sí solos. 35 goles en 90 partidos internacionales es un promedio que pocos delanteros mexicanos igualan.
Y más allá de los torneos grandes había las noches en el Azteca, las noches de liga cuando Cruz Azul jugaba en casa. El estadio lleno, el público cementero rugiendo y Carlos Hermosillo con el número 27 en la espalda moviéndose por el área como si ese espacio le perteneciera. Había algo que hacía hermosillo en el área que los porteros de esa época describen de la misma manera.
No veías de dónde venía. Un delantero normal lo ves correr, lo ves moverse, puedes anticipar su trayectoria. Hermosillo aparecía como si el área lo generara en el momento preciso, como si hubiera una versión invisible de él. esperando en el lugar correcto y que solo se hacía visible cuando la pelota llegaba. Eso no es exageración, es lo que pasa cuando un delantero lleva años jugando con la misma intensidad, en el mismo sistema, leyendo el juego desde el mismo ángulo.
Hermosillo sabía dónde iba a caer la pelota antes de que la pelota estuviera en el aire. Ese conocimiento no es talento puro, es trabajo. Años y años de entrenamiento, de repetir el movimiento hasta que el cuerpo lo hace solo, de estudiar a los compañeros y saber exactamente cómo cada uno centra, en qué momento pone el balón y a qué altura llega al área.
Ese era el hermosillo que México vio durante 18 años. 18 años. Desde los 19 hasta los 37, desde Cerro Azul hasta el Azteca, desde el muchacho que llegó sin nombre hasta el hombre cuyo nombre era un sinónimo del gol. 296 goles en la liga, 35 goles con el tricolor, 396 en toda su carrera, sumando todas las competiciones.
Números que ningún delantero mexicano había alcanzado antes, que ninguno ha alcanzado después. Y todo empezado en los potreros petroleros de Cerro Azul, Veracruz, donde el agua llegaba cuando llegaba y donde el fútbol era lo que había después de todo lo demás, ese recorrido, ese hombre.
Y cuando ese hombre se retiró en 2001 con las Chivas, cuando en 2002 jugó su partido de despedida con el Cruz Azul frente a un combinado de amigos de Hermosillo que incluyó a Jurgen Clinsman y Diego Armando Maradona. México creyó que la historia de Hermosillo había terminado con gloria, con 294 goles, con el número 27 retirado en el corazón de los aficionados cementeros.
Pero la historia no había terminado, apenas estaba empezando la parte más difícil. Esta es la tercera cosa que te prometí al inicio y esta es la más difícil de contar. Porque implica hablar de algo que Carlos Hermosillo guardó durante años, que su familia vivió en silencio, que los medios nunca supieron mientras pasaba, la cocaína.
4 años después de retirarse, Carlos Hermosillo cayó en una adicción a la cocaína. Lo dijo él mismo en sus propias palabras, sin que nadie se lo preguntara con malicia. lo contó como quien necesita contar algo para que otros entiendan que puede pasar en cualquier lugar y con cualquier persona.
Yo tuve ese problema y yo creo que fue lo mismo. Esa sensación que yo sentía al jugar no la volvía a sentir jamás. Esas palabras, la sensación que sentía al jugar no la volvió a sentir jamás. Eso es lo que nadie entiende del todo cuando habla del retiro de un deportista. No es solo dejar de ganar dinero, no es dejar de ser famoso, no es ni siquiera dejar de competir, es dejar de sentir lo que el cuerpo siente cuando está haciendo lo único para lo que ese cuerpo fue entrenado durante dos décadas.
esa sensación específica, el estadio rugiendo, la pelota en el área, el golpe de cabeza perfecto, el gol. No hay nada en la vida ordinaria que reproduzca esa sensación y los deportistas que se retiran vivir sin ella. Algunos la encuentran en la familia, otros en los negocios, otros en el trabajo como comentaristas o entrenadores.
Carlos Hermosillo en los años más difíciles, la buscó en el lugar equivocado. Me invitaron un día a una cena, me agarraron unos tipos, me dicen, “Mira, ven, acompáñanos.” Me llevaron a un cuarto y prueba esto, te va a ayudar muchísimo. Terminé probándolo y caí. Me llevaron a un cuarto.
Prueba esto, te va a ayudar muchísimo. Esas frases que suenan tan simples que suenan a que debería ser fácil decir que no, pero no. Porque el hombre que estaba en ese cuarto no era el Carlos Hermosillo del número 27. Era un hombre de casi 40 años que llevaba 4 años buscando qué hacer con el resto de su vida. un hombre que había definido su identidad entera en función de un deporte y que de repente ese deporte ya no lo necesitaba.
