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WES MONTGOMERY: la tragedia del ÉXITO… un INFARTO a los 45 y la vida brutal del GENIO del jazz

tenía el mundo a sus pies y una sonrisa que nunca se apagaba en el escenario. West Montgomery revolucionó la guitarra de jazz para siempre, pero detrás de su genialidad se escondía un hombre aplastado por el agotamiento extremo. Mientras la industria aplaudía sus discos, él vivía encadenado a una rutina brutal.

Tres trabajos, turnos de fábrica y madrugadas enteras tocando en clubes oscuros solo para alimentar a sus siete hijos. Hoy en Jazz Confidencial abrimos el expediente del gigante agotado. Descubre como la presión del éxito comercial y el miedo a la pobreza exprimieron a una leyenda hasta que su corazón colapsó trágicamente a los 45 años. Antes de revelarte cómo la industria del entretenimiento literalmente exprimió la vida de uno de los guitarristas más grandes que ha existido, necesito que te suscribas y actives la campanita, porque lo que vas a descubrir hoy sobre West

Montgomery va a cambiar para siempre la forma en que escuchas esa guitarra suave, redonda, casi susurrada que lo hizo inmortal. Una vez que sepas lo que había detrás de cada nota, ya no podrás escucharla igual. Este no es un video de nostalgia, es una investigación sobre el precio letal que se paga por ser un genio en un sistema que solo te necesita mientras produces.

Pero antes necesita saber de dónde vino este hombre, porque ahí empieza todo. Indianápolis, Indiana, 1923, una ciudad del medio oeste americano que para un niño negro de familia trabajadora significaba una sola cosa, límites. los límites del barrio donde podías vivir, los límites de las escuelas a las que podías asistir, los límites de los trabajos que podías aspirar a tener, los límites invisibles, pero absolutamente reales, que la América segregada había trazado con precisión quirúrgica alrededor de cada vida negra en ese país, desde mucho

antes de que John Leslie Montgomery naciera el 6 de marzo de 1923. La familia Montgomery no era diferente a miles de familias negras del medio oeste en aquella época. Gente de trabajo, gente humilde, gente que sobrevivía en los márgenes de una prosperidad que existía para otros. El pequeño John Leslie, que con el tiempo todos llamarían simplemente Wess, creció en un entorno donde la música estaba en todas partes, pero el dinero no.

donde los domingos en la iglesia eran una de las pocas formas legítimas que tenía la comunidad negra de Indiana de expresarse con libertad. Y donde el jazz, ese idioma inventado en los barrios negros del sur, llegaba a través de las radios y los discos como una promesa de otro mundo posible, como la demostración de que había algo que los blancos podían escuchar, pero que nunca podrían poseer del todo porque había nacido de una experiencia que no era la suya.

Indianápolis en los años 30 y 40 era una ciudad que vivía su propia versión de la segregación sureña con el barniz Hipócrita del Norte. Las leyes formales eran distintas, pero las calles donde podías o no podías vivir, los restaurantes donde podías o no podías entrar, los trabajos que estaban o no estaban disponibles para ti dependiendo del color de tu piel, todo eso funcionaba igual de eficientemente que en Alabama, solo que sin los carteles explícitos, que al menos tenían la honestidad de decirlo en voz alta.

La comunidad negra de Indianápolis vivía apretada en el lado noreste de la ciudad, en barrios donde las casas eran pequeñas y los sueños tenían que ser cuidadosamente calibrados para no chocar con los muros invisibles que los rodeaban. Lo que diferenciaba a Wes de los demás niños de su barrio no era una habilidad que nadie reconociera de inmediato.

No era uno de esos casos de niño prodigio que a los 8 años toca en conciertos y asombra a profesores de conservatorio. West Montgomery llegó tarde a la guitarra, casi ridículamente tarde para los estándares del mundo del jazz. Y cuando llegó, lo hizo de una forma que ningún manual de música hubiera podido predecir ni enseñar.

