La voz que cantó Fumando Espero, la protagonista de El último cuplé, la película más taquillera de la historia del cine español. La primera mujer española que triunfó en Hollywood junto a Burt Lancaster y Gary Cooper. Y esa misma mujer apareció muerta en su piso de Madrid, sola y arruinada, después de haber abortado 11 veces seguidas, desquiciada y después de que el hombre en el que más confiaba durante 20 años le destrozara la vida mientras ella lo trataba como de la familia.
Hoy vas a saber como una mujer con la voz de un ángel acabó destrozada en un piso vacío de Madrid. Y lo más asqueroso, ¿qué le hizo ese hombre durante 20 años que la mató en vida? ¿Y lo más oscuro? ¿Por qué abortó 11 veces seguidas? ¿Y qué fue lo que le pasó dentro del cuerpo a Sara Montiel para que nunca pudiera ser madre? Quédate hasta el final porque al terminar este vídeo no vas a ver a Sara Montiel de la misma manera nunca más.
Y vas a entender por qué el 8 de abril de 2013 cerró el capítulo más triste de toda la historia del cine español. Pero para entender qué le pasó realmente a Sara Montiel en aquellos últimos años de soledad en su piso de Madrid, primero tienes que saber por dónde pasó. Tienes que saber cómo aquella niña pobre de un pueblo manchego llegó a tenerlo todo.
Hay un camino y ese camino empieza en una calle polvorienta de Campo de Criptana. provincia de Ciudad Real el 10 de marzo de 1928. En una familia humilde con padre campesino y madre vendedora ambulante, en una niña que con 15 años ya soñaba con escapar de aquel pueblo. Todo lo que vino después se explica desde ahí.
Vamos a empezar por el principio. Por la niña pobre de Campo de Criptana, que con 15 años ganó un concurso de belleza y se fue sola a Madrid sin avisar a sus padres. por la chica que con 20 años ya estaba haciendo películas en México y por el detalle de su infancia que explica por qué aquella mujer iba a quedarse obsesionada con ser madre el resto de su vida.
María Antonia Alejandra Vicenta, el Pidia Isidora. Abad Fernández nació el 10 de marzo de 1928 en Campo de Criptana, un pueblo manchego de la provincia de Ciudad Real con apenas 10,000 habitantes. Familia humilde, padre campesino llamado Isidoro Abad, madre vendedora ambulante de productos de belleza puerta a puerta llamada María Vicenta Fernández.
Cuatro hermanos en total. La campo de Criptana de los años 30 era uno de los pueblos más pobres de la España rural. Casas blancas con tejados a dos aguas, calles polvorientas, mujeres lavando la ropa en lavaderos públicos, hombres yéndose al amanecer al campo a recoger uvas y aceitunas para los grandes terratenientes de la zona.
Y en aquella casa modesta, en el centro del pueblo, nació la niña que iba a convertirse 50 años después en la mujer más famosa del cine español. La infancia de María Antonia, como la llamaban entonces, fue durísima. La familia pasaba hambre. En invierno no tenían bastante leña para calentar la casa. Su madre, María Vicenta, salía cada mañana a vender productos cosméticos por los pueblos cercanos, cargando una cesta pesada que pesaba más que la propia niña.
Y la pequeña María Antonia, según contó después en su autobiografía publicada en el año 2000, recordaba a su madre llegando agotada por las noches y aún así sacando fuerzas para cantarle canciones populares antes de dormir. Aquellas canciones cantadas en voz baja por una mujer cansada en una casa fría de Campo de Criptana fueron las primeras canciones que entraron en el oído de la niña.

Y aquella memoria sonora, según ella misma reconoció, fue el origen de toda su carrera musical posterior. Hay una imagen muy concreta de aquella infancia que conviene retener. María Antonia, con 6 años, en plena guerra civil española, caminando con su madre por las calles de un pueblo vecino, descalza con un saco de garbanzos al hombro que su madre había conseguido a cambio de productos cosméticos.
Esa imagen, según contó después en distintas entrevistas, era la que tenía grabada cuando años más tarde se ponía vestidos de seda en Hollywood. La pobreza absoluta de aquella niña manchega convivía dentro de ella con la diva internacional que sería después. Y aquel contraste fue la fuente de toda su ambición.
Quería que sus padres no volvieran a pasar hambre nunca más. Y aquello, en términos prácticos, lo consiguió antes de cumplir 25 años. Y aquí está el momento exacto en que aquella niña pobre de campo de criptana descubrió que tenía algo que las demás niñas del pueblo no tenían. La decisión que tomó con 15 años y que la sacó del pueblo para no volver nunca.
Y la persona que la vio cantar por primera vez en un escenario público en 1943 con 15 años recién cumplidos, María Antonia ganó un concurso de belleza y talento organizado por Cifesa, la productora cinematográfica más importante de la España franquista. El concurso lo había convocado un periodista local que la escuchó cantar en una fiesta del pueblo.
Le ofrecieron un contrato de prueba, le pagaron el viaje a Madrid y María Antonia, sin avisar a sus padres por miedo a que la prohibieran ir, cogió un autobús a la capital con una maleta pequeña y la dirección de la productora apuntada en un papel. Tenía 15 años. No tenía estudios formales, no sabía nada del mundo del cine, pero había decidido que su vida no iba a ser como la de su madre.
Y aquella decisión tomada por una adolescente analfabeta en marzo de 1943 fue la primera de muchas decisiones radicales que iba a tomar en su carrera. En Madrid, Cifesa le hizo una prueba de cámara. La aceptaron, le cambiaron el nombre, pasó a llamarse María Alejandra como nombre artístico provisional y en 1944 con 16 años debutó en su primera película titulada Te quiero para mí.
Era un papel pequeño, una adolescente de pueblo que se enamora del protagonista, pero la cámara, según contaron después los técnicos del estudio, recogía algo en aquella chica manchega que no recogía con las demás actrices del momento. Tenía presencia, tenía mirada, tenía aquella cosa indefinible que en el cine se llama estrella y antes de cumplir los 17 años ya tenía contratos firmados para protagonizar otras dos películas.
Y aquí está el cambio de nombre que iba a marcar el resto de su carrera, el nombre artístico que la propia María Antonia eligió en 1944 y por el que la iba a conocer toda España durante los siguientes 70 años y la persona que se lo sugirió en una cena privada en Madrid. A finales de 1944, María Antonia tomó otra decisión radical.
