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NOÉ Hernández: un BALAZO lo retiró… La SÓRDIDA muerte del medallista que sobrevivió al INFIERNO

peso por él. La historia de los 17 km caminados sin dinero para el microbús que se convirtieron en la base involuntaria de su entrenamiento olímpico. Segunda, lo que ocurrió en los 12 años entre la medalla de plata y el balazo en el cráneo, el periodo en el que el sistema deportivo mexicano le dio la espalda mientras él intentaba sobrevivir como podía, incluyendo la noche exacta del 30 de diciembre de 2012 en el bar La Reina de los Reyes y lo que él  mismo dijo sobre ese ataque cuando finalmente pudo hablar. Tercera,

lo que Noé declaró públicamente antes de morir. Las palabras textuales que pronunció en conferencia de prensa con siete placas de titanio en el cráneo y las palabras que le dijo a sus amigos en los últimos días de su vida que hacen aún más pesado el final de esta historia. Cuarta. Lo que quedó después de su muerte.

 ¿Quiénes fueron sentenciados? ¿Cuántos años de cárcel recibieron? ¿Qué homenajes se levantaron? ¿Y por qué la medalla de Sydney 2000 sigue siendo más de dos décadas después la última presea olímpica de México en los 20 km varoniles de marcha atlética? Te voy a avisar cuando llegue a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante.

 Cómo un hombre que sobrevivió físicamente a una bala en la cabeza murió 17 días después porque el sistema que debía protegerlo no estaba ahí. Y por qué esa historia se repite con demasiada frecuencia en el deporte mexicano de alto rendimiento. Pero antes de llegar ahí, necesitas saber de dónde venía Noé Hernández, porque si no entiendes eso, no puedes entender el peso real de lo que se perdió el día que murió.

 Y no puedes entender por qué su historia importa hoy, más de una década después de que su corazón se detuvo en ese cuarto de Chimaluacán. Todo empezó en Sinacante, Estado de México, el 15 de marzo de 1978. Noé Hernández Valentín nació como el cuarto  de cinco hijos en una familia que no tenía casi nada. Su padre se llamaba José Hernández, su madre doña Felipa Valentín.

 Sus hermanos  mayores eran Juana, Roberto y Refugio. Y el menor era José, una familia trabajadora en uno de los estados más poblados de México, en un país donde la pobreza no era la excepción, sino la condición de vida de millones de familias como la suya. Poco después del nacimiento de Noe, la familia tomó la decisión de mudarse a Chimaluacán, en el estado de México.

 Si nunca has oído hablar de Chimaluacán, te explico cómo es ese lugar. Un municipio  al que en esa época solo se podía llegar en combis con calles de terracería llenas de lodo y piedras desniveladas, alejado de la Ciudad de México, pero pegado al Distrito Federal como una extensión olvidada de la metrópoli.

 Un lugar donde convive el tiradero de basura municipal,  una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol de tierra sobre los camellones. Un lugar que huele a esfuerzo y a precariedad. No es un lugar al que se llegaba por elección en los años 80. Se llegaba por necesidad económica y esa fue la necesidad de la familia Hernández Valentín.

 Grábate esto. El entrenamiento más importante que Noé Hernández tuvo en su vida no fue ningún centro deportivo oficial, no fue ninguna instalación de alto rendimiento con pista sintética y equipamiento técnico de última generación. Fue en esas calles de Chimaluacán, cuando no tenía dinero para el pasaje del microbús y muchas veces no lo tenía.

 Tenía que caminar 17 km desde su barrio hasta el metro Pantitlán.  17 km atravesando la avenida bordo de Sochaca, un tiradero de basura municipal, una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol  de tierra sobre los camellones. Eso era el entrenamiento de Noé Hernández antes de que nadie supiera  quién era.

 17 km de ida porque no tenía lo que costaba el pasaje del microbús. No te digo eso para construir una narrativa de inspiración fácil que se olvidará mañana. Te lo digo porque ese origen específico, esa geografía física y económica, explica quién era Noé Hernández y por qué lo que le pasó después resulta tan difícil de procesar.

Para cualquiera que entienda lo que ese hombre tuvo que superar para llegar donde llegó. Desde los 8 años Noe fue apasionado del fútbol. Le gustaba la portería. Tenía velocidad y buena condición física desde pequeño. Sus compañeros de equipo le cooperaban para los guantes y el uniforme porque él no tenía dinero para comprárselos.

 El fútbol fue su primer amor deportivo y llegó a pertenecer a las fuerzas básicas de los Toros Nesa, el equipo de fútbol del Estado de México. Era joven, tenía talento natural y tuvo la oportunidad real de debutar  en un nivel formal, pero alguien le pidió dinero para que lo dejaran debutar. La vieja práctica corrupta del fútbol mexicano que ha destruido a tantos jóvenes con talento genuino que no tienen los recursos para pagar para jugar donde merecen jugar.

 Y Noé, que no tenía ni para comer, claramente tampoco tenía para pagarle a nadie. Así lo contó él mismo en una entrevista para TV Azteca semanas antes de los Juegos Olímpicos de Londres, 2012. Jugaba en las fuerzas básicas de toros nesa. Tuve la oportunidad de debutar, pero unos gañanes me pidieron dinero. Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa frase lo resume todo.

Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa es la realidad del deporte popular en México para los jóvenes que vienen de familias sin recursos. Esa es la razón por la que tantos niños con talento real desaparecen antes de que el mundo llegue a conocerlos jamás. Esa fue la primera gran puerta que se cerró en la cara de Noé Hernández, violentamente sin apelación posible.

 Y la segunda, la que sí se abriría tiempo después, cambiaría su vida por completo y para siempre. Un profesor de educación física en la secundaria vio en él las cualidades necesarias para dedicarse a la marcha atlética. Fue ese profesor quien le enseñó los fundamentos de la caminata atlética, quien le explicó la técnica, quien detectó que ese muchacho tenía algo especial en la forma de moverse.

 La marcha atlética no es un deporte intuitivo que cualquier persona puede comenzar a practicar viendo un par de videos. No es como el fútbol que cualquier niño entiende en 5 minutos. Tiene reglas técnicas muy específicas que regulan cada paso, que determinan si estás marchando correctamente o si en realidad estás corriendo de manera disfrazada.

 Un pie debe estar siempre en contacto con el suelo. La pierna de apoyo debe estar completamente extendida en el momento del contacto con el suelo. Esas dos reglas parecen simples hasta que intentas mantenerlas durante 20 km a ritmo competitivo, mientras un juez te mira desde el borde de la pista y puede descalificarte en cualquier momento.

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