Ese hombre era vulnerable de una manera que los estadios nunca dejaron ver. Y la cocaína prometía algo. No la misma sensación que el gol, eso nunca, pero sí algo que aliviaba temporalmente la ausencia de esa sensación. Y cuando algo alivia temporalmente, uno vuelve.
Y cuando uno vuelve, necesita más. Y así empieza. Fueron 4 años muy duros para mí, para mi familia y para mucha gente, porque te sale un cuate que no eres tú, que puede ser muy agresivo, muy soberbio, muy explosivo. 4 años. 4 años de una familia que vivió con alguien que no era el esposo ni el padre que conocían, que no era el hombre del número 27, sino alguien irreconocible que usaba el nombre de ese hombre y nadie fuera de ese círculo lo sabía.
Porque en México, cuando una figura pública cae en ese problema o se hace público de una manera brutal o se oculta con una eficiencia que asusta, la familia de Hermosillo eligió lo segundo. Lo protegieron, lo cuidaron, intentaron ayudarlo de la manera que podían. Cuando yo me entero por ahí que me querían hacer una intervención, yo les dije, “No se les ocurra hacerme eso.
Yo ya sé cuándo me voy a ir.” un hombre en el fondo de la adicción diciéndole a su familia que no lo internen, que él sabe cuándo va a salir. Esa frase duele de una manera que no tiene explicación verbal, porque los que han vivido cerca de una adicción saben que en ese punto el hombre que habla y el hombre que decide son dos personas distintas.
Y la familia de Hermosillo lo aguantó. lo aguantó hasta que llegó el momento que él mismo describe como el que lo cambió todo. Miami, Telemundo lo había contratado como comentarista. La familia se fue a vivir con él y su hija Fernanda quería chocolates. Una cosa tan simple, Fernanda quería chocolates. Le dijo a su papá que iba a comprar.
Se fue un momento y tardó. Carlos Hermosillo se fue a asomar y lo que vio en la cara de su hija cuando salió del cuarto fue algo que no tenía nombre, pero que él reconoció. Imagínate cómo le hablaría a mi hija, que cuando salió se puso a llorar. Fernanda lloró. Una niña viendo a su papá en el peor momento de su vida y llorando, no de miedo, no de rabia, de dolor.
El dolor de una hija que quiere a su padre y no entiende por qué ese hombre ya no parece su papá. Esas lágrimas Carlos Hermosillo las recuerda. Terminamos de pasar fin de año y lo primero que hice fue buscar dónde internarme. Como todo en la vida, tú entras a donde quieres por decisión propia y tú sales por decisión propia.

Entras por decisión propia, sales por decisión propia. Esa filosofía que viene de un hombre que durante toda su carrera tomó las decisiones más importantes en función de lo que él sentía que era lo correcto. No los entrenadores, no los directivos, no el público, él. Y cuando las lágrimas de Fernanda le mostraron lo que él ya no podía ver, solo, tomó la decisión, se internó y al llegar a la clínica, con la claridad que da el primer momento de lucidez real, se hizo la pregunta que define todo.
¿Por qué tuve que llegar hasta acá? No hay respuesta simple a esa pregunta, pero hacérsela es el primer paso para no volver a necesitar hacérsela. Lleva más de 12 años sin volver a probar y dice algo que los que conocen la adicción entienden perfectamente. Nunca más quiero. No, nunca más voy a poder. No me es imposible.
Nunca más quiero. Esa es la diferencia entre alguien que controla la adicción y alguien que ha entendido algo sobre sí mismo, que cambia la relación con esa sustancia para siempre. Y esta es la cuarta, la que te dije que era la más importante. Y la cuarta no es la cocaína. La cocaína es la tercera. La cuarta es lo que Carlos Hermosillo aprendió, que ningún estadio puede enseñarte.
En 2020, durante la pandemia, le detectaron cáncer de tiroides, como si la vida no hubiera tenido suficiente con los 4 años de adicción. Con el retiro que lo había dejado sin identidad, con todo lo que había construido y reconstruido, llegó esto, el cáncer. En Estados Unidos primero te ve un médico general.