Tenía 19 años cuando escuchó por primera vez a Charlie Cristian. 19 años y una vida entera ya marcada por el trabajo y la responsabilidad. Charlie Cristian era en ese momento el guitarrista de jazz más influyente del planeta, el hombre que había elevado la guitarra eléctrica de instrumento de acompañamiento a voz solista en el Jazz moderno, el músico que tocaba con Benny Goodman y cuyo sonido había redefinido todo lo que se podía hacer con seis cuerdas y un amplificador.

Wes escuchó esos discos y sintió algo que muy pocas personas tienen la fortuna de sentir en la vida, la certeza absoluta de que eso era lo que tenía que hacer. No un hobby, no una afición para los fines de semana, eso, todo eso, la guitarra de jazz como razón de existir. El problema es que a los 19 años, con una familia que dependía de él y sin formación musical formal, aprender guitarra de jazz no era simplemente cuestión de apuntarse a clases.

Era una obsesión que tenía que alimentarse en los márgenes del tiempo que el mundo le dejaba libre, en las grietas entre las obligaciones que no podía ignorar. Así que West Montgomery empezó a aprender solo, memorizando solos de Charlie Cristian nota por nota, pasando horas con la guitarra intentando reproducir lo que escuchaba en esos discos, construyendo desde cero una técnica que con el tiempo se convertiría en la más reconocible e imitada de toda la historia del instrumento.

Y aquí es donde la historia se vuelve realmente peculiar, porque la técnica que haría famoso a West Montgomery en todo el mundo no nació de ningún maestro ni de ningún método. Nació del miedo a despertar a su familia. Piensa en eso un momento. La técnica de pulgar de West Montgomery. Esa forma de tocar las cuerdas con el lado carnoso del dedo gordo en lugar de con una púa que produce ese sonido cálido, redondo y aterciopelado que distingue su guitarra de cualquier otra guitarra en el jazz.

Esa técnica no existía en ningún libro. No la había inventado ningún teórico de la música. La había inventado la necesidad. La había inventado el hecho de que Wes practicaba de madrugada, a veces hasta las 4 o las 5 de la mañana en una casa pequeña donde su esposa Serene y sus hijos dormían a pocos metros.

La púa hace ruido, el pulgar hace menos. Así de simple y así de profundo. El instrumento técnico más característico de uno de los más grandes guitarristas de la historia del jazz fue una solución práctica al problema de no tener suficientes horas libres en el día. Para cuando conoció a Serene y empezaron a construir su familia en Indianápolis, West Montgomery ya llevaba años atrapado en ese ciclo que definiría toda su vida.

La música de noche, el trabajo de día, la familia en el centro de todo. Con cada hijo que llegaba y llegaron siete en total, la presión económica aumentaba y las horas disponibles para la guitarra se comprimían todavía más. Pero en lugar de rendirse, en lugar de guardar la guitarra en el armario y aceptar que ese sueño era para gente con más tiempo y menos responsabilidades, encontró la forma de hacer del sacrificio una forma de arte.

Las madrugadas, con el pulgar en las cuerdas para no despertar a nadie, se convirtieron en el laboratorio donde nació un genio. Sus hermanos, Buddy y Monk, también eran músicos. La familia Montgomery tenía la música en la sangre, o más precisamente la música era la salida disponible que el mundo les dejaba para expresar algo que no cabía en el trabajo de fábrica ni en las limitaciones del barrio.

Indianápolis era en aquellos años una ciudad con una escena de jazz activa con clubs en el lado negro de la ciudad, donde los músicos locales se formaban tocando noches enteras por poco dinero, pero con el fuego de quien sabe que está haciendo algo que importa. Wes empezó a aparecer por esos clubs, primero observando, luego sentado con músicos que lo dejaban tocar unas canciones, luego gradualmente construyendo una reputación en los círculos locales como alguien con quien valía la pena estar en el escenario, aunque su técnica fuera completamente

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