Cambió su nombre artístico, pasó a llamarse Sara Montiel. El nombre Sara lo eligió ella porque le sonaba a estrella internacional. El apellido Montiel lo eligió el productor Vicente Casanova, jefe de Cifesa, en honor al campo de Montiel, una zona de la mancha próxima a su pueblo natal. Y a partir de ese momento, en todos los carteles de cine de España, la niña pobre de Campo de Criptana iba a aparecer con un nombre nuevo que sonaba internacional, glamuroso, distinguido, Sara Montiel.
Aquel nombre, en pocos años iba a ser conocido en España, México, Estados Unidos, Francia e Italia. Y María Antonia Abad Fernández iba a quedar para siempre como el nombre privado, el nombre familiar, el nombre que solo usaban sus padres y sus hermanos. Entre 1944 y 1948, Sara Montiel hizo 14 películas seguidas en España, 14 películas en 4 años, un ritmo de producción imposible hoy día, pero habitual en el cine franquista de los 40.
Y entre todas aquellas películas hubo una que cambió todo. Locura de amor, dirigida por Juan de Orduña en 1948, en la que Sara interpretaba a la princesa Aldara junto a la actriz protagonista Aurora Bautista. Aquella película tuvo un éxito internacional inesperado. Se vendió a México, se vendió a Argentina, se vendió a Cuba y los productores latinoamericanos empezaron a interesarse por aquella actriz española de 20 años con voz potente y mirada poderosa.
En 1950, Sara Montiel recibió una oferta de los estudios Churubusco de Ciudad de México. Le ofrecían un contrato millonario por hacer tres películas en territorio mexicano. aceptó y se fue de España con 22 años. La etapa mexicana de Sara Montiel entre 1950 y 1954 fue el primer gran salto internacional de su carrera.
Protagonizó seis películas en México durante aquellos 4 años. compartió cartel con los grandes nombres del cine de oro mexicano, Pedro Armendari, Mario Moreno Cantinflas, Jorge Negrete y se enamoró perdidamente del actor Miguel Acéz Mejía, una de las grandes estrellas del rancherismo mexicano de la época.
Aquel romance, según contó ella misma después, fue uno de los más intensos de su juventud. Duró menos de un año, acabó mal, pero según las versiones que ella misma dio en su autobiografía, dejó una marca emocional muy profunda. Y a partir de aquel desengaño, Sara Montiel tomó una decisión que iba a ser una constante en su vida adulta.
No iba a depender emocionalmente de ningún hombre nunca más. Y a partir de entonces, según las versiones recogidas posteriormente, fue ella la que dejaba a los hombres. Nunca al revés. Y aquí está el momento que cambió la historia del cine español para siempre, la oferta que recibió Sara Montiel en 1954 desde Hollywood, California, que ninguna otra mujer española había recibido jamás y la decisión que tomó en menos de 24 horas.
En 1954, mientras Sara Montiel terminaba su última película en México, el productor norteamericano H. Wallis vio una de sus películas en una sala privada de Los Ángeles. Quedó impresionado y a través de un agente le ofreció un papel secundario en una superproducción que estaba preparando con los dos actores más cotizados del momento, Burt Lancaster y Gary Cooper.
La película se llamaba Veracruz. Era un western de gran presupuesto rodado en México, pero producido por Hollywood. Y Sara Montiel iba a interpretar el papel de Nina, una joven mexicana enamorada de uno de los protagonistas. Aceptó. Se trasladó al set de rodaje en el estado de Veracruz y en 1954, sin haber cumplido todavía los 27 años, se convirtió en la primera mujer española en aparecer en una superproducción de Hollywood junto a dos estrellas internacionales de primer nivel. El éxito de Veracruz fue
rotundo. La película recaudó millones de dólares en todo el mundo y Sara Montiel, aunque tenía un papel secundario, llamó la atención de la prensa norteamericana por su belleza y por su voz cantando una canción en español durante una escena del rodaje. Los estudios de Hollywood empezaron a interesarse por ella.
En 1956 rodó Serenade junto a Mario Lanza, uno de los tenores más famosos del mundo en aquel momento. Y en 1957 rodó otra película norteamericana titulada Yuma. Sara Montiel había roto una barrera que ninguna otra mujer española había roto jamás. Era la primera española de la historia que tenía contrato con los grandes estudios de Hollywood.
Y en España, los periódicos del régimen franquista hablaban de ella como del orgullo nacional, una niña pobre manchega que había conquistado la meca del cine mundial. Y aquí está la decisión que sorprendió a todo Hollywood. Sara Montiel, con 29 años en pleno éxito americano, hizo algo que ningún ejecutivo norteamericano podía entender.
Volvió a España y rodó la película que iba a convertirse en el mayor éxito comercial de la historia del cine español. En 1957, Sara Montiel regresó a España. Tenía contratos vigentes en Hollywood, pero decidió aceptar una oferta de la productora española Estela Films para rodar una película titulada El último cuplé. El proyecto parecía menor.
Era una película de bajo presupuesto sobre el mundo de las cupletistas españolas de principios de siglo XX. Pero Sara Montiel, según contó después en distintas entrevistas, supo desde el primer momento que aquella película era especial. Iba a poder cantar canciones populares españolas que ella había escuchado de niña en boca de su madre.
Iba a poder interpretar a una mujer fuerte que se hace a sí misma y, sobre todo, iba a poder volver a sus raíces manchegas después de 4 años haciendo papeles en inglés en Hollywood. Aceptó. El último cuplé se estrenó el 5 de mayo de 1957 en el cine Ralto de Madrid. Las expectativas iniciales eran modestas. Una película musical de bajo presupuesto, sin grandes nombres.
Pero lo que pasó en las semanas siguientes superó todo lo que cualquier productor español había imaginado en la historia del cine nacional. La gente hacía colas de 3 horas para entrar a verla. Los cines tenían que poner sesiones extra a medianoche para satisfacer la demanda. Las mujeres iban a verla cinco, seis, hasta 10 veces seguidas para aprenderse las canciones.
Y Elalto de Madrid, según los datos verificados de la época, mantuvo la película en cartel durante 325 semanas seguidas, más de 6 años. 6 años con la misma película en el mismo cine. Un récord histórico que no se ha igualado nunca en el cine español ni se va a igualar probablemente jamás. Las canciones de El último cuplé se convirtieron en himnos generacionales.
