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Así es la HUMILDE Vida de Iván Zamorano a Sus 57 Años: del Bernabéu al Silencio de Chile

¿Alguna vez te has preguntado qué hizo el hombre que inventó la camiseta más vendida en la historia del fútbol italiano? Iván Zamorano fue el pichichi de la Liga española. Marcó 101 goles con el Real Madrid y cuando el club más grande de Italia le pidió que se diera el número nueve al mejor jugador del mundo, no dijo que no, pero tampoco dijo que sí más.

Se le ocurrió algo que nadie en la historia del fútbol había hecho. Se puso la camiseta 1+8 con un signo de suma en medio para que todo el mundo supiera que él también llevaba el nueve. Esa camiseta se convirtió en la más vendida de toda la historia del fútbol italiano. Hoy tiene 59 años. Vive en Madrid, en un apartamento sencillo, sin guardaespaldas ni chóer.

Su hijo juega en las categorías inferiores de un club de barrio. Su hija estudia en la universidad. Él trabaja como embajador de la liga y comenta fútbol en televisión. Esta es la historia de Iván Zamorano después del Bernabéu. Para entender al zamorano de hoy, hay que ir a Maipú. Maipú es una comuna del Gran Santiago de Chile.

No es el barrio residencial de los grandes empresarios ni la zona de los clubes privados. Es una comuna de clase trabajadora, donde las casas son de obra, los vecinos se conocen y el fútbol se juega en la calle hasta que oscurece. Iván Luis Zamorano Zamora nació allí el 18 de enero de 1967, primer hijo y único varón del matrimonio de Luis Zamorano y Alicia Zamora.

Su padre, Luis trabajaba y jugaba al fútbol amateur con la pasión de quien hubiera querido ser profesional. Cuando Iván tenía apenas año y medio, le regaló su primer balón. le enseñó a chutar antes de que supiera correr. “Bien, se puede decir que nací con un balón”, dijo Zamorano años después.

Pero cuando Iván tenía 13 años, su padre murió. Una apendicitis fulminante el 24 de junio de 1980 en la posta central de Santiago. Tenía apenas 13 años y de golpe sin aviso, el hombre que le había dado la pelota y enseñado todo lo que sabía ya no estaba. Esa pérdida marcó a Zamorano de una manera que nunca ocultó. Lo hundió en una profunda depresión.

Lo llenó de una soledad que solo el fútbol le ayudó a procesar, pero también lo forjó. Porque cuando un niño pierde a su padre a los 13 años y decide seguir adelante con el sueño que su padre le había regalado, no hay nada que lo detenga. Su madre, Alicia, se convirtió en el centro de su mundo. Una relación que en Chile se hizo famosa en la década de los 90.

Cuando Zamorano ya era ídolo nacional y aparecía en televisión hablando de ella con una ternura poco habitual en el mundo del fútbol, llevaba a su madre a las entrevistas, la abrazaba en público y la llamaba todos los días desde Europa. Ese chico de Maipú que perdió a su padre a los 13 años y construyó toda su carrera para que su madre pudiera ver hasta dónde llegaba.

Esa es la raíz de Iván Zamorano. El camino al profesionalismo no fue una rampa, fue una escalera con muchos escalones rotos. A los 18 años, Zamorano debutó en Cobresal, uno de los clubes de la primera división chilena. Su primer contrato fue histórico por lo pequeño que era. Le pagaban 6,000 pesos chilenos al mes. $10.

No es una anécdota inventada. Él mismo lo contó años después, Entre Risas, en una entrevista con Spen. Ganaba cada mes $10 y lo guardaba porque me pagaban la comida. Hasta que salió Cobreandino, me fui a ese club en préstamo y ya ganaba aproximadamente entre 50 y $60. Ya era rico. Con esos primeros ahorros se compró un pantalón en una tienda.

Tardó 12 meses en pagarlo. Eso es de donde venía Bam Bam Zamorano. En 1988, a los 21 años, lo vendieron al Boloña de Italia por $50,000. Parecía el gran salto, pero el entrenador del Boloña lo rechazó por su aspecto físico. Lo consideró demasiado delgado para el fútbol italiano y prefirió a otro chileno, Hugo Rubio.

Zamorano terminó cedido al Saint Gallen, un club de tercera categoría en Suiza. Otro obstáculo, otra negación, otro momento para rendirse que no aprovechó. En St. Gallen encontró lo que necesitaba. Jugar, marcar y crecer. En tres temporadas anotó 34 goles en 56 partidos. Se hizo fuerte físicamente. La revista deportiva italiana Gerin Portivo lo bautizó Iván Il Terrivile.

El terrible, el que nadie quería y que acababa siendo el que más asustaba. El Sevilla lo fichó en 1990 por 2, 5 millones de dólar y el ascenso comenzó en serio. En junio de 1992, el Real Madrid pagó 56 millones dó por Iván Zamorano. El chico que ganaba $10 al mes en Cobresal llegaba al club más grande del mundo.

Sus dos primeras temporadas en el Bernabéu fueron irregulares. Goles, sequías, lesiones, presión. El fútbol de los grandes clubes europeos no perdona los altibajos. En la temporada 1993 hasta 94, Zamorano pasó por una sequía goleadora de 19 partidos consecutivos, 19 partidos sin marcar en el Real Madrid.

Para alguien que se identificaba con el número nueve, con el gol como razón de ser, fue un martirio, pero lo que no lo mató lo hizo más fuerte. El nuevo entrenador, Jorge Alberto Baldano, anunció a principios de la temporada 1994 hasta 95, que Zamorano no entraba en sus planes, que si seguía en el Madrid sería el quinto extranjero y no tendría lugar.

Para muchos jugadores esa declaración pública hubiera sido el final. Zamorano respondió en la primera jornada de liga ante el Sevilla. Marcó en el primer minuto, doblete en 5 minutos. se convirtió en titular indiscutible del equipo que Valdano había dicho que no lo necesitaba. Esa temporada 1994 hasta 95 fue la mejor de su carrera en el Real Madrid, 28 goles en liga.

Pichichi, máximo goleador de la liga, el primer chileno en conseguirlo. Su salario en esos años en el Bernabéu llegó a los 2 millones de dólares anuales, una cifra significativa para el fútbol español de la época. ganó una liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Pero en 1996 el Madrid decidió no renovarle con las condiciones que él pedía.

Zamorano tenía 29 años y quería seguir en la élite. El Inter de Milán ofreció ,000 dólar por su pase y un contrato de 2 5 millones anuales. Aceptó. Y en Milán comenzó el capítulo más icónico de su carrera. En el Inter de Milán, Zamorano llegó con el número nueve, su número de siempre, el que había llevado en todos los clubes desde que era profesional.

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