Me dijo, “No me gusta tu tos. Vete a ver a un especialista. Fui a un especialista, me dijo, “Vete a ver a un endocrinólogo.” Me hicieron una resonancia. Me dijo, “Tienes un tumorcito, no me gusta.” Me mandaron a hacer una biopsia. Y luego llegó el día de la cita con el resultado. Me siento y me dice, “Te tengo una mala noticia y una buena que no es tan buena.
Tienes cáncer. Tienes cáncer. Dos palabras que reorganizan todo. El hombre que había metido 35 goles en una temporada, el que había marcado el penal de la final de 1997 con las costillas rotas. El que había salido de 4 años de adicción sentado frente a un médico escuchando esas dos palabras. Yo me acuerdo que bajé y empecé a llorar porque oyes la palabra cáncer y ya me voy a morir.
Ya me voy a morir. Ese pensamiento que viene con automático cuando escuchas esa palabra por primera vez. Y luego la pandemia complicó todo. No había quirófano disponible. Los hospitales estaban llenos de COVID. La cirugía que necesitaba tendría que esperar un mes y medio. ¿Y qué hacemos mientras? No, pues no se puede hacer nada.
Un mes y medio esperando, con el diagnóstico encima, sin poder operar, sin saber qué iba a pasar. Hermosillo hizo lo que aprendió a hacer en los años más difíciles de su vida. No se quedó quieto. Llamó a una entrenadora de Cuernavaca. Le dijo lo que pasaba. Y la entrenadora le dijo, “¿Me vas a hacer caso a lo que yo te diga? Primero un detox.
Después vas a comer todo lo que viene de la tierra. No quiero ver carne, ni pollo, ni pescado. Durante dos semanas todo lo que venga de la tierra es energía, Carlos. Todo lo que viene de la tierra es energía. Carlos Hermosillo, el hombre del número 27, el del cabezazo de moledor, el del penal con las costillas rotas comiendo todo lo que viene de la tierra, porque un médico le había dicho que tenía cáncer y no había otra cosa que pudiera hacer mientras esperaba.
Empecé a comer así y me sentía con una energía bastante buena. Llegué a la operación superb y luego el momento de la cirugía. Salió del quirófano, vio entrar a los doctores. Cuando los vi entrar dije, “Algo anda mal.” Y resulta que no. Me dijeron, “No sé qué pasó porque te hicimos la biopsia y no encontramos el tumor. No encontramos el tumor.
” Carlos Hermosillo reía cuando lo contaba. Con esa risa que tiene la gente cuando la vida les hizo algo tan extremo que la única reacción posible es reírse. Pero también tuvo que vivir con la arritmia cardíaca que le dejó la pandemia. Arritmia fuerte. Tuvieron que darle un shock eléctrico para que el corazón volviera a su ritmo.
Y después de todo eso, el médico le dijo algo que resume la vida de ese hombre. No puedes parar. Tu corazón está grande, tienes que hacer ejercicio. No puedes parar esa frase dicha por un médico sobre su corazón literalmente, pero que suena exactamente como lo que Carlos Hermosillo ha sido toda su vida.
Un hombre que no puede parar. No paró en Cerro Azul cuando quiso llegar al América. No paró cuando el estándar de Lieja no funcionó. No paró cuando el Cruz Azul desconfió de él por haber jugado con el América. No paró cuando las costillas estaban rotas y había que tirar un penal. No paró cuando la adicción lo tenía en el fondo.
No paró cuando el cáncer llegó durante una pandemia. No puede parar. Hoy Carlos Hermosillo tiene más de 60 años. Es comentarista deportivo, es analista de fútbol y es dueño del Atlético Real Morelos 27. Un equipo de la tercera división, no de la Liga MX, no de la Liga de Expansión. La tercera división, el nivel más bajo del fútbol organizado en México.
Nota el nombre del equipo. Atlético Real Morelos 27. El 27, el mismo número que usó en Cruz Azul. El número que México entero asociaba con él lo puso en el nombre del equipo, no en el escudo, en el nombre. Eso dice todo sobre quién es este hombre, el que construyó su identidad durante 18 años alrededor de un número y un deporte y que cuando tuvo la oportunidad de construir algo propio, lo llamó como se había llamado a sí mismo toda la carrera.
el 27. Y desde ahí, con la misma energía con que peleaba por los goles en el Azteca lleno, está peleando contra la corrupción que hay en esas ligas. Normalmente en un partido te amonestan a cuatro o cinco. Promedio por tarjeta 500 pesos. Son 360 equipos en la tercera división. Multiplica cinco tarjetas por partido, 2500 pesos por 365 semanas.