Fumando espero, el relicario, nena, la violetera. Bésame mucho. Aquellas canciones interpretadas por Sara Montiel con su voz inconfundible, profunda y sensual, vendieron millones de discos en España, América Latina y los países hispanohablantes de Estados Unidos. La banda sonora del cine se transformó en un fenómeno musical paralelo y Sara Montiel, que había llegado a Hollywood como actriz secundaria, salió de El último cuplé, convertida en la cantante femenina más famosa de habla hispana de su generación. Su voz, según escribió el
escritor Camilo José Cela en una crítica posterior, era una voz que destilaba estrógenos. Aquella frase dicha por un futuro premio Nobel de literatura retrataba exactamente lo que aquella mujer significaba para España. Sensualidad, maternidad frustrada, deseo, música, cine, todo en una sola persona.
Y aquí está la obsesión más oscura de Sara Montiel, que iba a marcar toda su vida adulta. La obsesión que escondió a la prensa durante décadas y los 11 intentos fallidos que la dejaron destrozada físicamente antes de cumplir los 50 años. Aquí está la verdad más dolorosa de toda esta historia. Sara Montiel, según ella misma, contó en distintas entrevistas a partir de los años 80 y especialmente en su autobiografía publicada en el año 2000.
Sufrió a lo largo de su vida adulta 11 abortos espontáneos seguidos, 11 embarazos que no llegaron a término, 11 veces que aquella mujer creyó que iba a ser madre biológica y 11 veces que su cuerpo, por razones médicas que nunca se aclararon del todo, expulsó al feto antes de que pudiera desarrollarse aquella cadena de abortos repetidos que cualquier ginecólogo moderno reconocería como un caso.
clínico, extremadamente raro y traumático, fue el secreto mejor guardado de Sara Montiel durante las décadas más brillantes de su carrera. Los abortos, según las versiones que ella misma dio a lo largo de los años, se distribuyeron a lo largo de sus tres primeros matrimonios con Anthony Man, el director norteamericano con el que se casó dos veces entre 1957 y 1963 con el industrial español José Vicente Ramírez Olaya, con el que se casó en 1964, y con Pepe Tus, con el que se casó en 979.
Los tres maridos, en algún momento de sus respectivos matrimonios, vivieron con Sara la misma escena repetida. El embarazo confirmado por el médico, la ilusión inicial, los preparativos, la habitación del bebé que se empezaba a montar y semanas después sangre, dolor, hospital, pérdida y vuelta a empezar.
Aquella rutina repetida 11 veces seguidas dejó a Sara Montiel, según testimonios posteriores de personas cercanas, en un estado emocional muy frágil que ella escondía siempre detrás de su personaje público, de mujer fuerte e indestructible. Los médicos que la atendieron, según las versiones que aparecieron después en distintas biografías, llegaron a varias hipótesis sobre la causa de aquellos abortos repetidos.
una posible incompatibilidad genética con sus parejas, un problema de coagulación, una malformación uterina congénita o simplemente una combinación de factores que la medicina de la época, los años 50, 60 y 70 del siglo XX, no era capaz de diagnosticar con precisión. Lo que sí está documentado es que Sara, después del séptimo u octavo aborto, recibió consejo médico de no volver a intentarlo.
Le dijeron que su cuerpo no iba a soportarlo, que era peligroso para su salud, que tenía que aceptar que no iba a poder ser madre biológica. Sara, según contaron quienes la conocieron entonces, se negó a aceptarlo y siguió intentándolo durante varios años más. La decisión de adoptar llegó finalmente en 1979. Sara Montiel tenía 51 años.
Acababa de casarse con José Tus Barberán, conocido como Pepe Tus, un empresario mayorquín 10 años más joven que ella. Y los dos, según las versiones recogidas posteriormente, tomaron la decisión conjunta de adoptar después de que Sara aceptara finalmente que no iba a poder tener hijos biológicos. La primera adopción se hizo en Brasil ese mismo año 1979.
Una niña recién nacida que recibió el nombre de Taisu Sabad. La segunda adopción se hizo 4 años después, en 1983. en Valencia. Un niño que recibió el nombre de José Zeus Tus Abz. Aquellas dos adopciones hechas en pleno apogeo de la carrera artística de Sara y con un marido empresario solvente parecían cerrar definitivamente el capítulo doloroso de los 11 abortos.
Pero la historia, según las versiones que aparecieron en la prensa rosa española en años posteriores, fue mucho más complicada de lo que la fachada pública sugería. Y aquí está el escándalo que rodeó la segunda adopción de Sara Montiel en 1983. El rumor que circuló durante décadas por la prensa rosa española sobre el verdadero origen de aquel niño y la respuesta que Sara dio cada vez que un periodista se atrevió a preguntarle.
La adopción de Zeus en 1983 generó un revuelo mediático considerable en la prensa española del momento. Algunos medios sensacionalistas insinuaron, sin pruebas que el niño podría ser biológicamente hijo de Sara o de alguien de su entorno cercano y que la adopción habría sido un montaje para regularizar legalmente una situación de hecho.
Sara siempre negó aquellas insinuaciones. La adopción legal en Valencia tenía toda la documentación oficial en regla y tanto Tais como Zeus crecieron sabiendo desde pequeños que eran hijos adoptivos. Pero el rumor sobre el origen real de Zeus, según los biógrafos posteriores, fue uno de los temas que Sara Montiel jamás quiso comentar en público en profundidad y se llevó a la tumba en 2013 cualquier matiza podido aclarar definitivamente aquella vieja sospecha periodística.
Pero lo que Sara Montiel no podía imaginar en aquel 1979, cuando adoptó a Taís y se casó con Pepe Tus, era lo que iba a pasar 13 años después, la tragedia que la dejó sola con dos niños pequeños y la decisión que tomó a partir de entonces que iba a llevarla directamente al abismo de su vida.
Y aquí está el hombre que Sara Montiel encontró en 1978, cuando ya tenía 50 años y llevaba ocho divorciada. El hombre que le devolvió la ilusión por la vida familiar y el hombre que iba a morir 13 años después, dejándola sola con dos niños pequeños. Para entender el papel de Pepe Tú en la vida de Sara Montiel, hay que retroceder a 1978.
Sara tenía 50 años. Estaba divorciada desde hacía 8 años de su segundo marido oficial, el industrial Vicente Ramírez Olaya. En aquellos 8 años de soltería, había tenido, según ella misma confesó después, una vida sentimental intensísima, romances con personajes de todos los ámbitos. El Premio Nobel de Medicina Severo Ochoa, según ella confesó, había sido uno de sus amantes durante varios años en Madrid.
El actor italiano Giancarlo del Duca había sido otro y según las versiones más comentadas de sus memorias, también había mantenido encuentros íntimos con figuras como el actor James Dean en Hollywood en los años 50 y con el escritor Ernest Hemingway en sus viajes a Cuba. Sara Montiel, con 50 años era una mujer que no se escondía ni en lo profesional ni en lo personal.
