Posted in

TESTIMONIO IMPACTANTE: Volé con San Felipe de Jesús por el cielo: así volví a la Iglesia Católica

su voz en la oscuridad de mi cuarto cuando yo era pequeño, ese murmullo suave del Ave María, llena eres de gracia. Y yo me dormía arropado en esa oración como si fuera una cobija. Mi abuela paterna, doña refugio, tenía un altar en su sala con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, velas perpetuas y flores frescas que ella misma cortaba del jardín cada semana.

 La fe católica era el aire que respirábamos en mi familia, era el idioma de nuestro amor. Pero cuando tenía 22 años, un compañero de trabajo llamado Bernardo me invitó a una iglesia no denominacional que acababa de abrir en el norte de Laredo. La iglesia Vida Nueva se llamaba. Yo fui por curiosidad, sin ninguna intención de quedarme, pero lo que encontré esa noche me sacudió de una manera que no esperaba.

El pastor predicaba con una energía que yo nunca había visto dentro de una parroquia católica. La música era potente, emocional, moderna. La gente lloraba, alzaba las manos, gritaba aleluya. Y al final del servicio el pastor nos invitó a pasar al frente para recibir a Cristo en el corazón. Yo pasé, me pusieron las manos encima.

Sentí algo cálido y al salir esa noche, Bernardo me dijo, “Hermano, esta noche naciste de nuevo. Nunca regresé a la parroquia de mi infancia. Lo que siguió fueron 15 años de vida evangélica intensa. Me convertí en líder de adoración de la iglesia Vida Nueva. Dirigía el equipo de alabanza todos los domingos. Escribía canciones.

 Viajaba a conferencias de adoración en Houston, en San Antonio, en Dallas. Me casé con Cristina Medina, a quien conocía en un retiro de la iglesia cuando yo tenía 28 años y ella 26. Tuvimos dos hijos, Emilio, que hoy tiene 16 años, y Sofía, que tiene 13. Desde afuera, mi vida era un testimonio de éxito espiritual.

 Lideraba el equipo de adoración frente a unas 800 personas cada domingo. Enseñaba clases de Biblia los miércoles. Era uno de los pilares visibles de la congregación, pero por dentro algo empezó a fallar mucho antes de que yo lo admitiera. Fue gradual, casi imperceptible al principio. Empezó como una pregunta pequeña durante un estudio bíblico en el año 2021 cuando un hermano de la iglesia levantó la mano y preguntó, “Pastor, ¿qué quiso decir Jesús exactamente cuando dijo, “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna?” Y el pastor respondió que

era una metáfora, un lenguaje simbólico para hablar de la fe. Yo asentí junto con todos los demás. Pero esa noche, solo en mi cuarto, volví a Juan, capítulo 6 y lo leí completo y lo leí de nuevo y una tercera vez. Y cuanto más lo leía, menos me convencía la explicación del pastor. Jesús no habló en metáforas cuando la gente se escandalizó y se fue.

 Si hubiera sido solo una metáfora, ¿por qué no los llamó de regreso y les explicó? ¿Por qué dejó que se fueran? Guardé esa pregunta, la enterré. Seguí liderando la adoración cada domingo, pero la pregunta no murió. siguió creciendo en silencio, como una raíz que va abriendo la roca por dentro. En el verano de 2022, mi hermana menor Valentina, que tenía entonces 38 años y vivía en San Antonio, comenzó a sentirse mal.

 Al principio pensamos que era agotamiento. Luego los médicos encontraron que su sistema inmunológico estaba atacando sus propios pulmones, un proceso inflamatorio severo que fue deteriorándose a lo largo de meses hasta que en enero de 2023 la internaron en el hospital con una dificultad respiratoria grave.

 Los médicos en el Centro Médico Universitario de San Antonio le dijeron a mi familia que el pronóstico era incierto, que el daño en sus pulmones era extenso [música] y que necesitaría asistencia respiratoria por un tiempo que nadie podía predecir. Mi mamá se fue a vivir al hospital. Yo manejaba de Laredo a San Antonio cada fin de semana, 8 horas de ida y vuelta con la música cristiana a todo volumen en el carro, orando en voz alta, convenciéndome de que la fe era suficiente.

 Organicé cadenas de oración en la iglesia. Pedimos unción de aceite para Valentina. El pastor Miguel Sandoval fue al hospital a imponerle las manos y orar. Y yo dirigía la adoración cada domingo con voz firme, levantando las manos, creyendo con toda la fuerza que podía reunir. Pero Valentina seguía mal y yo por primera vez en 15 años empecé a sentir que mis oraciones chocaban contra el techo y caían de regreso al suelo sin llegar a ningún lado.

Fue en esa temporada cuando la pregunta sobre Juan capítulo 6 regresó, pero ya no venía sola, venía acompañada de otras preguntas que yo había estado ignorando por años. ¿Por qué los primeros cristianos hablaban de la Eucaristía como si fuera literalmente el cuerpo de Cristo? Había leído algo sobre San Ignacio de Antioquía, un hombre que conoció personalmente a los apóstoles, que describía la Eucaristía como la carne de Cristo que padeció por nuestros pecados.

¿Por qué Ignacio hablaría así si solo fuera un símbolo? Porque San Justino mártir en el año 150 después de Cristo describía la comunión dominical como la carne y sangre de Jesucristo encarnado. ¿Dónde había aprendido eso si no de los apóstoles mismos? No compartí estas preguntas con nadie en la iglesia.

 Supe instintivamente que no serían bienvenidas. La noche del 14 de noviembre de 2023 es la noche que divide mi vida en dos partes. Eran las 2:47 de la madrugada. Yo no podía dormir. Cristina dormía en el cuarto. Yo me había levantado en silencio con ese peso en el pecho que ya conocía demasiado bien. La mezcla de angustia por Valentina, que seguía en el hospital, aunque empezaba a estabilizarse lentamente, el agotamiento de fingir que todo estaba bien y esa hambre espiritual que no sabía cómo nombrar, pero que me estaba consumiendo por dentro desde hacía meses. Me senté a

la mesa de la cocina con mi Biblia. La abrí sin buscar nada específico. Las páginas cayeron abiertas en Juan capítulo 6. Empecé a leer y cuando llegué al versículo 54 me detuve. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Y fue entonces cuando ocurrió. No lo busqué. No lo pedí.

 No estaba en ningún estado de meditación especial ni de oración exaltada. Estaba sentado en mi silla de cocina en pijama a las 2:47 de la madrugada, cansado y quebrado. Y de las páginas de esa Biblia abierta en Juan 6 salió un rayo de luz dorada que me penetró el pecho. Así de simple, así de imposible. El rayo no ardía, no dolía, era calor y luz y presencia al mismo tiempo, como si alguien hubiera tomado todo el amor que existe en el universo y lo hubiera comprimido en un as de luz y lo hubiera enviado directamente a mi corazón.

Sentí como algo en el centro de mi pecho se abría, como una puerta que llevaba años cerrada con llave. Y en ese instante supe, con una certeza que ningún argumento podría jamás quitarme, que Jesús estaba presente en la Eucaristía. No simbólicamente, no metafóricamente, presente, real, vivo, esperándome. Lloré durante una hora sin poder parar.

4 días después, en la madrugada del 18 de noviembre de 2023, tuve el sueño o lo que yo llamo el sueño por falta de una palabra mejor. Porque no fue un sueño como los demás. Fue más real que cualquier momento de vigilia que yo haya vivido jamás. Cada detalle permanece en mi memoria con la nitidez de una fotografía y han pasado más de 2 años y no se ha desvanecido ni un milímetro.

Read More