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CARLOS HERMOSILLO : CUMPLIÓ 61 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE

CARLOS HERMOSILLO : CUMPLIÓ 61 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE

35 goles en una sola temporada. El récord más grande que ningún mexicano ha logrado en la historia de la liga. Y ese mismo hombre, cuatro años destruido por la cocaína después de retirarse, sin que nadie lo supiera, mirándose al espejo sin reconocerse. El goleador más grande que México ha producido cayó donde ningún portero pudo tirarlo.

 Su nombre es Carlos Manuel Hermosillo Goy Tortúa, el grandote de Cerro Azul. Y lo que pasó después del último gol no lo cuenta nadie completo. Hasta hoy, en los próximos minutos, vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron sobre Carlos Hermosillo. Primera, como un niño del campo petrolero de Veracruz se convirtió en el goleador más importante que México ha dado al fútbol profesional.

 Segunda,  la noche de diciembre de 1997. La final, las dos costillas rotas, el chaleco protector, la patada en la cara de Comitzo y el penal que cambió todo. Tercera, los cuatro años oscuros, la cocaína que nadie vio venir, lo que le hizo a su familia y las palabras de su hija que lo salvaron.

 Y la cuarta, lo que ese hombre aprendió que ningún estadio pudo enseñarle. Lo que hoy lleva en la vida, como nadie puede llevarlo si no lo  vivió. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la más importante. Era 1994 y si seguiste el fútbol mexicano en esa época, sabes exactamente lo que significaba ese número.

 35 goles en una temporada. Un número que en el fútbol de hoy parece imposible, porque hoy los torneos son cortos, hoy se juegan 17 o 18 partidos  por fase regular. En esa época los torneos eran largos, pero 35 goles en un solo torneo seguía siendo un número que nadie en México había marcado antes, ni nadie ha marcado después. 35 goles.

 Hermosillo los metió en la temporada 1994  a 95 con Cruz Azul. El año siguiente marcó 26 más, el año anterior 27, tres temporadas seguidas como el goleador más temido de México. 294 goles en total en su carrera en la liga. El segundo máximo goleador en la historia  del fútbol mexicano. Solo detrás de Cabiño, el brasileño que metió 312.

Y Hermosillo se quedó a 18 goles del récord absoluto porque decidió retirarse porque su  cuerpo ya no aguantaba más. Pero su caída no fue en el campo. Su caída fue 4 años después en un departamento en Miami con la mirada de su hija que lo miraba llorar. Eso es lo que nadie te contó cuando hablaron de Hermosillo.

En unos minutos te cuento por qué. Espérate, hay algo que nadie dice cuando cuentan la historia de Hermosillo. Algo que él mismo confesó años después en una entrevista, algo que su familia vivió en silencio. Fueron 4 años muy duros para mí, para mi familia y para mucha gente, porque te sale un cuate que no eres tú, que puede ser muy agresivo, muy soberbio, muy explosivo.

palabras. Un cuate que no eres tú, el hombre que metió 35 goles en una temporada describiendo quién era en los años más oscuros de su vida como alguien que no lo reconocía ni a sí mismo. Ese detalle define todo lo que necesita saber sobre lo que le puede pasar a un goleador cuando el fútbol se acaba. No la  riqueza, no la fama, no los títulos, la identidad.

  ¿Quién eres tú cuando ya no eres el que mete goles? Carlos Hermosillo no lo sabía y esa pregunta sin respuesta lo llevó a un lugar del que tardó 4 años en salir. Hay un objeto en esta historia. No una copa, no un trofeo, no una camiseta famosa.  Son las lágrimas de una niña en Miami, las de su hija Fernanda, parada en la puerta de una habitación, mirando a su padre con una cara que ningún gol puede borrar.

Grábate esas lágrimas, las vamos a necesitar. Pero antes de llegar ahí, hay que entender algo sobre lo que le pasa a los goleadores cuando el fútbol termina. No los delanteros de media tabla, los goleadores de verdad, los que durante años fueron la razón principal por la que su equipo ganaba. Esos hombres  construyen su identidad en función de una sola cosa.

Meter goles. No es un trabajo, no es una profesión. No es un deporte, es lo que son. Cuando Hermosillo caminaba hacia el estadio, los días de partido, cuando se ponía la camiseta celeste con el 27 en la espalda, cuando el estadio empezaba a llenarse y el ruido crecía, no era Carlos Hermosillo el hombre, era el número 27, el goleador, el que iba a decidir el que el equipo necesitaba.

Y esa sensación, esa certeza de ser necesario,  de una manera tan específica que nadie más podía reemplazarte, no tiene equivalente en la vida ordinaria. Ningún trabajo normal te da eso. Ninguna reunión de negocios, ningún  proyecto. Cuando el fútbol termina, esa sensación termina y muchos jugadores nunca encuentran otra cosa que llene  ese espacio.

Hermosillo tardó 4 años en entender eso. 4 años en los que buscó algo  que aliviara esa ausencia y lo encontró en el lugar equivocado. Pero primero hay que entender de dónde vino este hombre, porque sin ver de dónde vino no  puedes entender lo que fue ni lo que le costó cuando todo se terminó.

Esta es la primera cosa que te prometí al inicio. Cerro Azul,  Veracruz. 24 de agosto de 1964, un pueblo petrolero en el norte de Veracruz, una comunidad que surgió alrededor de los pozos de Pemex, donde los hombres trabajaban en el petróleo y los niños crecían sabiendo que el trabajo duro era la única forma de salir adelante.

 Ahí nació Carlos Manuel Hermosillo Goy Tortúa. No en una familia de futbolistas, no en un barrio con cancha de pasto, en Cerro Azul, donde el fútbol era lo que había después del trabajo, lo que los hombres jugaban en los potreros cuando el sol bajaba lo suficiente  para que se pudiera correr. Carlos era alto para su edad, alto y fuerte, con esa contextura  física que en un delantero es la diferencia entre ser un buen jugador y ser un centro  delantero que los rivales temen. El cabezazo.

Esa fue siempre su arma más peligrosa. No la velocidad, no el regate, no la técnica elaborada, la capacidad de llegar al área, de imponerse físicamente a los defensas, de conectar con la cabeza desde posiciones donde cualquier otro delantero se queda a centímetros. Ese don no se aprende, se nace con él. Y Carlos Hermosillo lo nació.

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