Y aquí está el detalle más escandaloso de la vida sentimental de Sara Montiel, lo que ella misma confesó en una entrevista de los años 90 sobre la noche que pasó con uno de los hombres más famosos de Hollywood antes de que muriera de manera trágica. Hay que detenerse en quién era exactamente Sara Montiel a finales de los 70, una mujer de 50 años que había roto todos los moldes posibles de su generación en la España todavía conservadora del postfranquismo.
Mientras las mujeres de su edad se preocupaban por casarse bien y mantener la dignidad social, Sara Montiel hablaba abiertamente de sus amantes en entrevistas. confesaba sin ningún pudor que había tenido aventuras con hombres 30 años más jóvenes. Aparecía en programas de televisión vestida con escotes vertiginosos y reivindicaba públicamente el derecho de las mujeres maduras a tener una vida sexual activa.
aquella actitud que en 2026 puede parecer normal en la España de 1978 era prácticamente revolucionaria y le valió tanto admiradoras incondicionales como detractores virulentos en la prensa más conservadora del momento. Pepe Tus llegó a su vida en una fiesta privada en Mallorca en el verano de 1978. Era empresario, hijo de una familia mallorquina importante, propietaria de teatros.
casinos, plazas de toros y otros negocios de ocio en la isla. Tenía 40 años, 10 menos que Sara. Y según contaron después quienes los conocieron entonces, cuando se vieron por primera vez en aquella fiesta del verano del 78, los dos se enamoraron a primera vista. Sara, que llevaba años acumulando desengaños amorosos, encontró por fin un hombre que la miraba como ella necesitaba que la miraran.
Y Pepe Tus, que había estado casado anteriormente y tenía hijos de su primer matrimonio, encontró en Sara una mujer madura, segura, con personalidad arrolladora, que llenaba un vacío que ninguna otra mujer había llenado en su vida. Y aquí están los 13 años más felices que Sara Montiel iba a vivir nunca.
Los 13 años con Pepe Tus en Mallorca y la escena exacta de aquella casa familiar donde la diva, por primera vez en su vida, dejó de actuar para empezar a ser madre. Se casaron el 2 de junio de 1979 en una ceremonia íntima en Mallorca, apenas un año después del primer encuentro. Sara Montiel, con 51 años se trasladó a Palma de Mallorca para vivir con Pepe en la casa familiar.
Y durante los siguientes 13 años, entre 1979 y 1992, los dos formaron una pareja sólida que España vio como uno de los grandes amores reales del cine español. Adoptaron a Tais en 1979, adoptaron a Zeus en 1983, compartieron los teatros y negocios de la familia Tus en Mallorca. Y Sara, según contó después en innumerables entrevistas, vivió aquellos 13 años como la etapa más feliz de toda su vida personal.
tenía marido, tenía dos hijos, tenía estabilidad emocional por primera vez y tenía dinero suficiente para no preocuparse por el futuro. Aquellos 13 años en Mallorca, entre el verano de 1979 y septiembre de 1992, tuvieron una rutina familiar muy concreta que Sara describió después en distintas entrevistas.
Vivían en una casa grande en las afueras de Palma. Sara se levantaba tarde sobre las 11 de la mañana, desayunaba con los niños. Por las tardes salía a pasear por la ciudad con Tais y con Zeus, mientras Pepe Tus trabajaba en los teatros y negocios familiares. Y por las noches los dos cenaban juntos en restaurantes locales o se quedaban en casa viendo películas viejas que Sara había hecho décadas atrás.
Aquella vida de mujer normal, después de cuatro décadas de fama internacional. Era exactamente lo que Sara había buscado desesperadamente toda su vida adulta y por primera vez lo tenía. Y aquí está el día exacto que partió en dos, la vida de Sara Montiel.
La noticia que recibió en septiembre de 1992 en su casa de Mallorca y la frase que le dijo a su hija Tais por teléfono pocas horas después de saberlo. En el verano de 1992, Pepe Tus empezó a sentirse mal. Cansancio, dolor en el pecho, falta de aire. Pepet Sara, preocupada insistió en que se hiciera revisiones médicas urgentes.
Los médicos en Palma de Mallorca le hicieron pruebas durante varias semanas y en algún momento de septiembre de 1992 le dieron el diagnóstico cáncer avanzado sin posibilidades reales de tratamiento. Pocos meses de vida, Pepe Toast, según contaron después quienes los conocieron, encajó la noticia con frialdad.
Sara, en cambio, según las versiones, se desplomó. Su hija mayor, Tais, que entonces tenía 13 años, recordaba después haber recibido una llamada de su madre desde Mallorca, en la que apenas podía hablar entre sollozos. Las palabras textuales que Sara dijo a Tais en aquella llamada, según las versiones que aparecieron en biografías posteriores, fueron concretas.
Hija, papá se nos va y nosotras tenemos que ser muy fuertes. Aquella frase dicha por una mujer de 64 años a una adolescente de 13 retrataba mejor que ningún análisis lo que iba a venir. durante las semanas siguientes intentó mantener un equilibrio imposible entre cuidar a Pepe en sus últimas semanas, proteger emocionalmente a Tais y Zeus de la realidad de lo que estaba pasando y mantener cierta estabilidad pública para que la prensa no convirtiera la agonía privada de su marido en espectáculo mediático.
Lo consiguió a duras penas. Pepe Tus murió en septiembre de 1992 en su casa de Mallorca a los 54 años, rodeado de Sara, de sus hijos del primer matrimonio y de los dos hijos adoptados con Sara. La revista Lecturas publicó al mes siguiente un reportaje titulado Sara Montiel, destrozada por la muerte de Pepe Tús, que retrataba el estado emocional devastador en el que había quedado la viuda.
Sara, con 64 años, se quedaba sola con Taís de 13 años y Zeus de 9. Y a partir de aquel septiembre de 1992, la vida de Sara Montiel entró en una espiral que iba a marcar el resto de sus años. Volvió a Madrid. Cambió de casa, cambió de costumbres y empezó a frecuentar ambientes que poco tenían que ver con la diva tradicional del cine español, que ella había sido durante cuatro décadas seguidas.
Y aquí están las confesiones de Sara Montiel en directo en televisión española que escandalizaron a media España. Las palabras textuales que dijo en programas de la primera década del siglo XXI y lo que esa mujer admitió haber consumido durante los años posteriores a la muerte de Pepe Tús.