Es una corrupción terrible. Y fue más lejos. El fin de semana pasado que jugó mi equipo, escuché unos audios donde decían, “Al 18 y al 4 tenemos que expulsarlos. ¿Con qué ganas inviertes?” Ese es Carlos Hermosillo en 2025, el hombre que metió 294 goles en la Liga Mexicana, denunciando la corrupción de árbitros en partidos de tercera división ante David Fightelson en televisión nacional con la misma terquedad con que se paró en el punto de penalti con las costillas rotas y el chaleco
debajo de la camiseta. Porque para Hermosillo el fútbol nunca fue solo el nivel donde jugabas o el estadio donde te veían. Fue siempre el deporte, la pureza del deporte, la certeza de que si das todo lo que tienes, el marcador refleja lo que mereces. Y cuando eso no pasa, cuando el árbitro ya tienen los audios a quién va a expulsar antes de que empiece el partido, Carlos Hermosillo reacciona como siempre reaccionó sin callarse, sin fingir que no pasa, sin la comodidad del que ya ganó suficiente y no necesita
meterse en problemas. Ese hombre que en los años de la adicción llegó a ser irreconocible para su propia familia. Ese hombre que se miró al espejo y no se reconoció. Hoy se reconoce perfectamente y lo que reconoce es siempre lo mismo. Un hombre que no puede parar, que camina todos los días, que va al gimnasio, que cuida su corazón grande, como le dijo el médico, que toma sus medicamentos de tiroides, que habla de fútbol en televisión, que pelea contra árbitros corruptos en tercera división y que lleva
más de 12 años sin volver a probar lo que casi lo destruyó. No porque no pueda, porque nunca más quiere. El hombre que metió 294 goles en la Liga Mexicana, dueño de un equipo de tercera división, escuchando audios de árbitros corruptos en un vestuario y contándoselo a David Fightelson en televisión nacional.
Eso es Carlos Hermosillo, el mismo de siempre, no el que necesita el estadio grande para actuar, el que actúa a donde está con lo que tiene, con la misma energía con que pateó al Cruz Azul hasta el campeonato. Y ahí está la respuesta a la pregunta que abre este video.
¿Cómo cayó el goleador más grande que México ha producido? De la misma manera que caen casi todos. No por los rivales, no por las lesiones, no por los entrenadores que no lo quisieron, por la pregunta que nadie le enseña a responder cuando el estadio se vacía por última vez. ¿Quién eres tú cuando ya no eres el que mete goles? Carlos Hermosillo tardó 4 años en encontrar la respuesta.
La encontró en la cara de su hija Fernanda, en las lágrimas de una niña que lo amaba y que no quería que ese hombre del cuarto fuera el mismo que era su papá. Y cuando encontró la respuesta, hizo lo que siempre hizo con los balones que llegaban al área. La tomó sin dudar, sin esperar, con toda la convicción del delantero de área que sabe que la pelota llega, que llega para él y que no va a perder la posición.
Lleva más de 12 años limpio. Sobrevivió el cáncer. le gana al corazón haciendo ejercicio todos los días y sigue en el fútbol, no en el grande, en el que nadie ve, en el que nadie transmite. en el de tercera división, donde un hombre con 294 goles en la liga lucha contra la corrupción de los árbitros con la misma terquedad con que se paró en el punto de penalti con las costillas rotas y el chaleco debajo de la camiseta.
El número 27 ya no está en ninguna camiseta oficial, pero está en la memoria de todos los que lo vieron jugar y en la historia de un hombre que aprendió la lección más importante de su vida. No en el campo, en una habitación en Miami, frente a los ojos de su hija, que lloraba y que lo salvó. ¿Tú recuerdas, Carlos Hermosillo, los 35 goles en esa temporada de los 90? El penal de la final del 97 con las costillas rotas, el número 27 en la espalda de la camiseta celeste? Cuéntanos en los comentarios, porque ese hombre le dio al fútbol
mexicano algo que los números no pueden capturar del todo. Y si esta historia te llegó, no te imaginas lo que le pasó a Hugo Sánchez, el otro goleador grande de esa generación, el que fue al Real Madrid, el que ganó cinco títulos de goleo consecutivos en España y que también cayó de una manera completamente diferente con una terquedad que México nunca le perdonó del todo.
Está aquí en el canal. Te la dejo arriba.
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