A partir de finales de los años 90, Sara Montiel empezó a aparecer en distintos programas de televisión española, hablando de su vida con una sinceridad que ninguna otra figura de su generación había mostrado nunca. habló de sus amantes, habló de sus 11 abortos, habló de su vida sexual sin filtros y habló también en varias entrevistas distintas de su relación abierta con sustancias como la cocaína y la marihuana, sus palabras textuales recogidas en distintos programas de la época.
Sí, he probado de todo y lo digo claro porque a mi edad no tengo que esconderle nada a nadie. Aquellas confesiones dichas por una mujer de 70 años en directo en televisión española alrededor del año 2000 escandalizaron a la España conservadora, pero hicieron a Sara aún más popular entre las generaciones jóvenes que la descubrieron como icono libre.
En 2002, Sara Montiel se casó por cuarta vez oficialmente. El novio era Antonio Hernández, un cubano 40 años más joven que ella. Sara tenía 74 años. Antonio tenía 34. La boda se celebró en Marbella y la diferencia generacional de cuatro décadas levantó el revuelo mediático más grande de los últimos años de la carrera de Sara.
La prensa rosa española habló de matrimonio por interés económico, de caprichos de una mujer mayor, de aprovechamiento de aquel joven cubano de las propiedades de Sara. La propia diva durante las entrevistas de aquellos años defendió su matrimonio con frases tajantes. Yo no tengo que rendir cuentas a nadie. Hago lo que me da la gana y ahora me da la gana de estar con Antonio.
Pero el matrimonio duró menos de 3 años. En 2005 se divorciaron y Sara nunca quiso hablar en profundidad de las razones reales de aquella ruptura. Y aquí está la persona que entró en la vida de Sara Montiel. poco después de la muerte de Pepe Tus y que iba a quedarse a su lado durante los siguientes 20 años.
El hombre al que ella trataba como de la familia y el hombre que iba a destrozarla económicamente cuando ya no podía defenderse. Aquí está la pieza que conecta los 13 años de soledad de Sara Montiel con el desastre económico de sus últimos años. A comienzos de los años 90, poco después de la muerte de Pepe Tús, Sara Montiel contrató como administrador personal a un hombre llamado Francisco Fernández.
era un asesor financiero con experiencia en la gestión patrimonial de figuras del mundo del espectáculo. presentaron a Sara en un contexto profesional y la diva, agobiada por las gestiones administrativas que antes hacía Pepus, decidió delegarle la totalidad de la administración de su fortuna, las cuentas bancarias, las propiedades inmobiliarias, los contratos artísticos, los royalties de sus discos y películas, las inversiones financieras, todo aquella decisión tomada por una viuda emocionalmente destrozada en los primeros años 90 iba a
tener consecuencias devastadoras dos décadas después. Durante los siguientes 20 años, entre comienzos de los 90 y 2010, Francisco Fernández estuvo al mando completo de las finanzas de Sara Montiel. La diva, según contó después su entorno cercano, lo trataba como un miembro más de la familia.
Compartían comidas, compartían fiestas, iba a visitarla cuando estaba enferma, la acompañaba actos públicos cuando necesitaba apoyo. Y según las versiones posteriores, Sara confiaba en él con los ojos cerrados, le firmaba los documentos que él le ponía delante sin leerlos, le permitía operar con su nombre en cuentas bancarias y notarías y le delegaba completamente la toma de decisiones económicas que afectaban a su fortuna construida durante más de 50 años de carrera artística.
Y aquí está la cifra exacta del patrimonio que aquella mujer manejaba en los años 90 cuando contrató a aquel administrador, lo que Sara Montiel había ganado durante 70 años de cine, canciones, conciertos y derechos de autor y todo lo que aquel hombre tenía bajo su control absoluto. La fortuna de Sara Montiel en los años 90, según las estimaciones publicadas posteriormente, era considerable.
Un ático de 250 m² en la calle Núñez de Balboa, una de las zonas más caras del barrio de Salamanca de Madrid. Tres apartamentos adicionales en la misma finca para alquilar. Dos estudios en el barrio de Malasaña. Un piso en Barcelona, cuadros valiosos de Miró, Dalí y Barceló comprados durante los años con Pepe Tú, joyas acumuladas durante décadas, esmeraldas, aguamarinas, turquesas, rubíes, topacios.
Trajes de gala que valían pequeñas fortunas y una serie de inversiones financieras que, sumadas a las propiedades inmobiliarias daban un patrimonio de varios millones de euros al cambio de aquellos años. Toda aquella fortuna estaba en términos prácticos en manos administrativas de un solo hombre.
Sara Montiel, mientras tanto, seguía haciendo su vida pública, apareciendo en programas de televisión, dando conciertos esporádicos, concediendo entrevistas, vendiendo libros con sus memorias. En 2009, con 81 años, grabó incluso un dueto con Alaska titulado Absolutamente, que se convirtió en éxito viral entre el público joven.
Pero detrás de aquella imagen pública de Diva eterna que se mantenía activa, según las versiones posteriores, algo no encajaba. Sara empezó a notar que las cuentas no le cuadraban, que los ingresos por alquileres no se correspondían con lo que ella esperaba, que los gastos de mantenimiento de sus propiedades, según le decían, ascendían a cifras imposibles y que cada vez tenía menos liquidez disponible para sus gastos personales, pese a tener un patrimonio inmobiliario aparente que valía millones.
La sospecha empezó a tomar forma en algún momento de 2009. Sara Montiel, que llevaba años firmando documentos sin leerlos, le pidió por primera vez a Francisco Fernández un informe detallado de su patrimonio real. Las explicaciones que le dieron no le convencieron. pidió un segundo informe, tampoco le convenció y entonces, según contaron después sus abogados, tomó la decisión que cambió todo.
Contrató a un equipo legal externo para auditar las cuentas reales de su administrador. La auditoría duró varios meses y lo que apareció, según se publicó después en la sentencia judicial firme de 2017, era exactamente lo que Sara Montiel había temido. Francisco Fernández, su hombre de confianza durante 20 años, había estado disponiendo de fondos de la diva para fines personales sin autorización durante años.
La cifra estimada de la apropiación indebida superaba 550,000 € En 2010, Sara Montiel, con 82 años presentó denuncia formal contra Francisco Fernández ante los juzgados de Madrid. lo acusaba de apropiación indebida continuada, de disposición de bienes ajenos sin autorización, de gestión fraudulenta de su patrimonio durante dos décadas.
Francisco Fernández, por su parte, intentó contraatacar legalmente. Presentó una contrademanda contra Sara pidiéndole 350.000 € en concepto de servicios prestados durante 20 años. El juzgado en 2013 desestimó la contrademanda y dio razón parcialmente a Sara Montiel, pero Sara en aquel momento ya no podía celebrarlo porque entre la denuncia inicial de 2010 y la primera resolución judicial favorable de 2013, había pasado algo que ella no había previsto.
Su propio cuerpo había dicho, “Basta, pero la verdadera tragedia de Sara Montiel no fue solo la estafa, era solo el contexto de algo más oscuro que estaba pasando dentro de su cuerpo y de su piso en aquellos últimos años. Lo que vas a saber ahora es la reconstrucción del declive físico y emocional de aquella mujer durante los meses finales antes de morir.
Sara Montiel arrastraba desde hacía años problemas respiratorios graves, asma severa que se había ido agudizando con la edad, una vida personal de fiestas, alcohol moderado, tabaco constante y, según ella misma confesó, consumo ocasional de drogas blandas y duras durante décadas. Aquellos hábitos sostenidos durante décadas habían pasado factura y a partir de 2010 los médicos le recomendaron que limitara mucho su actividad pública.
Sara, según contaron después fuentes próximas, se negó. Siguió aceptando conciertos, siguió haciendo entrevistas, siguió viajando por España para actuaciones en festivales de pueblo, pero su cuerpo ya no respondía como antes y los problemas respiratorios empezaron a complicarse cada vez más durante los siguientes dos años.
Los últimos meses de Sara Montiel, según contaron después fuentes próximas a la familia, fueron especialmente difíciles. La diva pasaba la mayor parte del día en su piso de Núñez de Balboa con una mascarilla de oxígeno conectada permanentemente. Salía cada vez menos a la calle. Recibía visitas contadas.
Su hija Tais, que vivía cerca y trabajaba como abogada, iba a verla casi todos los días después del trabajo. Su hijo Zeus, que vivía también en Madrid, iba con menos frecuencia, pero también pasaba ratos largos con su madre. Y entre los tres mantenían una rutina familiar discreta, lejos de los focos mediáticos. Pero Sara, según contaron después quienes la vieron en aquellos meses, hablaba constantemente del juicio pendiente contra Francisco Fernández.
Quería verlo terminado antes de morir. Quería ver al hombre que la había estafado condenado por la justicia. Y aquella obsesión en los últimos meses era casi diaria. Y aquí está la frase exacta que Sara Montiel dijo a su hija Tais en una de las últimas visitas.
La frase que retrata mejor que ningún análisis lo que aquella mujer estaba sufriendo emocionalmente al final de su vida. Las palabras textuales que Sara dijo a Tais en aquellas últimas semanas, según las versiones recogidas en biografías posteriores, fueron concretas. Hija, no quiero morirme sin ver a ese hombre en la cárcel.
Aquella frase dicha por una mujer de 85 años con problemas respiratorios graves retrataba la naturaleza de la traición que había sufrido. No era solo dinero, no era solo patrimonio, era la dignidad personal de una mujer que durante 20 años había confiado en alguien como si fuera de la familia y que había descubierto al final que toda aquella confianza había sido aprovechada por una sola persona para enriquecerse ilegalmente.
según contaron después, le prometía a su madre que el juicio se iba a celebrar pronto, que el hombre iba a ser condenado, que la justicia iba a llegar antes o después. Pero Sara, en el fondo, según las versiones, sabía que probablemente no iba a poder verlo en vida. En febrero de 2013, Sara Montiel celebró su 85 cumpleaños con una pequeña reunión privada en su piso de Núñez de Balboa.
Sus dos hijos, Tais y Zeus, estuvieron con ella, algunos amigos íntimos también, y la propia Sara, según contaron quienes asistieron, parecía estar de muy buen ánimo. Hablaba de proyectos futuros, de conciertos en primavera, de nuevas canciones que quería grabar. Sus palabras textuales recogidas por el diario El País en una entrevista de octubre del año anterior, exactamente 6 meses antes de morir.
Me va muy bien. Me quieren mucho en toda España. Estoy dos horas en el escenario y todos salen encantados. Y no hago nada para cuidar mi voz. Aquella mujer de 84 años hablaba como si tuviera por delante todavía décadas de carrera. Cuando en realidad solo le quedaban 6 meses de vida.
Durante las primeras semanas de abril de 2013, los problemas respiratorios de Sara se agravaron considerablemente. Los médicos le recomendaron hospitalización. Sara, según contaron quienes la conocieron, se negó. No quería morirse en un hospital con tubos y cables conectados. Quería morirse en su casa de Madrid, en su cama, en su piso, en el ambiente familiar.
que ella misma había construido. Sus hijos respetaron aquella voluntad, le pusieron equipo médico privado en casa, enfermera de día, enfermera de noche, oxígeno permanente, medicación intravenosa. Y los dos hermanos se turnaron en las visitas durante aquellas primeras semanas de abril y aquí está la madrugada del 8 de abril de 2013 en aquel piso de Núñez de Balboa de Madrid.
Las horas finales de Sara Montiel, la persona que estaba con ella en aquel momento, y la decisión que aquella mujer había tomado tres años antes, redactando sus últimas voluntades. La mañana del 8 de abril de 2013, Sara Montiel apareció muerta en su piso de la calle Núñez de Balboa de Madrid, 85 años. Causa oficial, fallo cardíaco según el parte médico inicial, la encontró el personal de servicio doméstico que entraba habitualmente por las mañanas a abrir la casa.
Sara estaba en su habitación, en la cama. No había señales de violencia, no había signos de sufrimiento. Había muerto durante la noche, probablemente mientras dormía. Su hija Tais, que entonces tenía 34 años y trabajaba como abogada en Madrid, recibió la llamada esa misma mañana. llegó al piso pocas horas después y según contaron después fuentes próximas, lo primero que hizo Taís al entrar fue dirigirse al despacho de su madre y comprobar que los documentos importantes estaban en orden, porque Sara Montiel en 2010, exactamente al
mismo tiempo que presentaba la denuncia contra Francisco Fernández, había redactado sus últimas voluntades, un documento notarial, limpio, sin sorpresas, sin cláusulas. extrañas. En aquel testamento, según se publicó después de su muerte, Sara nombraba a sus dos hijos Tais y Zeus, herederos universales de toda su fortuna, a partes iguales, sin distinciones, sin condiciones, y especificaba además dos cosas concretas, que quería ser enterrada junto a su madre María Vicenta, y que se negaba a ser expuesta de manera visible
al gran público tras su fallecimiento. Una mujer que durante 70 años había vivido bajo el foco mediático más intenso. En sus últimas voluntades, pedía a su familia que la dejara morir en privado, sin cámaras, sin paparazzi, sin espectáculo. El funeral de Sara Montiel se celebró en Madrid el 10 de abril de 2013.
Capilla ardiente abierta al público. Centenares de personas hicieron cola para despedirla. Sus hijos Tais y Zeus presidieron las honras fúnebres con la discreción que ella había pedido. Y tal y como había dispuesto en su testamento, fue enterrada junto a su madre María Vicenta, cumpliendo así un círculo vital de 85 años.
La niña pobre de campo de Criptana, que se había ido a Madrid con 15 años huyendo de la pobreza, volvía simbólicamente a los brazos de la madre vendedora ambulante, que le había cantado canciones en susurros antes de dormir en una casa fría de aquel pueblo manchego de los años 30. Y aquí está lo que ocurrió en el juicio contra el administrador Francisco Fernández 4 años después de la muerte de Sara Montiel.
La sentencia firme que su hija Tais luchó hasta el final para conseguir y la cifra exacta que aquel hombre tuvo que devolver según resolución judicial. Sara Montiel murió en abril de 2013 sin ver la resolución final del proceso contra su administrador. Sus hijos, especialmente Tais, que era abogada licenciada por la prestigiosa ICE, asumieron la continuación de la denuncia tras la muerte de su madre.
El proceso judicial duró 4 años más y en 2017, finalmente, la Audiencia Provincial de Madrid dictó sentencia firme. Francisco Fernández fue condenado a 2 años de prisión por un delito de apropiación indebida continuada cometido durante años contra Sara Montiel. La sentencia ordenaba, además, al condenado devolver a los herederos legales de la artista la cantidad exacta de 344,707 € una cifra concreta calculada por los peritos contables que habían analizado los movimientos bancarios y patrimoniales durante los 20
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años de administración, pero la sentencia, aunque era una victoria moral y judicial, no se tradujo en justicia económica real. Francisco Fernández, en el momento de ser condenado, se declaró insolvente. No tenía bienes a su nombre suficientes para devolver los 344,000 € Sus propiedades habían sido transferidas a terceros años antes y los herederos de Saramontiel, Taí y Zeus, aunque tenían sentencia firme a su favor, no pudieron recuperar prácticamente nada del dinero que su madre había perdido durante las dos
décadas de administración fraudulenta. La estafa, en términos prácticos, había sido perfecta. El responsable había sido condenado penalmente, pero el dinero estafado nunca volvió a manos de la familia. La noticia de la sentencia firme contra Francisco Fernández, dictada en noviembre de 2017, generó cobertura mediática moderada en España.
Taistus Sabbat apareció en la Audiencia Provincial de Madrid el día del juicio con 41 años. Entonces, vestida con un traje sobrio, sin maquillaje llamativo, presentándose como hija y heredera legal de Sara Montiel. Fue su última aparición pública ante los medios y, según contaron quienes la vieron entonces, salió del juzgado con una expresión seria pero serena.
Había conseguido cumplir la promesa que le había hecho a su madre 4 años antes en el piso de Núñez de Balboa, ver al hombre que había estafado a Sara, condenado por la justicia española. Aunque su madre en abril de 2013 no había podido verlo en vida. Y aquí está la verdad económica más cruda sobre los últimos años de Sara Montiel, lo que le quedaba realmente de su fortuna cuando murió en 2013 y lo que sus hijos Taís y Zeus se encontraron al hacer el inventario completo del patrimonio aquella semana de abril. Aquí
está la cifra real de la fortuna de Sara Montiel cuando murió en abril de 2013. Y aquí está la diferencia entre lo que aquella mujer había construido durante 70 años de carrera y lo que realmente recibieron sus hijos como herencia. Las dos cifras, según los datos publicados posteriormente por distintos medios especializados en la herencia de figuras del cine español son escalofriantes.
Sara Montiel había ganado durante su carrera, según estimaciones conservadoras, varias decenas de millones de euros al cambio actualizado. El último cuplé sola. En sus 325 semanas en cartel había generado ingresos para ella equivalentes hoy a varios millones. Sus discos vendidos en cinco idiomas habían generado royalties durante seis décadas.
Sus inversiones inmobiliarias en zonas premium de Madrid se habían multiplicado en valor. Y al final, en abril de 2013, lo que quedaba era una sombra de aquella fortuna original. El inventario de bienes que Tais y Zeus se encontraron al hacer el reparto hereditario, según se publicó después en distintos medios, era el siguiente: el ático de 250 m² en Núñez de Balboa, que Sara había puesto en venta sin éxito por 3 millones de euros y que finalmente se vendió por bastante menos. Dos apartamentos
adicionales en la misma finca con titularidad a través de una sociedad de la actriz. Dos estudios de 40 m²ad cada uno en el barrio de Malasaña, un piso en Barcelona, una colección de cuadros que incluía dos miró, un Dalí y un Barcelo, comprados durante los años de Pepe Tus y que tuvieron que ser tasados para venta, joyas variadas, trajes de gala y muy poco dinero líquido en cuentas bancarias, lo que en términos de revista del corazón se resumió con una frase brutal.
Sara Montiel había muerto rica en propiedades, pero pobre en efectivo. La pregunta que la prensa rosa española se hizo en aquellos meses fue muy concreta. ¿Dónde estaban los millones que Sara había ganado durante 70 años de carrera? La respuesta, según las versiones que aparecieron posteriormente, tenía varias capas.
Una parte sustancial perdido por la estafa probada del administrador Francisco Fernández. Otra parte se había evaporado en gastos de mantenimiento desproporcionados de las propiedades inmobiliarias, según publicó la revista Semana, que ascendían a 10,000 € mensuales solo en mantenimiento básico.
Otra parte se había gastado en el tren de vida personal de Sara durante sus últimos años. Otra parte había ido a parar a sus dos hijos durante años de pagos varios y otra parte, según las versiones más comentadas, podría haber estado a nombre de terceros o encuentras en el extranjero que nunca aparecieron oficialmente.
Las propiedades de Pepe Tus, además, complicaron todavía más la herencia. Cuando Pepe Tus murió en 1992, había dejado dos teatros, un bingo, una plaza de toros, una librería, un barco, un chalet y un piso en Palma de Mallorca. Aquellas propiedades, según se aclaró después, no fueron heredadas por Sara ni por sus dos hijos adoptados conjuntos, Taís y Zeus.
fueron heredadas por los hijos del primer matrimonio de Pepe Tus, es decir, Sara Montiel. Aunque había estado 13 años casada con un empresario mallorquín solvente, no había heredado la fortuna mallorquina de su marido. Aquella circunstancia, sumada a la estafa del administrador, sumada a los gastos desproporcionados de mantenimiento, terminó dejando a Sara Montiel en sus últimos años en una situación financiera mucho más precaria de lo que su imagen pública sugería.
Y aquí está la imagen más dura de toda esta historia, la imagen de aquel piso de Núñez de Balboa, donde apareció muerta Sara Montiel el 8 de abril de 2013. Lo que había allí dentro y lo que faltaba. Hay una imagen muy concreta que retrata mejor que ningún análisis lo que fue el final de Sara Montiel, el piso de Núñez de Balboa, donde apareció muerta el 8 de abril de 2013.
250 m² de lujo aparente, cuadros de miró y alí en las paredes, joyas en cajas fuertes, trajes de gala en armarios enormes y, sin embargo, una mujer sola, viviendo allí sus últimos meses con problemas para mantener aquel piso, con gastos de comunidad y servicios que la asfixia económicamente, con un equipo médico privado que costaba miles de euros al mes y con la conciencia clara de que el hombre que durante 20 años había gestionado su fortuna, se la había estado quedando en buena parte sin que ella pudiera demostrarlo legalmente
hasta 2010. Aquella mujer, que había sido la cantante más famosa de habla hispana de su generación, murió rodeada de lujo aparente, pero económicamente acorralada. Y aquí está lo que pasó con los hijos adoptados de Sara Montiel después de aquel 8 de abril de 2013. lo que han hecho con la herencia que les dejó su madre y la diferencia radical entre Taí y Zeus que España descubrió en los años siguientes.
Pero la historia de Sara Montiel no terminó allí porque durante los siguientes 13 años hasta hoy en 2026 lo que ocurrió con sus dos hijos adoptados, Tais y Zeus, retrata mejor que ningún análisis lo que aquella mujer había construido y lo que aquella mujer había perdido. Y aquí está la primera diferencia entre Taís y Zeus que España descubrió después de la muerte de su madre.
Dos caminos completamente opuestos elegidos por dos hermanos criados en la misma casa por la misma diva y la decisión radical de uno de ellos que sigue marcando la diferencia hoy. Taís Tusabad, la hija mayor adoptada en Brasil en 1979. Hoy tiene 46 años y ha mantenido un perfil absolutamente discreto desde la muerte de su madre.
Licenciada en derecho por la prestigiosa Universidad ICE de Madrid con formación complementaria en Inglaterra y Estados Unidos, Tais llevaba años gestionando los contratos y las finanzas de su madre antes de morir. Y tras la muerte de Sara, Taí se convirtió en la administradora real del patrimonio que quedaba.
ha asistido a juicios, ha gestionado ventas inmobiliarias, ha tomado decisiones sobre el legado artístico de su madre, pero ha rechazado sistemáticamente durante todos estos años aparecer en programas de televisión o conceder entrevistas. La última vez que apareció ante los medios fue en noviembre de 2017 en la Audiencia Provincial de Madrid, el día del juicio definitivo contra Francisco Fernández.
Zeus Tusab, el hijo menor adoptado en Valencia en 1983, hoy tiene 42 años y ha tomado el camino exactamente opuesto al de su hermana. Ha aparecido en programas de televisión durante los últimos años. Ha intentado lanzar una carrera musical financiada con la herencia. Ha publicado discos. Ha participado en realities.
ha publicado en programas y ha mantenido una presencia mediática constante, manteniendo viva la memoria de su madre en distintos formatos televisivos. Pero la carrera artística de Zeus, según las versiones publicadas, no ha conseguido despegar comercialmente. Y los dos hermanos, según las propias declaraciones de Zeus en programas recientes, vendieron hace algunos años el piso de Núñez de Balboa, donde habían vivido toda la infancia con su madre.
La memoria física de Sara Montiel en aquella casa después de 2013 dejó de existir físicamente la fortuna real que Sara Montiel dejó a sus hijos, calculada al cambio actual con la venta del piso de Núñez de Balboa, los apartamentos adicionales, los estudios de Malasaña, el piso de Barcelona y los cuadros y joyas tasados y vendidos en subastas a una cifra que ningún medio ha confirmado oficialmente.
pero que las estimaciones publicadas sitúan en varios millones de euros, mucho menos de lo que aquella mujer había generado durante sus 70 años de carrera. Pero en términos prácticos suficiente para que sus dos hijos tuvieran un colchón económico considerable. La estafa del administrador, aunque no se recuperó nunca de él, no había destruido completamente el patrimonio.
Había recortado una parte importante, pero no toda. Y aquí está la conclusión más dura de toda esta historia. Lo que vas a entender ahora sobre por qué Sara Montiel, teniendo todo lo que cualquier mujer española de su generación podía soñar tener, acabó muriendo sola en aquel piso vacío de Madrid el 8 de abril de 2013.
Si hilas todas las piezas de esta historia, lo que queda no es la biografía de una diva del cine español, es el retrato de una mujer que tuvo absolutamente todo lo que una española de su generación podía soñar tener. Hollywood. 11 décadas de fama internacional. Dinero, maridos, hijos adoptados. Casas en Madrid y Barcelona, joyas, cuadros, premios, reconocimientos y al final una vida acabada en un piso vacío, con un cuerpo agotado por 11 abortos, una salud destrozada por décadas de excesos y una fortuna mermada por la traición del hombre al que ella
había tratado como de la familia durante 20 años seguidos. Esa fue Sara Montiel, la voz que cantó Fumando Espero, la actriz que rompió Hollywood, la mujer que abortó 11 veces seguidas intentando ser madre biológica y al final una manchega de campo de criptana que volvió simbólicamente a los brazos de su madre en abril de 2013 después de 85 años de carrera extraordinaria y soledad creciente.
Si esta historia te hizo pensar en alguna persona mayor de tu entorno que esté hoy rodeada de gente del trabajo, asesores, administradores, gestores en los que confía absolutamente, comparte este vídeo y vigila. Las personas mayores que tienen patrimonio y delegan completamente la administración en una sola persona son víctimas potenciales de la confianza ciega.
Sara Montiel no fue una excepción, fue la regla. Y hasta que España no entienda eso, otros patrimonios construidos durante décadas de trabajo van a seguir evaporándose en manos de administradores en los que las víctimas creían como si fueran de la familia.
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